
Esta mezcla es muy combustible. Es conocida la expresión «reguero de pólvora» para adjetivar por ejemplo la velocidad con que se expande un rumor.
Pero cuando la pólvora está encerrada, explota. No solo hace ruido, sino que la fuerza expansiva libera mucha energía.
Encerrándola de cierta forma permitió inventar las armas de fuego. Un cartucho con pólvora, encerrado en una cámara provista de una única salida (el cañón), expulsa un trozo de plomo con fuerza mortífera.
Por lo tanto, una mezcla explosiva al aire libre no produce consecuencias pero si está encerrada sí.
Esta introducción la hago para reflexionar sobre cuántas dificultades se vuelven muy destructivas (y a veces de forma irreversible), cuando la combinación de dos puntos de vista se vuelve explosiva y ambos (los cónyuges) se encuentran encerrados en un vínculo matrimonial.
La institución matrimonial tiene todas las ventajas que usted y yo podamos reconocer, pero se vuelve destructiva cuando el desacuerdo entre sus integrantes produce una gran liberación de energía (por defender los puntos de vista con pasión).
Culturalmente tenemos la mala costumbre de creer que «las instituciones son buenas, pero lo que falla es el ser humano».
Este dogma es subversivo. Apoya la pirámide en su vértice. Invierte los valores.
Es inaceptable sostener que los seres humanos somos menos importantes que nuestros inventos, nuestras costumbres, nuestras creencias.
Si la institución matrimonial contara con alguna válvula de escape en vez de culpabilizar la incompetencia de sus integrantes cada vez que estalla un conflicto, éstos podrían acceder a soluciones menos drásticas, irreversibles, destructivas.
El objetivo de este artículo es señalar nuestro hábito de confiar más en las instituciones que en las personas de carne y hueso.
●●●