domingo, 24 de abril de 2011

Gúlliver y la liliputiense

Cuando tenía diez, fuimos tres familias de paseo a la orilla de un río.

Las otras dos familias también tenían hijos de mi edad.

Ya durante el viaje mis padres comenzaron a discutir por alguna tontería como siempre. Mi madre era muy agresiva y no perdía oportunidad de atacarlo con recriminaciones de antigüedad variable.

La amistad entre los matrimonios surgía porque dos hombres y una mujer eran compañeros de trabajo de la misma empresa y disfrutaban reunirse incluyendo a los cónyuges e hijos.

Esta no era la primera vez que hacíamos una salida para acampar por el día en un bosque con arroyo.

Durante la mañana se hizo lo habitual: buscar leña, encender el fuego para asar carne y preparar una ensalada con lechugas y tomates.

Entre los hijos no había buena comunicación ese día. En particular recuerdo que yo estaba de mal humor. Algo no me gustaba y sólo deseaba que llegara la hora de irnos.

En determinado momento me pareció ver que el más alto de los hombres —a quien mi madre entre casa lo apodaba «Gúlliver»—, le acarició la espalda a ella, provocándole una reacción furiosa aunque contenida para no llamar la atención.

Esa escena tatuó mi retina, el mal humor empeoró, las ganas de irme fueron desesperantes.

Dormitaba después de comer en un asiento de nuestro auto cuando se me ocurrió revisar de un vistazo qué hacían los otros acampantes ... mi madre y «Gúlliver» no estaban.

Sentí que el corazón también se quería ir, mi padre jugaba muy divertido a las cartas con otros dos y los demás dormían.

Como un autómata salí a recorrer el bosque hasta que en una zanja natural vi al grandote acostado boca arriba, con mi madre cabalgándolo desesperada, como si intentara castrarlo con la vagina.

Todavía me parece verlos y cuando tengo sexo con alguna mujer, recordar esa escena me asegura un orgasmo volcánico.

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12 comentarios:

Fulgencio dijo...

Por estos lados, a la orilla de los ríos y arroyos hay montes.

Sarita dijo...

Los chicos son muy intuitivos.

Tiburcio dijo...

Pero mire su madre que bandida...

Chapita dijo...

A mí me gustan mucho los bosques. Yo también tengo una cama en una zanja, y ahora está llena de hojas amarillas. Pero a mí me gusta estar solo. Tirarme boca arriba y ver la copa de los árboles. Igual, si alguna vez viene a visitarme una chica, no hay problema.

Lola dijo...

Los tipos grandotes son... especiales. Es como que te dan un poco de miedo, pero si se ponen tiernos te hacen sentir como una reina.

López dijo...

La amistad entre los matrimonios, es lo que tiene.

Róbert dijo...

Recuerdo que de niño mis padres también salían con parejas de amigos al campo. Yo antes no entendía por qué papá me decía, cada vez que mamá se alejaba, "andá, cuidá a tu madre". El decía que mamá era muy citadina y podía lastimarse.

Leticia dijo...

Ah no! En un caso como ese, habría borrado una imágen así. O trataría de no recordarla.

Paty dijo...

Sí Leti, pero es distinto porque sos hija mujer.

Caho dijo...

Esa más que liliputiense, era putiense nomás.

Graciela dijo...

Te olvidaste de la c Cacho, pero igual se te reconoce por lo machista.

Roque dijo...

Ese chico ya había visto que algo pasaba entre su madre y el gigantón.