sábado, 23 de junio de 2012

Discreción y vulgaridad



Muchas personas se imaginan poseedoras de «sangre monárquica» y critican las mismas vulgaridades que clandestinamente prefieren consumir (mirar, aplaudir).

En otros artículos (1) hice mención a un concepto que alguien bautizó como «proxémica».

Este concepto se refiere a esa percepción subjetiva que todos sentimos en relación a la distancia física que guardamos con los demás.

Cuando viajamos en un colectivo lleno de gente sentimos incomodidad porque los demás pasajeros nos aprietan, refriegan, nos trasmiten su calor corporal. También sentimos incomodidad cuando nuestro ser amado se sienta en el otro extremo del sofá.

Por lo tanto, la proxémica estudia esa distancia óptima que desearíamos conservar con cada una de las personas con las que compartimos un mismo lugar físico (teatro, veredas, cama matrimonial).

Existe otro concepto, muy similar a la proxémica, que también participa en nuestro bienestar o incomodidad. Me estoy refiriendo a la discreción.

Para hablar de ella necesito mencionar un breve antecedente.

Los seres humanos comenzamos nuestra vida en sociedad pensando que somos muy importantes; se habla de «Su Majestad, el niño».

Este sentimiento monárquico (narcisismo) puede durarnos muchos años, inclusive hasta el fin de nuestros días.

Se dice (en descripciones noveladas, en películas, en revistas) que los reyes son gente que ha recibido una educación muy refinada, que poseen modales exquisitos, que todo lo de sus vidas es maravilloso, perfecto, mágico.

Por estos motivos desearíamos tener sus cualidades, ser tan refinados como imaginamos que son los reyes.

Uno de los atributos que les imaginamos es la discreción, es decir, suponemos que son respetuosos de la privacidad, propia y ajena.

La televisión está poblada de programas llenos de indiscreciones, con audiencias (rating) superiores a cualquier otro.

Esta ilusión monárquica es la que nos lleva a condenar «tanta vulgaridad», siendo que en realidad disfrutamos clandestinamente de esos programas llenos de indiscreciones.

 
 
(Este es el Artículo Nº 1.608)


16 comentarios:

Joaquín dijo...

En lo que vemos por televisión la diferencia entre lo público, lo privado y lo íntimo, está borrada. Podemos ver en la pantalla a dos personas haciendo el amor, o a uno orinando en el baño, o a las vedettes haciéndonos una historia de de sus problemas con la justicia, sus amantes, su perro o su hermana.
Hasta ahí no pasa nada, sabemos que el monstruo con tres cabezas que acabamos de ver en una película de ficción, desaparecerá apenas apaguemos la pantalla.
Cuando lo íntimo de cada uno de nosotros empieza a ser conocido por el vecino, la cosa cambia. En general decimos que no nos gusta ¨estar en boca de todos¨, que ¨pueblo chico, infierno grande¨.
Nos encanta saber todo lo que se pueda de los otros. Lo que no está del todo claro es si nos gusta o no, que se sepa todo de nosotros.

Morgana dijo...

Queremos que los demás sepan de nosotros, aquellas cualidades que nos enorgullecen. Además queremos que nos conozcan a partir de la careta que nos ponemos para andar en sociedad. Si fuese posible, iríamos siempre vestidos de domingo.

Jacinto dijo...

La otra vez comentábamos con un amigo, que los grupos funcionan como un cuerpo. Por eso cuando queremos decir algo que al cuerpo no le gusta, no nos sale la voz.

Norton dijo...

Los reyes aprenden a ser discretos porque tienen muchos Secretos de Estado que esconder.

Nazareth Inglese dijo...

Decimos vulgaridad con desprecio.
Con desprecio decimos el vulgo;
pero resulta que en el fútbol
nos gusta estar rodeados de pueblo.

Rulo dijo...

No seas mala Naza, no vas a comparar el fútbol con Tinelli. En el Monumental entran 60.000 personas y a Tinelli lo ven... pará... aguantame que ya te paso el dato

Gabriela dijo...

No nos gusta que conozcan nuestros deseos más íntimos. Para empezar, porque ni nosotros mismos los conocemos.

Tiago dijo...

Cuando respeto la privacidad ajena, es por el simple hecho de que también quiero que el otro respete la mía.

Graciana dijo...

El respeto por la privacidad es imprescindible para que el Tabú del Incesto continúe vigente y el Edipo se curse tal cual nos enseñó Freud.

Margarita dijo...

Graciana tiene razón. Si el cuerpo de mamá, papá, el nene y la nena, no fuera íntimo, los cuatro tendrían intimidad entre si.

Elena dijo...

Todos tenemos muchas cosas que ocultar. En realidad, muchas cosas que creemos deberíamos ocultar.
Lo hacemos para que el otro no nos escanee y nos ponga la etiqueta. Pero eso es inevitable, pasa todo el tiempo. Cuando los vínculos perduran, a veces tenemos la suerte de que nos cambien la etiqueta, o, la mejor suerte: que nos pongan muchas etiquetas intercambiables.

Silvana dijo...

El teléfono se me ahogó en el water y cerró los ojos para siempre. Ya no puedo intercambiar intimidades con él. Lo acerco a mi oído y ya no me susurra. Lo aprieto y no se enciende.
Pensar que yo creía que ya lo tenía en el bolsillo...

Leticia dijo...

Yo soy una princesa porque vengo de una familia perfecta. Mi madrina es mágica, mi mamá hacendosa, mi papá trabajador, mi hermano protector... Pero yo soy la que se sienta en el trono de la reina.
(mientras mamá hace las tareas del hogar, papá mira la tele y mi hermano va al cole)

Fulgencio dijo...

Algunas mujeres ya te nacen con la cara monárquica. Desde chiquitas ya vienen con las cejas arqueadas y la nariz fruncida. Y siguen así todito el tiempo. Hasta cuando se sientan frente al gallinero y te ceban un mate. Desde la plegable te miran así, como con asco.

Andrés dijo...

Disfrutamos los programas plagados de indiscreciones porque nos permiten comprobar que a los demás les pasa lo mismo.

Hernán dijo...

Tengo que cambiar el sofá de casa y me apena perder su proxémica. Porque el nuevo sofá va a ser más lindo, pero no viene con las historias de proxémica que tiene el viejo.