
Viviana siempre fue una mujer con gran capacidad de mando, que desde que éramos estudiantes en el colegio nos lideraba y gracias a quien pudimos perpetrar las travesuras más divertidas y exentas de castigo.
El grupo más unido no éramos más de seis o siete niños de ambos sexos y ella lograba tener un vínculo personal con cada uno de nosotros sin que alguien perdiera la noción de equipo (pandilla, horda).
Apareció en nuestro barrio un chico nuevo, muy apuesto, algo arrogante, corpulento, de voz grave y caudalosa, que rápidamente inició los trámites para seducir a Viviana —quien por ese entonces tendría unos 19 años—.
Lo extraño —como decía al principio— es que cuando se casaron ella adoptó una conducta autoritaria que nunca tuvo con nosotros. En él se desmoronó aquella arrogancia y la obedecía como un perro atemorizado.
No hace mucho nos reencontramos casualmente con Viviana y mientras degustábamos un café con coñac, me contó la terrible historia, incluido el asesoramiento psicológico al que tuvo que recurrir.
Resultó ser que el galán entabló con ella una relación de madre-hijo que fue placentera hasta que, haciendo uso de tal ficción, él comenzó a tener amoríos con varias mujeres ... como es lógico que tenga cualquier hijo varón por mucho que ame a su mamá.
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