lunes, 31 de marzo de 2014

Vigencia sexual postmenopausia


La fecundación resulta de la concurrencia de varios factores. Cuando alguno de estos está, transitoria o definitivamente, ausente, tal fecundación no puede ocurrir, pero otras funciones pueden mantenerse por el resto de la vida.

Es legítimo suponer que, sumando los saberes de la humanidad entera, no sabemos todo lo que tenemos para conocer.

Si observamos lo que ha ocurrido a lo largo de los siglos encontraremos que siempre tuvimos la sensación de que ya sabíamos lo necesario, aunque siglos después nos fuimos enterando de cuántos nuevos conocimientos surgieron y de cuántas rectificaciones tuvimos que hacer a lo que antes se consideraba verdad.

Quizá la reproducción humana ocurra por la fortuita coincidencia de varios factores, que no siempre están presentes.

Por ejemplo, algunos de esos factores son: la presencia de espermatozoides en las trompas de Falopio, la existencia de un óvulo maduro en condiciones de ser fecundado, la reciente formación del endometrio que permite el eventual anidamiento de un óvulo fecundado, la circulación de varias hormonas en el torrente sanguíneo de la futura madre y, probablemente, muchos otros factores más, conocidos y no conocidos por la ciencia actual.

Esa fortuita coincidencia de varios factores significaría que el azar determina la sincronicidad necesaria para que la fecundación ocurra, pero también nos permite suponer que esos factores participantes pueden estar siempre presente (por ejemplo, ciertas hormonas en el torrente sanguíneo de la mujer), así como también algunos pueden dejar de aparecer definitivamente, como por ejemplo la formación del endometrio en el útero.

El objetivo de este video y de este artículo es comentar que la creencia popular según la cual una mujer pierde su apetito sexual después de la menopausia podría ser falsa, en tanto las hormonas que se lo provocan, en algunas mujeres, tienen una presencia vitalicia.

Estas mujeres podrán dejar de fecundar porque les falta por lo menos un factor imprescindible, pero nunca dejarán de lubricarse vaginalmente ni dejarán de provocarle erecciones a su ocasional compañero sexual.

(Este es el Artículo Nº 2.183)


domingo, 30 de marzo de 2014

El amor por los trenes


Aunque nunca vi a ninguno, estoy segura que estos hombres flacos, fibrosos, de estatura mediana, tienen la cara y los brazos retintos por el sol, pero que si estuvieran desnudos, el resto del cuerpo luciría blanquísimo, como la piel de una joven estudiante de la gran ciudad.

Los he imaginado acostados sobre un colchón de paja, con la mano apoyada en el vientre, marcando el contraste entre la piel muy áspera y oscura con la piel blanquísima y suave como mis senos.

A estos campesinos, los imagino callados, respetuosos, ligeramente católicos, acostumbrados a bajar la mirada ante cualquier mujer o demás fuentes de autoridad superior.

De todas las novelas románticas que había leído para licuar el infinito aburrimiento de aquella vida campesina, tenía elegidos a varios personajes responsables de mi desfloración: condes, generales, sacerdotes, ancianos venerables y autoritarios. El único prototipo extraído de la realidad era este personaje universal: el campesino tímido, mitad afrodescendientes, mitad damisela aristocrática.

No me explico cómo, en aquel viaje a la capital, un hombre así estaba sentado en una butaca tan próxima a la mía.

Lo miraba de reojo y mi cabeza flotaba. Él nunca me miraba pero sé que sabía todo de mi aspecto exterior. Creí saber todo de él en muy pocos kilómetros de recorrido. Esa sería mi oportunidad de desfloración: por un desconocido, humildísimo, con manos ásperas y oscuras, aterrado por mi condición de mujer rica, elegante, fina.

Los soplidos de la locomotora me obligaban a imaginar un pistón poderoso, enorme, invencible, capaz de mover aquella mole de metal, mimetizada con la noche, que abría un túnel en la oscuridad.

Recordé mis días de autoerotismo, imaginándome entre los brazos de algún personaje literario y, ahora, en los brazos marrones de este pobre hombre pobre, quien expondría su vida, dominado por un deseo que solo mi cuerpo puede provocar.

La calefacción del vagón y estas bellas fantasías me provocaron sueño. Sé que el tren se detuvo en una estación en la que se vendían flores y periódicos, pero no me desperté del todo. Tuve sueños eróticos con el pasajero de las dos pieles, aunque vestido con ricos ropajes.

Cuando desperté, ya habíamos llegado a la Estación Central. El hermoso bicolor no estaba; en su asiento había una margarita con sus colores amarillo y blanco, mirándome.

Con mi tía dimos las vueltas por la ciudad que teníamos previstas por encargo de mis padres, que esta vez no me acompañaron.

El ambiente en la casa de los tíos estaba raro, hablaban en secreto y parecían evitarme con la mirada. Durante la noche recibieron una llamada.

— Mariana, es tu madre. Quiere hablar contigo.

El ginecólogo que me atendió le había informado a mi tía que encontró restos de semen sanguinolento en mi vagina.

(Este es el Artículo Nº 2.182)


sábado, 29 de marzo de 2014

Malas madres latinoamericanas


Aunque las condiciones de vida de los inmigrantes ilegales a los Estados Unidos fueran condenables por toda la humanidad, los países que expulsan a esos ciudadanos que tienen que emigrar merecerían un juicio aun más severo.

Es seguro que a los norteamericanos les sirve recibir inmigrantes en condiciones precarias porque estos, desde la clandestinidad, están dispuestos a realizar tareas que los nativos de Estados Unidos prefieren no hacer.

Es un régimen de cruel explotación y quizá pueda ser tipificado como trata de personas.

En esto podemos estar todos de acuerdo, pero la pregunta que menos se hacen las víctimas y los familiares de las víctimas que, desde los países de origen, despotrican contra el maltrato de que son objeto los inmigrantes hispanos, la pregunta que nunca se formula es: ¿por qué tantos ciudadanos tienen que abandonar su país para vivir en pésimas condiciones en otro país?

Suponiendo que el 99% de los seres humanos somos medianamente inteligentes, debemos suponer que estos emigrantes, que son maltratados en Estados Unidos, son peor tratados en los países de los que emigran (o huyen).

Quizá todo esto sea un comentario ocioso por excesivamente obvio, pero no lo encuentro expresado casi en ningún lado.

Por lo tanto: sin dejar de reconocer la humillación y maltrato de que son objeto los hispanos que ingresan a los Estados Unidos en condiciones ilegales, el tema más importante acá es determinar por qué los países latinoamericanos tratan a sus ciudadanos peor que un país extranjero.

En otras palabras: a pesar de todos los maltratos de que son objeto los inmigrantes hispanos a Estados Unidos, en sus respectivos países los tratan aun peor: por eso tienen que irse, por eso tienen que emigrar, porque el país donde nacieron es una mala madre que los expulsa para que los crie otra madre más humanitaria.

(Este es el Artículo Nº 2.181)


viernes, 28 de marzo de 2014

Sentimientos en el supermercado


Hay quienes afirman que en los supermercados se compra más barato. Lo que en realidad les ocurre es que si divierten con por lo menos tres diferentes estímulos expuestos en este artículo.

Los humanos curiosos tenemos asegurado el entretenimiento hasta que muramos. Los humanos poco curiosos quizá tiendan a aburrirse.

Una de las mayores incógnitas refiere al deseo y este es tan difícil de comprender precisamente porque nuestra actividad indagatoria está motorizada por él. Nos pasa lo mismo que le pasaría a un motor que intente saber sobre motores.

Este video y artículo refieren a cómo los supermercados y las grandes tiendas de autoservicio han encontrado, por puro ensayo y error, una estimulante forma de comercialización, que ha logrado que los humanos compremos en un solo lugar hasta lo que no necesitamos.

Es estimulante la sensación de abundancia que nos exhibe. Quizá algo así fue el paraíso bíblico. Como esta es una obra literaria, redactada por algún novelista muy adelantado para su época, ahora le copiamos la idea y ofrecemos un lugar ideal, con temperatura constante y perfecta, donde se pierde la noción del tiempo, con música alegre, con el permiso para tocarlo todo, mirarlo, olerlo, leerlo, como un anticipo de lo que, seguramente, será el acto de apoderamiento definitivo, es decir, el acto de comprar.

También es estimulante la sensación de poder que sentimos, con todos esos bienes que parecen pertenecernos. Quizá un señor feudal, al recorrer las tierras de su dominio, se sentía como nosotros ahora en un supermercado. Quizá el supermercado es, para cada cliente, la despensa del castillo, a la que podemos bajar para tomar lo que el apetito, la curiosidad, la fantasía, los caprichos, demanden.

No hace mucho tiempo (cursa el año 2014), se vieron por televisión cómo en algunas ciudades de nuestro continente americano, se producían saqueos a supermercados. Las escenas eran increíbles: gente común, corriendo por la calle abrazada a un televisor, a electrodomésticos pequeños, a botellas. El afán depredatorio, característico de nuestra especie, liberado coyunturalmente, daba lugar a que esas personas, comunes como nosotros, cayeran en un frenesí de apoderamiento, afiebrado, insólito. Estos hechos nos permiten suponer que todos los días, todos los clientes tenemos la tentación de robar algunos de los objetos que parecen extraviados en una abundancia obscena.

Así jugamos a que somos millonarios, o reyes, o señores feudales, o ladrones, arrebatadores, asaltantes, saqueadores, piratas. Al final de cada partida, pasamos juiciosamente por la caja para dejar ahí el verdadero valor de la mercadería, más el costo que nos cobran por haberles usado el supermercado como parque de diversiones.

(Este es el Artículo Nº 2.180)

jueves, 27 de marzo de 2014

Realidades materiales y psicológicas


Es enorme la inhibición que padecemos por culpa de una realidad psicológica adversa.

En el video asociado a este artículo utilizo como ejemplo la tragedia que sufren los niños cuando nace un hermano que viene a invadirle el territorio que imaginaba propio y, peor aún, viene a compartir el amor de los padres y hermanos mayores.

Los humanos entendemos que el amor es algo tan indivisible como una roca. Imaginamos que si alguien tiene ese trozo de roca, nadie más puede tenerlo. Ocurre con un trozo de roca, con un juguete, con la cama, con la ropa, con el cónyuge: suponemos que si alguien le entrega su amor, único e imaginariamente indivisible, a una persona, ninguna otra puede recibir el mismo amor.

Claro que esta definición de lo que es el amor no permite explicar cómo es posible querer a varios hijos, a varios amigos, a los dos padres.

El hecho es que los humanos nos equivocamos: podemos querer a varias personas a la vez, sin que unos se vean perjudicados por los otros. Podemos amar a uno o a diez sin que eso disminuya la cantidad de amor que recibe el único o cualquiera de los diez.

Pero el núcleo del tema es otro.

Cuando imaginamos que nuestra vida sería terrible si naciera un hermano, padecemos todas las penurias que podamos imaginar. Por ejemplo, imaginamos 28 desgracias posibles (que nos invada el dormitorio, que nos robe los juguetes, que todos lo quieran más a él que a nosotros, que sea muy fuerte y nos castigue, que sea un asesino y nos mate, que sea diabólico y nos maldiga, y miles de otras amenazas más). Esa es la realidad psicológica: atormentadora porque contiene la cantidad de infortunios que la imaginación pueda crear.

Por el contrario, cuando nace un hermano tenemos una única realidad; nos salvamos de las otras 27 que hubiéramos imaginado sin este nacimiento.

Entonces, la realidad, por difícil que sea, es menos penosa que la expectativa angustiada, porque este sufrimiento incluye muchos más casos y hasta más graves que los acontecimientos que efectivamente ocurren.

(Este es el Artículo Nº 2.179)


miércoles, 26 de marzo de 2014

La inclinación del cuerpo


La ventaja de observar detenidamente la conducta de los demás consiste en darnos cuenta que no son tan malos como solemos creer, que siempre hacen lo mejor que pueden y que, en todo caso, tenemos dificultades para entenderlos.

Existen personas que afirman adivinar el pensamiento, sin embargo quizá no adivinen nada sino que sean un poco más observadoras que la mayoría.

En el video les comento cómo existen gestos, posturas y formas de hablar que comunican mucho más de lo que solemos captar.

Somos verdaderos discursos: se expresan nuestros gestos, la postura, el tono de voz, el encadenamiento de las palabras, la fonética de las palabras, los silencios, los movimientos de las manos, el parpadeo, lo que hacen nuestros pies cuando no caminan.

Existen muchas historias limítrofes con lo mágico, en las que se cuentan sobre la capacidad de observación y el poder deductivo de algunas personas.

Cuando Freud inventó el psicoanálisis, hacían furor las aventuras del detective Sherlock Holmes. No me extrañaría que este investigador de ficción, con su mente sagaz, inquisidora, perspicaz, bastante desconfiada de las obviedades, haya impregnado las neuronas inquietas del primer psicoanalista.

En el video les sugiero que no intenten modificar los gestos espontáneos guiados por el afán de obtener mejores resultados sociales. No me canso de repetir que la consigna voluntarista “Querer es poder”, es una verdadera trampa para ingenuos o tontos.

Existe un público ávido de recetas que les permitan manipular a los demás. Es el vicio de conseguir poder, sea como sea. El poder es magnético, apasionante, dulce, hipnótico, pero casi irreal. El 99% de quienes nos fascinan con el poder que tienen son personajes de ficción o personajes reales que maquillan sus biografías para aparentar lo que en realidad no tienen (el poder).

Dejando de lado ese afán de gobernar a los demás, es divertido entender y entenderse; simplemente comprender. Si esto ocurre, si logramos darnos cuenta por qué todas las personas hacen lo mejor que pueden, aunque la mayoría de las veces no logremos comprenderlos, ahí encontraremos nuestro beneficio: tener una mejor opinión de los demás ejemplares de la especie.

(Este es el Artículo Nº 2.178)


martes, 25 de marzo de 2014

Cónyuges y hermanos menores


Los celos que se desatan causados por la infidelidad conyugal son tan destructivos porque resultan de la acumulación de los celos que no pudimos manifestar hacia nuestros hermanos menores, más los que se generan en la relación matrimonial.

¿Por qué los celos pueden llegar a inspirar deseos homicidas entre cónyuges? Una posible respuesta breve sería: Por desplazamiento.

Los celos quizá sean una especie de hambre afectiva. Necesitamos ser amados, especialmente por quienes más necesitamos. El modelo inicial es la madre. Necesitamos a mamá cuando acabamos de nacer, y luego también y más luego también, aunque ella sea remplazada por otra persona.

Generalmente los varones deseamos que mamá sea remplazada por otra mujer, pero si somos homosexuales deseamos que el sustituto sea masculino. Generalmente las mujeres desean que mamá sea remplazada por un varón, pero si son lesbianas desean que la reemplazante sea femenina.

Cuando somos más pequeños, más vulnerables y más necesitados de mamá, el nacimiento de un hermano equivale a un destierro, máxima pena impuesta por los griegos a los peores delincuentes y traidores.

Lo que siente un niño cuando nace un hermano es imposible de describir, entre otros motivos porque el capital verbal de quien lo padece es particularmente pequeño, pero sobre todo porque la pasión asesina inunda cada rincón afectivo con una ola de lava.

Sin embargo, la tragedia empeora, porque los adultos, que deberían amar y proteger al pequeño, en lugar de comprenderlo, mimarlo, alentarlo, reconocer por el calvario que está pasando, se dedican a relativizar el motivo de sufrimiento. Lo alientan diciéndole que ahora va a tener un hermanito con quien jugar y demás tonterías, inaceptables para quien sea y muchos más inaceptables para el niño que sufre la amenazante invasión.

El fenómeno vuelve a repetirse, con matices, cuando nuestro cónyuge (mamá sustituta) nos informa que también se complace teniendo sexo con otros. Sin embargo, esta historia que se repite adolece de una variante fatal: quienes se enteran de la situación, no vienen a decirnos que ahora vamos a tener un amante de nuestro cónyuge para ir a ver fútbol, nos alientan a que los matemos a él y a ella cuando están juntos, o que lo matemos a él solo, o que la matemos a ella.

En suma: debemos aceptar que nuestros padres se llenes de hijos, pero no debemos aceptar que nuestro cónyuge se llene de amantes.

Los hermanos menores son tan insufribles como los amantes de nuestro cónyuge, pero como no podemos protestar por los hermanos, entonces juntamos el odio que nos inspiran ambas situaciones. Es por eso que los celos de la infidelidad conyugal son desproporcionadamente destructivos.

 (Este es el Artículo Nº 2.177)


lunes, 24 de marzo de 2014

Los herederos perjudicados


Los ciudadanos más capaces optimizan su desempeño si saben que la fortuna que puedan acumular será disfrutada por sus herederos.

En una serie de artículos de reciente publicación (1), les he comentado que el ser humano no se desarrolla adecuadamente, ni en la indigencia, ni en la riqueza exuberante.

En la misma línea teórica de esos artículos, cabe mencionar que el derecho a dejar la riqueza acumulada a los descendientes (herederos) cuenta con personas a favor y otras que se oponen.

Quienes se oponen alegan que nadie debe disponer de lo que no se ganó con su esfuerzo y los que están a favor dicen que la persona que logra amasar una fortuna tiene el aliciente de que el resultado de su esfuerzo podrá ser disfrutado por sus seres queridos (herederos), en vez de ir a parar a las arcas del Estado o de la Iglesia.

Por lo tanto, las herencias suelen dificultar el desarrollo personal de los herederos porque todo lo reciben sin su esfuerzo, como ocurre en los países de suelo y subsuelo muy ricos, en los que las nuevas generaciones heredan riquezas territoriales que difícilmente los alienten a trabajar con ahínco.

Por el contrario, los ciudadanos más capaces optimizan su desempeño si saben que la fortuna que puedan acumular será disfrutada por sus seres queridos. Si los más emprendedores y exitosos supieran que su fortuna pasará a manos del Estado o de alguna Iglesia, quizá no se sentirían estimulados para dar lo mejor de sí.







(Este es el Artículo Nº 2.176)


domingo, 23 de marzo de 2014

La guardaespaldas

Roberto Carlos Gómez fue un joven emprendedor, que supo recorrer las aulas de unas cuantas universidades especializadas en márquetin, negociación, relaciones humanas y, seguramente, alguna otra.

Cuando era joven, le ofrecieron un negocio muy arriesgado pero altamente rentable: llevar dinero a Ciudad Juárez, en México, en la frontera con Estados Unidos.

Estuvo averiguando en Internet por qué le ofrecían tanto dinero por llevar dólares en un maletín y entregarlo personalmente a ciertas personas. El asunto se aclaró enseguida cuando se enteró de la elevadísima tasa de criminalidad existente en ese lugar.

Con las ideas más claras, le pidió a un conocido que le enviara no menos de diez candidatos para guardaespaldas, con la condición de que su aspecto no fuera delator.

El conocido le envió a diez personas pero solo una no parecía guardaespaldas. Todas las demás no podían disimular su oficio. Esa única persona fue descartada de plano porque se trataba de una joven, probablemente de origen indígena del altiplano, con edad indefinida, que apenas hablaba español.

Roberto Carlos pensó que era una broma del desconocido, pero luego supo que no.

Después de haber sido descalificada sin que la escucharan, se acostó en la entrada de la oficina y, cuando los ocupantes fueron a salir, casi la pisan.

La muchacha se puso de pie, no medía más de un metro sesenta, se alisó la ropa, miró a los ojos del incrédulo empleador y le dijo algo así como «Quiero ser su guardaespaldas».

Roberto Carlos pensó en llevarla como escort, es decir, como acompañante erótica, porque la muchacha era bastante sexy, aunque objetivamente poco bella.

Ahora sí, en un breve interrogatorio, le preguntó cómo lo defendería y ella apenas dijo que su especialidad era aplicar técnicas que todos habían olvidado.

La ambición del joven empresario y el deseo de tener su primera aventura sexual con una indígena, lo llevaron a contratarla pero, en su interior pensó que los honorarios serían muy inferiores a lo que estaba dispuesto a pagarle a un profesional.

Los días en Ciudad Juárez fueron transcurriendo sin novedades. La muchacha lo acompañaba a todos lados, seguía durmiendo en la puerta de la habitación del hotel, se la veía serena, inclusive cuando recorrían los suburbios de la ciudad caminando en zonas densamente pobladas, sin calles ni veredas ni luz.

Cuando Roberto Carlos ya había ganado una fortuna llevando y trayendo remesas cada vez mayores, surgió una complicación.

Salieron del hotel como siempre, estuvieron recorriendo la zona céntrica en un coche con taxímetro, se bajaron en una zona muy pobre y comenzaron a caminar con la valija.

Desde las sombras aparecieron cinco hombres que les cerraron el paso. Uno les pidió la valija. La muchacha dio un paso al costado para cubrir con su cuerpo la parte inferior de Roberto Carlos, hubo unos segundos de silencio, se sintió que la joven gimoteaba, respiraba con profundidad y comenzó a llorar como si fuera un niño de pocos meses. Exactamente con la misma estridencia, capaz de destrozarle los nervios a cualquier adulto. El llanto comenzó a ganar volumen, se encendieron varias luces en las casas, se abrieron puertas, salieron mujeres dispuestas a socorrer al niño que imaginaron junto a la guardaespaldas. En menos de un minuto la zona se llenó de gente, preguntando «¿Qué le pasa al niño?, ¿dónde está, tiene hambre el angelito?».

A todo esto, en la confusión, los maleantes se perdieron entre el gentío. Roberto Carlos entregó la remesa, pero con ese accidente dio por terminada su profesión de remesero en Ciudad Juárez.

A la muchacha decidió pagarle lo que tenía destinado para un profesional, pero como ella toleraba llevar y traer dinero, aunque no poseerlo, le aceptó bastante menos.

Esto me lo contó la nuera de Roberto Carlos, para explicarme porqué el suegro padece una ligera disfunción neurológica crónica, que habría sido invalidante si la guardaespaldas no lo hubiera puesto detrás de ella cuando comenzó a llorar.

Si los cinco delincuentes siguen vivos, seguramente hace años están cuadripléjicos.

(Este es el Artículo Nº 2.175)


sábado, 22 de marzo de 2014

Pensar es un deporte

 VideoComentario

Quienes están determinados para estudiar y pensar son personas débiles, que  no hacen lo que quieren (libre albedrío), sino que están determinadas para ser como son.

Suelo comentar con ustedes algunas ideas que intentan fundamentar por qué el libre albedrío no existe, en tanto estamos 100% determinados por una cantidad enorme de estímulos que nos inducen a hacer o no hacer todo eso que hacemos o no hacemos. (1)

Esos estímulos son, por ejemplo: genéticos, ambientales, sociales, climáticos, históricos.

En este artículo y video me concentro en repetir la idea, pero agregando que la mayoría de los seres humanos ni piensa ni estudia y sin embargo viven.

Cuando digo la mayoría estoy sugiriendo, además, que es muy probable que sea correcto dejarse llevar por los factores que nos determinan pues, al creer en el libre albedrío y suponer que podemos tomar buenas decisiones pensando y estudiando mucho, estamos siendo llevados (determinados) por una creencia sin fundamento.

Sin embargo, si pudiéramos ser objetivos en la evaluación de estos asuntos, quizá llegaríamos a la conclusión que a los humanos no nos va igual en la vida estudiando y pensando que prescindiendo de esas actividades.

Por el contrario, quienes estudian y piensan asuntos referidos a la existencia y cómo administrarla, tienen vidas diferentes a las de quienes prescinden de esas ocupaciones.

Este hecho no necesariamente indica que es posible controlar la existencia, (como opinan los creyentes en el libre albedrío), sino que también puede significar que algunas personas están determinadas para hacer ciertas tareas (estudiar, pensar) y no otras.

¿Qué les ocurre a quienes estudian y piensan? Probablemente son más esclavos de eso que leen y piensan y, al ser más esclavos, son más previsibles, obedientes, sumisos, controlables, gobernables, gracias a lo cual reciben premios de los padres, maestros, gobernantes y la sociedad en su conjunto.

En otras palabras, no es que los estudiosos y pensadores sean mejores porque hacen eso, sino que estas particularidades suelen estar asociadas a personas sumisas, temerosas de transgredir las normas, muy dependientes de la opinión ajena. Esos rasgos de temperamento los convierten en ciudadanos escasamente problemáticos, por lo cual son premiados, mimados, cuidados.

Una persona estudiosa y que piensa quizá tenga buenos ingresos económicos porque consigue mejores trabajos, (porque tiene buen comportamiento en general), quizá tenga más poder porque este le es asignado a quien es poco probable que abuse de él, seguramente tenga amigos con un perfil similar al suyo («dime con quién andas y te diré quién eres»), gracias a lo cual quizá también así aumente su cuota de poder socialmente legitimado.

En suma: Quienes están determinados para estudiar y pensar son personas débiles, inseguras, sumisas, obedientes, que tienden a ser previsibles, probablemente honestas (por temor a los castigos), sinceras (por temor a la crítica), disciplinados (para recibir la aprobación de jefes y compañeros), solidarios (por temor a quedarse desprotegido). Es decir: no hacen lo que quieren (libre albedrío), sino que están determinados para ser como son.

(1) Los artículos sobre este tema se concentran en un blog titulado Libre albedrío y determinismo.

(Este es el Artículo Nº 2.174)

jueves, 20 de marzo de 2014

Desigualdad reproductiva


Para que sigamos gestando nuevas generaciones, la mujer debe sentirse menoscabada por el varón, para que intente vencerlo eróticamente, en cuyo caso, muy probablemente, se producirá la fecundación necesaria.

«El Día Internacional de la Mujer Trabajadora o Día Internacional de la Mujer conmemora la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona. Se celebra el día 8 de marzo. Es fiesta nacional en algunos países.» (1)

Desde mi punto de vista, toda igualdad entre desiguales constituye una injusticia, una incomprensión, un acto antojadizo estimulado desde emociones desalineadas con la Naturaleza. En este caso: la mujer y el hombre son diferentes y nada que intente igualarlos será una buena cosa.

Más aun: cada rol social que tiene un “Día de” (mujer, madre, niño, abuelo, secretaria, bombero), señala a quien está sufriendo alguna ignominia que se intenta reparar tan solo mediante este hipócrita artificio de adular cada 365 días a la víctima, de tal forma que se calle, no proteste y siga siendo abusada.

En este caso, además de criticar el uso de tan pobre artilugio adulando a las víctimas, aplicándoles una anestesia de efecto anual, agrego algo más que puede ser digno de mención.

Como dije más arriba, los seres humanos diferentes no deben ser igualados porque por algo lo son. Igualar lo distinto es una forma de injusticia, violencia torpe, necia, sensiblera.

En este caso es aun peor porque los varones y las mujeres necesitamos ser todo lo diferentes que podamos para que el fenómeno reproductivo nunca se detenga. Necesitamos conservar la especie y para eso hace falta que sigamos siendo desiguales. Las parejas homosexuales, por ejemplo, no pueden reproducirse y el vínculo entre hombres y mujeres demasiado simétrico los neutraliza e impide la sexualidad reproductiva.

Para que sigamos gestando nuevas generaciones, la mujer debe sentirse menoscabada por el varón, para que intente vencerlo eróticamente, en cuyo caso, muy probablemente, se producirá la fecundación necesaria. Por el contrario, si fuera el varón quien se sintiera menoscabado por la mujer, reaccionaría destructivamente, quizá matando o hiriendo de gravedad a ese ser superior que lo degrada.

Por lo tanto, por como estamos constituidos, el varón nunca debería sentirse inferiorizado porque se pone agresivo. Cuando la mujer se siente inferiorizada, apela a seducir y finalmente a copular con quien la somete, gracias a lo cual conservamos la especie.



(Este es el Artículo Nº 2.172)


miércoles, 19 de marzo de 2014

Las vidas del Candy Crush


Nuestros intentos de evitar la muerte también tienen procesos inconscientes, que tramitamos en videos juegos, llegando tarde a las citas o con el pago de sobrecostos por mora al pagar con atraso deudas que tienen vencimiento fijo.

Los informáticos saben mucho sobre la psicología de los seres humanos y, eso que saben de nosotros, lo aplican para que los programas de computación sean más y más seductores, atractivos, adictivos, rentables, amigables, entretenidos, fascinantes.

No hace tanto tiempo que las grandes productoras de video-juegos se dieron cuenta que lo más rentable es permitir que todo el mundo pueda jugarlos gratis, aunque luego surgirán ciertas tentaciones cuya satisfacción habrá que pagarlas. Como vemos, esto se parece a nuestra existencia: nacemos sin tener que pagar, pero más adelante tendremos que enfrentar el costo de vida.

Efectivamente, hace muchos años que en esos juegos existe el concepto vida.

El jugador suele tener ciertos errores que le quitan vidas, lo matan, debe quedar inactivo, no puede seguir divirtiéndose. Lo fascinante está en encontrar formas de evitar esas muertes, de recuperar vidas o de lograr una resurrección.

Hasta cierto punto, los juegos repiten la increíble historia de Jesús de Nazaret, en tanto existen dificultades, penurias, frustraciones (vía crucis), ocurre la pérdida de la vida quedando fuera de juego (crucifixión), seguida de otras nuevas posibilidades de vida (resurrección).

En el video asociado a este artículo, también les comento que la búsqueda de la postergación de la muerte, quizá sea lo que inconscientemente alienta a que los impuntuales no lleguen en hora a las citas (¿con la muerte?), o que no sean capaces de pagar sus compromisos económicos en fecha, por lo cual tienen que pagar sobrecostos por mora, gracias a los cuales quizá ellos sientan que están pagando para vivir un poco más.

En suma: Nuestros intentos de evitar la muerte tienen procesos inconscientes, que tramitamos en videos juegos, llegando tarde a las citas o con el pago de sobrecostos por mora al cancelar con atraso deudas que tienen un vencimiento fijo.

(Este es el Artículo Nº 2.171)


lunes, 17 de marzo de 2014

Aguinaldos de pérdidas


En esta línea de pensamiento, podemos aceptar la hipótesis de que los humanos tanto buscamos resolver problemas como conseguirlos.

Este es un tema que me entusiasma porque soy coleccionista de situaciones que contradicen el sentido común.

Mi cabeza siente que el sentido común es como un tirano arbitrario que nos impone obligaciones caprichosas, ocurrencias bastante necias, tradiciones que son telarañas en su mente autoritaria.

El sentido común nos hace pensar que los humanos solo aceptamos y buscamos ganancias, pero no parece aceptar que, a veces, justificadamente, los humanos aceptamos y buscamos pérdidas.

En psicoanálisis podría hablarse de lapsus: son actos dictados por el inconsciente, que parecen yerros, pero que sin embargo responden a un deseo profundo. Tan profundo que nuestra conciencia lo desconoce.

Por ejemplo, llamamos embarazo no deseado a una gestación no programada.

Es cierdo, no fue un embarazo deliberado, en el que ambos se pusieron de acuerdo en copular cuando supuestamente ella estuviera ovulando, pero algo los indujo a cometer ese error.

La idea es esta: buscamos cancelar necesidades y deseos de forma similar a como buscamos cancelar faltas de entusiasmo, de necesidades, de deseos, de entretenimientos, de desafíos, de sueños, de ocupaciones.

En otras palabras: los humanos tanto buscamos satisfacer necesidades y deseos como, de corresponder, buscamos generar necesidades y deseos, a partir de lo cual tenemos que, nuevamente, trabajar, esforzarnos, buscar satisfacerlas.

En casos muy básicos, sabemos que es satisfactorio comer, pero para poder disfutar de este placer es necesario tener hambre. No es extraño que alguien haga cosas para generar hambre, a pesar de que todos sabemos cuán difícil y angustiante es la tarea de terminar con el hambre de millones de personas.

Pues buscamos tener hambre, no como una desgracia sino porque deseamos quedar en condiciones de comer.

En esta línea de pensamiento, podemos aceptar la hipótesis de que los humanos tanto buscamos resolver problemas como conseguirlos.

Para confirmar esta idea, obsérvese que todos los juegos que compramos y practicamos, no son otra cosa que problemas artificiales cuya resolución nos da placer. En otras palabras: cuando compramos juegos compramos problemas. ¡Si necesitaremos tenerlos que hasta pagamos para padecerlos!

(Este es el Artículo Nº 2.170)


domingo, 16 de marzo de 2014

El padre Rogelio


El padre Rogelio amaba a Dios porque lo había dejado tranquilo en un pueblo del norte argentino. Hacía mucho que convivía con más o menos doscientas familias, en las que tenía amigos y enemigos.

No todos los amigos eran los mejores ciudadanos y viceversa. El padre Rogelio tenía un temperamento áspero y una lógica personal ligeramente intrasferible.

Los enemigos solían criticarle el feroz apartamiento de la ética cristiana en asuntos de poder. Él era desmesuradamente indulgente con los poderosos y ricos. Quienes le pedían explicaciones salían más confundidos que antes porque los razonamientos del sacerdote eran de una complejidad inaudita para esas mentes básicas.

Lo que él, infructuosamente, intentaba explicarles era que «la cabeza es lo único que tenemos que proteger», por eso los jefes de las dos familias más ricas eran intocables, porque eran los que les daban trabajo a todos y porque eran quienes los explotaban para que nadie pudiera abandonar la pobreza predicada por Jesús.

Con este razonamiento, el padre Rogelio entendía que esos caudillos, enriquecidos a costa de la pobreza de casi todo el pueblo, eran cristianos que lograban mejores resultados que él en la prédica de la austeridad.

Una tarde de mucho calor, en la que la sotana pesaba el doble por acumulación de sudor, llegaron unos autos lujosos, llenos de gente extraña: eran religiosos de alto rango provenientes de la capital.

Quienes parecían dormir la siesta salieron de las casuchas, a medio vestir, para ver qué pasaba. Algunos pensaron que a Rogelio se lo estaba llevando preso la policía del Vaticano.

No fue fácil explicar que el padre Rogelio había sido nombrado Papa. Ni siquiera fue fácil para el mismo sacerdote entender qué estaba pasando.

Después de muchos cabildeos, manifestaciones, protestas populares, procesiones portando un féretro en el que supuestamente iba aquel párroco a quien se lo estaban llevando por la fuerza, el pueblo recobró la calma y la comitiva pudo emprender el regreso a la capital.

Los acontecimientos posteriores sucedieron con relativa rapidez. En menos de una semana estaba aquel sacerdote, olvidado, rodeado del lujo inimaginable del Vaticano.

Las primeras informaciones que recibió el nuevo Pontífice le dieron la pauta de que en ese feudo los problemas del poder era infinitamente más graves que en su pueblo. Peor aun, entendió que ahí, como en ningún otro lado, el sexo masculino conservaba privilegios medievales.

Durante la noche pensó en reunir a los más de doscientos prelados que lo secundarían, aunque tratando de impedirle cualquier innovación que no fuera aprobada por ese grupo de poder.

Le costó dormirse porque la idea que se apoderó de él era suicida..., pero en su pueblo nadie se suicidaba porque todos estaban dispuestos a morir por cualquier discusión trivial.

Con el boato propio de ese extraño país masculino, aquel padre Rogelio, subido en una tarima tan elevada que lo obligaba a mirar al auditorio con actitud de supremo, los miró a todos como si fuera uno solo de aquel pueblo de pendencieros, dio un paso a la izquierda para mostrarse de cuerpo entero, se abrió la sotana blanca y mostró sus pequeñísimos genitales.

Un coro escandalizado fue cortado violentamente por el vozarrón del cura:

— Ahora que saben que nadie la tiene más corta que yo, acá se me obedecerá sin chistar.

Y así ocurrió, hasta que murió siendo ya muy viejito.

(Este es el Artículo Nº 2.169)


sábado, 15 de marzo de 2014

Hacer el amor o el odio


Existe la posibilidad de que algunos casos de violencia doméstica sean en realidad intentos reproductivos frustrados, en los que ella quiso excitarlo sexualmente hostigándolo, sin imaginarse que él se enfurecería y la atacaría destructivamente.

En otro artículo (1), y mediante un rodeo racional, llegué a la conclusión de que el género no marcado masculino, propio de nuestro idioma, no podría ser femenino como ellas reclaman.

Para hacerlo más claro: el idioma indica que en un grupo de niños de ambos sexos, deberá decirse los niños, inclusive en el caso de que sean 99 niñas y un solo niño. Por supuesto, ellas pretenden que la situación sea la inversa, o, en todo caso, que el género esté determinado por la prevalencia, es decir, si en 100 niños, 51 son niñas, entonces que fuera correcto decir genéricamente las niñas.

La explicación expuesta en ese artículo, (cuya lectura me permito sugerir, tan solo siguiendo el link que se entrega al final de este artículo), hacía referencia a que el género no marcado es masculino para que las mujeres se molesten, protesten, les reclamen a los hombres, estos se exciten sexualmente, tengan sexo con ellas para apaciguarlas, y así terminemos gestando nuevos ejemplares que aseguren la conservación de la especie.

Reforzaba este argumento diciendo que si el género no marcado fuera el femenino y quienes se molestaran fueran los varones, la reivindicación no daría lugar a relaciones sexuales reproductivas sino a reclamos violentos, destructivos, atentatorios contra la conservación de la especie.

En los hechos, —y este es el núcleo del presente artículo—, no siempre que las mujeres irritan a los varones con sus reclamaciones obtienen un apaciguamiento amoroso, fecundador.

Efectivamente, puede ocurrir que un varón se sienta acosado y, en vez de tratar de apaciguar a la mujer haciéndole el amor de forma reproductiva, opte por atacarla, con violencia física o psicológica, destructiva, hiriente, desmesuradamente agresiva, buscando matar a la mujer que protesta porque se siente poco querida en una sociedad donde el género no marcado es masculino.

En conclusión: existe la posibilidad de que algunos casos de violencia doméstica sean en realidad intentos reproductivos frustrados, en los que ella quiso excitarlo sexualmente hostigándolo, sin imaginarse que él se enfurecería y la atacaría destructivamente.


(Este es el Artículo Nº 2.168)


  

viernes, 14 de marzo de 2014

Erotismo lingüístico


Que el género masculino sea el género por defecto en nuestro idioma se explica porque la reclamación reivindicativa de las mujeres es erótica, mientras que si la reclamación fuera de los varones sería destructiva.

Este artículo retoma, desde otro punto de vista, un tema que ya fue comentado en un texto y video anteriores (1).

En este caso intento compartir una explicación de por qué en nuestro idioma castellano existe un cierto privilegio del género masculino, con una característica que, técnicamente, se denomina género no marcado masculino.

Así como en los programas de computación encontramos que algunas opciones están determinadas por defecto, en nuestro idioma ocurre algo similar con el género.

En Word, por ejemplo, la fuente por defecto la letra Normal, aunque también existen opciones de letra cursiva, negrita o ambas combinadas. Cuando no hacemos una configuración expresa, el programa utiliza la letra Normal.

En nuestro idioma, podemos decir los niños aun cuando nos estemos refiriendo a un grupo integrado por niños y niñas.

Es habitual que las mujeres se sientan incómodas por esta discriminación que parece no tenerlas en cuenta. Por esto, algunos políticos notoriamente demagogos, fuerzan el idioma y, para referirse a un grupo mixto de niños, dicen los niños y las niñas, siendo que el castellano nos indica que es correcto decir los niños para indicar la inclusión de ambos sexos.

La causa, el origen, de esta aparente injusticia que pone al sexo femenino en un segundo lugar, podría ser la siguiente:

Para estimular la fecundación entre los humanos, es positiva una disconformidad genérica, difusa, constante, de la mujer, que la estimule para molestar, irritar, quejarse ante el varón que ella haya seleccionado para padre de sus hijos. Si ella está molesta (por ejemplo, por sentirse desplazada lingüísticamente), lo molestará, lo excitará sexualmente, él tratará de calmarla para que deje de molestarlo, y, luego de copular, el vínculo volverá a sus mejores condiciones, pero con una mujer embarazada que colaborará en la conservación de la especie.

En suma: la arbitraria elección del sexo masculino como género no marcado, permite que ellas exciten sexualmente al varón y la especie asegure su conservación. Si, por el contrario, el género no marcado fuera el femenino, la reacción reivindicativa del varón no sería precisamente erótica, sino violenta, destructiva, aniquiladora de la especie.


(Este es el Artículo Nº 2.167)


 

jueves, 13 de marzo de 2014

La mente está constituida por tejido óseo


Quizá le mente sea tan rígida como el cráneo que la contiene.

En dos artículos ya publicados (1), les comentaba mi hipótesis según la cual nuestra psiquis no acepta cualquier idea. Solo para facilitar mi explicación, apelé a comparar las ideas con los zapatos, en tanto unas y otros no son fácilmente intercambiables entre las diferentes personas.

Tendemos a imaginar que todo lo que pensamos, creemos, afirmamos como verdades, ha llegado a nuestra mente gracias a un riguroso proceso de selección razonable. Creemos que todo lo que afirmamos como válido ha superado diferentes controles de calidad, dirigidos por nuestro razonamiento.

No es así. Más aún: si intentáramos informar sobre cómo fue que llegamos a decidir que tal religión es la mejor, o que tal marca de vehículos es excelente, o que tal cuadro deportivo es el único aceptable porque todos los demás no tienen los méritos del que hemos elegido; si tuviéramos que fundamentar esas decisiones, repito, no podríamos.

Les contaré algo de nuestra familia uruguaya.

Desde hace varios años hemos elegido como presidente de la república a un ex-guerrillero (José Mujica), cuyo aspecto físico, su forma de vestir, de hablar, de calzar, de representarnos a todos ante los organismos internacionales deja mucho que desear.

Muchos de sus opositores (uruguayos y extranjeros), creen que «la verdad no puede desentonar con el buen gusto». Es decir: el desaliño de su persona descalifica fuertemente su gestión y sus discursos. A pesar de que la prensa internacional no para de hablar bien de él, en el interior de nuestro país negamos las buenas ideas y la buena gestión de gobierno, entre otros motivos, porque desentona con el buen gusto.

Esta anécdota intenta demostrar hasta qué punto nuestra resistencia a ciertas ideas es irracional, aunque nos esforzamos por fundamentar el rechazo con pseudo razonamientos y sin poder reconocer que nuestra mente es incapaz de admitir ciertas propuestas, así como también es incapaz de abandonar otras.

Quizá le mente sea tan rígida como el cráneo que la contiene.



(Este es el Artículo Nº 2.166)


miércoles, 12 de marzo de 2014

Intolerancia a los zapatos


Intento explicar por qué, a los largo de los años, cambian bastante poco nuestro aspecto físico y nuestro aspecto ideológico.

Este artículo y video proponen pensar que las ideas, formas de pensar, filosofías de vida, creencias, preferencias, se integran armónicamente al resto del cuerpo.

Como formamos un todo completo, coherente, funcional, no tenemos piezas libremente intercambiables. Quizá de esto también se encarga nuestro sistema inmune cuando lo observamos atacando a los microorganismos que intentan colonizarnos o cuando rechaza el injerto de un tejido ajeno.

Obsérvese que este fantástico dispositivo (el sistema inmune) tiene la habilidad de discriminar entre tejidos extraños e incompatibles y células también extrañas pero que llegan al cuerpo de la mujer para embarazarla. Este ejército combate a los microorganismos patógenos, pero autoriza el ingreso de espermatozoides de un tamaño similar.

Por algún motivo perdemos la paciencia con quienes tienen creencias diferentes a las nuestras, pero ignoramos las diferencias anatómicas que nos distinguen. Podemos llevarnos bien con gente de otra raza, otra estatura, otra cultura, pero nos cuesta entendernos con gente que tiene otras ideas políticas, otras creencias religiosas, otra filosofía de vida.

Lo que intento proponer es que, como adelanté en otro artículo (1), no podemos pensar lo que queremos porque nuestra psiquis acepta o no acepta ciertas ideas. Nunca podremos aceptar una idea que no sea compatible con el resto de nuestras ideas, de nuestra anatomía y de nuestra fisiología, aunque la cultura occidental esté convencida de que las ideas están desvinculadas de lo anatómico.

Desde hace más de cinco siglos creemos en el dualismo cartesiano, es decir, que somos una especie de suma de dos elementos diferentes y separados: una parte física y otra parte pensante.

Esto explica por qué, a los largo de los años, cambian bastante poco nuestro aspecto físico y nuestro aspecto ideológico.


(Este es el Artículo Nº 2.165)


martes, 11 de marzo de 2014

La mente no admite cualquier idea


La intolerancia ideológica, religiosa, filosófica, es causada por un rechazo provocado por el sistema inmune ya conocido o por algún otro de funcionamiento similar.

Tendemos a pensar que podemos entender y aceptar cualquier idea, así como también creemos que nos gusta toda la música, sea cual fuere.

Esto no es así: solo podemos aceptar aquellas ideas que puedan entrar en armonía con las ideas que ya tenemos en nuestra mente.

Claro que, como condición previa, la comprensión de cualquier idea está determinada por la posesión de los conocimientos que esta idea da por sabidos. Jamás podríamos entender asuntos que están por fuera de nuestras competencias, saberes, información básica.

Tampoco podemos aceptar, incorporar, admitir, toda aquella idea que esté en contra de nuestra configuración de mundo, o de nuestra filosofía de vida, o de nuestras creencias más firmes y profundas.

Por lo tanto, esa ductilidad de nuestra mente no es tal. Solo nos creemos tan capaces cuando no hemos tenido la oportunidad de acceder a teorías que nos exigen aptitudes que están fuera de nuestro alcance.

Aun cuando seamos capaces de entender las novedades que se nos presentan, tampoco es seguro que podamos incorporarlas como verdaderas. La convivencia de las nuevas ideas depende de las demás ideas que ya tenemos incorporadas. Por decirlo metafóricamente, cada nueva idea debe hacer un trámite de inmigración a nuestra mente, que terminará siendo aprobado o desaprobado.

De esta aceptación o no aceptación surgen la intolerancia, la negación, la incomprensión, la discriminación, la descalificación, el rechazo activo o la indiferencia mortífera.

Nuestra mente, así como el resto del cuerpo, no acepta cualquier injerto: algún sistema inmune, (o el ya conocido que nos protege de los microorganismos), nos protege de todo aquello que pudiera entrar en conflicto con nuestra armonía y coherencia saludables.

Esta podría ser una explicación de por qué no podemos aceptar algunas creencias. Es el propio cuerpo el que las rechaza como si se tratara de un tejido extraño.

(Este es el Artículo Nº 2.164)


lunes, 10 de marzo de 2014

Las leyes y los animales


Las leyes intentan deshumanizar y, al mismo tiempo, animalizar a los seres humanos. Además, tenemos previstos castigos para aquellos de nosotros que no sean suficientemente animales.

Los millones de códigos que pueblan nuestras bibliotecas, hogares, facultades, estudios de abogados, juzgados, no son otra cosa que un relleno que intenta formar una especie de rampa de ascenso que va, desde la conducta humana, pequeña, transgresora, impredecible, perversa, alocada, hasta la conducta animal, superior, perfecta, cumplidora, previsible, sana.

Efectivamente: aunque los humanos hacemos esfuerzos denodados por no admitir nuestras dificultades para convivir, ellos, los demás animales, sí que son ordenados, disciplinados, armoniosos, sociables, respetuosos.

Es hasta cierto punto ridículo ver la convivencia, en muchos de nosotros, de actitudes soberbias con una flagrante imitación de quienes intentamos subestimar (los animales).

En suma: todas nuestras leyes solo intentan que nuestra conducta se parezca a la de los animales y los castigos asociados a esas leyes, son los castigos que les aplicamos a los humanos que no logran ser tan animales como pretendemos.

(Este es el Artículo Nº 2.163)


domingo, 9 de marzo de 2014

Cita en estado de sitio


Tocan a la puerta. Ella se despierta y le pregunta a él:

— ¿Quién podrá ser a esta hora?—. Él no había sentido los golpes. Se despertó porque ella le movió suavemente el hombro.

Otra vez los golpes, suaves como para que el llamado fuera solo para los dueños de casa.

En calzoncillos y descalzo, él fue hasta la puerta y apoyando la oreja derecha preguntó, tratando de no superar el volumen de los golpecitos:

— ¿Sos vos, Aníbal?—. Del otro lado, una voz estrangulada por el miedo reptó por la madera:

— ¡Sí, dale, abrime!

El dueño de casa no reconoció la voz, pero igual abrió la puerta lo suficiente como para mirar el exterior con un solo ojo.

Apretado contra la puerta estaba su amigo. El mal aspecto lo impulsó a abrirla tan rápido que el otro casi cae. La cerraron, Aníbal se abrazó al hombre y este le respondió con otro abrazo que incluyó besarle la maloliente cabellera.

— ¿Te vieron entrar acá?—, le preguntó, casi rogando una respuesta negativa.

Desde el interior se encendió una luz y en segundos apareció Mariana, vestida con una camisa masculina y quizá también bombacha. Corrió hacia Aníbal y se abrazaron. A pesar del miedo que lo impregnaba, el muchacho no pudo evitar oler aquel perfume de mujer que le traía recuerdos desesperadamente eróticos y felices.

— ¿Tenés hambre, amor?— le preguntó ella a quien se demoraba en concluir el abrazo.

— Tengo de todo. Ando con un hilo de vida y sé que mi vida pende de un hilo. Ya saben que estoy en la ciudad; están rabiosos; tienen órdenes de entregarme, vivo o muerto, a la embajada. Lo insólito es que andan con varias fotografías mías y no saben qué cara tengo ahora—, explicó el muchacho, agitado, transpirando, los ojos hundidos, las manos flacas incontrolables, tiritando sin frío.

— Estás a salvo, Aníbal — dijo, el dueño de casa, tratando de tranquilizar al amigo. — Te vamos a esconder acá mismo. Aunque nos allanaron varias veces no creo que vuelvan porque nunca encontraron nada.

Cerrándose la camisa para que el visitante no se excitara, ella dejó una bandeja con una taza con café humeante y un trozo de pan relleno con abundante fiambre. Tocándole el hombro, le dijo:

— Bañate, mi amor. Después veremos con él cómo nos arreglamos para que te quedes con nosotros el tiempo que haga falta—, y se internó en el apartamento para dejar una toalla en el duchero.

Los hombres quedaron mirándose, intercambiando novelas seguramente muy distintas, pero que en algún punto del relato los unía.

Cuando Aníbal volvió de ducharse, calzando ropas y zapatos recién prestados, oyeron como casi echaban la puerta a abajo con golpes de puño, culatazos y puntapiés de botas. El visitante quedó pálido, el dueño de casa hizo un gesto de contrariedad, Mariana apretó la espalda y la cabeza contra el marco de una puerta.

Apenas el dueño de casa giró la llave, una tromba de uniformados invadió el pequeño living, el más alto se dirigió al dueño de casa, otro miró a la mujer sin prestarle atención, otros dos le hicieron una llave de judo para reafirmar la inmovilidad del recién apresado, este la miró mientras forcejeaba pero alcanzó a hacerle un guiño insólitamente tranquilizador.

En menos de un minuto desaparecieron los militares, la mujer cerró la puerta, miró a su alrededor para saber del visitante. Este apareció desde atrás de un sillón. Ella corrió hacia él. Se abrazaron. Los pensamientos de Aníbal eran menos confusos que sus sentimientos.

Así se quedaron, aumentando la ebriedad afectiva del varón y quizá también la de ella. Sin soltarla, le dijo al oído:

— Se lo llevaron por equivocación. Lo van a matar pensando que soy yo.

— No te preocupes. Algún día tenía que ocurrir. Para eso estamos. Acostémonos a descasar. En tres días resucitará.

(Este es el Artículo Nº 2.162)