
El instinto de conservación eleva nuestro estrés a niveles insoportables cuando imaginamos que nuestra vida está en peligro o el dolor nos atormenta.
Si el cuerpo y las afecciones que padece son similares en toda la especie, es llamativo que las técnicas diagnósticas y curativas difieran de manera sustancial.
Muchos coinciden en que la propia naturaleza es una gran farmacia en la que se encuentra lo que nos aliviará y curará.
Me parece aún más parecida la creencia en el poder mágico o casi mágico de los sanadores de nuestras diferentes culturas.
Sin embargo, a veces padecemos raptos de escepticismo y salimos a la búsqueda de otras culturas pensando que ahí está la verdad que nos falta.
Entre nosotros (los occidentales) está naturalizada la expresión «verdad científica» con la cual todos entendemos que «sobre eso no hay ni habrá más dudas».
No es suficiente observar que cada cinco o diez años hayan cambios muy profundos en la manera de conocer (imaginar) nuestro cuerpo. Insistimos en pensar que nuestras verdades a la moda son definitivas.
Como lo mencionaba hace poco en el artículo titulado La cenicienta y los psicofármacos, las neurociencias están provocando una revolución silenciosa.
Hace siglos pensamos que todas las enfermedades son psicosomáticas; hace cientos de años que aceptamos la importancia de la sugestión (tanto para enfermarnos como para curarnos). Es un hecho que existe el «efecto placebo».
Nuestros «sanadores» están pudiendo demostrar científicamente que esas respetables ideas ahora pueden ser reproducidas y demostradas en la higiénica objetividad de un laboratorio de experimentos.
Y vuelvo al principio: todos los pueblos creemos (y necesitamos creer) que nuestros «curanderos», «sanadores», «brujos» o «médicos» poseen la verdad y también necesitamos NO hacer hincapié en que estas verdades son transitorias y no definitivas.
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