jueves, 9 de mayo de 2013

Nada es verdadero solo porque nos gusta



 
Nuestras ideas pierden realismo cuando nos dejamos llevar por nuestras ganas de gozar a cualquier precio.

No sería tan irreverente con la inteligencia humana si no fuera porque tantas personas se ufanan de ella. Si fuéramos más humildes al compararnos con el resto de los seres vivos, quizá me sentiría más proclive a dulcificar mis ataques a la estupidez erudita.

Pero esa  mansedumbre está lejos de aparecer. Seguimos insistiendo con las verdades que impone la fuerza física.

Algo que nos cuesta entender es la diferencia que existe entre lo que somos y lo que deberíamos ser. Nos encandila de tal forma esta aspiración idealista que muchas veces nos juzgamos entre nosotros tomando como referencia un modelo teórico ideal que dista mucho de parecérsenos a lo que en realidad somos.

Un chiste sobre la torpeza humana cuenta que alguien se lamentaba porque su burrito falleció cuando ya estaba acostumbrándose a vivir sin comer.

Es personaje no supo identificar la causa de muerte de su animalito porque prefería ignorar que fuera su propia acción equivocada de privarlo de alimentación.

Como parece ser una constante en nuestra conducta que con mucha frecuencia privilegiamos las interpretaciones favorables a nuestros deseos en desmedro de las hipótesis más realistas aunque menos disfrutables para nuestro ego, es una práctica bastante acertada desconfiar de cualquier explicación que pudiera beneficiar a quien la propone.

En otras palabras: si alguien afirma, por ejemplo, que el sufrimiento le aporta tonicidad, temple y pureza a su carácter, no está de más suponer que dicho amante del dolor encontró algún beneficio inconfesable para preferir las opciones más dolorosas.

Por ejemplo, una posible explicación de su prédica podría indicar que adoptó el mecanismo de defensa según el cual «si no puedes con él, únetele», es decir, «fuerza los hechos para aliarte con tu enemigo».

(Este es el Artículo Nº 1.892)

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