
Como este juego podemos imaginarlo agradable, es probable que sutilmente estemos invitando a quienes nos rodean para que entren en él.
Una manera de invitarlos consiste en hacer las cosas lo mejor posible pero al mismo tiempo quejarnos de lo mal que hacemos todo para que los demás, irritados por nuestra «equivocación», traten de rectificarnos, contrariarnos, diciéndonos eso que tanto desearíamos escuchar: «¡Tú haces las cosas muy bien! No entiendo por qué no te aceptas un poco más».
En nuestra fantasía pensamos que en algún momento eso sucederá y como quien invierte un cierto dinero en la lotería soñando con que algún día puede obtener el premio mayor que termine con todas las privaciones, entonces invertimos en publicidad negativa («¡Qué mal hago todo!»).
Esta estrategia puede ser una repetición fuera de tiempo en este sentido: Cuando éramos pequeños y nos sentíamos amados por nuestros padres, ellos nos cuidaban más que nosotros mismos. Eso pudo fijarse en nuestras mentes como el prototipo de lo que es un verdadero amor, ése que desearíamos conservar siempre.
Igual que si quisiéramos usar la ropa de cuando teníamos cinco años, este juego no funciona. Es una absurda estrategia que sólo funcionará en sentido literal: Si decimos que somos torpes, pensarán que somos torpes... y así con cada una de las autocríticas que enunciemos buscando que los demás nos rectifiquen.
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