domingo, 21 de diciembre de 2008

Licencia neuro-dactilar

Me tomo un pequeño descanso pero no se abstengan de agregar o leer comentarios, pues algunos están muy buenos. Vuelvo el 21/01/2009. Un abrazo.

Aborto a bordo

Querido papá:

Espero que al recibo de la presente te encuentres bien. Yo la voy llevando y no me puedo quejar. Las cosas acá son diferentes a lo que estaba acostumbrado, pero como siempre me lo dijiste «Si otros pueden, ¿por qué no vas a poder vos?».

Las dificultades de adaptación me desvelan y paso muchas horas tirado en la cama mirando el techo y tratando de entender por qué todo se me hace tan difícil. Inevitablemente busco causas, culpables, responsabilidades, errores.

Siempre tuve una vida muy cómoda cuando vivía con ustedes y vos te hacías cargo de todo lo que mamá y yo necesitábamos. Nunca me faltó nada. Hasta me pasaste el auto cuando te compraste uno nuevo y te calentaste porque el concesionario te lo tomaba por muy poco dinero. Mi popularidad entre mis amigos subió mucho con ese auto porque era mejor que el de sus propias familias. Creo que a Margarita la conquisté gracias a él ... a vos debería decir en realidad.

El otro día, hablando con una compañera de facultad, ella me decía que por mis argumentos sobre ecología filosófica, le vinieron ganas de soltar el zorzal que tienen en la casa pero que se arrepintió porque la madre le dijo que, por haberse criado en cautiverio, no llegaría a la noche sin que algún gato se lo comiera.

Las meditaciones de esta madrugada me llevaron a compararme con ese pobre zorzal, que canta como Gardel pero que probablemente sea su forma de gritar por una libertad que los humanos no queremos darle para hacerle un bien.

Sería muy ingrato de mi parte decir que fuiste demasiado bueno conmigo y que me convertiste en un inútil por no privarme de nada, pero debo confesarte que tu bondad la estoy sintiendo como un grave error que, si algún día soy capaz de tener un hijo, trataría de no repetir.

Con el profesor de Arte Azteca nos llevamos muy bien y hablamos mucho. Cuando le contaba esta especie de ingratitud que tengo hacia vos y que tanto me mortifica, él me decía que a veces sucede que los padres, no es que sean tan buenos como parecen, sino que anulan a los hijos con su generosidad como forma de sacarse de encima a quienes algún día pueden disputarle su poder familiar.

Algo parecido creo que pasó con mamá. Ella me ha insinuado que se siente atrapada en una especie de chantaje porque no deja de ser un triste satélite tuyo y no tiene ni argumentos ni voluntad para salir de esa condición. Nunca me lo dijo con esas palabras —y te pido que por favor no se lo preguntes—, pero ahora que estoy lejos de ustedes, comprendo mejor su tristeza, desgano y sobrepeso.

Siempre estuviste acostumbrado a mandar y a que te obedeciéramos. Tu generosidad funciona como una varita mágica que nos maneja a todos como si fuéramos marionetas.

Es insólito que me esté quejando de algo que tantos hijos desearían para sí, pero después de darle muchas vueltas al asunto, estoy bastante seguro que mis bajas notas en todas las asignaturas que me exigen creatividad, pueden estar motivadas porque «gracias a vos no necesito nada», lo cual, aunque parezca disparatado, equivale a funcionar como un cadáver.

Cambiando de tema, sabés que quizá te tenga que pedir una remesa especial porque Margarita tiene un atraso de tres semanas y ya acordamos que este tampoco lo queremos tener. Después te digo cuánto me tenés que mandar.

Un beso de tu mejor (y único) hijo.

Tola

●●●

sábado, 20 de diciembre de 2008

Debes ser bueno

El desborde del río Magdalena en Colombia está causando grandes pérdidas. La reacción ante el fenómeno consiste en atender a los damnificados, tomar precauciones, evitar el pillaje, pero no hacen (porque no pueden) nada para que el río retome su cauce.

Otra cosa que no hacen es ponerse a despotricar contra el fenómeno diciendo, por ejemplo: ¡esto es inaudito! ¡así no podemos seguir! ¿qué se ha pensado el río? ¡qué atropello!, etc.

Al comprender que se trata de un fenómeno natural que nos afecta, decidimos pues buscar formas de evitar todos los daños posibles mientras la situación anómala subsista.

Sin embargo esto no sucede cuando el perjuicio proviene de otro ser humano (delitos, infidelidades, incumplimientos).

Cuando alguien de nosotros es perjudicado por otra persona, ahí es muy probable que surjan las interjecciones mencionadas (¡esto es inaudito!, etc.) y con toda razón, aunque cabe mencionar que los motivos por los que alguien nos perjudicó podrían ser tan entendibles e incontrolables como los del río Magdalena.

Los humanos adolecemos de un severo inconveniente en la comprensión de nosotros mismos: confundimos lo que es con lo que debe ser. Permanentemente estamos juzgando a las personas por lo que se espera de ellas y no por lo que realmente son capaces de hacer.

Más aún, tratamos de no saber cuáles son las verdaderas características de nuestra psiquis para poner toda nuestra energía en exigir lo que debe ser, lo ideal, lo perfecto, lo mejor, lo más conveniente, lo más lindo ... como si los colombianos le exigieran al río Magdalena que sea un poco más prolijo.

●●●

viernes, 19 de diciembre de 2008

Te ofrezco lo que no tengo

Continúo comentando lo mismo que empecé anteayer con el artículo titulado Necesito que seas mi amigo.

Hay un proverbio que dice: «No le hagas a los demás lo que no quieras que los demás te hagan a ti», del cual se desprende fácilmente una conclusión categórica: «Hazle a los demás lo que tu quieres que te hagan a ti».

Estas ideas están fuertemente arraigadas en nuestro cerebro y actuamos según ellas en forma automática, sin espíritu crítico, sin razonarlas.

Esta receta para convivir adolece de un gran defecto: parte del supuesto de que todos somos iguales, que lo que necesito yo lo necesitan todos, que lo que a mí me molesta, le molesta a todos.

Como somos parecidos pero no iguales, el proverbio nos conduce a un error inevitable: Ofrecer lo que no tenemos.

Aclaro más: 1º) Supongo que todos somos iguales; 2º) Necesito a alguien con quien hablar sobre lo que me angustia; 3º) Supongo que todos necesitamos eso; 4º) Me esfuerzo por ofrecer la escucha de lo que a otros angustia; 5º) Como no es mi especialidad (dado que esa es justamente mi carencia), en las primeras de cambio estoy inundando al otro con mis preocupaciones; 6º) Me percato del error y me reprimo, por lo cual dejo de comunicarme y el vínculo se rompe.

En suma: en un esfuerzo sobrehumano, alentados por la omnipotencia y por la creencia de que todos somos iguales, queremos entregar lo que no tenemos (y que necesitamos) a quien le pedimos eso que necesitamos. ¡Un error garrafal!

●●●

jueves, 18 de diciembre de 2008

El infierno de la libertad

Un doble discurso nace por necesidad y no por malevolencia. Tenemos necesidad objetiva de ser incoherentes.

Una de las incoherencias más necesarias (y por lo tanto más populares) es la que hay entre lo que se pregona y lo que se hace.

Alguien puede defender acaloradamente la libertad irrestricta pero en su vida privada impone reglas muy severas a quienes dependen de él o busca situaciones en las cuales sus propias libertades se ven recortadas.

Quizá sea bueno tener en cuenta estos hechos inevitables, es decir, que necesitamos tener un doble discurso, que necesitamos ser incoherentes y que la libertad es buena pero «hasta por ahí no más».

Cuando tenemos plena libertad nos convertimos en responsables absolutos de nuestros actos, mientras que si estamos supeditados a los límites que nos impone un régimen autoritario, podemos sentir el alivio de que lo que salga mal es culpa del régimen y no propia.

Por otro lado, nuestra cultura incluye como méritos personales la responsabilidad. Muy bien, aceptemos que sería bueno que las personas seamos todas muy responsables pero de ahí a suponer que lo somos por naturaleza es un error.

Como queda lindo ser responsable, tenemos que decir y hasta pensar que lo somos, pero esto no es así, por eso no tenemos más remedio que tener un doble discurso. Por necesidad y no por malevolencia.

●●●

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Necesito que seas mi amigo

Pensemos en una de las manifestaciones de amor más antiguas: el regalo.

Pensemos en un regalo excepcional: una casa.

Pensemos que esa casa está tan llena de muebles y objetos que no puede ser habitada por quien recibió el regalo.

A continuación, el beneficiario que podría estar contento por esa manifestación de amor, resulta que se encuentra enojado, resentido, ofendido.

Este rodeo es para comentarles que a veces procuramos crear vínculos con los demás a partir de lo que tenemos y podemos dar pero resulta que las cosas no siempre funcionan así.

Los vínculos suelen establecerse porque uno busca en el otro lo que necesita y simultáneamente está dispuesto a que ese otro reciba algo de eso que tenemos y que gustosamente compartiríamos.

Volviendo al ejemplo, es preciso ofrecer una casa vacía y no una casa llena. Lo que propicia el vínculo (no lo asegura) es ofrecer nuestra carencia y no nuestra abundancia. Para que el otro sienta que puede ser nuestro amigo tiene que ver antes que existe en nosotros un lugar que a él le gustaría habitar.

La oferta de amistad debe comenzar con un «te necesito» y no con un «te ofrezco» mientras que la oferta de tipo comercial es al revés: «te ofrezco» (…lo que tengo para la venta y que a ti de haría falta ¡cómpramelo!).

Ofreciendo nuestra carencia (nuestra necesidad del otro) conseguimos amigos (novios, esposos, amantes) y ofreciendo nuestra abundancia (stock de mercancías, de dinero) conseguimos clientes.

●●●

martes, 16 de diciembre de 2008

Tengo mucho orgullo y colesterol

Ustedes estarán ya habituados a leer en estos blogs que las personas somos adictas al amor, que no podemos vivir sin saber que nos tienen en cuenta.

Es probable que la mayor parte de nuestro esfuerzo sea político, de marketing, social, publicitario. Una vez resueltos los problemas urgentes de la supervivencia (comer, abrigarnos, descansar), necesitamos ser amados.

Para tener un lugar en el corazón de otra persona —o si fuera posible, de muchas personas—, es preciso poseer un lugar en la mente, en la psiquis de esa (o esas) persona.

Nos ubicamos en la cabeza de nuestros semejantes mediante nuestro nombre, nuestra trayectoria, nuestra conducta y demás rasgos que nos definen y por los cuales podemos ser diferenciados del resto (pues necesitamos ser amados en forma personalizada y no dentro de un grupo).

Ese conjunto de rasgos identificatorios (datos personales, características) tenemos que conservarlos para que el amor que estamos buscando nos llegue sin extraviarse. Por ejemplo, nos interesa que algunas personas (de quienes preferimos recibir amor) tengan bien anotados nuestro e-mail, el número de teléfono, etc.

En esta búsqueda de datos identificatorios, puede interesarnos tener alguna enfermedad porque así seremos reconocidos por personas cuyo amor nos interesa: el médico, el farmacéutico o quienes gustan hablar de enfermedades.

En suma: para lograr ese amor imprescindible podemos apelar a recursos muy costosos, como son la incorporación de rasgos identificatorios poseedores de marcados efectos secundarios indeseables.

●●●

lunes, 15 de diciembre de 2008

El control del azar

Para algunas personas, el póker y el ajedrez son deportes extremos porque lo que sucede en esas partidas puede ser trementamente conmovedor, estresante, agresivo, violento, despiadado.

Observen que en el póker se juegan fortunas, sin saber cuál es la fuerza del contrincante y mucho menos cuáles son sus intenciones. Ante un misterio sobre cuál será nuestro destino en cuestión de segundos, apostamos lo que hemos ahorrado durante años de esfuerzo y austeridad.

El ajedrez es un poco peor en cuanto al amor propio porque, si bien no se acostumbra jugar por dinero, lo cierto es que estamos viendo cómo están ubicadas las piezas igual que las puede ver nuestro oponente. En caso de perder, habríamos visto venir el fracaso y no supimos evitarlo.

La mayoría de nuestros fracasos, tropiezos y pérdidas cuentan con nuestra complicidad, ya sea por omisión (descuido) o por comisión (auto-sabotaje).

Si una persona fuera capaz de conocer y aceptar cuáles son sus verdaderos sentimientos, aptitudes, debilidades, ambiciones, deseos, fortalezas, disminuiría las probabilidades de cometer errores, descuidos y auto-sabotajes.

Por no saber quiénes somos realmente, nos perdemos la tan rentable aptitud de saber cómo son las personas de quienes podemos recibir lo mejor que tiene la vida en sociedad. Para poder conocer a los demás no hay más remedio que —primero— aplicar la vieja fórmula: «conócete a tí mismo».

●●●

domingo, 14 de diciembre de 2008

La verdad de la milanesa

— ¡Hola! ¿Mamá?

— ¿Qué hacés a esta hora Nene?

— Escuchame, necesito que me des un dato de una garantía que está en el cajón del armario de la cocina donde guardamos todos los recibos.

— A bueno, esperá que voy a buscar los lentes.

— Mamá, los tenés colgados del cuello; apurate que te estoy hablando por el celular.

— Ay, tenés razón, los tengo acá. ¿Qué papel me dijiste? ¿Dónde me dijiste que busque?

— En el cajón izquierdo del armario de la cocina. El cajón izquierdo es el que está más cerca de la pileta de la mesada. ¿Lo abriste ya?

— Sí, ya lo abrí. ¿Qué papel me dijiste?

— Es un papel grande y verdecito. Es la garantía de la computadora que me entregaron hace cuatro días. Leeme el número rojo que tiene arriba de todo.

— Pará Nene, acá veo una factura de Antel, una factura de UTE ... ah, esta debe ser la celestita, ¿es de «La casa del consolador»?

— ¿Qué estás buscando mamá? Esa factura de «La casa del condensador» tiene como un mes y la que yo te pido tiene que estar arriba de todo porque la puse hace cuatro días. Es la garantía de la computadora, ¡no me digas que se perdió que me muero!

— No te pongas nervioso que en esta casa nunca se pierde nada. Recién estuve hablando con tu tía Maruja. Está cada vez más lela, pobre, fijate que ...

— Me contás esta noche. Encontrame la garantía ¡por favor!

— Che, pero que raro. ¿La habrás puesto acá? Acá nunca se pierde nada. ....
.... A ver, pará. Sí, creo que la encontré. ¿Verdecita, me dijiste? A sí, ya sé, ¿que querés que te lea a ver si puedo?

— ¿Dónde la encontraste, mamá?

— ¿Qué dato me pediste que te diera?

— Leeme el número rojo que está arriba de todo.

— Dice dos mil ochocientos quince. ¿Anotaste?

— Sí, pero ¿dónde estaba?

— Lo que pasa que tu hermana se olvidó de comprar el papel absorbente y vos sos el que más protesta cuando las milanesas me quedan aceitosas. Pero quedate tranquilo que ya está todo solucionado.

— Si, mamá. Gracias. Te mando un beso. Chau.

— Chau, Nene. No vengas tarde... Me parece que se cortó.

●●●

sábado, 13 de diciembre de 2008

Los ladrones nos vigilan

En el artículo de ayer titulado El mensaje de los impuntuales digo que éstos son como son por su incapacidad para administrar su tiempo o para hacernos creer a los demás que son seres superiores. El impuntual, si no es un incapaz, es un arrogante que necesita estar haciendo continuas escenas que pretenden hacernos creer cuán amado y necesario es para otros.

Esta sobrevaloración de sí mismos que padecen los impuntuales también la padecen —aunque de otra forma— los que suponen que sus bienes son muy valiosos y que permanentemente existen ladrones que esperan cualquier descuido para apoderarse de sus objetos.

En este caso la víctima es el propio sujeto (y no como en el caso de los impuntuales donde las víctimas son los que tienen que esperarlos).

Gran parte de la sensación de inseguridad sobre la propiedad privada que padecemos surge por nuestro deseo de ser valiosos.

Es cierto que el retrato de nuestros abuelos es muy valioso para nosotros; es cierto que esa olla sin un asa nos permite cocinar diariamente; el vestido de novia está bien guardado porque tiene un valor enorme.

El error está en suponer que nuestra cotización es universal, que ese retrato enriquecerá a quien logre apropiárselo para luego venderlo en miles de dólares en el mercado de objetos robados.

Si bien es un error de cotización nuestro, la actitud no es equivocada porque contribuye a imaginar cuántas cosas valiosas poseemos y, por asociación, cuán valiosos somos como personas.

En suma: El miedo al robo aumenta nuestra autoestima.

●●●

viernes, 12 de diciembre de 2008

El mensaje de los impuntuales

Cuando un trabajo de equipo depende de la sincronización, la puntualidad es imprescindible pero cuando no depende de la sincronización, la impuntualidad puede ser un mensaje inconciente que podemos decodificar o una simple incapacidad.

Por ejemplo, cuando un servicio de transporte colectivo se propone ser puntual con los usuarios, requiere obligatoriamente que los trabajadores nunca lleguen tarde a sus puestos de trabajo. Cuando varios profesionales deben observar un eclipse, necesariamente tendrán que estar presentes en el momento adecuado.

Los que llegan tarde necesitan hacerlo por tres motivos esenciales:

1) Intentan hacerle creer a los demás que son muy amados. Llegan tarde porque (supuestamente) otros no pudieron prescindir de su presencia, porque se resistieron a desprenderse de su tan valiosa compañía;

2) Al despreciar el tiempo de los demás, están queriendo establecer una forma de dominio sobre los que llegaron más temprano. El tiempo de cada uno en este caso representa a la persona misma. El razonamiento sería: «Si los hago esperar es porque valen menos que yo».

3) Son incapaces de administrar su tiempo.

●●●

jueves, 11 de diciembre de 2008

Compro personalidad feliz

En el artículo de ayer titulado La familia psicoanalítica digo que los psicoanalistas no se ponen de acuerdo entre sí tanto como sí lo hacen otros profesionales. En general los médicos coinciden en qué es una gripe y como será tratada. Los psicoanalistas, ante un mismo paciente pueden tener opiniones dispares.

¿Por qué esto es así?

Las metodologías de trabajo de la medicina son masivas aunque luego atienden a sus pacientes uno a uno. Cuando un médico ve un paciente lo observa buscando cuáles son las cosas en común que tiene su caso con otros casos sobre los que él se ha informado. Una vez detectadas las coincidencias con el modelo que el médico conoce, puede aplicar los procedimientos que ya han sido probados con éxito aceptable en poblaciones no menores a 10.000 personas.

Las metodologías de trabajo del psicoanálisis son individuales y se procura entender cuales son las particularidades personales, únicas, exclusivas e irrepetibles que tiene el consultante. Se parte de la base de que el paciente está funcionando en perfecta armonía sólo que él siente que podría hacerlo de una mejor manera, con mejor calidad de vida, con menos angustia.

Lo que hace un psicoanalista es escuchar a su paciente para que éste encuentre su mejor forma de llevar adelante su existencia, sabiendo que esa filosofía le servirá sólo a él, porque es único e irrepetible. No existen dos psiquis iguales.

El psicoanalista no sabe a priori qué le conviene a su paciente y no tratará de hacerlo cambiar para que se parezca a alguien porque eso equivaldría a robotizarlo, convertirlo en un clon de alguien.

Más allá de lo que se pueda decir con fines publicitarios, para la medicina somos un caso más y para el psicoanálisis somos un caso especial.

●●●

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La familia psicoanalítica

Describiré una familia ideal según el psicoanálisis.

Aclaro que ni esta descripción ni ninguna otra obtendrían el consenso de mis colegas porque este es un gremio de librepensadores y no una corporación que piensa en bloque como es la de los médicos, abogados, escribanos, etc.

Juan y María se enamoran y se juntan para llevar adelante un proyecto de familia en común.

En algún momento ella queda embarazada, tienen un hijo, lo cuidan entre ambos, tienen problemas, a veces se pelean, la familia de él y de ella intentan participar con su mejor buena voluntad pero también agregándole leña al fuego.

Estas dificultades se van superando porque siempre es más agradable vivir juntos que separados.

Ella está muy pendiente del niño hasta el segundo o tercer mes pero él cada vez está más deseoso de tener sexo con ella.

La libido de ambos aumenta y ella comienza a sentirse nuevamente atraída por él, recuperando todo lo que tanto les gusta de vivir juntos, pero ahora con Miguelito que quiere ser el centro de la atención de ambos.

Ellos comprenden a Miguelito y le prestan atención pero no dejan de mirarse con deseo y amarse tiernamente. Miguelito es amado pero no es el centro de la atención de los padres.

Es probable que aparezca una hermanita para él, con quien tendrá que compartir padres, amores, lugares, juguetes.

Y otra vez retorna el ciclo. Juan aguanta un tiempo pero en un par de meses ya quiere recuperar a María como mujer y ésta se siente atraída por su compañero, entonces Matilde tendrá que aliarse con Miguelito para jugar porque resulta que los padres, los aman mucho pero más se quieren y desean entre sí.

●●●

martes, 9 de diciembre de 2008

La unión hace la fuerza

Para muchos la consulta con un psicólogo es peor que la visita al odontólogo.

Con frecuencia observo cuánto cuidado debo tener en mis vínculos extra-profesionales para no intercalar en mi conversación conceptos que, aún siendo muy simples y propios de la condición humana, suelen generar turbulencias emocionales en mis interlocutores.

Esta sensibilidad no repara en niveles culturales. Aún aquellos que han dedicado gran parte de su vida a estudios muy complejos o que administran la producción de muchas personas, no quieren enfrentarse a alguien que pudiera decirles esa (inexistente) frase mágica que les destruya su fortaleza psíquica.

En este fenómeno radica uno de los motivos de por qué tanta gente desearía sinceramente poder consultar a un psicólogo pero no lo hacen. El miedo aumenta cuando se representan mentalmente el encierro en una habitación con este sátiro capaz de hacer tanto daño.

Estas ideas persecutorias son tan eficientes como para privarnos de una mejor calidad de vida y tiene una solución bien sencilla: la psicología de grupos.

Seguramente en el ciudad donde me está leyendo existen profesionales que practican la psicología grupal. Ahí podrá sentirse mucho más cómodo ya que estará rodeado de otras personas iguales a usted mientras que el psicólogo será percibido en franca minoría y como alguien mucho menos temible.

●●●

lunes, 8 de diciembre de 2008

«Más tonto eres tú»

En el artículo publicado hace unos días con el título «Juguemos a las escondidas», les comento que el vocablo «inhumano» incluye la intención de suponer que algunas personas iguales que nosotros se portan tan mal que no pertenecen a nuestra especie.

Mediante el cómodo trámite de usar esta palabra, tomamos rápidamente distancia de quien nos produce vergüenza ajena.

Naturalmente que no es el único caso.

Si un grupo de personas dice que alguien es un «hereje» están diciendo que no adhiere a la doctrina religiosa que ellos consideran como verdadera. Por lo tanto quedan habilitados para tomar acciones similares a las que se podrían tomar contra un insecto, un animal o una cosa (véanse las cruzadas).

Si un pueblo dice que los de otro pueblo son «bárbaros» están sugiriendo que éstos son extranjeros, fieros, crueles, incultos, toscos, groseros. Esta evaluación les permiten tratar con gran desprecio y las consecuencias pueden ser también muy graves (véase el caso de ciertos inmigrantes).

Si alguien es calificado como «enfermo mental» se está diciendo que, si bien es un semejante, lo es de otra categoría y que no es merecedor de la confianza que sí se merecen los que hayan sido calificados (indirectamente, por omisión) como «sanos mentales».

Las tres expresiones verbales (hereje, bárbaro, enfermo mental) son simplemente denominaciones, etiquetas, designaciones, que pone un grupo a los integrantes de otro grupo con el propósito de tomar distancia de ellos genéricamente, beneficiándose de la cualidad opuesta, que en los tres casos es la de ser «fieles de la religión verdadera», «ciudadanos dignos de respeto» y «personas razonables y dignas de confianza».

En todos los casos, una mayoría discrimina a una minoría con tan sólo asignarles un calificativo desprestigiante.

●●●

domingo, 7 de diciembre de 2008

Vino de la casa

— Estoy acá abajo. ¿Me podés abrir que me estoy cagando de frío?

— No te esperaba. ¿Que hacés a esta hora?

— Dejame entrar que te cuento.

— Si dale pasá, pasá.

— ¿Con quién estás?

— Con Baby.

— ¿Duerme?

— No, está por servir la cena. Caés justito.

— La verdad que te acepto sin que me ruegues porque además de frío tengo hambre y una bronca como para cuatrocientos.

— ¡Qué raro, vos con bronca!

— ¿El olor a sopa viene de tu apartamento?

— Le erraste: Guiso de lentejas y flan con dulce. Vino de la casa, como siempre.

— ¡Qué lindo que está acá adentro! ¡Qué tal Baby! ¿Cómo anda tanto tiempo?

— ¡Cómo te va, tanto tiempo! ¡Qué bueno que viniste! Justo estábamos por comer. Nos faltaba alguien como vos para tener una linda cena. ¿Y por tu casa como andan?

— Y, como siempre. Casualmente hoy creo que sobraba alguien como yo para la cena.

●●●

sábado, 6 de diciembre de 2008

Diccionario de psicoanálisis

Algún motivo existe para que los médicos hablen con palabras que no se entienden y para que escriban con una letra ilegible. Confío en que alguna razón habrá. Que casi nadie sepa el porqué no alcanza para afirmar que sólo tienen esas malas costumbres.

En psicoanálisis pasa algo parecido. A veces ni nosotros mismos sabemos bien de qué estamos hablando y reconozco que tampoco conozco el motivo.

Ayer les comenté una versión sobre lo que es una «madre castradora»
y hoy les comento algo más sobre la palabra «castración».

Un hombre castrado no puede tener hijos. Si entendemos que la única misión del ser humano es conservarse (él y la especie), entonces un hombre castrado está incapacitado para cumplir la función reproductiva, o sea, no puede cumplir la parte de la misión consistente en conservar la especie.

La anterior es la definición más explícita del vocablo castrado. Por analogía podríamos decir que alguien que no puede tener un trabajo padece una especie de castración (no está apto para ganarse el sustento). También podríamos decir que alguien que no puede vincularse con una persona del género opuesto, no podrá fecundar y por lo tanto es como si estuviera castrada.

El vocablo define entonces a una serie de ineptitudes (tanto de hombres como de mujeres). Asimismo, una persona se dice que es castradora cuando impide que otra tenga o aplique sus aptitudes (desestimulándola, asustándola, exigiéndole más de lo que puede lograr).

●●●

viernes, 5 de diciembre de 2008

El adulto con título habilitante

Le contaré una definición de «madre castradora».

Para ello usted debe prometer apagar por un rato su función razonadora.

Los hijos tenemos dos etapas: en la primera necesitamos que nuestra madre haga casi todo por nosotros porque estamos muy desvalidos. En la segunda, una vez que nos hemos desarrollado adecuadamente, podemos valernos por nosotros mismos.

Cuando la mamá no se da cuenta que su hijo cambió de la primera etapa a la segunda, entonces se convierte en castradora porque está cortando, ignorando, anulando el conjunto de posibilidades que tiene su hijo.

La palabra castradora se usa porque en psicoanálisis existe la costumbre de usar el pene o a los testículos como los representantes de toda posibilidad humana. Nuevamente estamos acá con un concepto que repito mucho: la metonimia. Los genitales representan a las capacidades que posee un adulto y que no poseen los niños.

¿Qué debe hacer una madre castradora para dejar de serlo? Primero debe entender que su hijo es tan apto para vivir como ella y segundo —esto es lo más importante— es demostrarle que ella necesita de él tanto como de las demás personas.

Es castrador ofrecer ayuda desde la creencia de que el hijo es un carenciado. No es castrador pedirle al hijo (¡no exigirle!) porque eso demuestra la creencia de que el hijo tiene (pene y testículos según la metonimia), que es adulto, que no está castrado.

Que una madre sienta sinceramente que su hijo «está pronto» y que es valioso, es para él más importante que recibirse en una facultad y para ella significa la satisfacción del deber cumplido.

●●●

jueves, 4 de diciembre de 2008

«¿Tu tienes pito?»

Aunque todo comienza con un error, sus consecuencias suelen no parar de producir efectos siempre negativos.

Es claro que los hombres y las mujeres gozamos intensamente con nuestros respectivos órganos genitales, sin embargo la escasa visibilidad de la vagina hace que todos (mujeres y hombres) pensemos que es mejor tener pene.

El tener y no tener son ideas fundamentales en la psiquis humana. Todo lo que es vida lo asociamos con tener y todo lo que es muerte lo asociamos con no tener.

Como la visión es el sentido más importante en nuestra conexión con la realidad, cuando vemos el genital entendemos que eso vale y si no lo vemos entendemos que no existe, que no vale, que falta.

De este mega-error surgen la mayoría de los problemas psicológicos que nos afectan y que el psicoanálisis generalmente resuelve (o por lo menos mejora).

Los varones, «viendo» a las mujeres, tememos perder el pene «como lo perdieron ellas» y las mujeres, «viendo» que alguien lo tiene, desearían tenerlo.

Ambos géneros estamos completos pero nuestra psiquis comete el error de suponer que uno está incompleto. A partir de este error, surgen los conflictos más variados en uno y otro género.

El apego a la racionalidad propio de nuestra cultura, nos impide entender que esto realmente exista en nuestras mentes e impide, por el mismo motivo, superar el error para ahorrarnos los gastos emocionales inútiles.

●●●

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Una sociedad no es la suma de ciudadanos

Para los trabajadores de la salud mental se vuelve muy difícil investigar y trabajar porque tienen (tenemos) que ser jueces de sus propias dificultades mentales.

Esta dificultad en cuanto a la debilitada objetividad se complementa con otra dificultad nada despreciable.

Para investigar hacen falta recursos económicos. Estos se obtienen de la rentabilidad que puedan tener ciertos descubrimientos. Aquellas tareas que no generen ganancias serán abandonadas como si no tuvieran importancia.

La mayoría de los recursos económicos que se aplican a las investigaciones psiquiátricas son aportados por los laboratorios fabricantes de psicofármacos. Como estos productos sólo pueden aplicarse a personas pero no a colectivos, entonces se aplican recursos para investigar a los individuos, dejando de lado los fenómenos sociales.

Si estos laboratorios que invierten en investigación pudieran ganar dinero fumigando psicofármacos sobre nuestras ciudades, quizá estarían entendiendo que gran parte de las dificultades mentales de los individuos surgen porque la dinámica de los grupos es patológica.

Por ejemplo, no son los individuos aislados los que producen la sensación de inseguridad ciudadana que tenemos instalada en la mayoría de las ciudades. La desconfianza en las instituciones que están para protegernos (policía, militares, médicos, jueces) no es tratable como la paranoia de Juan o de María, porque su verdadera causa surge de una patología social que no se explica como la suma de las patologías de sus ciudadanos.

●●●

martes, 2 de diciembre de 2008

Safari femenino

En el artículo titulado «Orígenes del amor y del odio» comento que estos sentimientos tienen su origen en los primeros hábitos alimenticios y en el control de esfínteres que se nos impone.

En orden cronológico, primero está la lactancia (generándonos amor mientras hay leche y odio cuando se agota) y luego está el control de esfínteres (generándonos amor cuando llegamos a un acuerdo y odio cuando nos sentimos contrariados).

Toda nuestra afectividad futura tendrá que ver en última instancia en cómo hayamos procesados estas experiencias iniciales.

Casualmente, la primera experiencia es también la más importante por lo siguiente: Cuando hay o no hay alimento, está en juego nuestra vida o nuestra muerte. Sin embargo, cuando nos ponemos de acuerdo o nos sentimos contrariados, las consecuencias son penosas pero sin riesgo de vida.

Cada vez que tenemos la sensación de que la sociedad nos está privando de algo que nos parece muy vital, sentimos un odio mucho más agresivo y violento que cuando sentimos que las normas de convivencia limitan nuestra libertad o comodidad.

Las personas tenemos diferentes maneras de interpretar las señales de nuestro entorno pero siempre reaccionamos con la energía correspondiente a lo que imaginamos, ya sea que está en riesgo nuestra vida o nuestra convivencia pacífica.

Por ejemplo, dos mujeres, cansadas de una prolongada soltería, se preguntan seriamente: «¿Dónde están los hombres?». Una de ellas puede entender que el entorno la está privando de algo vital mientras que la otra puede entender que el entorno le resulta molesto o aburrido.

Estos dos puntos de vista darán como resultado que la primera aplique mucho más energía que la segunda para conseguir un compañero.

●●●

lunes, 1 de diciembre de 2008

Juguemos a las escondidas

La negación de la realidad es un mecanismo mental disponible para mejorar nuestra existencia. Algo parecido sucede con la amnesia. Es muy necesario que algunas cosas se borren de nuestra memoria porque recordarlas sería como tener una espina clavada en un pie, sin poder sacarla, que nos impide caminar sin dolor y que no nos aporta beneficio alguno.

Esto no quita que algunas personas procuremos enterarnos de que estas evasiones de la realidad y del recuerdo, existen. Un beneficio que obtenemos consiste en saber que están ahí, distorsionando u ocultando algo de lo que nos rodea. Equivale a quien es miope y se compra lentes o es sordo y se compra un audífono.

Por lo tanto, si las negamos o las olvidamos, es porque existen y además son desagradables. Lo más importante es saber que EXISTEN.

El adjetivo inhumano es generalmente usado para negar u olvidar algo penoso de nosotros mismos.

Decimos que el régimen nazi fue «inhumano» con los judíos, gitanos, comunistas, y otros colectivos. Decimos que la violencia doméstica es «inhumana» porque arrasa con la integridad física o psicológica de sus víctimas. Usamos como sinónimos de «inhumano» los vocablos «desalmado», «bestial», «sanguinario», etc.

¿Dónde está la negación al usar este adjetivo? En que procuramos creer que los que cometen esas acciones son diferentes a nosotros. La verdad es que los nazis, los violentos y los desalmados son tan humanos como usted y como yo, sólo que por algún motivo hacen algo que a usted o a mi nos acusa, nos denuncia, nos hace ver de lo que somos capaces y no lo queremos reconocer. Aunque sólo sea para poder dormir mejor.

●●●

domingo, 30 de noviembre de 2008

Adoptar una adopción

— No soporto la mentira. ........ me hace mucho daño............... me pone furiosa y siento un odio muy profundo por quienes mienten.

Cuando velábamos el cuerpo de mi padre, mi hermano, entre sollozos oí que le contaba a un primo que ni él ni yo éramos hijos de nuestros padres. Que los dos habíamos sido adoptados cuando todavía éramos muy chicos.

Estuve sufriendo en silencio durante meses hasta que para curar la herida que me había provocado aquella revelación, me puse con una amiga a investigar cuál era mi verdadera historia.

Los pocos tíos que quedaban vivos estaban todos casualmente olvidados de cómo fue el trámite de adopción, dónde había nacido en realidad. Lo más importante para mí era conocer por lo menos a mi madre para preguntarle porqué me había abandonado.

Mi madre era 19 años más joven que mi padre y ambos habían nacido en el interior del país pero se conocieron y se casaron acá en la capital.

Yo los adoré hasta que me enteré de la adopción. Ella murió mucho antes que él a pesar de que era muy joven, pero le vino una de esas enfermedades que te llevan en poco tiempo.

¿Por qué tenían que mentir justo en ese tema tan importante para cualquiera?

— ¿Hubiera preferido no escuchar el comentario que hizo su hermano en el velorio de su padre?

— Nooo! Gracias a haber escuchado eso fue que comencé a investigar, investigar, investigar, hasta que pude saber qué fue lo que pasó en realidad.

Mi madre quedó embarazada siendo soltera pero los padres (mis abuelos) que tenían mucho prestigio y no querían quedar mal, en cuanto se enteraron de su embarazo se la llevaron lejos diciendo que haría un viaje de estudios pero lo que en realidad hicieron fue llevarla a una ciudad del país vecino, permitieron que diera a luz y donaron la bebita a una gente que deseaban adoptar.

Al poco tiempo ella se enamoró de otro hombre y con éste sí se casó. Una vez que le contó lo que le había pasado con su novio anterior y la bebita, él se dispuso a ayudarla para que intentara recuperar a su hija.

Así fue como volvieron a la ciudad donde había dado a luz y luego de un juicio muy agresivo de ambos contra la familia adoptante, lograron recuperar a la hija y volvieron triunfantes a comenzar una nueva vida, con una mujer que cada vez quería más a aquel hombre que le había devuelto algo tan preciado para ella.

Pues bien, esa bebita era yo. El que realmente es adoptado es mi hermano.

●●●

sábado, 29 de noviembre de 2008

Las buenas palabras

El psicoanálisis lacaniano se caracteriza por entender que el lenguaje es determinante del pensamiento. El lenguaje (el idioma castellano en nuestro caso) le da un cierto formato a nuestro pensamiento.

En algunos relatos de este mismo blog he incluido fragmentos de sesión de psicoanálisis en los que el paciente descubre una idea inconciente a partir de lo que expresa sin saber que lo está expresando.

Por ejemplo, en el relato ¿Mi mamá me ama?, Aníbal nombra a una tal «Ana María» en un cierto contexto, con lo que la analista puede sugerir que quizá él no se «Ani-maría» a comunicar su amor a una vecina por confundirla inconcientemente con su propia mamá que tiene ese nombre.

Me parece interesante compartir con ustedes la importancia que en nuestras vidas tienen las «malas palabras».

Una sobrecarga emocional provocada por una frustración sorprendente, es rápidamente atemperada cuando es posible enunciar estas frases tan injustamente condenadas por nuestros usos y costumbres.

Usted seguramente conoce varias de las más usadas y estará de acuerdo conmigo en que producen un cierto alivio con un mínimo esfuerzo.

En general aluden a cosas (excrementos, residuos) o características (homosexualidad, lentitud, etc.) despreciables de la condición humana.

Cuando una inesperada frustración nos hace sentir inferiores, con la mágica fuerza del idioma conjuramos mediante un insulto el fenómeno que nos agravia y podemos sentir un eficaz restablecimiento de nuestra autoimagen.

En suma: El lenguaje determina nuestra forma de pensar y las «malas palabras» no son tan malas como parecen.

●●●

viernes, 28 de noviembre de 2008

Ladrones solidarios

El sentimiento de solidaridad nos hace pensar que la desdicha de un semejante es y debe ser también nuestra.

El sentimiento de solidaridad nos hace pensar que la felicidad de un semejante es y debe ser también nuestra.

Habrán observado que el primer punto de vista es el popularmente aceptado mientras que el segundo, igualmente válido, no es reconocido.

Como la naturaleza siempre busca equilibrios, esta omisión de nuestra cultura (no reconocer como válida la solidaridad con quienes están mejor que uno) tiende a corregirse por vías indirectas. Es lo que hacen los ladrones, estafadores y demás delincuentes que atentan contra el derecho a la propiedad.

Por supuesto que no estoy diciendo que este derecho deba ser desatendido. En nuestro estilo de convivencia el derecho a la propiedad privada es quizá tan importante como el derecho a la conservación de la salud y de la vida.

Sólo me interesa señalar que este derecho está permanentemente siendo vulnerado porque corre con viento en contra dado que el sentimiento de solidaridad instalado entre los que nos sabemos semejantes, incluye el envidiar, desear y hacer lo posible por compartir aquello que tiene mi vecino y que a mí me haría tan feliz.

Podríamos llamarla «la otra cara de la solidaridad»... que también existe, aunque prefiramos no tenerla en cuenta.

●●●

jueves, 27 de noviembre de 2008

«Ayúdote que me ayudarás»

En el artículo publicado hace unos pocos días y titulado «Necesito que te vaya un poco mal» señalo que el amor dentro de una pareja incluye un sentimiento que parecería ser moralmente reprobable, esto es, desear que el otro quede en deuda con nosotros para que nunca nos abandone y para lo cual puede hacer falta que padezca algún trance que nos permita ayudarlo para generarle una deuda de gratitud hacia nosotros.

Agrego ahora que esta actidud —que la mayoría de las veces es inconciente— incluye a los hijos pero con una particularidad y es que éstos inevitablemente pasan por un período en el cual los padres son siempre imprescindibles porque están muchos años sin poder valerse por sí mismos.

Antiguamente esta situación se generaba explícitamente y todos la aceptaban. Los padres tenían varios hijos para que ayudaran a las tareas de la casa y para que cuando el envejecimiento ya no les permitiera seguir produciendo, alguno de los ellos oficiara de «jubilación y asilo».

Los padres sabían que esta costumbre debía ser inculcada a todos los hijos, no solamente en sus aspectos prácticos sino —y fundamentalmente— en la motivación. Era muy frecuente que al niño se le hiciera ver que todo eso que se estaba haciendo por ellos (cuidarlo, alimentarlo, hacerle regalos), algún día lo debería pagar haciéndose cargo de los padres ancianos.

Hoy en día, cuando aquella costumbre parece haberse extinguido pues los padres cuentan con algún seguro de vejez, de asilo y hasta de entierro, igualmente continúa la intención (ahora sí, inconcientemente) de que los hijos estén en deuda moral porque lo que no hay forma de resolver en una economía capitalista es el abandono afectivo.

●●●

miércoles, 26 de noviembre de 2008

¿Recuerdas qué día es hoy?

Les invento una historia para explicar algo que sucede a cada momento pero que no se tiene en cuenta.

El vino más caro del mundo se llamaba Petrus (de Burdeos - Francia) y se vendía a 2.200 euros la botella, sin embargo este precio fue ampliamente sobrepasado por otro, de origen catalán y que fue embotellado cuando se casaron los Príncipes de Asturias Felipe de Borbón y Letizia Ortiz. Su precio es de 6.000 euros la botella.

Un trabajador con buen salario porque ha escalado a los puestos de dirección de una gran compañía, compró una de estas botellas para demostrarle a su amada cuánto la quería.

Pasado cierto tiempo consideró adecuado preguntarle a ella si había podido disfrutar de tan preciado caldo, a lo que ella respondió que no le interesaba mucho el vino pero que la botella le había parecido hermosa.

Tradicionalmente tenemos la creencia que lo más importante siempre es el contenido, sin embargo no es así en todos los casos. El protocolo puede ser esencial para las relaciones públicas ... aunque algunos se dedican a considerarlo ridículo.

Cuando se reunen personas importantes (porque coyunturalmente sus decisiones afectan los intereses de muchas otras), los expertos en esta disciplina saben con precisión milimétrica quién debe saludar primero, dónde deben sentarse en torno de una mesa, que frases se habrán de decir obligatoriamente y cuáles estarán terminantemente prohibidas.

Cuando nos vinculamos con personas importantes (porque son muy apreciadas por nosotros), deberíamos tener en cuenta qué formalidades serán más valoradas que los afectos mismo. Las fiestas navideñas, los aniversarios y los días de (la madre, etc.) pueden ser más importantes que un sentimiento sincero, sólido y honesto discretamente exhibido durante todo el año.

●●●

martes, 25 de noviembre de 2008

¿Cuál es mi hijo?

El varón no tiene cómo estar seguro de que los hijos que está ayudando a criar sean suyos. Puede suceder que el hijo tenga un parecido físico que disipe las dudas que pudiera tener. También tenemos las confrontaciones genéticas (estudio y comparación del ADN), aunque por ahora éstas sólo son usadas en casos de litigios complejos. Sin embargo, en la mayoría de los casos la duda puede ser permanente.

Esta inseguridad del varón deriva en que puede no ser un fiel cumplidor de su responsabilidad paterna. Estoy mencionando el delito de infidelidad.

La sobrecarga que la naturaleza ha depositado en el cuerpo de la mujer nos obliga a todos a tomar medidas compensatorias pues de lo contrario ella podría ser ineficiente, produciendo nuevos ejemplares que por su incapacidad pongan en riesgo la preservación de la especie. La medida compensatoria más importante es la de coaccionar al varón de quien se supone que son los hijos.

Como se puede ver, la situación es confusa, no cuenta con una solución perfecta y es preciso caer en la violencia de la coacción.

En suma: como el macho humano puede no sentirse responsable de los hijos de su esposa y dado que ésta no puede encargarse sola de la crianza de sus hijos, las sociedades creamos normas por las que el hombre se convierte en una especie de esclavo de la mujer madre de sus (supuestos) hijos.

A partir de este estado de cosas, surgen efectos secundarios ideseables, propios de la coacción y de la esclavitud, que se manifiestan en infidelidades, reacciones violentas, evasiones, ineficacia económica, pobreza, cardiopatías, adicciones, etc.

●●●

lunes, 24 de noviembre de 2008

«Necesito que te vaya un poco mal»

Sobre ciertos temas sería preferible no pensar demasiado porque se corre el riesgo de llegar a conclusiones desagradables.

A pesar de eso siempre me dirijo a aquellas personas que prefieren conocer todas las opiniones para después elaborar las propias.

Mis artículos están pensados para quienes piensan por sí mismos y no para quienes prefieren comprar las opiniones de otros.

Para cumplir con la misión humana número dos (reproducirnos) necesitamos a otro y para cumplir con la misión humana número uno (conservarnos) también necesitamos contar con la colaboración de otros (proveedores y prestadores de servicios, honorarios o rentados).

La prohibición del incesto nos obliga a buscar compañía fuera del núcleo familiar.

En este emprendimiento, buscaremos a alguien que se adecue a nuestros gustos y que esté dispuesto a darnos lo que nos falta (el compromiso afectivo de que estará junto a nosotros “en las buenas y en la malas” ... sobre todo “en las malas” que es cuando más necesitamos compañía y que es cuando más difícil se hace acompañarnos).

Quizá sea más difícil acompañarnos cuando estamos mal, por el trabajo y las privaciones que le impondremos a quien nos acompañe, pero simultáneamente, esa difícil situación nos volverá más dependientes de ella y ésta podrá entonces sentirse más segura de nuestra compañía mientras estemos mal.

Su colaboración generará una deuda que nuestra responsabilidad y gratitud hará que una vez superado el trance, sigamos en deuda durante todo el tiempo por venir.

La necesidad que todos tenemos de que no ser abandonados incluye el deseo —y en algún caso también tomar las acciones que fueran necesarias— de que el otro en algún momento esté lo suficientemente mal como para que esa responsabilidad y gratitud lo obliguen moralmente a no abandonarnos.

Por lo tanto, las relaciones de pareja incluyen aspectos sobre los que sería mejor no tener información porque arruinan la ilusión de que los motivos que conservan los vínculos tan necesarios son generosos, desinteresados y de que nunca incluyen el deseo de que nos vaya mal.

●●●

domingo, 23 de noviembre de 2008

Cecilia

El profesor Atilio llevaba cerca de cincuenta años enseñándole literatura a jóvenes escasamente interesados en ella aunque era difícil que al promediar el año lectivo no hubiera una mayoría de apasionados lectores de cuanto autor latinoamericano estimulara sus frescas inteligencias.

Era su costumbre dedicarle poco tiempo a los autores que no trataran los temas más contemporáneos y eso terminaba entusiasmando a los muchachos que no encontraban en otro lado un mejor organizador de sus turbulentas preocupaciones.

Divorciado cuando tenía apenas veintinueve años, no había querido entablar nuevos vínculos amorosos porque aquel matrimonio le había dejado un sabor muy amargo.

La docencia era su única pasión y cada nuevo autor que llegaba a sus manos era leído con una consigna: «Qué tiene de bueno para mis muchachos».

Cierta vez, cuando ya tenía setenta y dos años —y se enorgullecía de tener como alumno al nieto de un exalumno—, fue citado al despacho del director del colegio y algo de ese encuentro lo angustió.

Efectivamente, el director le dijo de la forma más amable posible que se veía en la penosa obligación de pedirle que se jubilara porque, si bien los chicos estaban muy conformes, algunos padres habían insistido con que sus hijos no merecían ser educados por una persona tan anciana.

Llegó anímicamente destrozado a su casa, se preparó un té y abrió el cajón de su escritorio para mirar como hipnotizado el revólver que allí guardaba.

Pasaron muchas horas de aquella mañana horrible, se había olvidado de almorzar, de ir al baño. Su cuerpo quizá estaba tan muerto como su alma.

Sobre las cuatro de la tarde, sin haber probado tampoco el té, sonó la campanilla del teléfono y decidió no contestar. Llamaron varias veces más durante otras dos horas pero él ya se había desconectado del mundo de los vivos.

Tomó entre sus manos el revólver y otra vez el teléfono. Con la mano izquierda se llevó el tubo al oído como para despedirse del último sonido humano y desde ahí escuchó una voz joven que le dijo:

— ¡Viejito adorado!, soy Cecilia, la hija del director. Me dijo papá que te pidieron la jubilación y estoy radiante porque desapareció el motivo por el que no aceptabas que fuera tu mujer. Si voy ahora para tu casa, ¿me aceptarás?

— ...Sí..., claro. Te espero.

●●●

sábado, 22 de noviembre de 2008

Mi mamá me ama y amo a mi mamá

El sueño de la casa propia es una metáfora de algo mucho más íntimo, afectivo, amoroso.

Tener un lugar en el planeta que nos pertenezca en exclusividad y donde sepamos que nadie puede expulsarnos, es una necesidad espiritual que surge en nuestra más tierna infancia.

Este deseo es la versión materialista del deseo romántico de ser la persona más importante para alguien.

Efectivamente, nuestra felicidad depende de que podamos sentirnos exclusivos para alguien a quien llamaremos «mi amor».

Suponer que alguien depende de nuestra existencia nos aporta la dichosa satisfacción de que no seremos expulsados del corazón de esa persona tan importante para nosotros como lo es —en otra categoría más materialista— la casa propia.

Claro que muchas veces la certeza de un contrato tan particular (que somos el objeto imprescindible para alguien) se deteriora, se debilita, se fractura.

La propia irrealidad del compromiso («juro que sin ti no podré vivir jamás») es la causa de que el sentimiento que más felicidad nos aporta (el amor) sea simultáneamente el causante de más pesares.

Cuando fuimos pequeños y absolutamente vulnerables, tuvimos que suscribir un contrato con mamá que incluía esta frase «juro que sin ti no podré vivir jamás», pero el enamoramiento adulto, que insistentemente quiere replicar aquel delicioso compromiso, cuyo cumplimiento nos dio tanta felicidad (de hecho, si mamá no hubiera cumplido su parte, no estaríamos vivos), no puede ser reeditado porque falta la condición de que nuestro amado sea «pequeño y absolutamente vulnerable».

●●●

viernes, 21 de noviembre de 2008

Inmadurez presidencial

Para la insatisfacción no hay límites. No faltan quienes proponen que los hijos deberían tenerlos los abuelos porque los jóvenes están muy ocupados y todavía tienen ganas de divertirse.

Además los jóvenes no tienen la paciencia suficiente como para esperar nueve meses interminables y luego estar cambiando pañales cada poco rato y otras inconveniencias que sólo una abuela toleraría.

La adolescencia es un largo período que ocupa el tiempo que va desde la niñez a la adultez. Esa palabra no deriva del verbo adolecer (sufrir, padecer) sino del latín adolescere que significa crecer, convertirse en adulto.

Pasamos más o menos bien cuando los problemas que se nos presentan tienen la solución a nuestro alcance, pero resulta que en este período nuestra madurez psíquica no está preparada para los impulsos hormonales que nos provocan ganas de hacer de todo, de cambiarlo todo, de llevar nuestros ideales hasta las últimas consecuencias.

Aunque de afuera todos pensemos que ser presidente de un país es fácil, son pocos los que pueden tener un desempeño satisfactorio sin que su mente colapse porque las presiones le resultan imposibles de resistir.

Las clásicas perturbaciones de la adolescencia surgen precisamente por eso: Nuestras hormonas nos imponen necesidades y deseos (presiones) que nuestra psiquis —aún inmadura— no sabe cómo resolver.

Qué sucedería si a un señor que sabe servir café con total corrección, se le exigiera que se haga responsable de resolver un conflicto gremial que tiene paralizado a medio país. En el mejor de los casos se comportaría como un adolescente desorientado, irritable, insomne, con trastornos alimentarios, etc.

●●●

jueves, 20 de noviembre de 2008

Los gemelos diferentes

Imaginemos la existencia de dos hermanos gemelos, que son idénticos excepto porque Federico tiene un pequeño lunar en el dedo meñique de su pie izquierdo.

Ambos poseen idéntica trayectoria estudiantil y sus historias de vida (currícula) para ser presentadas ante cualquier trabajo, son iguales.

Son igualmente exitosos y poseen una gran capacidad de liderazgo pero llegó un momento de sus vidas en el que las circunstancias los separaron.

Efectivamente, las excepcionales dotes demostradas hicieron que los políticos de dos colectividades partidarias pensaran en ellos como candidatos naturales para sus respectivas filas.

Fue en esta instancia en la que apareció un segundo rasgo diferenciador que los convirtió en una persona exitosa y otra fracasada.

Federico puede hacer discursos de hasta una hora y media improvisando mientras que Francisco necesita redactarlos, corregirlos, ensayarlos y luego leerlos frente al auditorio.

Como digo en el artículo de ayer titulado La simbólica monarquía del pavo real los humanos tenemos una sensibilidad determinante hacia los símbolos y la capacidad oratoria es entendida como un rasgo esencial para erigir un presidente, aunque si nos detuviéramos sesenta segundos a revisar la validez de este rasgo nos daríamos cuenta de que un buen presidente no tiene por qué ser un buen orador.

Aunque parezca mentira, una mayoría de nuestras decisiones surgen porque nuestra psiquis entiende que ciertos símbolos (palabras, gestos, poesías, promesas) son tan reales como los hechos (resultados, concreciones, objetos tangibles).

En suma: con frecuencia confundimos el símbolo con lo simbolizado, al representante con el representado, al mapa con el territorio.

●●●

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La simbólica monarquía del pavo real

a) La esposa mira con desprecio a la amante de su marido y ésta baja la mirada ante aquella anciana mal vestida.

b1) Dentro de la misma empresa hay personas que se sienten grandiosas y otros que se sienten pequeños e insignificantes. Todos reciben exactamente la misma paga pero los primeros trabajan en oficinas con grandes ventanales y los segundos sólo se iluminan con luz artificial.

b2) Un empleado que con nueve años de antigüedad aún figuraba en el penúltimo nivel salarial, solicita un aumento de sueldo y como su productividad no lo justificaba, el ingenioso jefe de recursos humanos lo dejó muy gratificado «ascendiéndolo» al cargo de «Subcoordinador Adjunto», aunque sin modificar el importe de su remuneración.

c) Al recluta de 25 años se le acelera el corazón y corre por su cuerpo un sudor frío porque acaba de entrar a su dormitorio otro joven de 25 años pero tocado por un sombrero muy vistoso y vestido con un traje de botones dorados y galones blancos.

Los seres humanos somos muy sensibles a los símbolos. Los hechos nos influyen según lo que simbolicen para nosotros.

En el caso a) la amante del señor casado, puede que sea joven, que esté recibiendo abundantes regalos para ella, sus hijos y toda su familia, pero en su registro de los símbolos es mucho más importante ser la esposa que la amante de ese señor.

En el caso b1) los empleados están motivados o desmotivados por el lugar donde les fue asignado para que trabajen. La puja por tener ciertas ubicaciones, decorados, sillones o lugares en el estacionamiento de vehículos, puede llegar a extremos insólitos ... si no entendiéramos cuánta dependencia tiene nuestra psiquis de estos estímulos.

El caso b2) es fácilmente intuible. Es frecuente leer los nombres casi ridículos que se le asignan a ciertos organismos y oficinas así como también la denominación con la que bautizan la función que algunos jerarcas tienen a su cargo. Agrega prestigio el que luego sean nombradas por las iniciales (F.M.I., O.N.U., B.I.R.F., etc.)

La vestimenta militar responde a los mismos criterios, así como también la de otros uniformados como son los sacerdotes, los policías, los médicos, los jueces, ...

●●●

martes, 18 de noviembre de 2008

Orígenes del amor y del odio

Según la teoría de Darwin (1859) la evolución de las especies ha dado como resultado, por ejemplo, que algún mono se haya convertido en ser humano.

Cincuenta años después, Freud usó la idea para pensar que la psiquis también tiene un proceso evolutivo.

Los sentimientos de amor y de odio surgen cuando el recién nacido calma los dolores del hambre bebiendo la leche que proveen las glándulas mamarias de su madre pero se pone furioso cuando esas glándulas dejan de producir leche y tiene que comenzar a ingerir otros alimentos para no morirse por desnutrición.

Cuando los senos le dan leche siente amor y cuando dejan de dar leche siente odio.

Más adelante la madre empieza a pedirle que defeque y orine en cierto lugar. El pequeño empieza a sentir la presión social y eso le produce mucho malhumor y odio pero cuando logra cierto dominio sobre su cuerpo le resulta posible negociar sus evacuaciones a cambio de amor.

Los humanos nos ganamos el afecto haciendo lo que nos piden quienes tienen en sus manos el poder de que nos sintamos bien o mal. En la disciplina que la sociedad nos impone sobre cómo evacuamos las heces y el orín, también están diseñándose nuestros sentimiento de amor y de odio.

La psicología entonces interpreta que nuestra afectividad evoluciona a partir de estas primeras experiencias vinculadas con lo que ingerimos y con lo que evacuamos y eso le permite aplicar un criterio científico para sacar sus conclusiones.

Efectivamente, asumiendo esas hipótesis sobre la evoluciones de la afectividad, la psicología puede deducir y comprender con un grado de certeza próximo a otras ciencias humanas como son la medicina, la abogacía o la economía.

●●●

lunes, 17 de noviembre de 2008

El juez al fallar, falló

En un artículo reciente titulado El placer de la inmovilidad menciono que el texto de las leyes nos informan sobre todo lo que la sociedad nos tiene que prohibir pues, hablando pronto y mal: «Somos capaces de hacer casi cualquier cosa».

Ese tema me llevó a otro que puede ser interesante para compartir.

Los integrantes de una sociedad tenemos por lo menos dos maneras de actuar frente a las leyes. Una es como jueces que las interpretan y otras es como policías que las aplican. Como la mayoría de la población no trabaja ni como juez ni como policía, entonces tratamos de ejercer los dos roles sólo que imaginariamente, en nuestra fantasía, jugando con nuestras reflexiones.

En este juego procuramos hacer ambas funciones: interpretar y aplicar (la ley).

Y al comienzo no más aparece un interesante problema. La ley está expresada en palabras que no tienen un significado único. ¿Cómo interpretar entonces?

La ley nos dice «No matarás» y me pregunto ¿en defensa propia tampoco? Ella insiste: «No matarás». Y si me muero de hambre ¿puedo matar un pollo, para asarlo en ...? «No matarás» insiste imperturbable la ley. Pero este tipo de situación no logro tolerarla, ¡me suicidaré!. «No matarás» me contesta la ley.

Y la duda va en aumento. Cuando estamos leyendo esta ley legislada, nada menos que por Dios, es probable que seamos presa de una incontenible indignación cuando vemos que algunos semejantes la transgreden una y otra vez, matando personas, animales, bosques enteros, destruyendo el planeta que Dios nos dio. Esa indignación nos llevará a un punto en el cual encontraremos justificado matar a los asesinos con lo cual...

Pero para no hacer este texto más largo de lo debido, termino diciendo que cuando un juez emite su dictamen se dice que «falla» lo cual significa dos cosas: 1) que emite su sentencia definitiva y 2) que se está equivocando.

●●●

domingo, 16 de noviembre de 2008

Numerología letal

Braulio Cejas era un señor de apenas treinta y pocos de años, gordito, lento, con poco cabello pero muy largo y grasoso, dedos cortos terminados en uñas sucias. Siempre usaba los mismos zapatos negros acordonados y (¿las mismas?) medias grises.

Hijo de un directivo del hospital, le fue asignado el archivo de historias clínicas porque su aspecto era inconveniente para la apariencia higiénica de la institución.

Podía pasarse horas haciendo divisiones muy extensas usando el dorso de informes que nadie leía. Era su pasión.

Hablaba muy poco y casi nunca contestaba el saludo o el teléfono.

A ese rincón frío, oscuro y bastante húmedo del hospital iba y venía un jovencito de extraño peinado, cargando las historias de personas internadas, egresadas y fallecidas.

En cierto momento la tranquilidad del archivo perdió su ritmo porque hasta ella llegó el alboroto que se producía en los pisos superiores porque el número de fallecidos estaba aumentando a un ritmo alarmante ... incluyendo personal técnico, semitécnico y administrativo.

Claro que Braulio no se inmutó hasta que mirando la planilla con los datos personales de los fallecidos observó que en la numeración de los documentos de identidad siempre figuraban los números correspondientes a la fecha del fallecimiento.

En medio del griterío de la gente que iba y venía, comenzó a mirar las numeraciones de las personas aún vivas y comprobó con orgullo que la hipótesis era correcta: Día a día fueron falleciendo todos los pacientes y funcionarios según sus cálculos.

Como siempre ocurre, omitió chequear su propio número de documento, aunque de nada le hubiera valido.

●●●

sábado, 15 de noviembre de 2008

El placer de la inmovilidad

Una buena manera de conocer al ser humano es curiosear las leyes que los pueblos han tenido que pensar para organizar la convivencia. Por ejemplo, cuando vemos que está prohibido matar ya sabemos que el ser humano puede asesinar.

La cantidad de normas que limitan nuestras acciones se acerca peligrosamente a un número infinito. Tantas normas también dan cuenta de lo que somos capaces.

Otra buena manera de conocer al ser humano es leyendo a los novelistas cuyas obras han resistido mejor el paso del tiempo: Homero, Dante, Chejov y un abundante etcétera.

Estas incursiones en la descripción del ser humano inevitablemente son leídas con una distancia que nos hace perder de vista lo que quizá sea más valioso de la lectura: tanto los códigos como los novelistas siempre están hablando del lector sólo que éste supone que están referidos a otros (a los posibles delincuentes o a los personajes de ficción).

El desconocimiento de nuestra condición humana nos quita libertades en tanto vivimos con alguien (nosotros mismos) que no sabemos cómo es, qué piensa, cómo va a reaccionar. Se nota más claramente cuando tenemos dudas paralizantes.

¿Por qué persistimos en no saber quién somos al punto de «padecer» dudas paralizantes? Para conocer una de las tantas explicaciones de todo esto podemos recordar que las restricciones a nuestra libertad suelen teatralizarse mediante juegos de inmovilización que resultan sexualmente muy excitantes.

En esta categoría también se encuentran las pesadillas en las que «no podemos huir de una amenaza terrorífica».

Los seres humanos nunca damos puntada sin hilo y nuestras conductas más llamativas están justificadas porque satisfacen algún deseo.

●●●

viernes, 14 de noviembre de 2008

Más amor con menos gasto

Hasta los varones más machos son consumidores de amor, aunque seguramente no es ésta una particularidad que andarán exhibiendo utilizando revólveres color rosa o decorando su maltrecha ropa interior con bordados románticos.

La valentía, la rudeza, la ausencia casi total de lágrimas para los hombres mayores de diez años, la exposición al riesgo son características casi obligatorias para los varones del tercer mundo y en menor grado para los del primer mundo.

Como todos —hombres y mujeres— somos demandantes de amor, andamos por la vida buscándolo de mil maneras diferentes.

Ambos géneros procuramos que nos amen pareciéndonos a aquellos personajes que nosotros amamos. Esta copia debe ser discreta y disimulada porque si alguien notara el plagio, entonces el esfuerzo se convertiría en contraproducente ya que seríamos objeto de burla.

Los modelos clásicos pueden ser personajes reales o personajes de ficción o personajes reales a los que se les inventa una historia.

Copiamos a estos modelos procurando ser tan amados como ellos.

Me preocupan en este artículo las personas que copian personajes que han llegado a ser amados por su dolorosa existencia: Cristo, Gandhi, Ernesto (Che) Guevara y otros mártires.

Como el proceso de identificación con el ídolo es inconciente, puede convenir tomar conciencia de lo que está ocurriendo porque siempre se está a tiempo de elegir un modelo que nos permita una mejor calidad de vida.

●●●

jueves, 13 de noviembre de 2008

«Dejad que los quejosos vengan a mí»

En el artículo de hoy titulado Los que sufren aman mejor digo que necesitamos el amor tanto como el alimento.

Como el amor surje de un intercambio (amo a quienes me aman), me preocupa amar como forma de generar lo que es imprescindible para mi: ser amado.

Nuestro espíritu está programado para tener la certeza de que una persona rica y sana ama mucho menos que otra que sea pobre y enferma. El modelo prototípico de amor es el de Cristo: un joven apuesto que es crucificado y mortificado con una corona de espinas que se hace matar por defendernos.

Ahora voy al punto que quería comentar. Todos conocemos personas que no paran de quejarse de lo mal que les va en la vida. Aún cuando sean tan pésimos actores que no sepan disimular su bienestar, perseveran en hacernos creer que padecen atroces carencias, sufrimientos e injusticias.

Estoy seguro de que estas personas no actúan siguiendo un plan estratégico sino que lo hacen automáticamente, porque han encontrado que esa forma de actuar en sociedad les resulta beneficiosas.

Y así es en efecto: las molestias que causan con su actitud quejosa son toleradas porque tienen el mérito de que cuando nos demuestran su afecto, nos parece muy valioso. Los quejosos logran que las manifestaciones de aprecio que hacen a los demás parezcan más auténticas, valiosas, gratificantes. Esta cotización que le damos a los gestos amorosos de los plañideros es lo que los estimula para continuar representando ese personaje.

●●●

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Amor sin barreras

En un artículo titulado «Ser o Tener, esa es la cuestión» escribo sobre un tema muy poco frecuentado en la web y en los libros de divulgación.

En una síntesis muy apretada, la idea sería: Si alguien me ama (cónyuge, padre, etc.) puede ser por que imagina que soy una parte suya o porque tengo cualidades que le sirven.

El surgimiento de los celos dependerá de cómo sea ese amor.

Si Delia imagina que Damián está acariciando a otra mujer, puede ponerse tan furiosa como si su propia mano fuera la que está acariciando a otra mujer. Esta convicción le provocará dos sentimientos posibles:

1º) Que Delia está teniendo una conducta homosexual (porque para Delia, Damián ES una parte sí misma; no es que TIENE un cónyuge sino que existe una persona que ES parte de su cuerpo. Ella quizá diga: «A Damián lo quiero más que a mí misma»);

2º) Que esa mano con la que Delia contaba, ya no es tan suya y esto pone en riesgo su propia integridad corporal. En esta situación, Damián está amputando a Delia con su actitud amorosa hacia otra mujer.

No tiene ninguna importancia cuál sea la realidad material de los hechos (que Delia y Damián son dos personas independientes); lo que cuenta para que surjan los celos atormentadores es lo que el celoso siente como verdadero (realidad psicológica).

La situación empeora porque esta percepción equivocada de la realidad (que Damián es parte del cuerpo de Delia) suele interpretarse como un amor sublime, romántico, envidiable, cuando en realidad es una manera enfermiza de vincularse y que, por supuesto, tiene muy mal pronóstico.

●●●

martes, 11 de noviembre de 2008

El alma burocrática

Nuestra psiquis funciona como una organización burocrática. Algunos departamentos se dedican a recibir datos en el mostrador (contacto con la realidad), otros procesan esa información para poder presentársela a los centros de decisión (realizar o no realizar cierta acción), otros controlan el propio funcionamiento («¿estoy haciendo las cosas bien?»).

Como en el caso de una oficina pública, el contacto con la realidad (el dato recibido del mundo exterior) puede ser alterado durante el trámite porque el órgano de decisión ya dio la orden de que ciertos temas prefiere no conocerlos porque lo perturban (sobre todo aquella información que perjudica sus intereses).

También los datos se distorsionan porque cada departamento se cuida de que el departamento de control interno no emita juicios descalificantes. En general todos los departamentos actúan cuidándose de no ser perjudicados y siempre están buscando formas de disminuir el esfuerzo y aumentar las ganancias.

El proceso es lento y suele pasar bastante tiempo entre que la información fue recibida en el mostrador (por ejemplo, la persona-institución burocrática se enteró de que tiene el colesterol demasiado alto) y que se toma alguna decisión.

Recordemos que una de las acciones posibles es no hacer nada, dejar que las cosas se arreglen solas, ignorarlas, «hacer la vista gorda», «hacerse el distraído».

Cada vez que criticamos la ineficiencia de algunas organizaciones burocráticas, estamos haciendo una crítica autobiográfica, aunque en este caso el trámite consiste en criticarnos indirectamente para evadir toda necesidad de cambio.

●●●

lunes, 10 de noviembre de 2008

Poesía científica

En el artículo publicado hoy con el título «Fabricaré la sopa que más me agrada» comento que la percepción no es una función confiable. Al menos para los negocios.

Si en un momento de romanticismo científico usted se tira en la arena de una playa solitaria alumbrada solamente por la luz de las estrellas, tendrá la convicción de que nuestro planeta está en el centro del universo y que éste gira alrededor nuestro.

Todos tenemos mucha confianza en los datos provenientes de nuestro sentido de la vista. Sentenciamos seriamente usando la frase «si no lo veo, no lo creo».

La ciencia —en todas sus especialidades— sólo se dedica a rectificar nuestros errores de percepción. Su principal objetivo es demoler las convicciones que hayamos construido en base a deseos, intenciones, voluntad, esperanza, anhelos, apresuramiento, prejuicios, buenas intenciones, simpatías, modas.

Nueve de cada diez estudiantes manifiesta tener dificultades severas con las ciencias duras (matemática, física y química). Genéricamente se explica este hecho objetivo diciendo que los docentes son incapaces de trasmitir pedagógicamente dichos saberes.

Sin embargo el principal motivo está en que los seres humanos tenemos un apego muy difícil de abandonar por lo que el psicoanálisis llama «principio del placer», esto es, aceptamos lo agradable (deseos, intenciones, voluntad, esperanza, anhelos, apresuramiento, prejuicios, buenas intenciones, simpatías, modas) y rechazamos lo desagradable (la ciencia que demuele esas convicciones placenteras).

●●●

domingo, 9 de noviembre de 2008

Caín y Abel

— ¡Querida Matilde! ¡Por fin llegaste! ¡No aguantaba un día más sin tu compañía!

— Sin embargo viniste a recibirme con la única camisa que sabes que me trae pésimos recuerdos.

— En realidad no me acordaba de ese detalle, pero además es la única limpia que me va quedando, porque sabes que la señora que me...

— ...te hace lo que tu deberías poder hacer y no haces porque piensas que esas tareas son de mujeres... Vengo de un mundo donde los hombres son seres humanos y las mujeres son seres humanos. SON IGUALES. ¿ENTIENDES ESO?

— Está bien Matilde, pero por qué me gritas. ¿Recién llegaste y ya retomaste el malhumor local?

— Te grito porque acá hay un gentío horrible y este aeropuerto es tan chico que parece una cabina telefónica. Ni el peor país de África tiene tanta incomodidad para recibir a los turistas.

— No te pregunto cómo te fue en el viaje porque ya veo que te dejó con el carácter más podrido que antes. Consigamos un taxi.

— ¿Cómo? ¿Y nuestro auto?

— Quedó en el taller porque olvidé reponerle aceite y se fundió el motor. ¿Te sobró algo del dinero que llevaste para el viaje?

— Vengo con las tarjetas de crédito desbordantes de facturas del país que me pidas.

— Entonces vas a tener que hablar con tu papá porque acá la cosa está que arde. No tengo un peso partido por la mitad.

— (Suena el celular de ella) ¡Hola Alberto! ¿Dónde estás? ¿DÓNDE? ¿Me viniste a buscar? ¡Ay! ¡Ahora te veo! ¿Qué haces en ese Volvo nuevo? Sí, sí, me voy contigo así te cuento todo. (Dirigiéndose al esposo) Miguel, vete solo que me voy con tu hermano. ¡Chau!

— ¿No me das ni un beso?

— Otro día te daré dos.

●●●

sábado, 8 de noviembre de 2008

Enfermedades virtuosas

Una persona puede tener una fobia y no molestar a nadie con su particularidad psíquica. El problema se nos presenta cuando esa persona no asume que tiene una fobia y afirma que lo que está mal es el mundo.

Por ejemplo, los ratones y las ratas son roedores que viven cerca de los humanos desde siempre. El rechazo enfermizo (fobia) a estos animales es bastante generalizado. Por este motivo estamos pensando que son alimañas y que deben desaparecer como especie.

En este caso, la fobia de un grupo importante de personas impone el criterio de que la ecología para con esos objetos fobígenos (objetos de fobia) debe consistir en su erradicación.

El rechazo fóbico no siempre es tan notorio como el que se teatraliza con una mujer histérica parada arriba de una silla, gritando como si la amenazara un león hambriento. A veces es más moderado, sutil, disimulado y hasta elegante si usted me permite la exageración.

La fobia a las enfermedades se disfraza como una conducta responsable aunque se tomen medidas extremas que recortan muchas libertades, derechos y placeres. La fobia a la pobreza es presentada como una lucha digna de las personas solidarias, buenas, generosas, aun cuando existan pobres que toman esa respetable opción.

En suma: La actitud fóbica suele presentarse como «simple intolerancia» para quitarle la característica patológica que tiene la fobia. Y para purificar aún más la imagen de estas personas, se pregona la santidad de esas intolerancias.

●●●

viernes, 7 de noviembre de 2008

½ masivo

Cuenta Miguel de Cervantes Saavedra en su libro "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" que un señor normal, muy apasionado por la lectura de novelas de caballería, un día decidió abandonar la ficción y vivir realmente las aventuras que durante años habían afiebrado su imaginación.

Con esta decisión, su nombre Alonso Quijano pasó a ser Don Quijote y luego de conseguir todo lo necesario para empezar semejante emprendimiento (caballo, escudero, armas, estar muy enamorado de una jovencita), salió a rectificar el mundo.

Todos, incluidos Sancho y el autor, pensaban que Don Quijote estaba loco, pero quienes leyeron la obra con criterio clínico aún no han alcanzado una conclusión definitiva.

Una persona normal es alguien que piensa como la mayoría. Si partimos de esta condición de normalidad, entonces la mayoría de los genios son enfermos. También se dice que una persona es normal cuando pasa desapercibida sobre todo porque no molesta a los demás.

La normalidad es una cárcel de máxima seguridad en la que tenemos que estar recluidos los que no queramos llamar la atención y preferimos pasar desapercibidos no molestando a los demás.

La mayoría de los que usamos el idioma aún no aceptamos que “normalidad” sea un sinónimo válido de mediocridad y subdesarrollo.

●●●

jueves, 6 de noviembre de 2008

Los antojos son sagrados

En el artículo publicado hoy con el título «Necesito un bombón» comento que un niño puede pedirle un bombón a la madre cuando en realidad lo que está necesitando es que la madre le confirme por millonésima vez cuánto amor le tiene.

¿Por qué el niño no se lo pregunta directamente en lugar de hacer todo este rodeo de pedir un bombón? Acá está una de las claves del psiquismo: el deseo.

Ni un niño ni un adulto escapan al particular funcionamiento del deseo, consistente en ser reconocido como deseante.

Me explico mejor: el niño lo que en realidad quiere es que la madre reconozca, intuya, comprenda, acepte, convalide, entienda, asuma que su hijo desea.

Veamos qué le dice Miguel a su compañera: «Matilde, tengo la imperiosa necesidad de que aceptes mis aspiraciones, mis caprichos, mis antojos. Para mí es fundamental que tu estés convencida de que mis anhelos son legítimos, válidos, respetables, sagrados, incuestionables. Si puedes satisfacerlos me alegraré pero recuerda que lo más importante para mí es que los reconozcas como sagrados».

El deseo de Miguel es que Matilde haga todo eso con sus gustos, aspiraciones, etc. Si Matilde hace eso, entonces Miguel se sentirá gratificado por ella.

Lacan lo dijo así: «El deseo del hombre es el deseo del Otro».

●●●

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Dejad que los adulones vengan a mí

Imaginemos a un gobernante recluido en su palacio presidencial que permanentemente está tomando decisiones que afectarán los destinos de sus gobernados, basándose en la información que recibe de sus múltiples asesores.

Los asesores son personas que reciben variadas manifestaciones de afecto (fiestas, invitaciones, regalos, halagos verbales, dinero en efectivo) de parte de los poderosos empresarios que habitan en ese país imaginario.

A poco de instalado este gobierno, es claro que los asesores acomodan la información que suministran al presidente como para que éste siempre tome decisiones convenientes para los generosos empresarios que hacen tan hermosos regalos.

La educación en valores cívicos y religiosos de esos ilustrados asesores influye para que nieguen la hipótesis de que son simples corruptos y prefieren suponer que los regalos responden a su natural atractivo. Imaginan ser amados por lo que son (gente linda, simpáticos, amables) y no por lo que tienen (poder transitorio).

Cuando somos presidentes de nuestro hogar y nos dejamos asesorar por noticieros y publicaciones que nunca ponen en duda nuestra inteligencia, que siempre se cuidan de no ofendernos, que permanentemente dicen lo que queremos escuchar (o leer), nos comportamos tan estúpidamente como el presidente imaginario.

●●●