
«¡Qué mala suerte tengo! No paro de atender el teléfono pero nunca me llaman quienes yo más deseo que me llamen.»
Analicemos usted y yo qué puede estar ocurriéndole a esta persona para lamentarse en esos términos.
1º) Nuestro instinto de conservación se encarga de acomodar la percepción subjetiva de los estímulos, para realzar los más convenientes y quitarle intensidad a los menos importantes.
Estamos organizados para que nuestras antenas receptoras de señales potencien aquellas que signifiquen amenazas, peligros, dificultades y debiliten aquellas que signifiquen seguridad, confiabilidad, tranquilidad.
Por lo tanto, a todos nos ocurre que le destinamos menor atención a lo que no estamos necesitando y mayor atención a lo que sí necesitamos.
En suma 1: Quizá quien hablaba recibía igual cantidad de llamadas de personas deseadas que de no deseadas pero subjetivamente le parecía que las prescindibles eran muchas más que las agradables.
2º) Por regla general hacen más llamados quienes quieren pedir algo y hacen menos llamados quienes no tienen necesidades o suponen que serán demandados.
La persona que analizamos está esperando ser llamada por personas que le solucionen su problema de soledad, aburrimiento, escasez económica pero lamentablemente es llamada por quienes tienen la misma actitud demandante, pedigüeña, suplicante.
El propio instinto de conservación nos induce al egoísmo, al estado de alerta y en algún caso desconfianza y paranoia.
En suma 2: Quien espera ser llamado por alguien a quien piensa hacerle un pedido, quitarle algo o depredarlo, actúa de forma parecida a un cazador que utiliza trampas para que las presas incautas queden atrapadas y terminen alimentándolo.
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