sábado, 2 de enero de 2016

Yolanda es Tierra Santa




Braulio fue un niño obediente, apegado al cine, a la lectura, que nunca aprendió a bailar. Tampoco aprendió a nadar, pero no lo necesitaba: donde él vivía solo había un arroyo de escasa profundidad.
Desde el liceo se destacó por tener calificaciones altas y se desvivía por ayudar a Mariana, la jovencita muy corta de vista que lo enamoró desde que fueron compañeros en la escuela.
Era simpática con todos, bailaba como ninguna y Braulio estaba desesperado. Probablemente ella nunca le pidió ayuda en los estudios porque temía generar expectativas sin futuro.
Cuando tuvieron 18 años, ella presentó a su novio. Un hombre quizá de 30, antipático, mal deportista, mal bailarín, pero con un auto enorme y lujoso que le complementaba todos los atractivos varoniles que pudieran faltarle.
La mente de Braulio comenzó a complicarse. La obsesión por Mariana lo atormentaba más y más. El cura trataba de calmarlo pero el muchacho empeoraba. Hizo un intento de estudiar en el seminario, pero a los seis meses volvió convencido de que solo quería endiosar a Mariana, verla aunque fuera una vez por semana, en la misa de los domingos.
El deseo por la muchacha no era un deseo carnal. Braulio no se masturbaba pero cuando la veía la boca se le llenaba de saliva. Tenía que tragarla continuamente. A veces se le humedecían la comisura de los labios.
Estas alteraciones corporales lo preocuparon. Se asustó en cierta ocasión en que, mirándola de atrás, vio cómo los pies de la mujer se despegaban levemente del suelo. El corazón saltó en su pecho. Sintió que todo el cuerpo latía. Necesitó tragar saliva más velozmente.
En una de sus lecturas descubrió la existencia de Jerusalén, esa ciudad que el cristianismo, el judaísmo y el islam consideran Tierra Santa. A partir de entonces Braulio sintió que Doña Yolanda, la madre de Mariana, se convirtió en objeto de idolatría.
El muchacho, no sé bien si en su cabales o estando un poco loco, comenzó a pensar que el deseo místico que sentía hacia la figura de Mariana solo podía tener un cierto alivio adorando el cuerpo de Yolanda.
La anciana de 81 años notó que Braulio, aquel hombre de 53, como su hija, había empezado a mirarla de una forma extraña. Él no sabía qué hacer porque deseaba besar el cuerpo sagrado que había gestado y parido a Mariana, pero con un destello de lucidez comprendía que la mujer nunca admitiría sus pretensiones místicas.
Sus sentimientos lo impulsaron a buscar encuentros con Doña Yolanda. Durante interminables horas ella pensaba en él, pensaba en el miedo que le inspiraba, matizado por curiosidad y alguna fantasía erótica que se reinstaló en su mente después de varias décadas de rigurosa viudez.
Una mañana de domingo se sintió sorprendida por el deseo irrefrenable de afeitarse el vello púbico. Las manos le temblaban. No se explicaba esa tarea tan ilógica, pero sentía placer al ver que ya no tenía presente la ancianidad canosa en su vagina calva.
Acá se interrumpe la cronología de mi relato porque no pude saber cómo Braulio y Yolanda intercambiaron alguna mirada elocuente durante la misa de aquella misma mañana.
Solo sé que existió la ocasión en la que ella comprendió el furor místico que inspiraba su cuerpo. Permitió que el adorador de Mariana besara con pasión el vientre que anidó a la muchacha y que también besara la vagina por la que nació.
La pasividad respetuosa de Doña Yolanda se interrumpió en el tercer encuentro. Aun así,  mientras sentía sensaciones voluptuosas casi olvidadas, prefirió no involucrar al religioso laico quien no paraba de besarle el vientre y la vagina.
Braulio aceptó que la anciana lo invitara, con un delicado gesto, a lamer los senos descarnados: ellos también merecían ser objeto de adoración mística porque habían alimentado a Mariana.
Sin embargo, una erección inesperada desplazo la pasión espiritual y llenó la vagina intensamente lubricada.
...

sábado, 12 de diciembre de 2015

Mariana y su ex marido




Desde que nuestra Marianita se divorció de Uberto Maschio las cosas no le han rodado bien. Sobre todo en el plano económico.
Quisimos ayudarla pero la criamos con demasiado amor propio. Se niega rotundamente a vivir con nosotros. Es tan orgullosa que se avergüenza de pedirnos dinero; si lo hace, deja de visitarnos hasta que consigue la forma de pagarnos el préstamo.
Con mi esposa estamos seguros de que hicimos algo mal. Nosotros queríamos que ella fuera una mujer íntegra, trabajadora, responsable, sincera, pero no contamos con que también sería extremadamente rigurosa con el cumplimiento de estas cualidades.
Tiene dificultades para pedirnos otro préstamo si no pasa por lo menos un mes desde la última cancelación. La madre le hizo notar esta limitación innecesaria y Marianita le contestó que devolver y volver a pedir era una forma de que, al fin y al cabo, ese dinero estuviera más tiempo en sus manos que en las nuestras.
Últimamente se la ve más delgada. La ropa le queda grande y hasta sus pies parecen haber adelgazado. Según parece, la dueña del apartamento donde vive le aumentó demasiado el alquiler; ella no puede mudarse a una habitación más barata porque se perdería la buena locomoción que usa para ir a trabajar y a estudiar.
El otro día nos llamó la atención que mencionó a Uberto. Había dejado de nombrarlo. ¡Qué raro!, pensamos con mi esposa.
Este pequeño detalle nos mantuvo varios días haciendo conjeturas. A menudo queda en evidencia nuestra esperanza de que vuelvan a juntarse.
Por un comentario que Mariana deslizó al pasar, parece que el esposo tiene algo que ver en las carencias que sufre nuestra hija. Ya hemos aprendido que si queremos saber algo más, no podemos preguntarle ni directa ni indirectamente.
Un día ocurrió algo inesperado.
Llamó para preguntarnos si podía venir a darse una ducha. ¡Por supuesto!, hubiésemos cancelado cualquier ocupación con tal de reunirnos con ella.
La madre le preparó su comida predilecta. Puedo asegurarles que esa ocasión era para mi esposa y para mí, una fiesta más importante que cualquier otra.
Llegó puntualmente y no mencionó la deuda que en otra ocasión habría cancelado al trasponer la puerta.
      ¿Puedo pasar al baño, mamá?—, dijo, demostrando además que había quedado fascinada con el perfume de la comida casera que antaño la esperaba cuando vivía con nosotros.
Salió de la ducha con un turbante hecho con una toalla y envuelta en una salida de baño de su mamá.
      La cena está pronta, ¿querés comer ya?—, le preguntó mi esposa en forma retórica porque la cara de hambre de nuestra niña es inconfundible.
Comió con voracidad, quizá con ferocidad, seguramente con hambre…, probablemente hambre atrasada.
La carita de nuestra niña, reconfortada por la ducha y por el plato de comida, nos emocionó hasta las lágrimas. Reprimimos un comentario evidente: vivía con carencias. Quizá no tenía un baño donde ducharse con comodidad ni accedía a una alimentación satisfactoria.
Finalmente no pude aguantar y sin atreverme a mirar a mi señora, le pregunté:
      ¿Estás segura que no querés volver a vivir con nosotros? Tu dormitorio de soltera está como lo dejaste.
      ¡Nooo, papá!—me dijo con su rutilante sonrisa— Si no fuera porque Uberto me dejó y nunca me ayuda, jamás podría haber disfrutado tanto esta ducha y esta comida con ustedes.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Chantaje navideño




      Te enteraste, ¿verdad?—, preguntó Alberto con voz llorosa.
      Sí, ¡siempre el mismo flojo! ¿No te das cuenta que es otra de sus trampas para salirse con la de él?—, respondió Mariana, levantando bastante la voz.
      ¿Pero cómo podés ser tan calculadora, fría, insensible? Recibimos una tarjeta con el logo de la funeraria—, increpó Alberto, ahora lloroso e indignado con su hermana rencorosa.
      Pensá un poco! Vos concebís a nuestro padre sin manipularnos, sin causarnos problemas, sin hacer todo lo posible para que vivamos pendientes de él?—, casi gritó Mariana.
      Con Mirtha estamos organizando todo para viajar al funeral. ¿Vos qué vas a hacer?
      Seguir con mi vida, por supuesto. ¿Te pensás que él se merece que alguno de nosotros se tome muchas molestias? ¡No cuenten conmigo!—, vociferó la hija, ahora indignada ella también.
      Bueno, ya veo que has tomado una resolución inflexible. Hablaré con Rosalía. Capaz que podemos viajar los dos matrimonio juntos.
      Está bien, mis dos hermanos menores son igualmente crédulos y sensibleros. Quizá si se juntan puedan forman uno solo como para enfrentar a ese crápula que nos gestó.
      ¿Te puedo hacer una pregunta?—, balbuceó el hermano.
      Sí, claro.
      Qué vas a hacer si cuando lleguemos a la casa de él te confirmamos que realmente falleció?
      Alegrarme, claro! ¿Qué voy a hacer? Pero no quiero hacerme ilusiones. Ese mal parido siempre nos ha cagado la vida sin obtener nada a cambio. Nos ha molestado solo por deporte, por el placer de enojarnos. Él quiere que intentemos recriminarlo y que por milésima vez nos haga callar, amenazándonos con desheredarnos. Es una lacra!
      Vos siempre te llevaste mal con él. ¿Qué vas a hacer si realmente murió y te dejó fuera del testamento?—, preguntó Alberto, seguro de que ella se había quedado sin respuesta.
      Quedate tranquilo. No sé cómo hizo la fortuna que tiene pero juraría que fue molestando, robando, explotando. Me haría un enorme favor si hubiera decidido morirse dejándome afuera de esa herencia sucia.
      No, Mariana, no podés hablar así de nuestro padre…
      ¡Cómo que no puedo? Me estoy controlando. Fijate que todavía no te dije que para mí es un hijo de puta. ¿Te das cuenta cómo me controlo?—, ironizó.
      No te entiendo. Cómo podés…?
      Ja! Se me ocurrió una idea. Los acompaño a ese supuesto entierro, pero con una condición. Si el viejo está vivo, yo lo mando a la puta que lo parió delante de mis cuñados y de mis sobrinos. ¿Aceptás?
      No, eso no va a ocurrir porque él falleció.
      Solo para ver si algún día se avivan vos y mi hermana, te aumento la apuesta. Si está vivo,  puedo mandarlo a la puta que lo parió y me mando a mudar dando un portazo; vos y mi hermanita me pagan el pasaje de ida y vuelta más la estadía de una noche en el hotel. ¿Aceptás la apuesta?
      Si me hacés esa apuesta es porque dudás si falleció o no.
      Claro que dudo! El chantaje funciona porque es verosímil. Él, tonto no es!
Finalmente viajarían Alberto con su esposa y dos hijos, Rosalía con su esposo y la hija, más Mariana, sola, sin el esposo y sin el hijo, porque sabía que el padre estaba vivo y no quería darle el gusto de que viera a su nieto.
Este plan no se pudo concretar por razones climáticas. Una tormenta de nieve provocó la cancelación de todos los vuelos. Intentaron comprar pasajes en tren, pero no encontraron tickets para los ocho.
Cuando se cercioraron de la imposibilidad de viajar, Mariana les dijo:
      Déjenme llamar a mí. Estoy segura de que él atenderá el teléfono—. Los hermanos se miraron asumiendo que no podrían evitarlo.
Expectantes, observaron ansiosos cómo ella intentaba comunicarse con el padre muerto. El teléfono no era contestado. Una sombra de duda recorrió su cara. Alberto tenía los ojos húmeros y Rosalía se mordía el labio inferior. Repentinamente Mariana enrojeció y gritó:
      ¡Papá! ¡La puta que te parió, papá! Sos una mierda!— y le tiró a su hermano el celular encendido para que lo barajara y continuara la conversación. Rosalía saltó de alegría, abrazó a su hijo y a su esposo. Los otros se quedaron paralizados, mirando cómo Mariana se alejaba, furiosa, abriéndose paso entre la multitud.
      Papito querido…, —siguió hablando Alberto, radiante de felicidad.