miércoles, 22 de diciembre de 2010

Licencia neuro-dactilar

Me tomo un pequeño descanso pero no se abstengan de agregar o leer comentarios, pues algunos están muy buenos. Vuelvo el 20/01/2011. Un abrazo!

martes, 21 de diciembre de 2010

Los orgasmos inútiles

«Cuanto más conozco a las mujeres, más me gustan las mujeres».

En otros artículos he fundamentado la opinión personal sobre la asimetría radical que existe entre hombres y mujeres, porque

— Somos anatómicamente diferentes;
— Tenemos distinto protagonismos en nuestra única misión (cuidarnos como individuos y como especie); (y, por consecuencia)
— Diferimos en nuestros puntos de vista, prioridades, idiosincrasia, personalidad, estabilidad emocional, reactividad.

He llegado a decir —sin ningún ánimo de exagerar—, que bien podríamos considerarnos de especies diferentes (como si fuéramos jirafas y camellos) (1).

También he mencionado (2) que la anorgasmia se da más entre mujeres que entre varones.

Lo habitual en nuestra forma de pensar es dar por correcto un cierto modelo y luego comparar todo lo demás con ese modelo, para terminar diciendo: esto está bien y esto está mal.

Esta forma de valorar la realidad que nos rodea corre el riesgo de elegir mal el modelo de referencia.

En la vida cotidiana, aumenta este riesgo porque los expertos en marketing hace siglos que trabajan publicitariamente para imponer ciertos modelos acordes a sus intereses, con lo cual, los más incautos terminamos afirmando que «la medicina es buena», «los árabes son malos», «los que ganan siempre tienen la verdad», «los europeos son más inteligentes que los africanos», etc.

Por machismo puede entenderse «la actitud de discriminar a las mujeres en beneficio de los varones».

No me extrañaría que hombres y mujeres consideremos que la anorgasmia es una disfunción sexual.

Sin embargo, si nos apegamos a la lógica de la naturaleza, podríamos decir que los varones estamos obligados a tener orgasmos porque de esa forma eyaculamos nuestro semen, mientras que las mujeres no los necesitan.

Lo que sí necesitan es lo que no paran de buscar: amor y protección, para ellas y sus hijos.

(1) Una hipótesis de lo peor
Nadie es mejor que mi perro
Ya sé por qué no me entiendes
Ser varón es más barato

(2) Menos orgasmos y menos salario
El orgasmo salarial
Primero cobro y después hago
Las mujeres fecundan gratis

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lunes, 20 de diciembre de 2010

Las noticias de nuestra infancia – 5

Los caballos duermen parados, tienen los ojos sobre los laterales del cráneo y sus orejas cambian de orientación, según dicen algunos opinólogos (como yo), porque en la historia de estos animales, esas funcionalidades se fueron desarrollando para que se defiendan más eficazmente de los depredadores.

La lógica de esas características anatómicas estaría en que, si fueran atacados mientras duermen, podrían huir rápidamente; asimismo, los ojos laterales y las orejas giratorias, les permiten tener una percepción visual y auditiva de 360º.

Los humanos también traemos algunas funcionalidades defensivas, que se van perfeccionando a medida que crecemos.

Lo que estoy comentando con ustedes desde hace algunos artículos anteriores (1), refiere precisamente a un conjunto de temores, precauciones, acciones reflejas, que fuimos adquiriendo a través de los milenios, para defendernos de nuestros depredadores.

Este artículo lo destinaré a las fantasías persecutorias.

Si tuviéramos que arriesgar una hipótesis sobre cuándo comenzó nuestra desconfianza, pensaríamos en el parto.

Cualquiera fuera el mínimo recuerdo de aquel traumático evento ¿quién podría entender y justificar un desalojo tan violento e inoportuno (porque éramos muy débiles para ser desterrados)?

Entramos a la vida con el pie izquierdo: nada menos que nuestra madre tiene una actitud tan antipática.

Tengamos en cuenta además que no podemos averiguar con otros niños cómo les fue a ellos, como para tranquilizarnos pensando que «a todos nos ocurre lo mismo».

Por lo tanto, nuestros sentimientos paranoicos (persecutorios) están plenamente justificados.

En suma: la naturaleza nos hizo predispuestos a la desconfianza y además, tenemos motivos valederos para sentirnos personalmente perseguidos.

En la adultez, nos resultan desproporcionadamente alarmantes noticias, tales como:

— robo de identidad;
— epidemia;
— estafa;
— llamadas telefónicas u otros mensajes anónimos;
— cambios en nuestro cuerpo, por mínimos que sean;
— futurología inquietante (apocalíptica);
— recalentamiento global, deshielo (imagen), debilitamiento de la capa de ozono, invasión de marcianos.

(1) Las noticias de nuestra infancia – 4

Las noticias de nuestra infancia – 3

Las noticias de nuestra infancia – 2


Las noticias de nuestra infancia – 1

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domingo, 19 de diciembre de 2010

Exitoso y enigmático

Les hablaré de un rey que gobernó en otros tiempos y otros lugares, donde la cultura es muy distinta a la occidental, aunque los seres humanos en esencia, nos parecemos.

Él manejaba con mano firme los destinos de su pueblo y eran muy admiradas las continuas conquistas territoriales que lograba, gracias al rebuscado arte de la guerra con que había sido dotado.

Los pueblos vecinos —sabedores de que en cualquier momento serían invadidos por única y exitosa vez— nunca lograban entender cuál sería su próxima estrategia.

La expansión territorial hacía que las fronteras de su territorio fueran cada vez más extensas y por ello, más y más países eran sus vecinos, posibles víctimas de su afán y seguros enemigos que no paraban de conspirar preventivamente contra él.

Cierta vez dio la orden de construir un pequeño palacio en las alturas de una colina, rodeada por interminables desiertos que lo volvían costosamente accesible.

Al ser terminado y lujosamente decorado, todos quedaron expectantes sobre cuál sería el destino de obra tan magnífica.

Aumentaron las conjeturas cuando los administradores de gobierno buscaron candidatos para formar un equipo de 100 varones, sordos de nacimiento y con notoria fortaleza física.

En una ceremonia patriótica, el enigmático gobernante comunicó que aquel lujoso palacio sería la cárcel vitalicia, para su enemigo personal más peligroso.

Los súbditos tampoco pudieron entender que el mejor orador, el persuasivo dirigente de la oposición al rey, pasara a vivir su cautiverio como un rey, custodiado por guardias que no pudieran ser convencidos por la brillante oratoria del preso político.

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sábado, 18 de diciembre de 2010

Las noticias de nuestra infancia – 4

Para este cuarto artículo de la serie (1), le toca el turno a un tema tan fascinante como es la sexualidad y el erotismo.

Compartiré con ustedes algunas hipótesis sobre porqué ciertas noticias actuales, nos llaman tanto la atención y eventualmente nos alarman desproporcionadamente.

La palabra clave es seducción.

No quedan dudas sobre la sexualidad infantil. Nacemos con deseos sexuales.

No quedan dudas sobre la represión de la sexualidad que imponen nuestras culturas.

Así es imposible tramitar esta necesidad (orgánica y de la especie) con tanta naturalidad como lo hacen nuestros compañeros de otras especies.

Este conflicto se expresa de múltiples formas, aunque en los hechos todas ellas podríamos agruparlas bajo un mismo título: neurosis.

Los niños se masturban y la vergüenza del adulto que lo observa, genera un estado de ánimo en el pequeño que yo no sabría cómo describir, pero que para definirlo en pocas palabras, tiene algo de culpa, de sentirse un monstruo, de que su vicio puede costarle la expulsión del hogar.

A partir de esta gran preocupación —teniendo en cuenta su mínima capacidad para enfrentar sus temores—, surgen en él fantasías que lo alivian.

El pequeño imagina que uno o más adultos lo seducen, lo excitan sexualmente y que esa es la causa de sus prácticas masturbatorias condenables.

Con su imaginación, trata de suponer que no es un degenerado monstruoso (como parece sugerirle la actitud escandalizada de los adultos), sino que es la víctima de un abuso sexual (seducción).

Este drama infantil, archivado en el inconsciente, luego sale a luz cuando oímos noticias que refieren, por ejemplo, a:

— abuso y acoso sexual, como es de suponer por la identidad de los fenómenos y las propias fantasías de seducción;

— toma y cautiverio de rehenes;

— secuestro;

— estafa (en tanto constituye una seducción depredadora).

(1) Las noticias de nuestra infancia – 3

Las noticias de nuestra infancia – 2


Las noticias de nuestra infancia – 1

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viernes, 17 de diciembre de 2010

Las noticias de nuestra infancia – 3

Este artículo es continuación de una serie (1) en la que me dedico a comentar con ustedes una posible explicación de por qué ciertas noticias actuales, nos resultan tan perturbadoras.

La angustia de fragmentación es —sin exagerar— insoportable.

El cachorro humano es quizá el más vulnerable por más tiempo y el correlato psíquico de esta debilidad radica en que el yo (la parte consciente con la que actuamos en estado de vigilia) (2) demora mucho en desarrollarse.

La angustia de fragmentación la padecemos todos (por ejemplo, temor a que nuestro cuerpo sea destrozado en un accidente) pero —felizmente—, cuando nuestro yo se fortalece, la memoria olvidadiza nos alivia archivando esos recuerdos en el inconsciente.

Como ocurre con las otras angustias infantiles mencionadas en los artículos referidos (1), algunas noticias actuales reavivan aquellos sentimientos agregándole dramatismo a lo que hoy podría pasar más desapercibido.

El caso más notorio e intuible refiere a las prácticas terroristas de moda, consistentes en que un semejante a nosotros, llena su vestimenta de explosivos y se inmola causando graves daños.

Algo muy conmovedor para casi todos, fue lo que ocurrió en Estados Unidos cuando 11/09/2001, en un cinematográfico operativo, fueron fragmentadas hasta su total destrucción las Torres Gemelas ... cuyo nombre alude a hermanos nacidos en un mismo parto.

En este momento (diciembre de 2010) estamos próximos a las fiestas de fin de año y cunde un estado de ánimo particular, causado por muchos motivos.

Algo que nunca oí mencionar —o sea que quizá usted lo lea por primera vez—, es lo siguiente:

— el ano (o la cabeza, o el corazón) representa a cada persona (metonimia);

— «fin de ano», sugiere el temido y angustiante fin de nuestra existencia;

— procuramos desangustiarnos, detonando cohetes que imitan flatulencias de un ano que está vivo (formación reactiva).

(1) Las noticias de nuestra infancia – 1

Las noticias de nuestra infancia – 2


(2) Maqueta de una psiquis

La violencia amorosa

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jueves, 16 de diciembre de 2010

Las noticias de nuestra infancia – 2

Como digo en el artículo anterior de esta serie (1):

«Las noticias que nos llegan diariamente a través de los diferentes medios de comunicación (incluido el boca-a-boca), son interesantes solamente cuando evocan aquellos temores infantiles que —por lo penosos—, cayeron en el olvido.»

He mencionado el temor a ser devorados y a ser abandonados.

Hoy le toca el turno al temor a ser envenenados.

Los pequeños se asustan con las personas que no conocen y dan la voz de alarma con un llanto audible a gran distancia. De modo similar, se rehúsan a comer nuevos alimentos, más aún si les son ofrecidos por gente extraña.

Este cuidado con lo que comen está activado y dinamizado por el instinto de conservación.

Como digo en el primer artículo de esta serie, ese mortificante temor a ser envenenados, luego cae en el olvido y queda en el inconsciente. Aparece la emoción asociada cuando escuchamos alguna noticia que oficia de metáfora del recuerdo olvidado.

Me explico mejor con algunos ejemplos:

Las noticias referidas a nuestra salud, evocan fácilmente el primitivo temor al envenenamiento.

Si oímos que han aparecido algunos casos de cierta enfermedad contagiosa, nuestro miedo se excita desproporcionadamente (con alarma) porque la psiquis retoma aquel estado de vulnerabilidad extrema, que intentábamos compensar con una desconfianza que nos hacía ver fantasmas por todos lados.

Algo similar ocurre con las noticias sobre errores de los laboratorios farmacéuticos o con los informes científicos según los cuales se sabe que los vegetales transgénicos son dañinos para la salud.

Pero las metáforas pueden ser muy variadas.

Por ejemplo, no sólo se corresponden con la ingestión de alimentos tóxicos. También nos reaviva fantasías infantiles de envenenamiento saber de virus que pueden invadir nuestra computadora o de alguien que se tragó (creyó) la historia de un estafador.

(1) Las noticias de nuestra infancia – 1


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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Las noticias de nuestra infancia - 1

Como nuestra memoria tiene por función recordar algunas cosas y olvidar otras, siempre tenemos la idea de que «todo tiempo pasado fue mejor», lo cual es históricamente falso. Lo que nos ocurre es que nuestra memoria borra selectivamente ciertos datos.

Los niños siente miedos que arruinarían su existencia si no fueran ignorantes y si —con su pensamiento mágico—, no lograran negar lo que les ocurre.

Como nos olvidamos de todo eso, en alguna época posterior tenemos nostalgia de este infierno dantesco y además desdramatizamos o no le creemos cuando nos cuentan sobre sus temores.

Sólo para tener una idea de lo que les cuento, listaré algunos ejemplos de cómo en la adultez nos angustiamos por el recuerdo olvidado de nuestra niñez.

Las noticias que nos llegan diariamente a través de los diferentes medios de comunicación (incluido el boca-a-boca), son interesantes solamente cuando evocan aquellos temores infantiles que —por lo penosos—, cayeron en el olvido.

«Según datos oficiales, la inflación se disparó durante el mes pasado exhibiendo por primera vez guarismo de dos cifras. Efectivamente, nuestra moneda se depreció en un 11,30%, ...»

Nuestro propio deseo de ser muy amados por nuestros padres, nos provocaba como efecto secundario indeseable el temor de ser literalmente devorados por ellos. La inflación hace que nuestro dinero (ahorrado o recibido como salario), pierda su valor como si fuera carcomido.

«Un conductor de ómnibus encontró un niño de 18 meses, sentadito sobre el borde de una carretera próxima a un basural. Estaba descalzo y llevaba pañales, ...».

Esta información es tremendamente angustiante porque no podremos dejar de recordar nuestro temor a que nuestra madre dejara de atendernos, nos privara de comida, se fuera enojada porque demoramos demasiado en ser autosuficiente y estar en condiciones de ayudarla, en vez de darle trabajo.

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martes, 14 de diciembre de 2010

Libertinaje programado

Se acercan las tradicionales fiestas de fin de año y el teclado emocional se altera reversiblemente. Después del día de Reyes (7 de enero), las emociones retoman sus lugares e intensidades habituales.

Un fenómeno parecido ocurre en Carnaval. Durante varios días queda autorizado un cierto desenfreno con dosis de inmoralidad y libertinaje.

En otros artículos (1) les conté que nuestra psiquis está diseñada y funciona como una casa, en la que habita un loco (inconsciente), un juez-policía (superyó) y un señor muy serio y laborioso encargado de dialogar con la realidad exterior a la casa (yo).

Freud no inventó nada. Su mérito fue organizar conocimientos que ya existían desde siempre.

Puedo decir un poco más: nadie inventa nada pues todas las innovaciones no son más que la readaptación (a veces muy creativas, eso sí) de cosas que ya existen en la naturaleza.

Así como Freud nos organizó los conocimientos como para entenderlos bajo el título de psicoanálisis, otros inventaron la figura del síndico.

Un síndico desempeña las mismas tareas que el superyó en nuestra mente, porque tiene a su cargo inspeccionar (supervisar, controlar) lo que ocurre en una empresa cuya gestión es particularmente importante para el resto de la sociedad.

El superyó es una parte de nuestra psiquis que nos controla para que seamos buenos ciudadanos y evitemos perjudicar a los demás. Es por el superyó-síndico que cumplimos con los preceptos morales o nos sentimos culpables.

A pesar de que este rol (síndico-superyó) parece muy severo, no lo es tanto.

Ese personaje psíquico o social, sabe que cada tanto tiene que permitir que aflore la locura, que el inconsciente tome las riendas de la convivencia, que se desahoguen los deseos prohibidos.

Sin estas descompresiones ocasionales, el individuo o el colectivo, se enferman, se deprimen, se angustian, se rebelan.

(1) Maqueta de una psiquis

Violencia amorosa

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lunes, 13 de diciembre de 2010

Dios nos libera

Mientras releía el artículo titulado El amo y el esclavo, viven diferente, pensaba: «Alguien puede pensar que intento ser coherente».

Lo que sí ocurre es que no busco la incoherencia deliberadamente. Si tengo que ser coherente, lo acepto sin culpa ni arrepentimiento.

La obligación de no contradecirnos equivale a una cárcel de alta seguridad. Continuamente tenemos que revisar todo lo que alguna vez dijimos para evitar la inclusión de conceptos que se opongan entre sí.

El equipo de carceleros que nos vigilan, está compuesto por una infinidad de voluntarios, que hurgan con meticulosidad proporcional al prestigio del convicto. Si alguien gana el Premio Nobel, estos voluntarios se excitan hasta el paroxismo y tratan de encontrar pruebas para destruirlo, cosa que felizmente no ocurre, no por falta de contradicciones en el premiado, sino por la inevitable necedad de sus carceleros.

Y en esto sí creo: Dios nos libera.

Observen que la existencia de las religiones, capaces de convocar a personas de las más variadas inteligencias, nos aportan el derecho a defender públicamente un conjunto de ideas radicalmente alejadas de la lógica, la coherencia y la racionalidad.

Por lo tanto, aunque el psicoanálisis es ateo (porque suponemos que esta fantasía no es otra cosa que una forma de pensar en las cualidades e influencia en nosotros de un padre ideal), no puede (el psicoanálisis) enemistarse con las religiones porque recibe de ellas una autorización tácita para defender —también públicamente—:

— la falta de coherencia que nos impone el inconsciente; y que

— (por estar gobernados por el inconsciente), el libre albedrío no pasa de ser una alucinación, que por la cantidad de adherentes que la padecen (o disfrutan), parece ser tan verdadera como la existencia de Dios.

En suma: vivir en la cárcel (de la coherencia), no impide la felicidad humanamente posible.

Nota: La imagen muestra al presidente de México (Felipe Calderón), al presidente de Venezuela (Hugo Chávez) y al presidente de los Estados Unidos (Barack Obama).

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domingo, 12 de diciembre de 2010

Fracaso del psicoanálisis

A Clarisa la conocí en un congreso de psicólogos, (San Pablo - Brasil), al que una mayoría concurrimos para escapar de nuestras vidas familiares, de nuestros pacientes y de nuestras identidades.

Como siempre ocurre, los temas de estos eventos son irrelevantes porque lo que importa es encontrar un pretexto razonable para justificar esas fugas, atraídos por la omnipresente fantasía de que encontraremos a alguien con quien podamos practicar sexo recreativo y luego intercambiar títulos, autores y chismes, ya que fumar se ha vuelto antipático, inclusive después del coito.

Como dice el refrán, «la tercera, es la vencida». Los dos últimos «viajes de actualización profesional», habían transcurrido sin pena ni gloria ni ninguna otra mujer.

Apareció Clarisa y ratifiqué una vez más que son ellas las que, cuando entran en celo, marcan al candidato y lo subordinan hipnóticamente.

Enterado de que esto funciona así, ni dudé en acercarme e invitarla a «tomar un vaso de soda porque lo del café ya está gastadísimo», con lo cual logré su primera sonrisa aprobatoria.

Me contó que había estudiado psicología para curarse a sí misma, porque todos los profesionales consultados la habían dejado tan desequilibrada como antes.

Además de la sonrisa, no tenía otro rasgo físico que pudiera interesarle a la empresa Play Boy, pero para mí se convirtió en una mezcla de Madonna con Shakira.

Me planteó su fantasía antes del almuerzo: quería destinar los próximos cuatro días a tener sexo vaginal, siendo penetrada por detrás, mientras se asomaba por la ventana del hotel, para mirar el tránsito desde la altura.

Imaginé rápidamente la escena, me pareció excelente y así lo hicimos.

Les ahorro los detalles porque son conocidos por ustedes.

Cuando volví a mi casa, me esperaban con una piedra en cada mano.

Resultó ser que Clarisa tiene un amante, evidentemente más celoso que su marido, porque la hizo seguir por un detective, talentoso fotógrafo que se gana algún dinerito extra extorsionando a los clientes colaterales que pudieran aparecer, dentro de los cuales, fui incluido.

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sábado, 11 de diciembre de 2010

El bio-cam-bio

La resistencia a los cambios es una característica de prácticamente cualquier ser vivo.

Hasta las aves migratorias tienen resistencia al cambio porque para ellas, la rutina, lo estable, lo permanente, es vivir siempre con una misma temperatura, por ejemplo, siempre en verano.

Los animales que hibernan, rehúyen del cambio climático acostándose a dormir durante meses como si padecieran una depresión profunda.

Hace meses les contaba (1) que las personas exitosas son particularmente renuentes a cambiar algo que pudiera perjudicarles su estatus.

Más recientemente (2) les comentaba lo que ocurre con la inestabilidad emocional que caracteriza a las mujeres bajo el influjo de sus oleadas hormonales y de cómo, esos cambios de humor suelen desprestigiarlas y generarles conflictos sociales y laborales, dado que también nos resistimos a esos cambios suyos.

Seguramente existen razones plenamente biológicas para que los seres vivos en general nos resistamos a los cambios.

En nuestra especie, sin embargo puede sumársele un agravante dado que parte de nuestra biología incluye el comportamiento mental, en el que participan las metáforas y las metonimias, en procesos que suelen ser inconscientes.

Me explico mejor:

Además de que nuestro organismo procura la estabilidad ambiental, climatérica y geográfica, nuestra psiquis asocia los cambios con el más dramático, esto es, con la muerte.

Aunque nadie sabe exactamente de qué se trata morir (porque no han habido suficiente cantidad de fallecidos, que pudieran contar una historia similar y confiable), sí alcanzamos a saber que se trata del gran cambio.

Esto nos permite decir que nuestro instinto más reactivo, frenético y alocado, es decir, el instinto de conservación, es el proveedor de energía a una metáfora con la que suponemos que todo cambio nos remite al gran cambio, al irreversible, al terminal, al que evitamos con mayor energía.

Todo cambio es una metáfora de la muerte.

(1) Lo feo de ser lindo

(2) La realidad es ovárica

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viernes, 10 de diciembre de 2010

Ni si, ni no, ni viceversa

Hace unos meses, les decía (1) que, si bien la humanidad se abraza con fuerza a la creencia en el libre albedrío, simultáneamente se abraza con fuerza a todo aquello que disminuya las consecuencias indeseables de esa postura ideológica.

Efectivamente, suponer que el futuro puede adivinarse erosiona la hipótesis de que cada uno hace lo que le viene en gana.

Los que confían sus decisiones al asesoramiento que pueden obtener de la astrología, el tarot o los mentalistas, están suponiendo que el curso de los acontecimientos ya está determinado en el momento de la consulta, pero que sólo esos asesores tienen acceso a la información.

Por lo tanto, quien cree en el libre albedrío tiene prohibido creer en la adivinación, excepto que asuma la incoherencia lógica en la que incurre.

Algo similar sucede con los amantes de las estadísticas porque uno de sus principales subproductos, el más apasionante, el que despierta mayor interés, es la determinación de tendencias.

El análisis de tendencia pretende aportar certezas suponiendo que si un móvil estuvo en el punto A y ahora está en el B, puedo tomar decisiones partiendo de la base de que luego estará en C.

En suma: quienes creen que el futuro se puede conocer por la vía que sea (mística, parapsicológica o matemática), sólo están autorizados para defender el determinismo y descalificar el libre albedrío.

Y ya mismo me desdigo, porque la afirmación anterior también es falsa.

Los humanos estamos atados a la coherencia en los dichos pero no en los actos. Decimos lo que los demás quieren y aceptan escuchar, pero hacemos lo que no podemos evitar (determinismo), para luego describirlo (justificarlo) de la forma que los demás quieren y aceptan escuchar.

Por ejemplo, digo defender la monogamia, pero soy infiel y luego prometo no volver a hacerlo.

(1) ¡Cuidado con los monos de leo!

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jueves, 9 de diciembre de 2010

La violencia amorosa

En un artículo publicado con el título Maqueta de una psiquis, compartía con ustedes una descripción híper-resumida de cómo el psicoanálisis se imagina que es nuestro aparato psíquico.

Lo esencial de esa nota estaba al final.

En él decía que poseemos un inconsciente que responde a nuestros instintos y que se lleva mal (o, directamente, no se lleva) con las normas de convivencia; un superyó, que se parece a un juez y gendarme, que sí tiene en cuenta las normas de convivencia, y un yo, encargado de vérselas con el inconsciente, con el superyó y con toda la realidad en la que vivimos.

Haré un comentario práctico sobre el juez y gendarme (superyó).

Esta parte (función, instancia psíquica, o piecita del engranaje mental), se desarrolla asimilando

— lo que nos llega a través del sistema educativo;
— lo que nos exigen o recomiendan nuestros padres;
— lo que otros (amigos, compañeros de estudio o de trabajo, sociedad en general), nos indican sobre cómo desean que seamos para aceptarnos, querernos, incluirnos, protegernos, dejarnos participar en fiestas, paseos, diversiones.

El superyó se desarrolla con esos insumos, bajo amenaza.

La construcción de esta parte de nuestra mente no es nada pacífica, ni amorosa, ni poética.

La mejor comparación que se me ocurre es con un caballo de paseo. Si usted observa cómo son y de qué manera se usan las espuelas, podrá comprenderme mejor.

Las espuelas son unas puntas metálicas que se calzan en los zapatos del jinete (imagen), para que este las clave en la piel del equino, ante lo cual, el pobre animal huye despavorido, es decir, translada al torturador a más velocidad.

El sistema educativo nos castiga obligándonos a escuchar varias veces lo mismo, nuestros padres nos amenazan con el desamor o el abandono y nuestros amigos, nos ignoran.

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miércoles, 8 de diciembre de 2010

El sadismo filantrópico

Un cuento humorístico narra la historia de un matrimonio de ancianos, en el que ella desempeña el rol de severa vigilante de la salud de él: le impone ejercicios, dietas, privaciones.

Desafortunadamente fallecen en un accidente y cuando van al cielo, se enteran de todas las ventajas que ahí disfrutarán eternamente: casa gratis, campo de golf, piscinas, todas las comidas que deseen.

El hombre le hace notar a San Pedro que él no puede comer cualquier alimento por el colesterol, la diabetes, el ácido úrico, pero el santo le dice que nada de eso existe en el paraíso.

El anciano se lamenta y le recrimina a la esposa porque, no solo le privó disfrutar de la gastronomía terrenal sino que además, postergó su muerte para disfrutar del paraíso.

Las creencias que se apartan de las evidencias que nos muestra la naturaleza, inevitablemente adolecen de algún defecto lógico.

En el caso de la historieta, la existencia de una vida después de la muerte es inconsistente. Se trata de una fantasía para aplacar la preocupación que refiere a nuestro fallecimiento, pero entra en contradicción con otros datos.

Efectivamente, si fuera coherente, entonces nuestro instinto de conservación seguramente no reaccionaría con tanta crispación ante cada discurso terrorífico de quienes no agotan su imaginación sobre cómo atemorizarnos con infinitas amenazas, que para contrarrestarlas, quedamos obligados a sufrir, privarnos, abstenernos, aburrirnos, renunciar a una parte importante de nuestra calidad de vida.

Claro que todo esto no es tan grave si observamos la complacencia por las privaciones que algunas personas detentan.

— Algunos cónyuges se siente deliciosamente mimados si los vigilan, les imponen restricciones e indirectamente los alientan a realizar travesuras, transgresiones y demás actos clandestinos;

— También parece gozoso difundir e-mails, sembrando el terror entre los amigos, tomando el rol de verdugo o torturador, supuestamente filantrópicos.

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martes, 7 de diciembre de 2010

Los psicosomáticos dolores del parto

Hay un conjunto de creencias que nos arruinan la vida, pero atención: nuestra vida depende del sufrimiento.

Efectivamente, el fenómeno natural «vida» cuenta con las acciones que realizamos para aliviarnos del hambre, del cansancio, de la evacuación de los desechos digestivos, del deseo sexual (1).

Una de esas creencias ruinosas dice que estamos formados por una parte física, que se puede tocar (tangible), más otra parte espiritual, que no se puede tocar (intangible).

A esta creencia se la denomina dualismo cartesiano porque hemos elegido al filósofo francés René Descartes (1596-1650) como su inventor o descubridor, a pesar de que muchos pensaron lo mismo, pero necesitábamos un abanderado para darle mayor fuerza, difusión y credibilidad a la idea.

Como les comento en algunos artículos (2), las creencias tienen una fortísima influencia en lo que percibimos. Casi podríamos decir que no vemos de afuera hacia adentro sino exactamente al revés: lo que no creemos, no lo percibimos.

Otra creencia muy arraigada entre nosotros es que, si bien podríamos aceptar que somos animales, no solo somos diferentes sino que además somos los mejores, los más perfectos.

Esta idea es tan ridícula como la que sostienen algunos de nosotros de que somos los más bellos, los más inteligentes o los infalibles.

Con estas premisas, podemos ir pensando que los dolores de parto son una respuesta psicosomática que, en lo esencial, es patológica.

En otras palabras, no es necesario que el parto sea penoso. La naturaleza puede perfectamente terminar el proceso de gestación sin que las mujeres sufran.

Efectivamente, las hembras de estos animales, pueden ser fecundadas por un macho, luego pueden gestar sin la ayuda de nadie (parientes, médicos, enfermeras), y parir sin dolor ni asistencia.

Claro que, como Dios dijo «parirás con dolor», ¿quién se anima a desobedecerle?

(1) Ver blog especializado en el sufrimiento como inherente a estar vivos, titulado Vivir duele

(2) La obediencia debida

Nos comportamos como perros y gatos

La inteligencia es optativa

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lunes, 6 de diciembre de 2010

Los estrógenos consumistas

Una mayoría creemos que las mujeres son más gastadoras que los hombres.

Por «gastador» podemos entender alguien que con frecuencia encuentra necesidades y deseos, propios o ajenos, que pueden y deben ser satisfechos gastando el dinero o el créditos disponibles.

No cuento con estadísticas sobre este tema como para decir, por ejemplo, algo que deleita los oídos de los racionalistas y creyentes en datos como el siguiente:

«The Massachusetts Institute of Technology, (MIT) reveló la semana pasada, que el 83,39 % de las mujeres, son proclives a agotar sus ahorros o el cupo crediticio de sus tarjetas de créditos, comprando objetos para el hogar, vestimenta para ellas o sus familiares, mientras que 16.61% de los hombres son ahorrativos, procuran andar siempre con la misma vestimenta ruinosa, excepto en lo que refiere a la compra de televisores, computadoras o Play Station».

Pues bien, este dato que figura en el párrafo anterior, es falso, acabo de inventarlo, es tan irreal y poco creíble como cualquiera de los otros datos que, con similar formato, se ofrecen como verdades irrefutables.

Comienzo otra vez: si usted cree, tiene la sensación, supone, que las mujeres gustan comprar cosas nuevas en mayor medida que los varones, entonces siga leyendo porque le diré por qué esto, que (efectivamente) les ocurre, tiene una explicación que sólo el psicoanálisis, con su maravillosa capacidad de percibir lo que acontece en lo más recóndito de nuestra psiquis, puede descubrir y en el siguiente párrafo, develar.

Existe un correlato entre la renovación celular que se produce cada mes lunar en el útero (menstruación) y el deseo de comprar cosas nuevas.

Efectivamente, puede dar por seguro que la relación menstruación-consumismo existe, aunque una minoría no la manifieste.

Agrego: el fenómeno ocurre independientemente de que la mujer sea menstruante o no.

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domingo, 5 de diciembre de 2010

La intriga sobre quién soy

Con los colegas que tengo un trato más amistoso —cuatro mujeres y dos varones—, estuvimos cerca de dos meses pensando en reunirnos en mi apartamento, con hora de comienzo pero sin hora de finalización, para trabajar, confraternizar y divertirnos.

Una hora después de lo convenido, estábamos los siete reunidos.

Les recordé a las colegas que se olvidaran de que eran mujeres y que abandonaran esa patética costumbre de ser amas de casa y maternales. Por lo tanto, nada de colaborar en picar los alimentos sólidos, ni alcanzar vasos y botellas a los demás.

Uno de ellos había conseguido abundante marihuana y eso nos provocó ansiedad. Especialmente entre los tres que nunca la habíamos probado.

La única Coca-cola, quedó sin abrir. Bebimos casi exclusivamente whisky y medio litro de cerveza.

Rápidamente la conversación ingresó en temas personales, luego en muy personales y finalmente en peligrosamente íntimos.

Alguien se dio cuenta de la tendencia y quiso traer a colación el caso de un paciente anónimo, pero la más agresiva y vehemente lo hizo callar, interpretando esta actitud como evasiva, irresponsable y cobarde.

Todos estuvimos de acuerdo, pero sin hacer leña del árbol caído.

Otra se puso de pie, pidió silencio y cuando lo obtuvo, dijo: «Ustedes son la humanidad para mí y les confieso que quiero a mi marido, que estoy furiosa porque me abandonó y que todo el destrozo económico y público que le estoy haciendo, me duele más a mí que a él».

El silencio siguió un rato más, intercambiamos miradas hasta que alguien arrancó con un tema trivial que se extinguió enseguida.

Como el formato teatral tuvo éxito, el colega más tímido también se puso de pie. Sólo levantó los brazos y callamos:

— «Tengo 58 años, hace años que me divorcié, me va muy bien como analista, quizá sea quien más pacientes atiende y el que más honorarios cobra mensualmente, pero me siento un fracasado».

Así siguió la ronda, pero del tercero o tercera en adelante, ya no recuerdo qué se dijo.

Recién me llamó una de ellas, muy risueña y me dijo: «¡Así que con que esas teníamos, eh! ¿Quién lo hubiera dicho de ti?», pero no me dio más pistas y sé que no me las dará.

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sábado, 4 de diciembre de 2010

Los orgasmos de mamá

Imaginemos por un momento un escenario de ficción, surrealista, fantástico, ...

El elemento esencial en este mundo distinto, es que los humanos tendríamos una opinión totalmente favorable hacia el placer físico.

Imaginemos que algo nos modifica el pensamiento a todos y que a partir de ahora, sentimos la misma devoción por el deseo sexual que por el amor platónico.

Tanto glorificaremos la generosidad, la tolerancia, un infinito deseo de ayudar a los demás, como el placer físico de ser acariciados, de penetrar o ser penetrados, de besar todo el cuerpo, abrazar con total desnudez, disfrutar de los perfumes, la suavidad, la pasión, lo locura frenética de los orgasmos sísmicos.

Repito: convertiremos en dignos del mayor respeto, valoración y aprobación, tanto el amor incondicional al prójimo como las relaciones sexuales.

Si usted pudo instalarse en este escenario, podrá imaginar cosas muy extrañas, además de las propias de la misma situación (desaparición de la pornografía, las vestimentas sólo serán necesarias para protegernos del frío o del sol, el vocabulario obsceno perderá sentido).

Una transformación importantísima que ocurrirá, tendrá que ver con la relación madre-hijo.

Es real que las mujeres sienten un enorme placer físico cuando su hijo succiona la leche de sus senos. La situación es realmente erótica, sexual, apasionada.

Como nuestra cultura nos ha inculcado la idea de que el sexo es pecaminoso, sucio, condenable, la madre que amamanta a su cría, no puede sentir plenamente este placer y sólo lo interpreta como una mínima gratificación por todo lo que ella hace sacrificadamente por sus hijos.

Puesto que ellas no pueden reconocer (asumir) que el sólo goce físico que provocan la maternidad y la lactancia, constituye suficiente gratificación por todo lo que hacen por sus hijos, se instala la disparatada creencia en que los hijos estamos en deuda con nuestras madres.

Artículos vinculados:

La inteligencia es optativa
La obediencia debida
Nos comportamos como perros y gatos

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viernes, 3 de diciembre de 2010

Maqueta de una psiquis

Pensemos en una casa donde viven tres personas.

1) Una vive en la parte trasera y jamás sale a la calle;

2) Otra vive en la parte superior de una torre, con grandes ventanales que le permiten ver todo lo que ocurre en la casa, tanto en el fondo como en el frente.

3) La tercera, vive en las habitaciones del frente y es la única que se comunica con el mundo exterior, con los que pasan por la puerta, con los que llaman por teléfono, se conectan por Messenger o envían e-mails.

Ese que vive en el fondo, en realidad es alguien que fue juzgado hace años y que fue condenado a cadena perpetua, pero con arresto domiciliario.

Su conducta está prohibida por todas las normas: las jurídicas y las buenas costumbres. No siente asco, no tiene vergüenza, carece de límites, desea gozar permanentemente, no tiene escrúpulos.

En lo alto de la torre vive un abogado que además es un juez bastante severo. Por su formación y por su vocación, está permanentemente observando qué hace el presidiario del fondo y qué hace el habitante del frente.

Señala, reclama, advierte, denuncia, se enoja y grita. Es capaz de provocar mucho dolor con sus recriminaciones.

En el frente vive quien interactúa con el resto de la sociedad.

Tiene que mantener al desquiciado del fondo sin que se escape, tolerar los regaños del hombre de la torre, procura llevarse bien con los vecinos y trata de que las tensiones entre los tres se mantengan bajo cierto control, sin que nadie se sienta maltratado, procurando que todos se hagan los gustos.

En suma: el delincuente del fondo es el inconsciente, el juez de la torre es el superyó, y la cara visible de esta familia de tres integrantes, es el yo.

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jueves, 2 de diciembre de 2010

¿Qué desea mamá?

Los juegos de palabras suelen parecer actos de inteligencia superior.

A veces lo son y otras, son simples enredos que la compulsión interpretadora de los oyentes pretende entender sea como sea.

Por ejemplo: «Un buen profesional no es quien sabe lo que tiene que saber sino quien sabe dónde está lo que tiene que saber».

Este nudo lingüístico significa que lo que tenemos que saber es dónde preguntar, consultar, buscar.

Otro ejemplo: cada vez necesitamos saber menos de matemáticas y más sobre cómo usar las calculadoras que hacen el trabajo pesado de sacar cuentas.

Sócrates, el filósofo griego del siglo quinto antes de Cristo, exageró diciendo «Sólo sé que no sé nada».

En realidad la ambición de saber obtiene la energía que la dinamiza, en la angustia.

Efectivamente, quienes no paramos de buscar datos, información, explicaciones, teorías, hipótesis, ideas, sugerencias, descubrimientos, inventos, somos personas angustiadas desde los primeros días de nuestra existencia.

Y esa angustia es una determinada, específica, concreta: nuestra madre nos estimuló profundamente para saber cuál era su deseo.

En otras palabras: cuando éramos muy pequeños y vulnerables, estuvimos hondamente preocupados por saber qué quería, qué haría, como actuaría, cómo reaccionaría ante nuestras vicisitudes (hambre, incontinencia, insomnio).

Esta no era una característica sólo de ella. Por el contrario, los que no paramos nunca de estudiar, leer, informarnos, investigar, buscar, no estábamos seguros de estar en buenas manos, desconfiábamos de que ella

— supiera qué hacer ante cada necesidad nuestra,
— tuviera ganas de ayudarnos.

Lo digo de otra forma: quienes somos muy estudiosos a lo largo de la vida, temíamos ser abandonados por nuestra madre.

Y usted se preguntará, ¿qué relación existe entre el temor al abandono y la actitud eternamente estudiantil?

Los estudiantes apasionados, buscamos en los libros la respuesta a la gran pregunta: qué deseaba ella realmente.

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

La prepotente prohibición del lesbianismo

Es probable que yo tenga un desmesurado afán de protagonismo, como me dicen algunas personas conocidas.

No solamente supongo que tienen razón sino que además estoy conforme con mi libertad para pensar, escribir y proponer ideas que no están en los diarios, revistas y libros de difusión masiva.

Claro que los amantes de Caperucita Roja, Pinocho y La Cenicienta, no quieren saber nada con mis ideas tan apartadas de lo que siempre se dijo, se opinó y se tomó como verdad incuestionable.

En un artículo ya publicado (1), repetí algo que dijo Jacques Lacan (simplemente porque nació antes que yo): «heterosexual es cualquiera que desee a las mujeres».

Si hombres y mujeres pudiéramos abandonar el machismo, es probable que terminemos considerando que el valor, utilidad y significación de ambos sexos es totalmente diferente.

En caso de que se hiciera una evaluación descontaminada de intereses sexistas, desapasionada y sin prejuicios, tendríamos que reconocer que

1º) Si consideramos que las únicas cosas que tenemos que hacer los seres vivos es cuidarnos como individuos y como especie (reproducirnos) (2);

2º) Entonces, las mujeres, con su increíble cuerpo, capaz de gestar y alimentar, valen mucho más que el hombre.

Como desde hace milenios nos venimos organizando en base a la fuerza bruta, la violencia y la agresividad, casi todos somos más o menos machistas.

Somos machistas porque es el sexo que manda, gobierna, dirige y castiga a los desobedientes.

Cuando este régimen de dominación bestial caiga en desuso, entonces las mujeres podrán expresar libremente su preferencia por las demás mujeres y disfrutarán de los varones sólo como alternativa necesaria para embarazarse.

Hasta ahora ellas dicen preferir a los varones, en base a una costumbre que comenzó siendo miedo (por lo mismo que somos machistas).

Algún día las dejaremos salir del placar.

(1) «Si señora, voy corriendo»

Sabemos mucho de gays pero poco de lesbianas



(2) Ver blog La única misión

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martes, 30 de noviembre de 2010

... y Colón tenía razón... por ahora

No hace mucho les comentaba en otro artículo (1), qué podemos suponer del inconsciente de un usuario del control remoto del televisor, utilizando la teoría psicoanalítica.

En este caso —como en otros—, muchas personas consideran que ese mundo interior no es posible, no existe, que sólo está en la imaginación delirante de los psicoanalistas.

También en este caso —como en otros—, esa suposición puede ser cierta o errónea.

Asegurar que conocemos la verdad no parece un juicio verdadero. Con preocupante frecuencia observamos cómo las afirmaciones más categóricas, han tropezado para no volver a levantarse.

Por ejemplo:

Personas de inteligencia incuestionable, afirmaron que la Tierra está en el centro del universo;

Con similar coeficiente intelectual, afirmaron que nuestro planeta es plano y no redondo;

Adolfo Hitler fue declarado el «hombre del año» en 1938;

La cocaína fue maravillosa durante décadas; los enemas hicieron furor; The Beatles era un conjunto mediocre; el teléfono, como invento, no tenía futuro; fumar fue maravilloso, elegante, estimulante y hoy es la causa de casi todos los males; las carnes rojas eran muy alimenticias, pero ahora son cancerígenas; la gripe H1N1, no se sabe si es peligrosa o un negocio para quien fabrica el Tamiflú (Laboratorio Roche).

Existen miles de verdades como estas, que mantienen a los cerebros pensantes de nuestra especie, convencidos, dubitativos y revisionistas.

El caso más claro de verdad indemostrable o no-verdadera, refiere a la existencia de Dios y, sin embargo, la inteligencia de algunos creyentes, puede acercarse a la de Einstein.

En suma 1: El psicoanálisis apela más a la inteligencia poética que a la inteligencia matemática e insisto: la inteligencia matemática (racional) es tan vulnerable que no merece la credibilidad que le asignamos.

En suma 2: no descarte que el control remoto extraiga de algunos usuarios, sus aristas más psicopáticas.

(1) El genocida con pantuflas

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lunes, 29 de noviembre de 2010

Timidez, cortedad, atrevimiento, descaro

Es mucho lo que sabemos sobre cómo convivir en la sociedad.

Aún así, no quedamos exentos de tener algunos desencuentros con las expectativas de los demás.

Aunque sabemos cómo evitar que alguien nos llame la atención, nos amoneste, nos recrimine, igualmente, cada tanto, alguien nos acusa de negligencia, impertinencia, torpeza, desconsideración.

En otras palabras: cada tanto alguien se queja porque lo molestamos.

Cada uno de nosotros posee gustos personales y por eso, todos esperamos de la vida cosas diferentes.

El dicho popular «cada uno sabe dónde le aprieta el zapato» señala con elocuencia que todos (hasta cierto punto) sabemos lo que queremos.

Si bien decimos que gustaríamos disponer de todas las posibilidades y gozar de la mayor libertad posible, esto no es tan así.

El ejemplo de los zapatos puede servirnos para decir que se los prefieren cerrados, acordonados, ventilados, abiertos, escotados, firmes, con suela antideslizante, abrigados, etc. (imagen).

Continuamente estamos expuestos a que otras personas

— nos molesten, ocupando un lugar que podríamos utilizar, provocando polución acústica (haciendo ruido),

— tomando bienes colectivos para su uso exclusivo,

— llegando tarde a una cita y haciéndonos perder tiempo,

— poniéndonos en riesgo de accidente o pérdida, con transgresiones que no cometería si estuviera observado por algún funcionario de vigilancia pública,

— incumpliendo con ciertos pagos que silenciosamente terminaremos pagando todos los que cumplimos con nuestros compromisos, etc.

Por lo tanto:

1º) Cada uno de nosotros gusta contar con ciertas libertades;

2º) Cada uno de nosotros prefiere evitar ser criticado por nuestra inconducta;

3º) Sin embargo, otros, por negligencia o deliberadamente, se toman libertades que terminamos tolerando sin que eso perturbe excesivamente nuestra existencia;

4º) (A modo de resumen y conclusión) no sería tan equivocado revisar el inventario de libertades que solemos aprovechar, teniendo en cuenta ahora, qué grado de paciencia tenemos derecho a exigir.

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domingo, 28 de noviembre de 2010

La insólita rentabilidad de la tolerancia

En una casa muy grande, fuerte y antigua, ocurría un hecho insólito.

En ella vivían unas veinte personas entre niños, adultos y ancianos.

Los familiares que se iban casando, se alojaban en las instalaciones que los fallecidos desocupaban.

El hecho insólito es que los habitantes de esa casa, siempre tenían dinero en sus bolsillos.

La vestimenta que respondía a esta particularidad, era la más rústica, color azul y confeccionada con productos naturales: algodón, lana, hilo, paja, cuero, madera.

Hacía muchos años habían intentado ingresar a la casa joyas, electrodomésticos u otros artículos propios de nuestra cultura, pero todos habían tenido alguna dificultad que los inutilizaba: las joyas se llenaban de un moho muy resistente y los artefactos funcionaban sólo durante unos pocos minutos.

Sin embargo, tenían un buen desempeño las vasijas de barro, los artículos decorativos hechos con madera, cobre o estaño, más no así los de plástico o de bronce y demás aleaciones.

Esos pantalones y polleras azules de algodón, siempre tenían en sus bolsillos el dinero suficiente para pagar lo que se comprara para alimentación, abrigo, higiene, salud, pero no para artículos superfluos, suntuarios, ni tampoco para el pago de los impuestos que recaudaba el Estado.

Circulaba una explicación igualmente insólita.

Según parece, más de doscientos años atrás, ese terreno fue comprado por un antepasado, pero estaba ocupado por un intruso, anciano de edad incalculable y practicante de una severísima disciplina religiosa.

Cuando el nuevo propietario le pidió que se fuera, el anacoreta le dijo que no podría irse porque en ese lugar la tierra lo proveía de una energía inexistente en otros sitios.

Aquel antepasado, incrédulo aunque respetuoso, le propuso que se harían las construcciones sin molestarlo, dejando libre lo que el asceta pedía: un círculo de no más de 5 metros de diámetro.

En algún momento, el ermitaño murió y el pragmático pero considerado propietario, lo enterró donde el hombre insistía en quedarse.

Esta era la causa (gratitud, alquiler o retribución, del místico a los descendientes de quien fue respetuoso y hospitalario con él) de un fenómeno que difícilmente tendrá una explicación más racional que esta.

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sábado, 27 de noviembre de 2010

El genocida con pantuflas

Busqué el vocablo «zap» en un diccionario de habla inglesa y lo define como «matar».

Por lo tanto, «zapping» refiere a la acción de matar. Inclusive, algunos angloparlantes lo utilizan para nombrar la cocción con microondas.

Me parece que los idiomas no son traducibles sino por aproximación. No existe una correlación exacta entre los lenguajes.

Lo mejor que puede lograr un traductor consiste en suponer qué sentimientos tenía el autor extranjero y luego tratar de expresar ese sentimiento en su lengua materna.

En suma, los diccionarios bilingües sólo aportan una idea aproximada (que no es poca cosa).

Por lo tanto, cuando el hombre de la casa (independientemente de su sexo biológico) detenta el uso del control remoto del televisor (invento que ya cuenta con casi sesenta años!!), lo utiliza tal cual un revólver, un fusil, una ametralladora, un lanza misiles portátil, una bazuca, aniquilando despiadadamente todo lo que a él no le gusta.

Claro que él (o ella), no es consciente de la agresividad que descarga ese pulgar que gatilla los botones del mortífero artefacto, pero en lo profundo de su psiquis, hay furia, omnipotencia, sed de venganza por todas las veces que le dijeron que estaba molestando, que su trabajo era mediocre, que mejor sería que no dijera tonterías.

Él sabe que tras esa teatralización de gente enojadísima, llorosa e intrigante, o de ese anuncio de jabones, o de ese noticiero, hay miles de dólares gastados en producción, traslados, equivocaciones, llegadas tarde que alguien recriminó, vendedores que adularon para conseguir inversores y mucho esfuerzo de gente igual que él.

Cambiar de canal displicentemente es un gesto arrogante, intenso, sublime.

Quizá alguna sirena suene en la lejanía, pero él sabe de su impunidad. Nadie se atrevería a acusarlo.

¡Cuánta felicidad le debemos a este humilde artefacto!

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viernes, 26 de noviembre de 2010

¡Qué sola estoy!

El instinto gregario (1) y la soledad, son temas recurrentes en este blog.

Es obvio que me preocupan y seguro que me interesan.

En otra ocasión les comenté que tendríamos que tener una psicología para varones y otra para mujeres. No somos iguales, quizá somos algo parecidos y, para algunos temas, sería bueno partir de la base de que pertenecemos a especies tan diferentes (2) como son las jirafas y las cebras.

Tengo casi por seguro —hasta que alguien me convenza de lo contrario— que son las hembras de casi todas las especies las que elijen a los machos que habrán de fecundarlas (3), a partir de que ellas han decidido abocarse a la tarea de reproducción y alimentación de un nuevo ejemplar para la especie.

Sólo para ser claros usando pocas palabras, imaginemos que existen cien tipos diferentes de hombres. Los numeraremos del uno al cien.

María Estela es una mujer que sólo busca hombres 4, 23, 65 y 77. Si no encuentra ninguno de estas características, podría conformarse con un 9 y eventualmente con un 36.

Todos los demás hombres no le gestarían los niños mejor dotados. Ella gusta de esos cuatro (con opción a dos más). El resto, para ella no existen.

Cuando María Estela dice que «no hay hombres», que «los hombres que sirven, están todos casados o son gays» o que «los hombres son todos unos inútiles», lo que realmente está diciendo es que no se ha cruzado últimamente con ningún 4, 23, 65 ni 77 que le provocara una atracción fulminante.

Tampoco se ha cruzado con algún 9 o 36 que la acompañe provisoriamente.

Cuando algo de esto ocurre, ellas dicen: «¡qué sola me siento!».

En suma: una mujer padece de soledad cuando no encuentra ninguno de los pocos hombres que le sirven.

(1) ¡Hola!¿Cómo te va?

(2) Nadie es mejor que mi perro
Ya sé por qué no me entiendes
Ser varón es más barato

(3) «La suerte de la fea ...»

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jueves, 25 de noviembre de 2010

Los filósofos que me aguantan

Por algún motivo que desconozco, mis mejores amigos han sido quienes me ayudaron (y me siguen ayudando) a soportar el escalón que tengo dentro de mi cabeza entre lo que pretendo y lo que quizá pueda lograr.

Dicho de otro modo: mis mejores amigos me alientan a ser humilde y, por si eso fuera poco, toleran con inmensa paciencia que yo permanentemente me ponga soberbio y crea que poseo alguna información confiable (que tengo conocimientos, que «algo sé», que de algo podría estar seguro).

En realidad, de esos amigos amo su arista filosófica, porque son personas que han escrito libros, que han dado conferencias, que han criado hijos propios o ajenos, que han fracasado muchas veces, que han derramado litros de lágrimas, que alguna vez estuve con ellos o que jamás los vi en persona.

La rebeldía es una condición muy saludable porque es la que me permite mantenerme casi permanentemente desconforme con quienes tienen más poder que yo (políticos, religiosos, militares, cocineros, informáticos, lavanderos, cuidacoches, peluqueros, etc.).

Esa disconformidad es ambivalente, porque no puedo negar que molesta (y que por lo tanto, debería evitarla), pero tampoco puedo negar que si me gustara estar desconforme, estaría anulando el mecanismo del que dispone la naturaleza para que estas moléculas corporales que me conforman, sigan organizadas como para sostener el fenómeno vida que felizmente aún ocurre.

Mi cabeza funciona coherentemente la mayor parte del tiempo y esa característica de mi pensamiento colabora para que esté muy desconforme con mi ambivalencia.

Como digo, la disconformidad debe ser rechazada para potenciar ese disgusto vitalizante que mantiene organizadas mis moléculas.

En suma: tengo que sentirme mal (incómodo, desconforme, irritable) sin dejar de reconocer que ese malestar es saludable e imprescindible, pero simultáneamente, este reconocimiento no podrá ser tal que le aporte tranquilidad a mi existencia.

Blog complementario:

Vivir duele

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

La sociedad es la orfebre que me construyó

Si alguien se dedica a ejecutar exactamente lo contrario a lo que le piden, según su opinión, ¿es un rebelde o un sumiso?

Pues bien, en apariencia es un rebelde porque no hace lo que le piden, pero en el fondo es alguien sometido a lo que le piden para hacerlo exactamente al revés.

¿Algo de su anatomía está diseñado por sí mismo, funciona como él quiere?

El color, la forma, la dureza y el tamaño, están predeterminados por la herencia y la casualidad, claro que puede pintarse las uñas, cortarse el cabello, maquillarse los ojos, ponerse un tatuaje, modificarle el volumen de los senos, blanquearse los dientes, depilarse las cejas.

Respecto al funcionamiento puede soportar el hambre o comer en exceso, puede dormir ahora o dentro de un rato, estar sobrio o alcoholizado, soportar las ganas de orinar o defecar por un cierto tiempo, cansarse, transpirar, aguantar las respiración durante unos cuantos segundos, levantar una mano para saludar a un amigo, bailar, montar a caballo.

¿Qué podemos decir de sus ideas, creencias, ideología, prejuicios? ¿Piensa lo que quiere, lo que le inculcaron, lo que piensa la mayoría con la que convive?

Y sus gustos ¿son ocurrencias personales o están limitados a lo que le permitieron conocer y probar sus padres, amigos, tíos, abuelos?

Póngase por un momento en su lugar: ¿cree que si el próximo martes a la hora 20:15 se propone disfrutar de una ópera, la disfrutará a pesar de que hasta ese momento odiaba el canto lírico?

¿A qué clase socio-económica pertenece? ¿Es la que eligió libremente o la que le tocó en suerte?

¿Puede vivir en el país que se le ocurre? ¿En la provincia, la ciudad, el barrio?

Hablemos del idioma: ¿lo eligió libremente o no?

¿Cómo llegó a tener su nombre?

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martes, 23 de noviembre de 2010

Por qué hay amores que matan

Hace poco les decía que nuestro deseo es ser deseados (1).

Esta aspiración no carece de fundamentos. Surge de nuestra precariedad, de nuestro instinto gregario, de la objetiva condición vulnerable de nuestra especie.

También es inteligente en tanto sabemos —porque así somos— de nuestro egoísmo (fanáticos defensores de lo propio).

Por ejemplo,

— los autos ajenos pueden prenderse fuego, pero me pone de muy mal humor que una paloma confunda a mi Fiat del siglo 20 con una letrina;

— parece que el hijo de la vecina tiene hepatitis pero ¡pobrecito mi niño que no pudo agarrar chiches en la piñata de su cumpleaños!;

— mi cuñado perdió el empleo y está preso porque cometió un grosero abuso de confianza, pero mi maridito no encuentra el champú anticaspa que realmente le sirva.

Estamos en el centro de nosotros mismos. No puede ser de otra manera mientras nuestros ojos estén pegados al cuerpo. La realidad nos rodea y no es tan descabellado pensar que estamos en su centro: es como lo vemos ¿qué dudas pueden quedar? «Desde mi punto de vista, la realidad gira en torno mío».

Si como decía en el artículo mencionado, los humanos deseamos ser deseados, porque es de la única forma que nos sentimos menos mal, más seguros, mejor protegidos, entonces todo nuestro esfuerzo estará dirigido a generar y conservar esas condiciones.

Para que nada nos salga mal, como sabemos que las necesidades (comer, beber, dormir) son más imperativas (perentorias, impostergables) que los deseos (estudiar, bailar, jugar), intentaremos que los demás nos necesiten.

Cuando esta es nuestra estrategia de vida, será preciso que nuestros candidatos para que nos necesiten (padres, hermanos, cónyuge), tengan carencias, estén mal, se sientan frustrados y queden predispuestos a pedirnos ayuda, y así sentiremos satisfecha nuestra ambición de ser deseados en grado máximo, es decir, necesitados.

(1) ¡Hola! ¿Cómo te va?

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lunes, 22 de noviembre de 2010

¡Hola! ¿Cómo te va?

Las formas de saludarnos tienen varios puntos de interés, de los cuales sólo mencionaré algunos.

Etimológicamente, «salud» se vincula con estar sano y también con estar salvado, conservado, viviente.

Cuando alguien exclama ¡Salud!, está saludando, vinculándose, comunicándose con un semejante.

Las necesidades son las carencias que surgen por los consumos que demandan las funciones metabólicas. Necesitamos reponer agua, calorías, vitaminas, minerales y también necesitamos descansar, reproducirnos, aliviar nuestros dolores.

Los deseos son las carencias más inespecíficas y que pueden mutar, sustituirse, su insatisfacción no compromete la sobrevivencia y pueden postergarse.

Las necesidades están estimuladas por el instinto de conservación (comer, dormir, fornicar) y los deseos están estimulados por el instinto gregario porque lo único que deseamos es ser deseados.

Esto que semeja un juego de palabras, parece difícil pero —después de entenderlo— es muy sencillo:

Como es imprescindible que mi mamá me cuide (porque soy vulnerable como todo ser humano) y, en lo posible, prefiero que no haga otra cosa, quiero que ella desee cuidarme, que para ella sea un placer enorme, que no pueda dejar de cuidarme. Quiero que sea fanática de mí, que no deje de mirarme. Por eso lo que deseo es que ella me desee.

Claro que a mi mamá le pasa lo mismo. Ella está muy contenta conmigo porque se sabe fuertemente deseada por mí, pero también anhela ser deseada por mi padre, por mis hermanos, por sus padres, por sus amigas.

Entonces, mi mamá desea ser deseada.

El instinto gregario se manifiesta así: sentimos en nuestra psiquis un vacío (una falta, una carencia) que nos angustia y este es el deseo. Nos ocurre a todos.

El saludo es un gesto con el cual expresamos nuestro deseo de ser deseados (contenido, incluidos): miramos, oímos, apretamos su mano, lo/a abrazamos, lo/a besamos, fornicamos, lo/a recordamos.

Artículos vinculados:

El deseo del cachorro
Soy una cosita adorable
Los antojos son sagrados

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domingo, 21 de noviembre de 2010

La vida es una fiesta

Soy el segundo hijo de un matrimonio mustio, apagado, serio, poco conversador.

Nunca pude imaginar cómo mi padre invitaba a mi madre a tener sexo y mucho menos, cómo lo hizo tantas veces.

Él era un hombre dedicado a matar el tiempo. Exclusivamente. Tenía varios trajes que le quedaban muy bien.

Además de eso, yo pasaba desapercibido entre mis otros hermanos (éramos seis) y, eso tenía ventajas y desventajas.

Cuando tenía ocho años, logré recibir una dosis de amor jamás imaginada porque tuve la feliz ocurrencia de intentar suicidarme tomando unas cuantas pastillas.

Eso provocó un gran escándalo en la familia, me trataron de «pobrecito», algunos tíos dejaron de visitarnos temiendo el contagio y felizmente, logré desesperarlos como para que mis cinco hermanos me envidiaran, pero a su vez tuvieran miedo de que yo me matara por culpa de ellos.

Hasta estos acontecimientos, yo creía que era lindo recibir mucho amor.

Cuando tuve 17 años, pedí que me compraran una moto y me pareció absolutamente injusto, insoportable y vergonzoso que no me la compraran porque podría sufrir un accidente.

Hasta mi abuela sé que intercedió ante mi madre, pero infructuosamente.

Cuando tuve 18 años, me fui casi sin despedirme porque me tenían aburrido.

Como tengo talento para la música, no demoré en vincularme con artistas, noctámbulos y mujeres perfectas para mi gusto.

Paulatinamente me fui olvidando del sol (o de mi figura paterna, según dijo un psicoanalista bohemio).

Escribo todo esto porque ayer me encontré con mi hermano menor, con quien nunca tuve problemas porque casi no nos tratábamos.

Muy sincero, me confirmó que aparento veinte años más de los que tengo pero me dijo emocionado, que mis ojos destellan felicidad.

Sólo porque a él le importaba decírmelo, me contó que, por diferentes motivos, sólo quedamos vivos él y yo.

¡Caramba! Si lo menciono es porque algo me importaban.

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sábado, 20 de noviembre de 2010

«Mis mascotas hacen lo que yo no puedo hacer»

En otros artículos (1) les comentaba que las mascotas mamíferas (especialmente perros y gatos), conviven con nosotros porque los humanos delegamos en ellos (inconscientemente, por supuesto), algunas características de nuestra especie que culturalmente tenemos que repudiar porque estamos en la actitud de creernos superiores.

Traigo a colación que en un blog que creé especialmente (ver La única misión), expongo ideas que pretenden fundamentar la hipótesis de que lo único que tenemos que hacer los humanos (al igual que el resto de los seres vivos), es cuidarnos a nosotros y a la especie.

Y para terminar esta mini-introducción al tema, agrego que en otras publicaciones (2), he mencionado la hipótesis de que la naturaleza nos remunera con placer sexual para estimularnos el deseo de autoconservación.

Pues bien: la naturaleza se vale de provocarnos dolor y alivio (placer) para guiarnos en las acciones necesarias para que el fenómeno vida demore lo más posible en interrumpirse (posterga nuestra muerte).

Esquemáticamente podemos decir que:

1º) Cuando somos pequeños, nuestro centro de placer está en la boca, porque lo más importante es nuestra alimentación;

2º) Más adelante, el centro del placer es compartido con el ano, en tanto la excreción complementa el proceso digestivo que permite alimentarnos (reponer energías), y además, por razones neurológicas, se prepara la

3º) y última etapa, la genital, irrigada por los mismos ramales neurológicos que la zona anal y rectal.

Ahora que somos adultos, están todos activos: nos gusta comer, defecar, orinar y el sexo (genital, anal, oral).

Nuestra cultura, que nos enferma psicológicamente para convertirnos en fácilmente gobernables, utiliza al sistema educativo, las religiones y la medicina, para inculcarnos el asco (especialmente a nosotros mismos) que nos inhibe.

En suma: las mascotas nos representan, porque «les falta hablar» y no sienten asco.

(1) Nos comportamos como perros y gatos
El incumplimiento de las pensiones alimenticias

(2) El orgasmo salarial
Primero cobro y después hago
Menos orgasmos y menos salario
Las mujeres fecundan gratis

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viernes, 19 de noviembre de 2010

Traicionar el deseo merece un castigo

El verbo del latín reprimere significó en su origen el acto de moderar sentimientos antisociales, como la cólera.

Es decir, que en su origen, refería a un acto voluntario, autoimpuesto.

Sin embargo, el verbo reprimir (derivado del mencionado), en el siglo 19 pasó a significar una acción ejercida desde afuera de cada individuo, que suele incluir algún castigo por las transgresiones.

La acción de reprimir se caracteriza además, porque se ejerce sobre cosas o personas, que reaccionan resistiendo e intentando una acción opositora.

Por ejemplo, una represa hidroeléctrica, reprime la circulación natural del agua de un río. El agua reprimida (contenida por la represa), cuando intenta liberarse, mueve las turbinas que generan electricidad.

Otro ejemplo: un niño tiene prohibido satisfacer sus deseos incestuosos y como reacción, primero vuelve inconsciente ese deseo y luego trata de canalizarlo enamorándose (más adelante) de una persona que representa al amante prohibido.

En este último caso, cuando la represión nos lleva a volver inconsciente ese deseo, también está presente el castigo, no por haber hecho algo (ya que no pudimos, no nos dejaron, nos prohibieron), sino por no haberlo hecho, esto es, por haber frustrado a nuestro amado deseo.

¿Y cómo ocurre este auto castigo por no haber satisfecho nuestro deseo?

— La forma más benigna y deseable de reaccionar frente a la frustración (deseo reprimido), consiste en soñar escenas extrañas, pero en las que con un estilo muy surrealista, satisfacemos el deseo reprimido (por ejemplo, soñar con una montaña rusa puede equivaler a una relación sexual dadas las subidas y bajadas);

— Los actos fallidos (lapsus) representan escapes de aquellos deseos injustamente encarcelados (no encuentro las llaves y es porque no me quiero ir);

— un síntoma (asma, urticaria, infarto) también nos castiga con mayor agresividad, causándonos un sufrimiento que penaliza nuestra represión del deseo.

Artículo vinculado:

Cadena perpetua

Nota: La imagen corresponde al óleo de Salvador Dalí titulado Sueño, creado en 1937.

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jueves, 18 de noviembre de 2010

Cadena perpetua

Les comento cuál es una de mis intenciones más secretas, pero que no tiene ningún misterio.

Hay cosas que yo creo saber de mí porque tengo un inconsciente bastante ventilado por haber estado unos cuantos años en análisis.

Algunos de sus contenidos, los comento con ustedes.

El resultado primario es de rechazo.

Mis lectores suelen pensar que eso que digo está equivocado, pero sin embargo, en cada uno queda la idea de que existe un semejante (yo, Fernando Mieres) que dijo, escribió, comentó, algo que quizá no sea el único que lo piensa, siente o sabe.

Es más, quizá se diga: «yo mismo puedo tener esas ideas sobre el incesto, el abandono de los hijos, que soy animal, que soy más egoísta de lo que siempre creí, que el amor depende de la utilidad que me preste el ser amado, etc., etc.».

La cosa es así: a lo largo de nuestra vida aparecen situaciones conflictivas, molestas, dolorosas, que tratamos de evitar, resolver, acomodarlas de alguna manera en nuestra vida para que dejen de incomodarnos.

Algunas de ellas, las negamos. Por ejemplo, rechazamos la idea de que el universo siempre existió. Negamos esta posibilidad, «no nos cabe en la cabeza», podríamos decir apelando a una metáfora bastante elocuente.

Por lo tanto, a partir de esa negación radical, decimos muy confiados: «No hay efecto sin causa» o «Todo lo que existe, alguien lo creó (Dios)».

Algunas situaciones (deseos, intenciones) conflictivas, las reprimimos. Por ejemplo: «Jamás deseé ser el esposo de mi mamá» o «Respeto tanto el derecho de propiedad, que soy incapaz de robar».

Lo negado o reprimido nos pone paranoicos (por temor a que alguien lo descubra) y nos pone agresivos e intolerantes (para que no se nos escapen esos deseos que fueron juzgados, condenados y encarcelados a cadena perpetua).

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miércoles, 17 de noviembre de 2010

¡Felices pérdidas!

Imaginemos por un momento que somos inmortales.

Aunque en el fondo es lo que desearíamos porque nuestro instinto de conservación nos obliga a conservar la vida sea como sea, razonablemente podemos darnos cuenta que no habría forma de consolarnos, entretenernos, tener objetivos, metas, entusiasmo.

Todo podría quedar para después. Nos daría lo mismo ahora que luego.

Si logramos aceptar que la vida eterna es insoportable, podemos aceptar también que la vida plena, la calidad de vida y hasta la felicidad, dependen de una u otra forma, de la muerte, de saber que todo puede terminar en cualquier momento.

Esto también vale para el tiempo de vida del que disfrutamos.

En general tratamos de alejarnos de todo tipo de cambio, de la incertidumbre y del riesgo.

Procuramos que todo siga igual eternamente (en este caso, eternamente para los mortales significa «mientras estemos vivos»).

Si pudiéramos administrar nuestras vidas con objetividad y racionalidad, podríamos concluir que evitar la incertidumbre es una mala opción.

Cualquier situación que se nos presente como para toda la vida, sería (y lo es en los hechos) tan desmoralizante, aburridora, depresiva como la inmortalidad.

Un divorcio, el egreso de nuestros hijos hacia la constitución de sus respectivas familias, la culminación de una etapa laboral (jubilación), podrían vivirse con más satisfacción (o menos angustia) si pudiéramos comprender que esos eventos no hacen más que enriquecer, fertilizar, estimular nuestras vidas.

Los cambios son situaciones que nos tonifican pero que el instinto de conservación no quiere y por eso molestan tanto.

Es probable que cada vez que nos abocamos a elaborar un duelo debido a ese tipo de pérdidas, este trabajo sea menos pesado, largo y penoso si pudiéramos entender cuánto contribuyen a que nuestra vida sea más divertida, intensa, apasionante.

A esto, algunos le llaman asumir la castración.

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