martes, 15 de abril de 2014

Es injusto igualar lo diferente


Probablemente todos viviríamos mejor si los varones tuviéramos méritos para ser los responsables de las mujeres y los hijos que tuviéramos con ellas. La igualación de nuestros roles nos confunde, nos angustia, nos hace perder calidad de vida.

Nuestra cultura cultiva la envidia, probablemente con el tortuoso afán de mejorar la convivencia a través de la igualación de los diferentes.

Cuando digo diferentes me refiero a los hombres y a las mujeres, a los ricos y a los pobres, a quienes viven en países muy desarrollados y a quienes viven en países muy subdesarrollados.

La envidia es un sentimiento destructivo por su agresividad. El envidioso quiere disfrutar lo que imagina que el otro disfruta y si no puede lograrlo por la buenas, es decir, tratando de superarse, elegirá la vía rápida, esto es, destruir a quien le provoca envidia, ya sea dificultando su aparente bienestar o, directamente, matándolo.

Este sentimiento está en nuestra psiquis, funciona y seguramente es necesario. Por algo, en tantos milenios de evolución como especie, aun continúa funcionando y, como digo al principio, ahora con el apoyo de muchas personas que consideran beneficioso predisponer anímicamente a quienes están mal contra quienes aparentan estar mejor.

Para que las mujeres pudieran vivir mejor es probable que tendrían que pertenecer casi patrimonialmente a un varón de gran coraje, poderoso, autoritario, capaz de generar los recursos económicos suficientes para mantener una gran familia.

En ese contexto, la mujer se sentiría segura, ejerciendo un rol de hembra capaz de gestar y de ayudar a los hijos del gran hombre.

Sin embargo, esto es imposible porque ya no existen hombres con esas cualidades. Los varones actuales, (es decir, los menores de 100 años), no tenemos tanto coraje, fortaleza, heroísmo, ambición, don de mando. Podría agregar que ellas son tan feministas porque los varones nos hemos afeminado. En otras palabras, la igualdad se produce por un doble acercamiento: ellas son más independientes y viriles y los varones somos más dependientes y femeninos.

Este acercamiento es molesto porque perdemos identidad, dudamos sobre quiénes somos en realidad. Perdemos percepción de sexo porque perdemos rasgos claramente diferenciadores. Cada vez es más difícil saber si somos hombres o mujeres, nuestras respectivas sensibilidades se confunden.

Por estos elementos creo que podríamos vivir mejor si pudiéramos realzar las diferencias que aporten nitidez a nuestros perfiles y si perdiéramos las semejanzas que borronean nuestras figuras.

(Este es el Artículo Nº 2.197)


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lunes, 14 de abril de 2014

Disolución conyugal por aburrimiento


A veces sufrimos por equivocación.

Por ejemplo, si sabemos que nuestros hijos algún día formarán una familia, sufrimos por equivocación porque el nido vacío es angustiante.

Por ejemplo, no solo la muerte de un ser querido nos apenas sino que la propia jubilación podríamos llegar a padecerla como una muerte propia.

Por ejemplo, una relación de amor algún día puede transformarse en una relación que se mantiene por inercia, por costumbre, para no generar comentarios en los familiares y conocidos.

Son todas situaciones esperadas y si las sufrimos en exceso es por equivocación. Quizá la equivocación sea creer aquello de “a mí no me va a pasar”.

El aburrimiento en un vínculo está mal visto. Aunque nos ocurre prácticamente a todos, igual seguimos pensando que no debe ocurrir que dos personas terminen hartándose.

La apatía sexual es un síntoma inequívoco. A veces los cónyuges, inhibidos de aceptar la hipótesis del hastío, recorren varios especialistas médicos quienes, luego de embolsar abundante dinero por concepto de honorarios, luego de hacer tragar varias sustancias químicas artificiales, terminan diciendo que podría tratarse de una fatiga en la convivencia.

No me faltan ganas de agregar que estos profesionales sabían de antemano cuál era el diagnóstico, pero además de eso también habría que decir que los consultantes no querían enterarse de la noticia temible: “Ustedes ya no se desean”.

El voluntarismo infantil («Querer es poder») que tanto tiempo, ilusión y dinero nos hace gastar, siempre nos alienta para hacer un intento más. Así pasan los años, los cónyuges apenas se toleran, ambos sobreviven como pueden, las dosis de hipocresía tienen que ser mayores y, cuando quieren acordar, pasaron tanto tiempo en ese juego, que uno de los dos fallece y el otro se desgarra las vestiduras, llora amargamente porque ahora sí puede amar a alguien: al recuerdo, a las fotografías, a quienes vienen a consolar.

Si el aburrimiento entre dos seres que se amaron profundamente es normal, ¿qué hace usted soportando a esa persona que le causa más molestias que satisfacciones?

(Este es el Artículo Nº 2.196)


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domingo, 13 de abril de 2014

La propiedad privada en la vida de un psiquíatra


(Esta es una historia derivada de otro relato titulado La tenencia responsable del planeta )

Cierto millonario fue llevado por su esposa ante un psiquíatra quien, al comenzar la consulta, rápidamente simpatizó con el paciente y se molestó con la mujer porque no paraba de hacer gestos descalificativos de todo lo que decía su marido.

El relato del paciente era un poco delirante, pero coherente.

El señor decía que era copropietario del planeta y que su riqueza fue lograda gracias a un artista conceptual que había vendido el planeta cobrando mil dólares por cada título de propiedad suscrito por él mismo.

El paciente se justificó diciendo que, si bien él sabía que aquello había sido una mera ficción, tampoco sentía extrañeza ante quienes disfrutan mirando cuadros, leyendo historias, contemplando su Harley Davidson.

Aquellos títulos firmados por el artista eran para él como cualquier obra de arte, que para sus admiradores representa mucho más de lo que realmente vale.

Esa obra de arte lo había dotado de un especial estado de ánimo. Cada vez que miraba el certificado de copropiedad que le compró al artista, algo dentro de él le infundía un fuerte deseo de hacer cosas útiles para los demás habitantes de su-planeta.

El psiquíatra declaró que no encontraba ninguna enfermedad tratable, ante lo cual la esposa, desilusionada, se fue a buscar un psiquíatra mejor.

El médico quedó pensativo con el razonamiento del copropietario y se las ingenió para tener una entrevista con el artista conceptual.

Se encontró con un hombre de buen humor, habitante de una casa alegre, colorida, aromática, con muchos almohadones, maderas, cañas, mimbre, rafia, telas.

La entrevista fue divertida para ambos. El artista comentó que ya había recibido la visita de varios psicoanalistas, pero de ningún psiquíatra. En los hechos, lo que ocurrió fue que el médico salió con más dudas que antes sobre la validez profunda que tiene el derecho de propiedad del planeta, consagrado, ejercido y validado por casi todos los códigos civiles de nuestra cultura y que tantas desigualdades socio económicas provocan desde hace milenios.

Se mortificó pensando cuántas transgresiones éticas cometía obligado por el pago de la hipoteca.

Cuando el cuerpo verificó un nudo en la garganta, el cerebro, entrenado para combatir la angustia profesional, pensó que gracias a tanta locura legislativa y cultural, él tenía trabajo.

Se tranquilizó aun más pensando que en dos años más cancelaría la deuda y que, quizá entonces, podría empezar a contemplar los aspectos éticos, largamente abandonados por el espinoso tema de la propiedad privada.

(Este es el Artículo Nº 2.195)


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sábado, 12 de abril de 2014

Los errores ortográficos son eternos


Este artículo intenta cambiar el punto de vista más frecuente sobre los errores ortográficos, de sintaxis o morfológicos, con especial hincapié en las redes sociales.

Lo que procuro es relativizar la gravedad de lo que ocurre. Intento desdramatizar, quitar el tono escandaloso del hecho.

Nos encontramos con esos errores gramaticales porque ahora escriben públicamente personas que antes no podían hacerlo.

La democratización de los medios de comunicación permite que cualquiera participe con una idea que será leída por millones de personas.

Es probable que siempre haya existido un 80% de usuarios del lenguaje que solo estaban interesados en expresarse oralmente. Cuando accedieron a la posibilidad de expresarse en forma escrita, el texto fue fonético (aber, abisar, yamar). En este caso, hacer, haser, aser, azer, hazer, y demás posibilidad, son todas opciones válidas, aunque solo la primera está bien escrita.

En suma: los errores ortográficos no son un defecto, ni del sistema educativo ni de las nuevas generaciones sino que, simplemente, la abrumadora mayoría nunca estuvo interesada en aprender la escritura correcta sino que solo aspira a replicar el sonido de las palabras, hecho lo cual, tenemos que reconocer que lo que escriben se entiende sin dificultad.

Quizá sean los errores de sintaxis los que más dificultades de comprensión provocan. Es frecuente en Facebook que alguien ponga un comentario que dice: «Estoy de acuerdo», con lo cual nadie puede enterarse con qué está de acuerdo, si con el comentario anterior, si con el post que originó los comentarios o con algo en particular que solo él sabe.

Me animo a decir que los errores gramaticales no son importantes por varios motivos:

1) Lo más importante es que alguien opine suscribiendo su opinión. Los dichos anónimos envilecen la comunicación, pero opinar responsablemente nos enriquece a todos;

2) Lo más importante es que se entienda lo que el autor intentó decir. La corrección gramatical es exigible en otros ámbitos, pero es superflua en una red social;

3) El idioma castellano es realmente difícil de conocer bien. Hasta los más eruditos en el tema, dudan, se equivocan, son ambiguos. A veces se requieren múltiples relecturas para disminuir la cantidad de errores. También hace falta que otros lean para ver si entienden, pues el autor suele no darse cuenta cómo los demás interpretan lo que él quiso trasmitir. En otras palabras: para escribir en castellano con apego a la norma requiere una especialización, inaccesible para quienes se dedican a otros intereses;

4) Lo más importante es esto: que los lectores no crean que un texto con error ortográfico evidencia errores conceptuales. Por ejemplo: «El arrós (debería decir ‘arroz’) no puede cosecharse bajo lluvia», donde encontramos un error ortográfico en la palabra ‘arrós’ pero no un error conceptual en las condiciones de la cosecha.

(Este es el Artículo Nº 2.194)


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viernes, 11 de abril de 2014

El pene de ella


Si nos dejamos guiar solo por la racionalidad, este título está equivocado.

Sin embargo, no es la racionalidad la función intelectual apta para entendernos psicológicamente. El psicoanálisis se vale más de la poesía, y del arte en general, que de la ingeniería, la matemática, la lógica, la física, la astronomía y demás ciencias duras.

En este contexto, el título se justifica si entendemos que la erección del varón ocurre porque ella lo estimula.

Si aceptamos esta premisa, entonces podemos decir que el pene es de quien lo excita, lo endurece y lo deja en condiciones de cumplir su función más trascendente: transportar a la vagina de la mujer el semen fecundante producido por los testítulos del varón.

El verbo transportar lo uso a propósito, para poder asociarlo con lo que ocurre con cualquier otro transporte, en un vehículo conducido por alguien y perteneciente a otra persona.

Aunque el dueño de la máquina sea un empresario, el responsable de su uso es el conductor. Pues bien, el pene es el camión, perteneciente a un empresario (el portador), pero el responsable es el chofer, es decir, la mujer que logra el referido transporte.

Cuando el conductor no trabaja, el camión no transporta ninguna mercadería, y cuando la mujer no maneja el pene, este no transporta ningún espermatozoide.

Estos puntos de vista, diferentes a los habituales, nos permiten entender por qué a veces los varones padecen impotencia eréctil. Siguiendo la metáfora, esta puede ocurrir lo mismo que ocurre cuando el chofer no concurre a trabajar y el camión permanece guardado en su garage.

El problema se agrava en los casos de la fidelidad monogámica. El varón, al no contar con otra mujer que se haga cargo de su pene, cree que está definitivamente impotente. Es como si ningún otro conductor pudiera mover el camión y a alguien se le ocurriera decir que el vehículo está dañado.

No me imagino a un urólogo recomendando infidelidad matrimonial. En todo caso, hará todos los estudios clínicos que la billetera del impotente puedan pagar, lo medicará casi hasta intoxicarlo y luego dirá, con cara de sorpresa, que no sabe qué puede estar pasando con el pobre señor, neciamente fiel al único camionero autorizado para transportar sus espermatozoides.

(Este es el Artículo Nº 2.193)


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jueves, 10 de abril de 2014

No sabemos por qué está prohibido el incesto


Cuando encuentre alguna explicación sobre la prohibición del incesto tenga en cuenta que es una hipótesis, solo una hipótesis: no es la verdad.

Para los niños y los animales, el incesto no existe. Mejor aun: para la Naturaleza no existe el incesto. Las especies se reproducen juntándose un macho con una hembra, en ciertas épocas, cuando las hembras lo determinan (período de celo, período de ovulación).

Por lo tanto, la prohibición del incesto es un producto de las culturas. El hecho de que en casi todas las culturas, (dije ‘casi todas’, no dije ‘todas’), esté presente esta norma no asegura que sea correcta, ni mucho menos natural.  

Cuando los adultos observan los deseos eróticos de los niños hacia familiares directos (padres, hermanos, tíos), entran en pánico.

Un adulto en estado de pánico puede hacer cualquier desastre porque se vuelve loco. Los escándalos que ocurren dentro de las familias por este tipo de reacciones neuróticas graves (el pánico por el posible incesto), suelen ocultarse de forma categórica.

«De esto que pasó no se habla más ¿quedó claro?», dice alguien con suficiente poder y todo el mundo acata sin chistar porque, lo que ocurrió fue gravísimo.

En realidad no ocurrió, ni estuvo a punto de ocurrir, nada que esté fuera de las normas de la Naturaleza. Nadie es un desnaturalizado, solo la visión cultural lo considera aberrante.

La locura de los adultos, aterrados por lo que ocurrió o casi ocurre, es contagiosa y deja marcas imborrables en el inconsciente de quienes viven la situación. Como esta tragedia debe ocultarse, parece caer en el olvido pero algo significativo queda activado: el pequeño que actuó naturalmente se quedará con la sensación de que su instinto lo traicionó, lo indujo a querer hacer algo terriblemente prohibido, que le acarreó gritos, insultos, golpes, penitencias, condenas, sanciones, reprobación, gestos de furia y de desprecio.

Pero todo esto solo sería grave si no fuera porque además el pequeño no recibe ningún tipo de explicación que pueda comprender. Por no recibir ninguna explicación que él pueda entender, el hecho se convierte en gravísimo.

Estas situaciones que ocurren en casi todas las familias, se viven con honda mortificación. El secreto familiar hace que cada uno se sienta el único ser monstruoso del planeta. El golpe que recibe sobre su autoestima es feroz. La obligación de olvidar convierte a esta historia universal en un sentimiento vitalicio de calvario personal.

Ni yo ni nadie sabe por qué existe la prohibición del incesto y sus lamentables consecuencias.

Recuerde esto: cuando encuentre alguna explicación sobre la prohibición del incesto tenga en cuenta que es una hipótesis, solo una hipótesis: no es la verdad.

(Este es el Artículo Nº 2.192)

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martes, 8 de abril de 2014

Profundizar para crecer


Si queremos desarrollarnos como personas, (tener un buen trabajo, calidad de vida digna, estabilidad), tenemos que conocernos: cuanto más profundamente nos conozcamos más fuerte será nuestro cimiento y más alto podremos crecer.

¿Existirá alguna relación entre el conocimiento profundo de nuestra personalidad y la capacidad para desarrollarnos mejor?

El razonamiento es tentador cuando soy poseído por una comparación muy convincente: para construir un edificio, y dependiendo de la dureza del terreno, la profundidad del pozo de los cimientos debe conservar una cierta proporción con la altura.

Para beneficiar esta imagen, dejemos de lado el dato si un edificio tendrá sus cimientos sobre tierra firme, sobre arena o sobre roca. Quienes no terminamos la carrera de arquitectura, (porque ni siquiera la empezamos), podemos creer que cuanto más alto es un edificio, más profundo deberían ser los cimientos.

Sin ir tan lejos, podemos pensar que las raíces de los árboles guardan una cierta proporción con la altura que son capaces de alcanzar: los árboles más altos tienen raíces más profundas y expandidas.

A estas consideraciones relacionadas con los árboles y los edificios altos, podríamos agregar la característica de los vientos que suelen azotar a unos y a otros. También podríamos tener en cuenta la actividad sísmica.

Para no extenderme demasiado, podríamos pensar que en cada mercado existen condiciones que demandan de los ciudadanos desarrollar algunas competencias sin las cuales no estarían aptos para ganarse la vida.

Del mismo modo, dependiendo de la calidad del suelo, de los vientos, de los terremotos, los arquitectos de cada región deberán dotar a los edificios altos de ciertas características, (competencia, cualidades), sin las cuales podría derrumbarse.

Esto me lleva a la siguiente conclusión: si queremos desarrollarnos como personas (tener un buen trabajo, calidad de vida digna, estabilidad) tenemos que conocernos: cuanto más profundamente nos conozcamos más fuerte será nuestro cimiento y más alto podremos crecer.

(Este es el Artículo Nº 2.190)

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