domingo, 24 de noviembre de 2013

Aquel baile fatídico


Mariana no fue a aquel baile porque tenía ganas de bailar sino para acompañar a su mejor amiga, Lucía, que se había enamorado de un muchacho de pésimas referencias: Alberto Romero.

La acompañó a pesar de que su mamá, después de intensas averiguaciones con las vecinas, le dijo: «Mariana, mirame a los ojos: ¡No vayas!».

La muchacha ya había sentido otras veces esa brisa helada que la envolvía de pies a cabeza. Siempre había funcionado, pero ahora no funcionó. La amiga había llorado amargamente y necesitaba ir a ese lugar donde quizá se encontraría con Alberto.

Fueron, con la condición de que irían y volverían en un taxi pagado por el padre de Mariana. El lugar era tenebroso, de fama deplorable, pero Lucía era la mejor amiga y el llanto desesperado había calado muy hondo en los huesos de Mariana: “Acompañaría a mi amiga así fuera lo último que hiciera en la vida”, se dijo para sí misma, imaginando que se lo decía a la madre.

Alberto no fue. Lucía hizo preguntas y le contestaron con evasivas que la llenaron de preocupación y de más angustia. Pero sin embargo fue Ricardo Lemos, un muchacho delgado, de mirada esquiva, peinado con mucho fijador de aspecto húmedo.

Cuando Mariana lo vio creyó haber metido los dedos en un enchufe: se le contrajo el estómago, algo le paralizó las piernas. Lucía la golpeó levemente con el codo y le preguntó: «¿Qué te pasa, Mariana? ¿Te sentís bien? ¡Cerrá la boca que parecés una enferma!».

Mariana reaccionó, pero por poco tiempo porque Ricardo la invitó a bailar tomándola por la cintura y, sin palabras, llevándola hasta la pista.

Lucía ya no tuvo más a su compañera fiel y tuvo a una amiga atontada que no paraba de hablar de aquel hombre y que no paraba de decir que ya nada importaba en la vida, excepto él.

Por un tiempo, Mariana y Ricardo no se vieron hasta que recibió un mensaje de texto en el que le decían que él quería hablar urgentemente con ella.

Desde la cárcel, él le ordenó que fuera dispuesta a realizarle una visita conyugal cuando estuviera ovulando.

Por supuesto que Mariana fue. Los padres envejecieron visiblemente. Toda la familia cayó en un precipicio. No sabían qué hacer. Fueron consultados psiquíatras, adivinos y curanderas.

El primer embarazo lo abortó espontáneamente, pero los dos siguientes llegaron a término. Todos tenían que reconocer que los niños, (un varón y una nena), eran hermosos. También tenían que reconocer que Mariana estaba muy deteriorada por la miseria económica en la que había caído, pero que sus ojos eran dos soles radiantes de felicidad.

Hoy, doce años después de aquel baile fatídico, siguen juntos y ella tan enamorada como antes. Los padres fallecieron, quizá prematuramente, sumidos en el dolor, preguntándose qué hicieron mal.

A Mariana sólo le importa su familia, aunque el compañero casi nunca esté libre..., como tantos maridos demasiado trabajadores. Por suerte Lucía parece una amiga infalible.

 (Este es el Artículo Nº 2.090)


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