
El padre de Irina fue un marino ruso, alto, musculoso y dotado de mucha gracia para hablar y bailar con sus compañeros de tripulación.
La mujer lo conoció en un bar de la zona portuaria al que concurrió buscando un amor fugaz que la dejara embarazada.
Con ingenio, sagacidad y también astucia económica, pudo disfrutar de la vida centrada casi por entero en la niña cuyos rasgos físicos informaban sobre el exotismo genético.
Esta mujer soñaba con tener un hijo que aprendiera lo que para ella fue imposible: las matemáticas. Durante el embarazo anhelaba ser madre de un científico, una ingeniera, un docente de física, una Madame Curie.
Sin embargo algo le decía que eso no sería así porque cuando escuchaba música, la niña se movía permanentemente dentro del útero. Quizá llegaría a ser violinista, cantante.
La pequeña sufría por no conocer al padre. Aunque tenía un excelente rendimiento escolar, su mente no paraba de generar preguntas para que la madre le describiera cómo era aquel marino. Las respuestas eran cada vez más imaginativas porque lo cierto es que apenas recordaba su silueta graciosa, el peso aplastante cuando lo tuvo sobre ella, el olor a alcohol y una tierna violencia que casi la aparta del lesbianismo.
La niña demostró habilidad para el baile y un desmesurado afán de protagonismo. La ambición artística de la pequeña la convirtió en poco tiempo en una excelente patinadora sobre hielo.
Para sobresalir de sus compañeros creó una técnica jamás vista antes: practicaba complejas y arriesgadas rutinas sin mirar, avanzaba a gran velocidad sólo de espaldas. Los más riesgosos desplazamientos los hacía retrocediendo.
Como profesora de baile trasmite su técnica explicándoles a los alumnos que en una pista de competencia, da lo mismo mirar hacia adelante para calcular la distancia a recorrer que mirar hacia atrás para calcular la distancia ya recorrida.
Irina fue ovacionada en grandes escenarios y la madre es feliz con el talento de su hija para la geometría.
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