sábado, 30 de noviembre de 2013

El innecesario deseo del escritor


Quienes estudian un libro pueden intentar conocer el deseo del autor así como pretendieron conocer el deseo de su mamá.

Nuestra madre es un personaje tan imprescindible como angustiante.

Con ella aprendemos a amar.

Este sentimiento gregario tan fuerte, importante y que, si contamos con la suerte suficiente, sentiremos a lo largo de toda la vida, nos permite participar en vínculos personales con nuestros familiares, cónyuges, hijos, compañeros de trabajo, colegas.

No podemos dejar pasar la ocasión para agregar que el sentimiento de amor que nos inspiró nuestra madre y que tendremos por el resto de la vida, está íntimamente asociado a la conveniencia: amamos a nuestra madre porque ella nos resolvió oportunamente algo que nos causaba malestar (angustia, dolor, preocupación). Por lo tanto, siempre reaparecerá nuestro amor ante quienes nos provean calidad de vida emocional, tangible, práctica.

Con nuestra madre, no solo aprendemos a amar sino que también aprendemos qué se siente cuando queremos saber qué desea quien nos provee esa calidad de vida tan necesaria y que querríamos controlar.

Si la madre fuera un varón, quizá sería fácil saber qué quiere, pero la anatomía y la fisiología de ellas son tan complejas que intentar entenderlas es como intentar reparar un transbordador espacial contando solo con un destornillador y una pinza.

Cuando nos enfrentamos a un texto difícil de comprender, recaemos en aquella antigua incertidumbre y lo primero que se nos ocurre es tratar de interpretar qué fue lo que quiso decir el confuso escritor.

La tarea es correcta en el niño con su madre, pero incorrecta en el adulto. Este no tiene por qué averiguar qué quiso decir el autor sino que debería conformarse con autoobservar qué ideas le sugiere el texto. Sus propias ideas son las que le importan. Las que tuvo el autor ya no importan.

(Este es el Artículo Nº 2.096)


viernes, 29 de noviembre de 2013

‘Busco marido similar a mi mamá’


Es probable que las mujeres busquen la compañía de varones con edad y afectividad similares a la madre.

Vamos a pensar por un momento que las parejas humanas se forman entre una mujer y un varón que ella misma elige.

En nuestra especie los machos suelen ser de mayor tamaño que las hembras.

Ese hombre es, casi siempre, mayor que ella en cuanto a edad.

¿Por qué la mujer elige un varón con más edad que ella?

— Existe una creencia muy antigua según la cual los varones son, emocionalmente, más inmaduros que las mujeres. Esto nos llevaría a pensar que para emparejar la madurez emocional de una y otro, él debe haber vivido más años. En otras palabras, un varón de 30 años es tan maduro emocionalmente como una mujer de 20.

— Esta asimetría en las edades compensaría una característica muy negativa de la unión matrimonial: está constituida por un número par de integrantes.

Es notorio que cualquier institución que debe tomar decisiones reúne a un número impar de integrantes para evitar empates que paralizarían la acción.

Por este motivo es probable que la mujer, que se sabe habitante de una sociedad en la que la mayoría de los conflictos se dirimen por el uso de la fuerza,  elija a un varón con más experiencia de vida (mayor edad) para que defienda a los integrantes de la familia de cualquier ataque que sufrieran, tomando el mando dada su mayor sabiduría.

En otras palabras: la mujer elige un varón capaz de conducir al grupo familiar en situaciones críticas.

— El motivo menos visible de esta elección que hace la mujer es totalmente inconsciente. Por lo tanto solo es posible elaborar una hipótesis.

Es probable que las mujeres busquen la compañía de varones con edad y afectividad similares a la madre.

(Este es el Artículo Nº 2.095)


jueves, 28 de noviembre de 2013

Las leyes intentan que seamos todos iguales

  
Los ciudadanos funcionamos como si fuéramos palabras y las leyes procuran que actuemos de manera similar, como si fuéramos sinónimos.

Para el psicoanálisis  las personas somos como somos dependiendo de cómo somos alcanzados por el lenguaje.

Lo digo de otro modo: usted y yo somos hispanos, hablamos un mismo idioma, pero, sin embargo, hablamos dándole a las palabras significados ligeramente distintos.

Además, en los diferentes pueblos, escribimos las palabras como indica la Real Academia pero las pronunciamos de manera particular.

Además, cada uno de nosotros, individualmente, evalúa las palabras según las emociones personales, los recuerdos, las asociaciones.

Además, y esto es lo importante, cada uno de nosotros funciona como si fuera una palabra a la que los demás les dan un significado personal. Por ejemplo: la palabra juanpérez significa:

— para unos “buen compañero, divertido, impuntual”;

— para otros significa “buen compañero, aburrido, celoso”;

— para otros significa “padre, severo, temible”.

El mismo señor Juan Pérez es como una palabra a la que los demás le asignan significados diferentes, que afectan al señor Juan Pérez en su vida social.

Por supuesto que, a su vez, el señor Juan Pérez tiene sus propias opiniones sobre los otros.

Como los demás también parecen palabras merecedoras de una definición, entonces Juan Pérez define:

— a su jefe diciendo que es «arbitrario, no tan malo como el anterior, emocionalmente inestable»;

— a su compañera matrimonial la define como «excitante, buena madre, celosa»;

— y a su hijo lo define como «adolescente típico, desordenado, cariñoso».

El señor Juan Pérez, con sus personales definiciones de estas personas, también está generando en ellas diferentes formas de participar en la sociedad.

Podemos apreciar entonces cómo esta actitud humana de definirnos recíprocamente genera una densa red de vínculos tejida con expresiones lingüísticas.

Las leyes procuran que actuemos de una misma manera, como si fuéramos sinónimos.

(Este es el Artículo Nº 2.094)


miércoles, 27 de noviembre de 2013

La disconformidad con la condición femenina


La mujer tiende a ser monógama, pero cuando se siente frustrada con la condición femenina podría imitar la poligamia masculina.

Como he mencionado en otros artículo, les propongo un punto del vista según el cual las hembras humanas, de forma similar a como lo hacen otras hembras mamíferas, son las que, cuando entran en celo (ovulan), convocan a algún varón para que las fecunde.

Ellos, cuando una mujer los seduce para convertirlos en padres de sus hijos, concurren casi ineludiblemente dejando de lado otros compromisos de fidelidad anteriormente pactados con otra mujer y sus familiares.

En otras palabras: si un hombre es invitado a fecundar una mujer diferente a su esposa, casi seguramente lo hará aunque sepa que eso puede acarrearle la pérdida de la relación matrimonial ya concertada.

Las mujeres no eligen a cualquiera como padre de sus hijos. De alguna manera ellas seleccionan con gran determinación y hasta podrían abandonar su vocación materna si no logra hacerlo con el hombre elegido.

Los varones, por el contrario, casi no eligen sino que atienden sexualmente a todas las mujeres que lo seduzcan.

A veces ocurren hechos que pondrían en duda estas descripciones. Me refiero a las ocasiones en que desean tener sexo indiscriminadamente con cualquier hombre. Cuando esto ocurre suele no pasar de unas pocas (aunque llamativas) experiencias.

¿Qué le ocurre a una mujer que actúa de manera tan poco frecuente?

Desde mi punto de vista, ellas pueden actuar de ese modo porque desean causarle una molestia al hombre que las defraudó. Es muy frecuente que, aplicando la antigua Ley del Talión, caigan en una especie de desenfreno erótico para vengarse del compañero que infringió un pacto de mutua exclusividad.

La mujer tiende a ser monógama pero cuando se siente frustrada con la condición femenina podría imitar la poligamia masculina.

(Este es el Artículo Nº 2.093)


martes, 26 de noviembre de 2013

Los casados son más gobernables que los solteros


Es más fácil convencer a matrimonios que a ciudadanos solteros. Es la receta maquiavélica infalible, que defendemos como si nos beneficiara.

El instinto de conservación nos gobierna a nivel individual y también a nivel de especie. No solo cuidamos nuestra integridad física, sino que sentimos una fuerte vocación por tener por lo menos un hijo.

Las mujeres tienen estos instintos, (el de conservación individual y el de conservación de la especie), más desarrollados que los varones. Parece coherente que así sea: si ellas asumen el 80% del esfuerzo, significa que los varones nos encargamos del 20% restante. Si estos porcentajes fueran reales, podemos asegurar que ellas se esfuerzan cuatro veces más que nosotros (4 multiplicado por 20% = 80%).

La sobrecarga que ellas padecen está parcialmente compensada por un umbral de tolerancia al dolor más alto que el de los hombres. Por este motivo la percepción subjetiva de esfuerzo no conserva la proporción de 80 y 20, sino que ellas, no solamente buscan quedar embarazadas sino que, en muchos casos ayudan a los varones con todos los problemas que nos hacemos para cumplir este exiguo 20%.

Sin embargo, que hombres y mujeres vivamos en parejas no es más que una costumbre que a veces se ha convertido en obligatoria porque a los gobernantes les conviene que sus gobernados andemos de a dos porque así somos más débiles y gobernables.

Retomo un comentario que hice en otro artículo (1) sobre cómo el dualismo cartesiano, esa creencia casi universal de que los humanos somos la suma de un cuerpo y un espíritu, ha llegado hasta nuestros días como si fuera una verdad incuestionable, porque creyendo eso somos más débiles y gobernables.

Es más fácil convencer a matrimonios que a ciudadanos solteros. Es la receta maquiavélica (2) infalible, que defendemos como si nos beneficiara.



(Este es el Artículo Nº 2.092)


lunes, 25 de noviembre de 2013

Las novedades que surgen al releer


Mirar varias veces la misma película o releer un mismo libro suele aportarnos nuevos detalles porque, imperceptiblemente, hemos cambiado.

Mucha gente cree que no vale la pena leer más de una vez el mismo libro o escuchar varias  veces la misma conferencia.

Si quienes no releen o no reescuchan lo hacen porque piensan que conocen el libro o la charla, están en un error. Si estos mismos no repasan lo que saben que les va a aburrir están en un acierto.

Con los libros, las conferencias y también los filmes ocurre algo que una mayoría ha experimentado: la segunda vez es diferente a la primera.

Nuestra mente se confunde porque parte de la suposición de que la grabación sigue siendo la misma y que nosotros, los lectores o espectadores, también somos los mismos.

Acá es donde falla nuestra suposición: los que cambiamos somos nosotros, aunque nos cueste creerlo o nos moleste aceptarlo.

La resistencia al cambio incluye el temor a que perdamos nuestra identidad, a que dejemos de ser quien (suponemos que) somos.

Lo que es cierto es que una segunda experiencia receptora siempre es diferente a la anterior, y así varias veces. Dependiendo de qué estímulo se trate (libro importante, película compleja, conferencia humorística), podemos encontrar pocos o muchos datos, escenas, interpretaciones, que no habíamos entendido, registrado, recordado.

Sin exagerar: con ciertas obras es preferible dedicarles tiempo para releerlas a dedicar ese mismo tiempo a otras nuevas.

Quizá en el primer abordaje éramos más inmaduros que en el segundo. Quizá en el segundo acceso hemos capitalizado algo de la primera lectura y eso nos predispone mejor para entender lo que no habíamos entendido.

Pasa algo parecido con las personas: suele ser preferible tener pocos amigos para poder dedicarles bastante tiempo, que tener muchas relaciones superficiales y casi desconocidas.

(Este es el Artículo Nº 2.091)


domingo, 24 de noviembre de 2013

Aquel baile fatídico


Mariana no fue a aquel baile porque tenía ganas de bailar sino para acompañar a su mejor amiga, Lucía, que se había enamorado de un muchacho de pésimas referencias: Alberto Romero.

La acompañó a pesar de que su mamá, después de intensas averiguaciones con las vecinas, le dijo: «Mariana, mirame a los ojos: ¡No vayas!».

La muchacha ya había sentido otras veces esa brisa helada que la envolvía de pies a cabeza. Siempre había funcionado, pero ahora no funcionó. La amiga había llorado amargamente y necesitaba ir a ese lugar donde quizá se encontraría con Alberto.

Fueron, con la condición de que irían y volverían en un taxi pagado por el padre de Mariana. El lugar era tenebroso, de fama deplorable, pero Lucía era la mejor amiga y el llanto desesperado había calado muy hondo en los huesos de Mariana: “Acompañaría a mi amiga así fuera lo último que hiciera en la vida”, se dijo para sí misma, imaginando que se lo decía a la madre.

Alberto no fue. Lucía hizo preguntas y le contestaron con evasivas que la llenaron de preocupación y de más angustia. Pero sin embargo fue Ricardo Lemos, un muchacho delgado, de mirada esquiva, peinado con mucho fijador de aspecto húmedo.

Cuando Mariana lo vio creyó haber metido los dedos en un enchufe: se le contrajo el estómago, algo le paralizó las piernas. Lucía la golpeó levemente con el codo y le preguntó: «¿Qué te pasa, Mariana? ¿Te sentís bien? ¡Cerrá la boca que parecés una enferma!».

Mariana reaccionó, pero por poco tiempo porque Ricardo la invitó a bailar tomándola por la cintura y, sin palabras, llevándola hasta la pista.

Lucía ya no tuvo más a su compañera fiel y tuvo a una amiga atontada que no paraba de hablar de aquel hombre y que no paraba de decir que ya nada importaba en la vida, excepto él.

Por un tiempo, Mariana y Ricardo no se vieron hasta que recibió un mensaje de texto en el que le decían que él quería hablar urgentemente con ella.

Desde la cárcel, él le ordenó que fuera dispuesta a realizarle una visita conyugal cuando estuviera ovulando.

Por supuesto que Mariana fue. Los padres envejecieron visiblemente. Toda la familia cayó en un precipicio. No sabían qué hacer. Fueron consultados psiquíatras, adivinos y curanderas.

El primer embarazo lo abortó espontáneamente, pero los dos siguientes llegaron a término. Todos tenían que reconocer que los niños, (un varón y una nena), eran hermosos. También tenían que reconocer que Mariana estaba muy deteriorada por la miseria económica en la que había caído, pero que sus ojos eran dos soles radiantes de felicidad.

Hoy, doce años después de aquel baile fatídico, siguen juntos y ella tan enamorada como antes. Los padres fallecieron, quizá prematuramente, sumidos en el dolor, preguntándose qué hicieron mal.

A Mariana sólo le importa su familia, aunque el compañero casi nunca esté libre..., como tantos maridos demasiado trabajadores. Por suerte Lucía parece una amiga infalible.

 (Este es el Artículo Nº 2.090)


sábado, 23 de noviembre de 2013

Inconvenientes de la Era de la Información


En la «Era del conocimiento y de la información» quedamos expuestos a demostrar qué poco nos importan la gente y la Medicina.

Según parece estamos en la «Era del conocimiento» (o de la información). Esto significa que, gracias a las Tecnologías de la Información, cuya principal herramienta es la Informática, más personas contamos con datos, conocimientos e información abundante e instantánea.

Este cambio parece maravilloso, pero para muchos es antipático por razones que no siempre están claras.

Pondré dos ejemplos:

Facebook nos informa diariamente la lista de personas que hoy cumplen años. En una columna a la derecha, agrega un link para que podamos mandarle un saludo a cada una de esas personas.

Antes de la «Era de la información», no teníamos que saludar a nadie porque no era razonable acordarse de tantas fechas: ahora, si no saludamos, estamos diciendo, casi explícitamente, «No me interesa que hoy cumplas años. Quizá tampoco me interesas de algún modo. No te quiero.»

En suma: En la «Era del conocimiento» quedamos expuestos a exhibir qué poco nos importa la gente en general (y algunos en particular).

La Medicina Preventiva, en esta Era, ha aumentado sensiblemente las facilidades para que todos quienes tengamos acceso a una computadora o a un Teléfono Inteligente (Smartphone), podamos concertar una cita con algún centro médico donde se nos practiquen las rutinas propias de la acción preventiva.

Antes de la «Era de la información» podíamos alegar que no teníamos tanto tiempo para realizar esa reservación, o que no teníamos tanto dinero para ir a agendarnos y después también a realizar los estudios: ahora, si no nos exponemos a los exámenes recomendados estamos diciendo, casi explícitamente, «No me interesa la Medicina Preventiva. ¡Guárdensela!».

En suma: En la «Era del conocimiento» quedamos expuestos a exhibir qué poco nos importa la Medicina Preventiva.

(Este es el Artículo Nº 2.089)


viernes, 22 de noviembre de 2013

Las religiones aportan reconocimiento social


Ser  abogado, alfarero, diseñador o católico implica otras ventajas que se suman a la utilidad principal: SER socialmente reconocido.

Este artículo es continuación de otro (1) en el que, básicamente, decía que para los humanos no alcanza con que sintamos estar vivos cuando observamos las actividades biológicas de respirar, ir, venir, hacer cosas, también necesitamos el reconocimiento social, precisamos SER para los demás.

Para acceder a esta segunda constatación de existencia buscamos poseer características que nos identifiquen públicamente y, en el mencionado artículo, hacía mención a los esfuerzos que hacemos para acceder a un título y ponía como ejemplos los de abogado, alfarero o diseñador.

Por lo tanto, para poder satisfacer esa necesidad de sentirnos reconocidos socialmente como existentes, apelamos al estudio: con los estudios logramos que alguna entidad educativa nos provea un título que servirá, directamente, para confirmar oficialmente que SOMOS abogados, alfareros o diseñadores.

Aun reconociendo que no es un argumento serio para la mayoría de las personas, es preciso que lo diga: la palabra estudios es, en nuestro idioma, la yuxtaposición de otras tres palabras: ES TU DIOS.

Si usted tolera este debilitamiento de la racionalidad como para admitir que dicho fenómeno lingüístico tiene alguna influencia en nuestra vida como hispanos (pues la palabra «estudios» no es la suma de otras tres en los demás idiomas), avancemos otro poco.

Para poder decir «Yo SOY católico», (o adherente a cualquier otra religión), necesito hacer menos esfuerzo que para decir «Yo SOY abogado, alfarero o diseñador».

Por lo tanto, esta forma de conseguir el reconocimiento social es la más económica, la más accesible para quienes no pueden hacer un esfuerzo mayor.

Reconozcamos que ser  abogado, alfarero, diseñador o católico implica otras ventajas, (laborales, religiosas), que se suman a la que, como digo,  probablemente sea la principal: SER socialmente reconocidos.


(Este es el Artículo Nº 2.088)


jueves, 21 de noviembre de 2013

‘Ser humano’ también es un título

  
Aunque estudiamos para desarrollar una vocación, estudiamos fundamentalmente para que la sociedad que integramos nos reconozca como SERES (humanos).

Si bien todos tenemos dudas sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina, padezco una duda similar cuando me pregunto si los humanos actuamos como se nos ocurre —y luego describimos con palabras de nuestro idioma eso que hicimos—, o por el contrario, es el lenguaje el que nos obliga a realizar ciertas acciones.

Me explicaré de otra forma:

Cuando estudiamos hasta terminar una carrera de abogacía, alfarería o diseño, podemos decir ante los demás, sin que nadie tenga derecho a contrariarnos: «Yo SOY abogado», «Yo SOY alfarero» o «Yo SOY  diseñador».

Mi duda está en si alguien estudió lo que estudió porque le gustaba, porque se le ocurrió, porque no tuvo nada mejor para hacer o, por el contrario, estudió lo que estudió porque necesitaba poder decir, sin que nadie tuviera derecho a contrariarlo, «Yo SOY (abogado, alfarero o diseñador)».

Aunque parece obvio que todos estudiamos porque se nos ocurre, (para lo cual decimos que estudiamos según nuestro libre albedrío), es admisible la suposición de que estudiamos, en primer lugar, porque necesitamos SER ante los demás, necesitamos ser reconocidos, porque a pesar de que nos sentimos con vida anatómica, algo nos lleva a buscar el reconocimiento de nuestro semejantes dentro del colectivo que integramos.

Como no creo que seamos tan libres como para hacer lo que se nos ocurre, tiendo a pensar que somos seres gregarios, que dependemos en gran medida de sentirnos integrantes de algún colectivo (familia, equipo deportivo, nación).

Si esto fuera cierto (que somos profundamente sociales y escasamente autosuficientes), entonces, cuando buscamos una identidad que los demás nos reconozcan, lo que hacemos es un esfuerzo para SER (abogados, alfareros, diseñadores). Necesitamos titularnos como SERES (humanos).

(Este es el Artículo Nº 2.087)

miércoles, 20 de noviembre de 2013

No siempre buscamos la comodidad

  
Por cómo buscamos enfrentar los problemas inherentes a gestar hijos, parece que no siempre rechazamos tener problemas y angustia.

Estaremos de acuerdo en que tener hijos, engendrarlos, gestarlos, parirlos, es un mandato natural. Estamos instintivamente predispuestos para realizar estas acciones.

Sabemos que estos emprendimientos, (tener hijos), nos someterán a realizar mucho esfuerzo, preocuparnos, privarnos de diversiones, quizá postergar definitivamente anhelos, pasaremos noches sin dormir, sentiremos angustia cuando demoran en llegar de sus paseos, diversiones o actividades.

Objetivamente, tener hijos es buscar, y encontrar, muchas molestias, incomodidades, insatisfacciones, frustraciones. La pregunta que surge sin que nadie la estimule es: ¿por qué los humanos nos metemos en estos emprendimientos que parecen ser tan inconvenientes?

La primera reacción de muchas personas suele ser de escándalo. La pregunta parece criticar negativamente una acción que cualquier cultura aprueba fervorosamente.

Aunque suene inadecuada es necesario formularla para poder seguir adelante.

Sin no nos hiciéramos esta pregunta no podríamos abordar la hipótesis según la cual los humanos no siempre buscamos el placer, la diversión, el alivio, el descanso, la ausencia de preocupaciones, el dormir todas las noches sin interrupción.

Estamos en condiciones de afirmar que los humanos también podemos disfrutar de toda esa cantidad de molestias que inevitablemente nos acarreará el fecundar hijos.

Más aún: la muerte de un hijo quizá provoque el dolor moral más terrible de los que podemos padecer. Por lo tanto, si perdemos esta fuente permanente de malestares, preocupaciones y angustias, estaremos peor que nunca.

Estas experiencias que tenemos con nuestros hijos, y que estoy resumiendo como la exposición a fuertes padecimientos anímicos que nunca desearíamos perder, pueden sugerirnos la hipótesis de que no solo en el caso de tener hijos buscamos malestares. Quizá busquemos inconvenientes, problemas y dificultades también en otras ocasiones.

No siempre rechazamos la angustia de la que tanto queremos alejarnos.

(Este es el Artículo Nº 2.086)


martes, 19 de noviembre de 2013

El cerebro se autoevalúa positivamente


Observemos que la opinión que tenemos sobre la confiabilidad de nuestros pensamientos es generada por el mismo cerebro que evaluamos.

¿Por qué es tan sencillo calmar un dolor corporal ingiriendo un calmante de venta libre y es casi imposible liberarnos de la angustia, la ansiedad, la incertidumbre?

Desde mi punto de vista, la mente humana no puede ver aquello en lo que no cree. Si no fuera porque creemos en la existencia de objetos tangibles, como es por ejemplo un jarrón lleno de flores, no veríamos los jarrones.

En otras palabras: vemos los jarrones porque creemos que existen objetos tangibles, fabricados por el ser humano o por la Naturaleza.

Cuando creemos que los humanos somos la suma de un cuerpo y un espíritu estamos condicionando nuestras actitudes suponiendo que el dualismo cartesiano es verdadero (1). Como los científicos son seres humanos, tan sometidos a las creencias como cualquier de nosotros, la industria farmacéutica ha encontrado soluciones para las dificultades somáticas y no ha encontrado soluciones para la parte intangible, espiritual.

No descartaría que el rezago tecnológico que padecen la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis obedezca a que, inconsciente o conscientemente, creemos en la existencia de un espíritu misterioso, mágico, celestial, místico, inaccesible, perteneciente a una realidad superior, a otro mundo.

Estamos en minoría quienes suponemos que el espíritu (alma) es una producción cerebral, una sensación subjetiva, un invento que se convalida por consenso, pues todos, de una u otra manera, tenemos un cerebro que segrega ese tipo de pensamientos, con tal intensidad que los homologamos, los consideramos verdaderos y dignos de ser integrados a nuestras decisiones.

Observemos que esa homologación, esa confirmación, es producida por el mismo órgano que evaluamos. Nuestro cerebro se convierte en juez y parte.

El cerebro dice que él piensa bien y que debemos creerle.




(Este es el Artículo Nº 2.085)


lunes, 18 de noviembre de 2013

La filosofía no es teórica sino práctica


Un maestro de escuela, Óscar Tabárez, dirigiendo el seleccionado de fútbol, nos está reeducando a todos los uruguayos.

Solemos pensar que por filosofía debe entender un conjunto de ideas abstractas, muy teóricas y nada prácticas, sin embargo, por filosofía también puede entenderse otra cosa: es como el sistema operativo de nuestra mente.

Si entendemos que un sistema operativo es el programa que le permite a una máquina boba entenderse con un usuario inteligente, casi de igual-a-igual, podemos resumir estas ideas diciendo: por filosofía debemos entender el conjunto de conocimientos, teorías, creencias, prejuicios, aprendizajes, reflejos condicionados, con los que interpretamos la realidad e interactuamos con ella.

Por lo tanto, con esta otra acepción de la palabra filosofía, llegamos a la conclusión que todos tenemos alguna y que sin ella no podríamos participar inteligentemente ni en la naturaleza ni en la sociedad.

Más precisamente, una filosofía no es una teoría sino una práctica.

Uruguay, el país donde vivo, tiene una población total de tres millones y pico de habitantes. En términos comparativos, somos menos uruguayos que los habitantes de algún barrio de San Pablo o de Bogotá; sin embargo, llama la atención la cantidad de campeonatos de fútbol conquistados desde 1930 hasta hoy.

En este país siempre se habló de la garra charrúa, queriendo significar que heredamos el temple de una tribu muy combativa que vivió en este territorio antes de que fueran exterminados por algún genocida de triste recuerdo.

Nuestros jugadores eran groseros, mal intencionados, violentos, tramposos y así ganamos varios campeonatos. Después empezó una era de fracasos porque en los demás países empezaron a neutralizar nuestra prepotencia con una filosofía deportiva notoriamente superior a la nuestra: nobleza, educación, respeto.

Un maestro escolar (Óscar Tabárez) asumió la dirección técnica de nuestra selección deportiva y nos está modificando la filosofía a todos.

(Este es el Artículo Nº 2.084)


domingo, 17 de noviembre de 2013

El valor de la mirada


Judy Garland integró un coro junto a sus hermanas con apenas treinta meses de edad. Seguramente, fue la cantante más precoz de la historia.

Las gemelas Quesmer comenzaron bastante más tarde, cuando ya tenían seis años.

Mariana y Mariangela eran hijas de un matrimonio mal avenido, pero que se mantuvo unido hasta que la muerte los separó. Las niñas sufrían este clima hogareño y hacían lo posible por encontrar tareas lejos de él.

A los ocho años se conocieron con un profesor de ballet que las amó como habría amado a todos los hijos que soñó engendrar, gestar y parir.

Si bien estaban dotadas para el baile y el canto, lo que más disfrutaban era mirarse en los espejos del salón donde el maternal profesor les daba clase.

Pero, lo que las marcó para toda la vida fue su debut en un teatro rural donde actuaron para colaborar con la escuela de la zona.

Al poco tiempo empezaron a llover contratos, camarógrafos, periodistas, publicaciones, pretendientes, fama, flores; pero sobre todo, grandes escenarios repletos de gente que las miraba con una sonrisa tallada en sus rostros.

Ninguna de las dos tuvo expectativas de formar una familia. Quizá no querían intentar lo que hicieron los padres con tan perturbadores resultados. También existe otra explicación: hubo un novio, que ahora no recuerdo de cuál, que se confundió por la semejanza entre ellas, generándoles tan hondo malestar que las llevó a resolverlo prometiéndose, públicamente, amor recíproco y eterno. Así lo hicieron y algunos decían que dormían en la misma cama.

No hay mucho para agregar en la extensa y exitosa carrera de estas hermanas. Dieron conciertos en casi todos los países del mundo, tenían una gran fortuna, en especial Mariana, pues era claramente más ambiciosa que Mariangela.

La fiesta que hicieron cuando cumplieron 80 años obtuvo la cobertura televisiva de todas las cadenas mundiales. Duró tres días, corrieron con todos los gastos de más de dos mil invitados y, por supuesto, actuaron, fueron ovacionadas, admiradas.

Sin embargo, dos años después, Mariangela comenzó a tener olvidos repentinos que las llenaron de horror. Por primera vez comenzaron a diferenciarse, sobre todo en la actitud frente a los invitados. Mariana continuaba siendo una diva, maravillaba a todos con un glamour delicioso, quizá más notorio ahora por el contraste con la insidiosa pérdida de vitalidad que se verificaba en Mariangela.

De todos modos, Mariana decidió repetir los festejos para cuando cumplieran noventa. Lamentablemente, eso no fue posible porque la hermana falleció con ochenta y ocho.

Todos esperaban el derrumbe de Mariana, pero no fue así. Festejó los 90 años con sorprendente alegría. Hasta los médicos estaban extrañados de tanta vitalidad.

Finalmente, cuando habían pasado tres meses del faraónico festejo, Mariana no se despertó. «Pasó de un sueño a otro», dijeron varios periodistas, haciendo alarde de su apatía para pensar algo nuevo.

Al poco tiempo del fallecimiento se develó el misterio de la vitalidad de Mariana. Cuando un corredor inmobiliario visitó la lujosísima mansión, encontró, detrás de un cortinado, una puerta secreta. Luego de bajar tres escalones y encender una luz, pudo verse un teatro privado, en el que estaban sentados, con lujosos vestidos, maniquíes en actitud de espectadores. Al activar otra llave, los ojos de estos se encendían con estimulante admiración.

(Este es el Artículo Nº 2.083)


sábado, 16 de noviembre de 2013

El coito heterosexual tal cual es


El acto heterosexual está pleno de desentendimientos, a pesar de la aparente complementariedad. El posible embarazo determina una diferencia radical.

La siguiente puede ser una descripción correcta de cómo los varones y las mujeres nos unimos, nos fecundamos y, al reproducirnos, cumplimos la única misión (1) que tenemos: conservar la especie.

Siempre vivimos en sociedad porque somos animales gregarios. Casi toda la población mundial vive en comunidades integradas por hombres y mujeres.

Cuando una entra en celo, como cualquier otro mamífero, tratará de ser fecundada por algún varón al que ya conoce, con el que ha tenido algún vínculo afectivo, porque gusta de él y, casi inevitablemente, él siempre se aproxima a la mujer que lo convoca amorosamente, mirándolo, hablándole, demostrándole que lo admira, lo desea, es feliz en su compañía, desearía verlo a menudo.

Estas son las señales inequívocas de que la mujer ha elegido al padre de sus hijos.

Cuando ella se siente en condiciones de ser fecundada hará ciertas maniobras instintivas para que él tenga una inflamación en el pene y desee desinflamarlo mediante caricias que ella practicará con sus manos, con la boca o con la vagina. Solo estas últimas lograrán la desinflamación propiciando el embarazo.

Todos estos movimientos y acciones son meramente anátomo-fisiológicos. Sin embargo, el cerebro de los participantes segregará abundantes fantasías y pensamientos, antes, durante y después del coito.

La intensidad y densidad de estas fantasías hacen que el fenómeno orgánico, (único realmente necesario para la conservación de la especie), pase a un segundo plano.

Dado que una y otro poseen funciones muy diferentes (una gesta y el otro solo fecunda), dichas fantasías son radicalmente diferentes. La expectativa de quedar embarazada le impone un elevado compromiso. Por esto ellas le asignan al coito una dimensión fantástica mucho mayor al que el varón podría imaginar.


(Este es el Artículo Nº 2.082)


viernes, 15 de noviembre de 2013

El temor y la falta de concentración


Podría decirse que cuando alguien no puede concentrarse es porque padece un miedo difuso. Podemos concentrarnos cuando podemos atacar.

Al observar la naturaleza vemos que los animales tienen una anatomía adecuada al lugar donde viven y a su temperamento natural.

En este sentido, los animales que tienen los ojos en el plano frontal, (felinos, simios, lechuzas), son cazadores y los que tiene los ojos en el plano lateral, (caballos, vacas, gallinas), necesitan cuidarse para no ser devorados.

En otras palabras, los cazadores pueden hacer converger sus miradas para atacar a la presa que les dará alimento, mientras que los cazados pueden ver todo alrededor sin mover la cabeza.

Los cazadores solo miran hacia adelante y los cazados miran todo alrededor.

Esto nos llevará a suponer que los animales que pueden focalizar su mirada, (hacerla converger en un punto delantero), son agresivos, mientras que los animales que pueden ver a su alrededor son huidizos.

Con estos datos de la naturaleza observemos qué ocurre con los humanos.

Dada la ubicación frontal de nuestros ojos somos animales depredadores. Cuando estamos amenazados, o nos ubicamos dándole la espalda a una pared o nos asociamos con otros seres humanos para que, entre todos, podamos ver a nuestro alrededor.

Los animales agresivos como nosotros le prestamos atención a lo que está adelante y no podemos atender el resto del escenario, eso sí, cuando sentimos temor de lo que nos rodea, dejamos de prestar atención focalizada y tratamos de prestarle atención al entorno.

Mirar solo para adelante en actitud depredadora es estar concentrados y prestarle atención a todo un poco, es estar desconcentrados, quizá también distraídos.

Cuando alguien está concentrado está en actitud agresiva, combativa, de ataque y cuando alguien está desconcentrado está en actitud defensiva, atemorizada.

La agresividad nos concentra y el miedo nos distrae.

(Este es el Artículo Nº 2.081)


jueves, 14 de noviembre de 2013

Estrategias para garantizar la fidelidad del esposo


Para algunas mujeres, extenuar económica o sexualmente al marido son las estrategias más eficaces para garantizar la fidelidad del esposo.

Algunas formas de interpretar la realidad son imprescindibles para que las cosas ocurran como ocurren.

Imaginaré dos situaciones entre un varón y una mujer que podrían ser ejemplos aproximados de cómo funcionan algunas parejas.

a) Ella siente que tiene que gastarle todo el dinero que él gana e inclusive presionarlo para que le dé más.

En este caso ella se siente valorada como mujer si está con un varón que trabaja hasta el agotamiento y que se priva de sus gastos personales con tal de mantenerla tal como ella le exige.

La de ella es una actitud militante, probablemente secundada por su propia madre, quien eventualmente la ayuda a gastar para que la presión sobre el hombre sea lo más efectiva posible.

¿Qué logra con esta actitud?

1) Sentirse valiosa, importante, respetada, considerada, entronizada, puesta en un pedestal;

2) Asegurarse de que él no podrá solventar una doble vida manteniendo otra familia;

3) Demostrar a las demás mujeres cuán valiosa es, de cuántas comodidades dispone, qué envidiable es su vida;

4) Seguir obedeciendo a su mamá y halagándola como la señora pretende que haga su hija.

 b) Ella siente que tiene que extenuar sexualmente a su esposo.

La de ella es una actitud militante, se propone agotarlo físicamente, se presenta como erotómana, finge estar absolutamente fascinada por el (imaginario) atractivo físico del esposo.

¿Qué logra con esta actitud?

1) Sentirse una hembra fatal, según su forma de entender lo femenino y el rol de la mujer en una pareja;

2) Asegurarse que él no dispondrá de energía para tener relaciones sexuales con otras mujeres;

3) Demostrarle a las demás mujeres cómo se hace para garantizar la fidelidad de un hombre.

(Este es el Artículo Nº 2.080)


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Me divido para que me gobiernen

  
Creemos en el dualismo cartesiano, (estamos divididos en mente y cuerpo), porque los poderosos nos aplican la fórmula «divide y reinarás».

Andan por ahí dos frases que dicen lo mismo, aunque desde puntos de vista diferentes.

«Unidos venceremos», y

— «Divide y reinarás».

En ambos casos parecen tratarse de consignas pensadas y actuadas por quienes desean ser exitosos, tanto sea defendiéndose o atacando.

Como dicen lo mismo pero de manera diferente pueden usarse de forma complementaria, para reforzar el concepto. Por ejemplo, alguien puede decir: «Unámonos para intentar dividirlos».

Como se ve, anda por acá un refrán que dice: «La unión hace la fuerza».

Con este otro agregado alguien podría reafirmar dos veces su grito revolucionario, para lo cual diría: «Porque la unión hace la fuerza, unámonos e intentemos evitar que ellos se unan (intentemos dividirlos)».

Si todavía no se mareó con tantas frases, refranes y consignas, sigamos un poco más porque ahora viene lo verdaderamente importante de este artículo.

Con gran ingenuidad los seres humanos creemos estar compuestos por un cuerpo (material) más un espíritu (inmaterial). En jerga filosófica a esta creencia se le denomina dualismo cartesiano, porque fue René Descartes quien la propuso.

¿Por qué cree usted que este filósofo se hizo tan famoso? Mi respuesta es que se cumplió una regla infalible: triunfan quienes directa o indirectamente ayudan a los poderosos.

Todo haría indicar que la propuesta formulada por Descartes es errónea: somos una unidad humana y si tenemos pensamientos que parecen inmateriales es porque lo que sabemos sobre el cuerpo humano es demasiado poco.

En otras palabras: estamos unidos, somos de una sola pieza, los pensamientos son producciones orgánicas que aun no sabemos explicar, pero nos creemos divididos porque Descartes lo dijo y porque los poderosos que nos someten nos aplican la fórmula «divide y reinarás».

(Este es el Artículo Nº 2.079)


martes, 12 de noviembre de 2013

Causa de gestiones infructuosas


A veces fracasan nuestras gestiones porque creemos pedir ayuda, pero lo que realmente hacemos es descargar nuestra frustración contra cualquiera.

Este artículo también está vinculado con aquella antigua consigna que sigue diciendo «Conócete a ti mismo».

Si esta recomendación conserva su vigencia es porque continuamos desconociendo a nuestro mejor amigo (nosotros mismos).

Por ejemplo: comienza mi tarea diaria a la hora 5:35 del día lunes. Enciendo la PC y observo que no se conecta a Internet, por lo cual mi tarea se verá severamente obstaculizada.

Malestar, furia, frustración, insultos, meditación, búsqueda de alternativas, aumento de la ventilación y de la circulación sanguínea, ¿qué hago?, necesito derrocar a este gobierno que no me suministra ADSL en forma ininterrumpida, adelantaré la ingesta del sedante porque esto me pone muy nervioso, llamaré por teléfono a la compañía que me provee el servicio.

Una vez en línea, mis actitudes pueden ser dos:

1 - Pido, de muy malos modos, para hablar con el jefe, encargado, responsable. Mi tono sería más adecuado para el dueño de la empresa, el cliente más importante, el ministro de comunicaciones;

2 - Necesito que alguien de ustedes me ayude—, le digo a la voz que me atiende. «¿Qué problema tiene, señor?», me responde la voz. Le cuento brevemente, para no aburrirla. Entonces la voz deriva mi llamada a otro y a otro y a otro teléfono.

Casi todos los nacidos en la cultura occidental creen en el dualismo cartesiano, esto es, que el ser humano está compuesto por dos partes: un cuerpo y un espíritu.

Como es muy probable que usted integre la mayoría, resumo la idea diciéndole:

1 – Si llamo para desahogar mi furia sobre cualquiera estoy gobernado por mi amor propio (espíritu);

2 – Si llamo para pedir ayuda estoy gobernado por mi necesidad de ADSL (cuerpo).

(Este es el Artículo Nº 2.078)


lunes, 11 de noviembre de 2013

La moda en el cuerpo femenino


El psicoanálisis aporta una posible explicación de por qué está de moda la mujer delgada con senos grandes.

Aunque «Sobre gustos no hay nada escrito», gracias al psicoanálisis es posible escribir algo. Esto explica el presente artículo.

El concepto de belleza femenina va cambiando con las épocas y las culturas. A su vez, algunos varones gustan de las mujeres altas, otros de las negras, otros de las ignorantes, otros de las ociosas, otros de las que cocinan bien, otros de las que son delgadas con senos grandes.

La variedad de preferencias masculinas es enorme pero, sin embargo, todo eso es inútil porque el varón terminará uniéndose a la mujer que lo elija como padre de sus hijos.

Este fenómeno me recuerda una técnica de ventas aplicada al marketing de automóviles: se publicitan autos descapotables sabiendo que la mayoría de sus admiradores terminarán comprando un sedán, de dos o cuatro puertas y con techo rígido.

La teoría psicoanalítica puede decir que el inconsciente de quienes prefieren las mujeres delgadas con senos grandes, quizá razone de esta manera: «Si luce flaca es porque tiene hambre...de sexo, si tiene los senos grandes es porque ya está pronta para alimentar los hijos que le gestaré».

Para reforzar esta elección inconsciente, probablemente exista otro razonamiento complementario: «Porque las gordas están llenas de comida no van a querer tener sexo o ya están embarazadas de otro o se pusieron tanta grasa para alejarse de quienes pretendan acercarse».

Claro que estas preferencias son de algunos hombres, otros las prefieren rellenitas o directamente obesas.

Me animaría a decir que cuando una mujer elige a un varón como padre de sus hijos, será muy difícil para él no satisfacerla, tenga ella el cuerpo que tenga.

Un cuerpo a la moda, pero sin deseos reproductivos, no conseguirá compañía.

(Este es el Artículo Nº 2.077)


domingo, 10 de noviembre de 2013

El placer del retorno


Apasionada por la natación y el surf, Mariana desapareció una tarde de otoño cuando, seguramente, no habría podido resistir la tentación de ir a la playa, aprovechando lo que acá llamamos una sudestada.

Se trata de un viento bastante intenso, proveniente del sudeste, generalmente acompañado por lluvias fuertes.

Somos varios los que disfrutamos de este fenómeno, especialmente en la Rambla Sur, donde las olas, al golpear contra las rocas y un muro relativamente bajo, se levantan varios metros y bañan la vereda, la calzada y a quienes, caminando o en automóvil, pasen por ahí.

Para Mariana este espectáculo no constituía un mero disfrute sobrecogedor: para ella era un atractivo irresistible largarse mar adentro para surfear sobre las impresionantes olas, infrecuentes con el clima habitual.

Sus padres y amigos habíamos abandonado la misión imposible de disuadirla, describiéndole de todas las formas imaginables el peligro extremo al que se exponía.

En aquella tarde, nuestras tristes profecías se cumplieron. Mariana no volvió.

Tres días después recibimos la noticia de que un pesquero asiático había encontrado un cuerpo flotando donde, supuestamente, el Río de la Plata desemboca en el Océano Atlántico.

La Prefectura Naval envió una lancha rápida y a las cuatro horas volvió con el cuerpo envuelto en una bolsa verde. Fue depositada sobre una camilla y, antes de la media noche, la médica Teresa Pereira firmó el parte de defunción por inmersión, sin siquiera acercarse a la enfermería.

Temprano en la mañana llegaron dos amigos de Mariana para realizar la identificación del cadáver y reconocieron que, efectivamente, era ella. Cuando ya estaban yéndose, una de las amigas se detuvo y le dijo a su compañero: «Felipe, Mariana no estaba pálida, tenía las mejillas rosadas».

Volvieron sin ser vistos y corrieron el cierre de la bolsa. Mariana tenía los ojos abiertos. La joven se asustó, pero enseguida se repuso. — ¿Me oís, Mariana? —le preguntó con voz de cómplice.

La nadadora sonrió feliz, pudo despegar los labios arrugados por el agua oceánica y respondió:

— ¿Qué hacés, Laura, dónde estamos?

La muchacha le dijo al amigo que tenían que irse de ese lugar. Abrigaron a Mariana con una túnica blanca y se fueron sin que nadie los viera.

La náufraga estaba contenta, los miraba con amor, tenía hambre y se fueron a un barcito donde le pidieron su menú preferido: café con leche en vaso grande (capuchino) y dos media-lunas.

La comida le sentó de maravilla, sonreía con un disfrute enorme. En pocos minutos aparecimos tres amigos más.

— Quiero abrazarlos—, dijo mientras se levantaba y así lo hizo con cada uno de los cinco.

En Facebook, el estudiante de veterinaria puso que, al abrazarla, sintió olor a maderas marinas, la que cocina comida para los obreros de una fábrica dijo que se sintió envuelta por un ángel, el NINI (ni trabaja ni estudia) fue besado en el cuello y comentó que algo hermoso lo recorrió de pies a cabeza, el separado de su mujer hace poco describió la dureza de los senos contra su pecho y yo sentí que su cuerpo vibraba.

Cuando Mariana volvió a desaparecer en la siguiente sudestada, NINI puso: «Aquel fue un abrazo de despedida. Era una sirena y nadie se dio cuenta».

(Este es el Artículo Nº 2.076)


sábado, 9 de noviembre de 2013

Somos afectivamente iguales


En nuestra especie todos tenemos los mismos sentimientos, pero somos afectivamente distintos porque la intensidad de cada sentimiento es diferente.

Para explicarle a mi sobrino de 11 años cómo es la psiquis de los humanos le dije que se parecía a un ecualizador, como el que él tiene en su equipo de audio.

Claro que mi ejemplo fue muy imperfecto y rudimentario porque después, al consultar en Wikipedia qué es un «ecualizador», descubrí que no sé bien qué es y, además, tampoco logré entender la explicación.

Imaginemos entonces que un «ecualizador» es un dispositivo que permite seleccionar una por una las notas de sonido que amplifica. En lugar de tener una sola perilla que, haciéndola girar aumenta o disminuye todo el volumen de la música que sale por los parlantes, con un ecualizador podríamos aumentar o disminuir el volumen de cada nota musical que compone la melodía que deseamos escuchar.

Por lo tanto, este ecualizador imaginario no deja de ser un conjunto de potenciómetros (controladores de volumen) que afectan cada nota musical.

La psiquis está compuesta por todos los sentimientos propios de nuestra especie. Concretamente me refiero al amor, odio, envidia, celos, rencor, venganza, y muchos más que todos conocemos bien.

Si estos sentimientos fueran notas musicales podríamos pensar que la personalidad de cada uno estaría caracterizada por qué volumen tienen habitualmente en nuestra mente: algunos aman mucho y envidian mucho, otros odian mucho pero también son capaces de grandes pasiones amorosas, los hay muy celosos, capaces de las venganzas más terribles, y todas las infinitas combinaciones que se pueden realizar variando el volumen de los sentimientos básicos.

Esta rudimentaria explicación tiene el beneficio de ser fácilmente entendible.

Una conclusión interesante que podríamos extraer es que todos somos afectivamente iguales, pero nos diferenciamos por la intensidad de cada afecto.

(Este es el Artículo Nº 2.075)