martes, 30 de noviembre de 2010

... y Colón tenía razón... por ahora

No hace mucho les comentaba en otro artículo (1), qué podemos suponer del inconsciente de un usuario del control remoto del televisor, utilizando la teoría psicoanalítica.

En este caso —como en otros—, muchas personas consideran que ese mundo interior no es posible, no existe, que sólo está en la imaginación delirante de los psicoanalistas.

También en este caso —como en otros—, esa suposición puede ser cierta o errónea.

Asegurar que conocemos la verdad no parece un juicio verdadero. Con preocupante frecuencia observamos cómo las afirmaciones más categóricas, han tropezado para no volver a levantarse.

Por ejemplo:

Personas de inteligencia incuestionable, afirmaron que la Tierra está en el centro del universo;

Con similar coeficiente intelectual, afirmaron que nuestro planeta es plano y no redondo;

Adolfo Hitler fue declarado el «hombre del año» en 1938;

La cocaína fue maravillosa durante décadas; los enemas hicieron furor; The Beatles era un conjunto mediocre; el teléfono, como invento, no tenía futuro; fumar fue maravilloso, elegante, estimulante y hoy es la causa de casi todos los males; las carnes rojas eran muy alimenticias, pero ahora son cancerígenas; la gripe H1N1, no se sabe si es peligrosa o un negocio para quien fabrica el Tamiflú (Laboratorio Roche).

Existen miles de verdades como estas, que mantienen a los cerebros pensantes de nuestra especie, convencidos, dubitativos y revisionistas.

El caso más claro de verdad indemostrable o no-verdadera, refiere a la existencia de Dios y, sin embargo, la inteligencia de algunos creyentes, puede acercarse a la de Einstein.

En suma 1: El psicoanálisis apela más a la inteligencia poética que a la inteligencia matemática e insisto: la inteligencia matemática (racional) es tan vulnerable que no merece la credibilidad que le asignamos.

En suma 2: no descarte que el control remoto extraiga de algunos usuarios, sus aristas más psicopáticas.

(1) El genocida con pantuflas

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lunes, 29 de noviembre de 2010

Timidez, cortedad, atrevimiento, descaro

Es mucho lo que sabemos sobre cómo convivir en la sociedad.

Aún así, no quedamos exentos de tener algunos desencuentros con las expectativas de los demás.

Aunque sabemos cómo evitar que alguien nos llame la atención, nos amoneste, nos recrimine, igualmente, cada tanto, alguien nos acusa de negligencia, impertinencia, torpeza, desconsideración.

En otras palabras: cada tanto alguien se queja porque lo molestamos.

Cada uno de nosotros posee gustos personales y por eso, todos esperamos de la vida cosas diferentes.

El dicho popular «cada uno sabe dónde le aprieta el zapato» señala con elocuencia que todos (hasta cierto punto) sabemos lo que queremos.

Si bien decimos que gustaríamos disponer de todas las posibilidades y gozar de la mayor libertad posible, esto no es tan así.

El ejemplo de los zapatos puede servirnos para decir que se los prefieren cerrados, acordonados, ventilados, abiertos, escotados, firmes, con suela antideslizante, abrigados, etc. (imagen).

Continuamente estamos expuestos a que otras personas

— nos molesten, ocupando un lugar que podríamos utilizar, provocando polución acústica (haciendo ruido),

— tomando bienes colectivos para su uso exclusivo,

— llegando tarde a una cita y haciéndonos perder tiempo,

— poniéndonos en riesgo de accidente o pérdida, con transgresiones que no cometería si estuviera observado por algún funcionario de vigilancia pública,

— incumpliendo con ciertos pagos que silenciosamente terminaremos pagando todos los que cumplimos con nuestros compromisos, etc.

Por lo tanto:

1º) Cada uno de nosotros gusta contar con ciertas libertades;

2º) Cada uno de nosotros prefiere evitar ser criticado por nuestra inconducta;

3º) Sin embargo, otros, por negligencia o deliberadamente, se toman libertades que terminamos tolerando sin que eso perturbe excesivamente nuestra existencia;

4º) (A modo de resumen y conclusión) no sería tan equivocado revisar el inventario de libertades que solemos aprovechar, teniendo en cuenta ahora, qué grado de paciencia tenemos derecho a exigir.

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domingo, 28 de noviembre de 2010

La insólita rentabilidad de la tolerancia

En una casa muy grande, fuerte y antigua, ocurría un hecho insólito.

En ella vivían unas veinte personas entre niños, adultos y ancianos.

Los familiares que se iban casando, se alojaban en las instalaciones que los fallecidos desocupaban.

El hecho insólito es que los habitantes de esa casa, siempre tenían dinero en sus bolsillos.

La vestimenta que respondía a esta particularidad, era la más rústica, color azul y confeccionada con productos naturales: algodón, lana, hilo, paja, cuero, madera.

Hacía muchos años habían intentado ingresar a la casa joyas, electrodomésticos u otros artículos propios de nuestra cultura, pero todos habían tenido alguna dificultad que los inutilizaba: las joyas se llenaban de un moho muy resistente y los artefactos funcionaban sólo durante unos pocos minutos.

Sin embargo, tenían un buen desempeño las vasijas de barro, los artículos decorativos hechos con madera, cobre o estaño, más no así los de plástico o de bronce y demás aleaciones.

Esos pantalones y polleras azules de algodón, siempre tenían en sus bolsillos el dinero suficiente para pagar lo que se comprara para alimentación, abrigo, higiene, salud, pero no para artículos superfluos, suntuarios, ni tampoco para el pago de los impuestos que recaudaba el Estado.

Circulaba una explicación igualmente insólita.

Según parece, más de doscientos años atrás, ese terreno fue comprado por un antepasado, pero estaba ocupado por un intruso, anciano de edad incalculable y practicante de una severísima disciplina religiosa.

Cuando el nuevo propietario le pidió que se fuera, el anacoreta le dijo que no podría irse porque en ese lugar la tierra lo proveía de una energía inexistente en otros sitios.

Aquel antepasado, incrédulo aunque respetuoso, le propuso que se harían las construcciones sin molestarlo, dejando libre lo que el asceta pedía: un círculo de no más de 5 metros de diámetro.

En algún momento, el ermitaño murió y el pragmático pero considerado propietario, lo enterró donde el hombre insistía en quedarse.

Esta era la causa (gratitud, alquiler o retribución, del místico a los descendientes de quien fue respetuoso y hospitalario con él) de un fenómeno que difícilmente tendrá una explicación más racional que esta.

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sábado, 27 de noviembre de 2010

El genocida con pantuflas

Busqué el vocablo «zap» en un diccionario de habla inglesa y lo define como «matar».

Por lo tanto, «zapping» refiere a la acción de matar. Inclusive, algunos angloparlantes lo utilizan para nombrar la cocción con microondas.

Me parece que los idiomas no son traducibles sino por aproximación. No existe una correlación exacta entre los lenguajes.

Lo mejor que puede lograr un traductor consiste en suponer qué sentimientos tenía el autor extranjero y luego tratar de expresar ese sentimiento en su lengua materna.

En suma, los diccionarios bilingües sólo aportan una idea aproximada (que no es poca cosa).

Por lo tanto, cuando el hombre de la casa (independientemente de su sexo biológico) detenta el uso del control remoto del televisor (invento que ya cuenta con casi sesenta años!!), lo utiliza tal cual un revólver, un fusil, una ametralladora, un lanza misiles portátil, una bazuca, aniquilando despiadadamente todo lo que a él no le gusta.

Claro que él (o ella), no es consciente de la agresividad que descarga ese pulgar que gatilla los botones del mortífero artefacto, pero en lo profundo de su psiquis, hay furia, omnipotencia, sed de venganza por todas las veces que le dijeron que estaba molestando, que su trabajo era mediocre, que mejor sería que no dijera tonterías.

Él sabe que tras esa teatralización de gente enojadísima, llorosa e intrigante, o de ese anuncio de jabones, o de ese noticiero, hay miles de dólares gastados en producción, traslados, equivocaciones, llegadas tarde que alguien recriminó, vendedores que adularon para conseguir inversores y mucho esfuerzo de gente igual que él.

Cambiar de canal displicentemente es un gesto arrogante, intenso, sublime.

Quizá alguna sirena suene en la lejanía, pero él sabe de su impunidad. Nadie se atrevería a acusarlo.

¡Cuánta felicidad le debemos a este humilde artefacto!

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viernes, 26 de noviembre de 2010

¡Qué sola estoy!

El instinto gregario (1) y la soledad, son temas recurrentes en este blog.

Es obvio que me preocupan y seguro que me interesan.

En otra ocasión les comenté que tendríamos que tener una psicología para varones y otra para mujeres. No somos iguales, quizá somos algo parecidos y, para algunos temas, sería bueno partir de la base de que pertenecemos a especies tan diferentes (2) como son las jirafas y las cebras.

Tengo casi por seguro —hasta que alguien me convenza de lo contrario— que son las hembras de casi todas las especies las que elijen a los machos que habrán de fecundarlas (3), a partir de que ellas han decidido abocarse a la tarea de reproducción y alimentación de un nuevo ejemplar para la especie.

Sólo para ser claros usando pocas palabras, imaginemos que existen cien tipos diferentes de hombres. Los numeraremos del uno al cien.

María Estela es una mujer que sólo busca hombres 4, 23, 65 y 77. Si no encuentra ninguno de estas características, podría conformarse con un 9 y eventualmente con un 36.

Todos los demás hombres no le gestarían los niños mejor dotados. Ella gusta de esos cuatro (con opción a dos más). El resto, para ella no existen.

Cuando María Estela dice que «no hay hombres», que «los hombres que sirven, están todos casados o son gays» o que «los hombres son todos unos inútiles», lo que realmente está diciendo es que no se ha cruzado últimamente con ningún 4, 23, 65 ni 77 que le provocara una atracción fulminante.

Tampoco se ha cruzado con algún 9 o 36 que la acompañe provisoriamente.

Cuando algo de esto ocurre, ellas dicen: «¡qué sola me siento!».

En suma: una mujer padece de soledad cuando no encuentra ninguno de los pocos hombres que le sirven.

(1) ¡Hola!¿Cómo te va?

(2) Nadie es mejor que mi perro
Ya sé por qué no me entiendes
Ser varón es más barato

(3) «La suerte de la fea ...»

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jueves, 25 de noviembre de 2010

Los filósofos que me aguantan

Por algún motivo que desconozco, mis mejores amigos han sido quienes me ayudaron (y me siguen ayudando) a soportar el escalón que tengo dentro de mi cabeza entre lo que pretendo y lo que quizá pueda lograr.

Dicho de otro modo: mis mejores amigos me alientan a ser humilde y, por si eso fuera poco, toleran con inmensa paciencia que yo permanentemente me ponga soberbio y crea que poseo alguna información confiable (que tengo conocimientos, que «algo sé», que de algo podría estar seguro).

En realidad, de esos amigos amo su arista filosófica, porque son personas que han escrito libros, que han dado conferencias, que han criado hijos propios o ajenos, que han fracasado muchas veces, que han derramado litros de lágrimas, que alguna vez estuve con ellos o que jamás los vi en persona.

La rebeldía es una condición muy saludable porque es la que me permite mantenerme casi permanentemente desconforme con quienes tienen más poder que yo (políticos, religiosos, militares, cocineros, informáticos, lavanderos, cuidacoches, peluqueros, etc.).

Esa disconformidad es ambivalente, porque no puedo negar que molesta (y que por lo tanto, debería evitarla), pero tampoco puedo negar que si me gustara estar desconforme, estaría anulando el mecanismo del que dispone la naturaleza para que estas moléculas corporales que me conforman, sigan organizadas como para sostener el fenómeno vida que felizmente aún ocurre.

Mi cabeza funciona coherentemente la mayor parte del tiempo y esa característica de mi pensamiento colabora para que esté muy desconforme con mi ambivalencia.

Como digo, la disconformidad debe ser rechazada para potenciar ese disgusto vitalizante que mantiene organizadas mis moléculas.

En suma: tengo que sentirme mal (incómodo, desconforme, irritable) sin dejar de reconocer que ese malestar es saludable e imprescindible, pero simultáneamente, este reconocimiento no podrá ser tal que le aporte tranquilidad a mi existencia.

Blog complementario:

Vivir duele

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

La sociedad es la orfebre que me construyó

Si alguien se dedica a ejecutar exactamente lo contrario a lo que le piden, según su opinión, ¿es un rebelde o un sumiso?

Pues bien, en apariencia es un rebelde porque no hace lo que le piden, pero en el fondo es alguien sometido a lo que le piden para hacerlo exactamente al revés.

¿Algo de su anatomía está diseñado por sí mismo, funciona como él quiere?

El color, la forma, la dureza y el tamaño, están predeterminados por la herencia y la casualidad, claro que puede pintarse las uñas, cortarse el cabello, maquillarse los ojos, ponerse un tatuaje, modificarle el volumen de los senos, blanquearse los dientes, depilarse las cejas.

Respecto al funcionamiento puede soportar el hambre o comer en exceso, puede dormir ahora o dentro de un rato, estar sobrio o alcoholizado, soportar las ganas de orinar o defecar por un cierto tiempo, cansarse, transpirar, aguantar las respiración durante unos cuantos segundos, levantar una mano para saludar a un amigo, bailar, montar a caballo.

¿Qué podemos decir de sus ideas, creencias, ideología, prejuicios? ¿Piensa lo que quiere, lo que le inculcaron, lo que piensa la mayoría con la que convive?

Y sus gustos ¿son ocurrencias personales o están limitados a lo que le permitieron conocer y probar sus padres, amigos, tíos, abuelos?

Póngase por un momento en su lugar: ¿cree que si el próximo martes a la hora 20:15 se propone disfrutar de una ópera, la disfrutará a pesar de que hasta ese momento odiaba el canto lírico?

¿A qué clase socio-económica pertenece? ¿Es la que eligió libremente o la que le tocó en suerte?

¿Puede vivir en el país que se le ocurre? ¿En la provincia, la ciudad, el barrio?

Hablemos del idioma: ¿lo eligió libremente o no?

¿Cómo llegó a tener su nombre?

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