Este artículo describe una metáfora, es decir, una comparación entre dos fenómenos objetivamente diferentes: El acto de leer un libro es perfectamente comparable a tener un hijo.
Los lectores solemos pensar
que la nuestra es una actitud pasiva.
Claro, nos sentamos
cómodamente, quizá con algo de música, con buena iluminación y entonces nos metemos dentro del libro, para dejarnos
llevar por lo que el autor haya redactado.
Desde cierto punto de vista podemos
hablar de actitud pasiva, pero
sin embargo, la situación puede ser análoga a otra, que también parece pasiva
aunque no lo sea.
Me refiero a la actitud femenina cuando tiene relaciones
sexuales con quien será el padre de sus hijos.
Hombres y mujeres, cuando leemos, entramos en un proceso muy
similar al que ocurre en una mujer cuando recibe el semen mediante el coito.
El texto que escribió el autor equivale al semen del hombre
que penetra en la vagina de ella. Al entrar en ella ocurre un proceso de
fecundación del óvulo maduro y a partir de ese primer fenómeno, comienza la
gestación en el útero, de un nuevo ser.
Algo muy similar podemos pensar de qué ocurre con el texto
(semen) del autor, una vez que entró por nuestros ojos (en vez de vagina). El cerebro
actuará de forma parecida al útero, gestando un nuevo texto, como si fuera un
nuevo ser.
De este fenómeno surgirá el verdadero libro, el que se
desarrollará en nuestra mente y que fue fecundado por el escritor.
Desde este punto de vista, la metáfora, (la similitud entre
los hechos que se comparan), es muy adecuada.
Claramente, el lector-mujer dejará de leer si el texto no lo
atrae así como la mujer no llegará a ser penetrada si el varón no es de su
agrado.
Si bien ellas (lectores) hacen la mayor parte del proceso de
gestación, la participación del varón es imprescindible, así como no hay novela
sin alguien que la haya escrito.
La madre ama a su hijo, que no es ni igual a ella ni igual
al padre. El hijo es un tercer personaje con una identidad propia. Un libro, en
la cabeza del lector, no es ni como el autor quiso ni como el lector creyó
haber interpretado, es una tercera obra, aunque seguramente nunca llegaremos a
conocerla porque a ningún lector se le ocurre describir qué nueva novela se
formó en su mente.
Esto ocurre así por comodidad del lector, porque escribir lo
que otro escribió no es su vocación y porque muchas ideas, sentimientos,
imágenes que surgieron en su cabeza son inefables, no se pueden describir, así
como una madre no podría describir exactamente cómo es su hijo.
En suma: leer
no es una tarea pasiva, el libro que escribió el artista se convierte en tantos
libros como lectores tenga, y leer es, para quienes más intensamente viven esta
metáfora, un placer tan enorme como tener hijos.
(Este
es el Artículo Nº 2.198)
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