viernes, 30 de abril de 2010

La herencia lingüística

Estoy convencido (y no soy el único), de que muchas características hereditarias, no viajan a través de los genes sino a través del lenguaje.

Esto permitiría suponer, que el lenguaje ejerce una influencia determinante de nuestra conducta y que forma parte de los rasgos predisponentes, que luego se activarán con los acontecimientos desencadenantes que nos ocurran.

Pondré un ejemplo:

En una familia predominan las historias en las que los antepasados fueron internados, operados de la vesícula biliar, tuvieron cierto período de convalecencia, hicieron algunos regímenes alimenticios estrictos.

Las nuevas generaciones, que crecen escuchando esas historias que identifican a su linaje (estirpe, casta, raza), intentarán (inconscientemente), repetir esas peripecias porque necesitan conocer y consolidar sus raíces, sus orígenes, sus rasgos típicos.

No exagero cuando digo que la identidad es la columna vertebral de nuestra psiquis.

Si tenemos certezas sobre quiénes somos, de dónde provenimos, qué lugar ocupamos en una genealogía, nuestra salud mental se apoyará sobre una base firme y sus ocasionales dificultades tendrán un mejor pronóstico.

Es tan importante formar parte de una familia, que algunas personas dedican grandes esfuerzos y recursos para construir su árbol genealógico.

Esta búsqueda minuciosa de los orígenes, podría ser un intento de solucionar problemas del presente.

Efectivamente, los que intuimos que algo de nuestra historia no-genética está influyéndonos hoy, podemos pensar que trayendo a la conciencia las características predisponentes negativas, podríamos neutralizar la causa de problemas actuales.

Un paciente muy fóbico y altamente perturbado por el afeamiento facial provocado por su acné, estuvo en análisis durante un tiempo.

Su vida cambió cuando salió a luz que su abuelo, se enriqueció haciendo pozos para la extracción de agua.

La palabra «fobia» deriva de hoya, que en latín significa «pozo».

La disminución de sus fobias y la mejoría del acné, podrían obedecer a estas interpretaciones.

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jueves, 29 de abril de 2010

Lo feo, queda para después

Claudio Galeno (129 – 200 d.C.) es considerado uno de los padres de la medicina occidental.

Por el entorno cultural y religioso en el cual estaba inmerso, se duda de que haya disecado cadáveres y se piensa que la mayoría de sus aportes al conocimiento anatómico, provengan del estudio de monos.

Al astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473 - 1543), se le rechazó su teoría de que el sol no gira alrededor de la tierra, porque esa idea contradecía las explicaciones de la Biblia.

Al neurólogo austríaco Segismundo Freud (1856 - 1939) se le rechaza aún hoy su idea de que el ser humano está sobredeterminado, es decir que no tiene libre albedrío.

En el artículo recientemente publicado con el título Envejezco amando(me) cada vez más resumo estos hechos diciendo que los científicos se diferencian de nosotros en que hacen un esfuerzo (no siempre exitoso), por aceptar ideas antipáticas.

No descarto la idea de que el sentimiento de rechazo hacia cualquier opinión, teoría, propuesta, ideología, creencia, sea un interesante identificador de lo que no estamos pudiendo percibir con claridad.

Dicho de otra forma: cuando algo nos molesta, nuestra capacidad de observación se verá descendida, perderá eficacia, nos proveerá de datos escasos, distorsionados o simplemente dejaremos de registrarlo.

Por el contrario, cuando algo es amenazante, nuestros sentidos e inteligencia, excitados por el instinto de conservación, muy probablemente nos lo muestre exagerado, más grande o importante de lo que en realidad es.

Finalmente, lo agradable lo vemos bueno, beneficioso, bello, positivo, amigable.

Estas consideraciones son las que llevan a que tantas veces se descalifiquen las observaciones subjetivas, es decir, aquellas que están notoriamente influidas por nuestro principio de placer, por nuestro hedonismo, por nuestra fuga irracional de todo lo que nos disguste.

Deducción profética: lo que falta por descubrir, seguramente es desagradable.

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miércoles, 28 de abril de 2010

Envejezco amando(me) cada vez más

Los científicos son personas comunes y corrientes, pero que intentan desarrollar una disciplina que los demás no tenemos.

Ellos intentan (no digo que lo logren), ver la realidad aunque no les guste.

Este es el gran secreto. No busque otros. Sólo con este detalle, logran elevarse hasta el pedestal de credibilidad que tienen.

Y como en cualquier otra percepción, eso sucede así por contraste. (1)

Ellos no serían tan prestigiosos, si no fuera porque la mayoría tratamos de percibir lo que nos gusta e ignorar lo desagradable.

Las verdades colectivas existen por consenso y suelen expresarse en forma de refranes, proverbios, sentencias, dichos.

La buena noticia es que, como algunas verdades son agradables, la mayoría podemos conocerlas y en esos casos podemos ser tan confiables como los científicos.

Hoy inventé una frase que aparentemente aún no la dijo nadie, a pesar de su sencillez: «Lo mejor para no despegarse de los hijos, es ayudarlos hasta que sean felices.»

En este caso, yo estoy jugando a que soy científico porque digo algo que no me gusta.

El famoso «corte del cordón umbilical», es una metáfora que refiere al intento que hacemos como padres y como hijos, para terminar con la dependencia que alguna vez fue imprescindible (cuando éramos niños) y que luego se torna inconveniente (infantilizante, subdesarrollante, pegajosa, tóxica, alienante).

Los padres extrañamos aquella época maravillosa en que nuestros hijos eran inocentes, gobernables, dependientes, nos idealizaban, nos obedecían y —sobre todo— aún éramos jóvenes.

Con el pretexto de que el amor es enorme, tratamos de justificar nuestra nostalgia, nuestra rebeldía contra el paso del tiempo e ignoramos el derecho de ellos a ocuparse en su nueva familia.

El apego pegajoso hacia los hijos, nietos y biznietos es por amor a sí mismo (egoísta y mezquino).

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(1) Felizmente existen los feos
Mejor no hablemos de dinero
La indiferencia es mortífera
«Obama y yo somos diferentes»
«Soy fanático de la pobreza»
El diseño de los billetes
Amargo con bastante azúcar
El desprecio por amor

martes, 27 de abril de 2010

Mi mamá (aún) me mima

Los padres maternales son un fenómeno generalizado en nuestra época.

Puede ser algo que sucede por razones prácticas (las mujeres-madres tienen trabajos que las alejan de la atención de sus hijos más que antes) o puede que sea una moda. (1)

Describiré cómo debería funcionar una familia para que psicológicamente se obtengan los mejores resultados.

Porque se aman, se desean, y como ambos quieren fundar una familia, entonces sus relaciones sexuales están exentas de barreras anticonceptivas.

Cuando el hijo nace, ella necesita concentrarse en el recién nacido y por eso el hombre tiene que tolerar que su compañera no le preste la misma atención que antes.

Esta situación suele prolongarse unos seis meses, coincidiendo la mayoría de las veces, con la producción de leche de sus glándulas mamarias.

Debería suceder que los padres comiencen a desearse nuevamente con intensidad y que, por lo tanto, el hijo sólo reciba la atención material y afectiva que demande, pero ahora con una madre que también atiende sus propios deseos como lo hacía antes del parto.

En unos meses más, ella volverá a sentir un gran interés por su compañero, entre otras cosas porque él reclama su atención en una suerte de competencia con el pequeño.

La relación del padre con el hijo, es afectuosa pero nunca tan dedicada (maternal) como si hubiera estado en su vientre.

Esto genera un saludable clima de tensión, en el que la mujer es tironeada por el hombre y el niño, a quienes ella ama de forma diferente.

En última instancia, el hombre debe ser el preferido de la mujer sin desatender al pequeño, y éste debe asumir que la madre lo quiere pero no tanto como a su hombre.

Los adultos son inmaduros, cuando la madre se sintió más atraída por los hijos que por su esposo.

(1) Los bisabuelos con blue-jean

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lunes, 26 de abril de 2010

Los olores de Facebook

Los animales que tienen muy desarrollado el olfato, están comunicados por el olor, aunque no puedan verse porque están muy lejos.

Las hembras en celo emiten un olor (feromona) que atrae a los machos ubicados a grandes distancias.

Entre los humanos sucede algo similar: los amigos más queridos pueden estar a miles de kilómetros y sabemos qué están cenando antes de que el encargado de cocinar nos informe cuál será nuestro menú.

940 millones de personas usan Facebook, Tuenti, Twitter o MySpace (redes sociales).

Los neurólogos aseguran que la conducta está determianda en las neuronas y que el aprendizaje se produce porque esas células especializadas se transforman con la experiencia, las lecturas, los consejos.

Si nuestra madre nos previene contra el fuego, las neuronas se modifican provocándonos algún tipo de alerta, si vemos que nuestro hermano se quema con la estufa, aquel cambio neuronal se refuerza; si vemos por el noticiero las consecuencias de un incendio, las neuronas continúan aprendiendo.

Mensaje a la población: Si usted trabaja interactuando con otras personas desde hace más de tres años (como telefonista, vendedor, docente, policía, etc.) y se lamenta de que «la gente ya no es lo que era», tiene razón: ya no es lo que era.

La pertenencia a una red social, hace que la influencia recíproca —que siempre fue decisiva desde que el hombre es hombre—, ahora tenga mayor insidencia, intensidad y variedad.

Explicación: si usted repite los procedimientos que aprendió hace más de tres años, tendrá la sensación (a veces penosa) de que la «la gente ya no es lo que era» y eso es así porque ellos están cambiando más rápido que esos prodecimientos.

Conclusión: El éxito de las redes sociales, es la causa principal de que, saber por experiencia, sea un obstáculo en vez de una ventaja.

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domingo, 25 de abril de 2010

El imperativo femenino

La ciudad fue arrasada por las bombas, pocas horas después que Clavelina impusiera una vez más su férreo carácter ante el infinitamente bueno, indeciso y laborioso Sergio.

Con atados de ropa y unos pocos cacharros, salieron a la carretera y caminaron todo lo que pudieron, entre gemidos de la niña más chica y la indolencia del varón adolescente.

Sergio casi no hablaba. Se sentía desorientado y culpable.

Aunque la situación de su país estaba fuera de su responsabilidad, él no encontraba consuelo al ver a su familia en tan tristes condiciones.

Luego de varios días, en los que siempre estuvieron caminando hacia el este, vieron que en una zona alta había un enorme castillo, que apareció ante sus ojos con un resplandor mágico provocado por el sol del atardecer.

Clavelina comenzó a caminar hacia la construcción mientras daba la orden a los otros cuatro.

No aparecieron los infaltables perros que siempre salen a olfatear a los desconocidos.

Llegaron hasta la enorme puerta de madera labrada y Sergio hizo sonar el pesado llamador.

Insistió dos veces más, dejando pasar varios minutos para no irritar a personas tan ricas como las que habitarían ese palacio.

El hijo mayor se atrevió a mover el pestillo y la puerta se abrió.

Entraron los cinco y se quedaron en la casi total oscuridad, hasta que se aseguraron de que no había nadie.

Sólo por desesperación, Clavelina autorizó a comer hasta saciarse, de los alimentos bien conservados que encontraron en una despensa próxima a la enorme cocina.

Con los candelabros, recorrieron los tres pisos, admirando los muebles, cortinados, alfombras y adornos.

Los niños quisieron dormir todos en habitaciones diferentes, pero la madre no respondió.

Siguieron haciendo la recorrida hasta que encontraron el acceso al sótano.

Bajaron y vieron que se parecía a la casa de la que huyeron.

Los niños insistieron para ir a los dormitorios que habían elegido, pero esta vez la madre fue categórica y les dijo que dormirían todos en el sótano.

Ya estaban por dormirse cuando Sergio susurró una pregunta en el oído de ella:

— ¿Por qué les prohibiste usar los otros dormitorios?

— Si las personas tenemos una inteligencia tan grande como esta mansión y sólo usamos una pequeña parte como este sótano, por algo será.

Sergio se conformó sin entender.

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sábado, 24 de abril de 2010

Apagar el cigarrillo con 2 litros de agua

Cuando los fabricantes de medicamentos utilizan seres humanos voluntarios para probar la eficacia de las nuevas sustancias, deben tomar precauciones para disminuir los efectos de la sugestión.

Si los voluntarios saben que se está probando en su cuerpo un calmante, los más sugestionables sentirán alivio (efecto placebo), inclusive cuando sólo ingieran una sustancia neutra.

En mayor o menor medida, todos somos sugestionables porque esto depende de cómo reaccione nuestro cerebro con los estímulos que recibe.

Si estamos en una cultura donde muchas personas confiables, afirman que tomar dos litros de agua diarios, nos mantendrá jóvenes, terminaremos creyéndolo y pensando que la sed es una señal de la naturaleza que debe ser ignorada.

El razonamiento parte de suponer que alrededor de las dos terceras partes de nuestro cuerpo, es agua. Por lo tanto, de forma muy elemental, tomando esa cantidad de líquido diaria, haremos con nuestro cuerpo lo mismo que podríamos hacer con un jarrón al que le cambiamos el agua diariamente.

Como todos queremos conservar la juventud, parece obvio que si diariamente renovamos dos terceras partes de nuestro cuerpo, tenemos la juventud asegurada.

Usted habrá notado que la ingesta compulsiva de agua está perdiendo adherentes. Es probable que estemos entendiendo que el razonamiento es erróneo y que nuestro cuerpo es algo más complejo que un jarrón.

Desde el año pasado (2009), gran parte de la población mundial dejó de tomar tanta agua porque consideró que el humo del tabaco es el verdadero problema.

La furia desatada contra este vicio, placer, costumbre o hábito, no es racional.

Repentinamente, las preocupaciones aisladas que teníamos sobre sus posibles consecuencias nocivas, se convirtieron en obsesión y fanatismo.

Ahora sí, la sugestión (efecto placebo) logrará que el tabaco haga daño a los más sugestionables.

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