
Todos terminamos haciendo algo provocado por ciertas condiciones físicas que nos tocaron en suerte al ser fecundados, más la afortunada o desafortunada sucesión de experiencias, que nos fueron modelando una determinada forma de percibir la realidad en la que nos toca vivir.
Me pareció muy inteligente de mi parte haber hecho fila para comprar en un determinado comercio, hasta que un competidor me hizo ver que ese poder de convocatoria que yo creí auténtico, era una estrategia de márquetin del comerciante.
Alertado por esta información, pude constatar el parecido facial de los supuestos compradores de «mi comercio preferido».
El comerciante fue astuto con su fila de parientes, pero también es cierto que mi ingenuidad jugó a su favor.
Siempre me llamó la atención cuánta energía destinan los políticos para acceder a los cargos de gobierno.
Se los ve haciendo varios discursos por día, viajando, saludando con besos y abrazos a todo tipo de gente —como si los amara realmente—, gastando fortunas en publicidad y sobre todo, difundiendo el resultado de las encuestas.
Las empresas que se dedican a saber cómo se reparten las preferencias del electorado, informan sus conclusiones y eso provoca en los electores una tendencia a seguir a la mayoría.
En otras palabras, cuando las encuestas proponen un favorito, seguramente aumentará su caudal electoral con la adhesión de esa mayoría integrada por quienes sólo votan a los ganadores.
Sin embargo, existe una minoría de ciudadanos que le amarga la existencia a quienes luego serán gobernantes.
Efectivamente, los indecisos son aquellos que piensan, razonan, calculan, observan, y —sobre todo— deciden por sí mismos.
Los indecisos deben ser educados para que pierdan esa odiosa condición de seres pensantes.
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