lunes, 7 de febrero de 2011

Ellas tienen motivos para llorar... y celar

Para las mujeres, separarse de su pareja es más problemático que para los varones.

Lo único que efectivamente indica que hombres y mujeres pertenecemos a la misma especie (humana), es que sólo pueden ser fecundadas por varones. El semen de ninguna otra especie las embaraza (1).

A partir de este único hecho específico, surgen otros de menor valor real, aunque nuestra mente —porque terminó de formarse fuera del útero materno—, hace que los varones hayamos establecido un vínculo especial con nuestra madre e indirectamente con las mujeres.

Por su parte, las niñas también tienen una evolución cerebral similar, pero las consecuencias son diferentes porque ambas (madre e hija), tienen una anatomía similar.

Que la ciencia aún no haya descubierto cómo se generan las producciones afectivas, filosóficas o religiosas, no es suficiente prueba de que surjan de una entidad no material (espíritu, alma), como piensan los idealistas.

Como les decía en (2), el instinto femenino detecta con gran precisión, qué varones poseen el capital genético más adecuado para combinarse con el de ellas y gestar nuevos ejemplares que mejoren la especie.

Aunque nuestra cultura distorsiona los hechos reales, son las mujeres las que eligen al o a los varones que pueden fecundarla.

Por su parte, los elegidos podrán fecundarlas siempre que no estén inhibidos por la represión neurótica (matrimonio, timidez, inmadurez afectiva) o alguna otra característica invalidante (impotencia, homosexualidad, esterilidad).

Es por eso que las mujeres sufren las rupturas afectivas mucho más que los varones, pues para estos casi cualquier mujer pueden atraerlos, pero ellas nunca eligen cualquier varón sino a unos pocos que su instinto les impone.

Los creyentes en el libre albedrío gozan con teorías mucho más románticas que esta.

Los nazis se creían una raza superior. Con una soberbia similar, también podemos creer que somos una especie superior.

(1) Una hipótesis de lo peor

Nadie es mejor que mi perro

Ya sé por qué no me entiendes

Ser varón es más barato

(2) «A éste lo quiero para mí»

«Soy celosa con quien estoy en celo»

«La suerte de la fea...
»
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domingo, 6 de febrero de 2011

Los silencios

Al revés de lo que ocurre en otras familias, en la mía el conversador era mi papá y la silenciosa mi mamá.

Teníamos la costumbre de contar nuestros sueños cuando nos reuníamos para desayunar en la mesa redonda de la cocina.

Las ganas de reportar nuestra vida onírica eran muy intensas.

Mi hermano más chico, lo primero que aprendió a balbucear fueron sueños, que al principio eran una mezcla de los que nos oía y luego fue incorporando los de su propia producción.

Mi hermana tenía sueños increíbles, para mí los mejores, porque en los de ella todos los objetos, animales y personas hablaban, dudaban, temían, discutían.

Los de mi hermano mayor eran siempre malhumorados, complicados, con peleas, gritos, chorros de sangre totalmente inadecuados a la hora de untar nuestras tostadas con mermeladas de ese color.

Con los sueños de mi padre aprendí a leer novelas de aventuras porque eran tan coherentes que parecían escritos por alguien.

Mamá, iba y venía hasta las hornallas, la heladera, abría potes de dulces, tostaba más pan. Ella nos escuchaba y a veces —cosa increíble—, nos ayudaba a recordar nuestros sueños como si también los hubiera tenido.

Mi hermana, no solamente tenía los sueños más fantásticos, sino que dominaba el arte de la narración. Me maravillaban sus silencios.

En el momento justo, nos dejaba a todos como suspendidos en el aire para luego cortar nuestra expectación con algún giro sorprendente que nos hacía sonreír aliviados.

Por la hora que es, ya están por venir los empleados de la empresa fúnebre para llevarse a mamá.

Por última vez estamos juntos y creo que ya nos quedamos sin lágrimas.

Mi hermano mayor me dijo al oído: — ¿Te diste cuenta que mamá nos regalaba lo que más deseábamos porque era la que mejor entendía nuestros sueños?

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sábado, 5 de febrero de 2011

El orgullo de ser humilde

Aceptar el consejo de ser humildes da menos resultado que ser humildes porque egoístamente nos conviene.

La mayoría de los accidentes automovilísticos ocurren por errores humanos.

¿Qué tipo de errores son los más frecuentes?

Me animo a responder que el error es uno sólo: ignorancia, desconocimiento, impericia.

Todos quienes conducimos un vehículo podemos tener un accidente porque todos tenemos algún grado de incompetencia.

Sólo para ser claro, lo que más ignoramos son las leyes de la física, fundamentalmente las leyes de la inercia: un móvil en movimiento procurará conservarlo.

Frenar un vehículo o tomar una curva, son maniobras que implican contrariar la inercia pues el vehículo intentará continuar la marcha o la línea recta, respectivamente.

Algo que también ignoramos es cómo funciona la otra parte del fenómeno «accidentes de tránsito»: nuestro cuerpo.

Tenemos ideas aproximadas sobre nuestra noción de distancia y velocidad de respuesta (reflejos), pero no tenemos una idea exacta permanentemente y de cómo se modifican según ciertas variables (estado emocional, enfermedad, clima).

En suma 1: la mayoría de los accidentes ocurren porque desconocemos aspectos relacionados con las leyes físicas de los móviles y con las leyes psicobiológicas de quienes conducimos.

Claro que no es posible saberlo todo, ni tenemos que ser biólogos, psicólogos y licenciados en física, para manejar un auto o conducir una moto.

Lo único que podemos hacer es (porque la vida es demasiado corta como para estudiar tanto) aceptar el riesgo. O sea, si quiero conducir, acepto humildemente que puedo equivocarme y tener un accidente.

Y de paso, reconocer que vivir en pareja, tener hijos, fundar una empresa, viajar, asociarse, divertirse, cambiar, experimentar y un extenso etcétera, también tiene sus riesgos.

En suma 2: Para vivir con cierta intensidad, no hay más remedio que ser humilde y aceptar los errores, fracasos, ignorancia, riesgo y accidentes.

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viernes, 4 de febrero de 2011

El terrorismo de Facebook y Twitter

Gracias a nuestros “amigos” de las redes sociales, solemos enteramos de cuántas inhibiciones padecemos injustamente.

La represión es el mecanismo de defensa más importante.

Por él experiencias y apetitos que el sujeto aprendió a considerar inaceptables (porque se lo enseñaron mediante distintos métodos de persuasión) no consigue integrarlas adecuadamente en su pensamiento y personalidad.

La eficacia de la represión puede ser tal que el sujeto ignore lo que ha reprimido.

La represión no anula la energía psíquica reprimida. Ésta pugnará por manifestarse en la vida del sujeto:

— en los sueños,
— en los lapsus,
— en los actos fallidos,
— con la aparición de trastornos orgánicos, somatizaciones o cometiendo actos inexplicables.

Habitualmente, los anhelos, aspiraciones, deseos o instintos más reprimidos tienen que ver con la sexualidad y el deseo de poder.

Quienes fuimos educados para que neguemos nuestras aspiraciones homosexuales (presentes en todos), haciéndonos saber que nuestra opiniones no valen, que nuestros gustos son ridículos, terminaremos creyéndolo.

Es posible decir que la represión no sólo nos viene de afuera (padres, educadores, etc.), sino que también existe una responsabilidad nuestra en admitir sumisamente este sojuzgamiento y descalificación.

Nuestro funcionamiento mental, al no poder integrar ciertas ideas, deseos, aspiraciones, ve debilitada fuertemente su eficacia.

Imaginemos que muchas de nuestras ideas, deseos, instintos, están encerradas (reprimidas) en calabozos que no se vinculan entre sí.

Eso nos impide acceder a la productividad mental que lograríamos si nuestras propias ideas pudieran «dialogar» libremente entre ellas.

Algo similar ocurre cuando los ciudadanos tenemos reprimida la comunicación entre nosotros. No podemos producir en equipo, agruparnos, debatir, asociarnos.

Las redes sociales, no solo permiten comunicarnos con otras personas, sino también enterarnos de que algunas ideas, instintos y sentimientos, los teníamos injustamente reprimidos, en tanto ellos (nuestros “amigos”) los aceptan libremente.

Para los regímenes totalitarios, las redes sociales son terroristas.

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jueves, 3 de febrero de 2011

Expulsemos al director técnico

La identificación nos permite vivir en las circunstancias de otros, como si fueran nuestras.

En otro artículo (1) les comento que, por causa de dos defectos mentales propios de nuestro cerebro, llegamos a sentir placer cuando vemos que alguien se erige como quien recibe todos los premios (campeón) ante la mirada envidiosa, frustrada y hasta furibunda de una mayoría que recibe el indeseable título de perdedora.

Aunque surgen piadosos —pero frágiles— alentadores, que intentan aliviar el dolor de los fracasados, tenemos que concluir que el desenlace del campeonato es francamente negativo para ellos visto todo lo que hicieron para evitarlo.

Más aún, cuando quienes alientan (consuelan) son los propios ganadores, no es paranoico suponer que están haciendo un alarde de grandeza francamente falso.

El consuelo recibido del campeón incluye la intensión de incrementar su propio deleite, ostentando no sólo grandeza deportiva sino también moral.

Aunque la euforia del momento empobrece la lucidez como para estar percibiendo estos detalles, saltarán a la vista una vez recobrado el equilibrio emocional.

Otra de nuestras particularidades psíquica es la de buscamos incansablemente aquellos estímulos que nos hagan gozar.

Para lograrlo, no sólo nos confundimos adrede con la lógica de «suma cero» y de la metonimia que comento en el artículo referido (1), sino que también cometemos otro error placentero: la identificación.

El poder vivir con la sensación de que somos el otro (el campeón, el héroe, el protagonista), nos hace decir que «somos campeones» a pesar de que no salimos de nuestro living y nuestra mayor contribución al éxito fue gritar los goles como si eso incitara a los esforzados y lejanos jugadores.

El error mental de «identificarnos» es proveedor de abundantes satisfacciones, aunque también nos causa dolor cuando nos induce a ponemos en el lugar de quienes sufren.

(1) Los ricos son campeones

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miércoles, 2 de febrero de 2011

Los dioses y el sistema inmunológico

La creencia en dioses es un delirio colectivo que nos alivia.

Todos los pueblos, desde el origen de la especie, creen en la existencia de uno o más dioses.

Esta idea forma parte del funcionamiento mental básico.

Si aceptamos suponer que todo es materia y que nuestros pensamientos son segregados por el cerebro (o algún otro órgano), entonces, junto con las otras funcionalidades propias de nuestra anatomía, también imaginamos la existencia de algo o alguien omnipotente que nos ayuda, nos salva, nos proteje (como lo hace el sistema inmunológico)

Me animo a decir que los ateos tenemos esa funcionalidad atrofiada.

Esa creencia que nos surge espontáneamente, es un intento de disminuir nuestra angustia existencial de varias formas.

Es decir, la creencia en un ser superior, alguien que construyó todo lo que vemos, que es capaz de saber, observar y lograr lo que desee, no es más que nuestro propio deseo de tener ese poder.

Los poderes deseados e imaginados, son tan grandes, poderosos y absolutos como la debilidad que nos angustia. Si nos sentimos muy débiles (enfermos, accidentados, ancianos) soñaremos con la existencia de algo suficientemente capaz de salvarnos.

Este anhelo es un pensamiento tranquilizador, es una función mental capaz de distraernos de lo que nos agobia, nos preocupa, nos aterroriza.

Como toda obra creativa, ese dios está hecho a nuestra imagen y semejanza. Inconscientemente, somos nosotros mismos pero inmortales, todopoderosos, y —sobre todo— que nos ama tanto como nos amamos (narcisismo).

Un delirio psicótico es una forma de percibir la realidad que difiere de cómo la ven otros, pero que el delirante igualmente utiliza para organizar su vida en función de ella.

La creencia en dioses tiene una estructura delirante pero no es psicótica porque es compartida por una mayoría de personas.

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martes, 1 de febrero de 2011

El psicoanálisis es un artículo suntuario

El psicoanálisis es impopular porque es demasiado costoso (en angustia, dinero y tiempo).

El psicoanálisis predica (en el borde del desierto), que la mejor calidad de vida se logra diciendo la verdad, pero termina entreverado con los demás (religiones, ideologías, filosofías), que también dicen lo mismo.

Es casi imposible que alguien se presente para sugerir la falsedad, la mentira, el engaño.

La única diferencia (y no soy quién para decirlo porque adhiero al psicoanálisis) es que este arte-científico, orienta la atención a que sus estudiantes y pacientes fortalezcan su psiquis, para poder sostener algo que resulta muy pesado, esto es, aceptar la triste realidad de que somos altamente vulnerables, incoherentes y mortales (por mencionar sólo algunas de nuestras flaquezas).

Las demás ofertas que intentan ayudarnos, apelan a otros recursos:

— las religiones nos acusan de culpables pero nos ofrecen la oportunidad de arrepentirnos, rectificarnos y ganarnos nada menos que el cielo.

— las ideologías políticas, nos dicen que sus adherentes somos los únicos que tenemos la razón y que los adherentes a las demás filosofías, están alevosamente equivocados, piensan distinto en beneficio propio y por lo tanto, estamos moralmente obligados a combatirlos donde sea, en las elecciones, en los debates y —por qué no— apelando a la guerrilla urbana, el sabotaje o la militancia gremial, puesto que el fin supremo (imponer la única verdad) justifica cualquier medio;

— las filosofías, tanto se vuelcan hacia la resignación ante el dolor como a la búsqueda incansable del placer, pero no es su objetivo ofrecernos procedimientos, sino simplemente desarrollar sus posturas desde un punto de vista teórico.

Puestas (como están) en libre competencia (religiones, ideologías, filosofías y psicoanálisis), de más está decir que las religiones son las que ofrecen más por menos mientras que el psicoanálisis es el que ofrece menos por más.

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