domingo, 9 de marzo de 2014

Cita en estado de sitio


Tocan a la puerta. Ella se despierta y le pregunta a él:

— ¿Quién podrá ser a esta hora?—. Él no había sentido los golpes. Se despertó porque ella le movió suavemente el hombro.

Otra vez los golpes, suaves como para que el llamado fuera solo para los dueños de casa.

En calzoncillos y descalzo, él fue hasta la puerta y apoyando la oreja derecha preguntó, tratando de no superar el volumen de los golpecitos:

— ¿Sos vos, Aníbal?—. Del otro lado, una voz estrangulada por el miedo reptó por la madera:

— ¡Sí, dale, abrime!

El dueño de casa no reconoció la voz, pero igual abrió la puerta lo suficiente como para mirar el exterior con un solo ojo.

Apretado contra la puerta estaba su amigo. El mal aspecto lo impulsó a abrirla tan rápido que el otro casi cae. La cerraron, Aníbal se abrazó al hombre y este le respondió con otro abrazo que incluyó besarle la maloliente cabellera.

— ¿Te vieron entrar acá?—, le preguntó, casi rogando una respuesta negativa.

Desde el interior se encendió una luz y en segundos apareció Mariana, vestida con una camisa masculina y quizá también bombacha. Corrió hacia Aníbal y se abrazaron. A pesar del miedo que lo impregnaba, el muchacho no pudo evitar oler aquel perfume de mujer que le traía recuerdos desesperadamente eróticos y felices.

— ¿Tenés hambre, amor?— le preguntó ella a quien se demoraba en concluir el abrazo.

— Tengo de todo. Ando con un hilo de vida y sé que mi vida pende de un hilo. Ya saben que estoy en la ciudad; están rabiosos; tienen órdenes de entregarme, vivo o muerto, a la embajada. Lo insólito es que andan con varias fotografías mías y no saben qué cara tengo ahora—, explicó el muchacho, agitado, transpirando, los ojos hundidos, las manos flacas incontrolables, tiritando sin frío.

— Estás a salvo, Aníbal — dijo, el dueño de casa, tratando de tranquilizar al amigo. — Te vamos a esconder acá mismo. Aunque nos allanaron varias veces no creo que vuelvan porque nunca encontraron nada.

Cerrándose la camisa para que el visitante no se excitara, ella dejó una bandeja con una taza con café humeante y un trozo de pan relleno con abundante fiambre. Tocándole el hombro, le dijo:

— Bañate, mi amor. Después veremos con él cómo nos arreglamos para que te quedes con nosotros el tiempo que haga falta—, y se internó en el apartamento para dejar una toalla en el duchero.

Los hombres quedaron mirándose, intercambiando novelas seguramente muy distintas, pero que en algún punto del relato los unía.

Cuando Aníbal volvió de ducharse, calzando ropas y zapatos recién prestados, oyeron como casi echaban la puerta a abajo con golpes de puño, culatazos y puntapiés de botas. El visitante quedó pálido, el dueño de casa hizo un gesto de contrariedad, Mariana apretó la espalda y la cabeza contra el marco de una puerta.

Apenas el dueño de casa giró la llave, una tromba de uniformados invadió el pequeño living, el más alto se dirigió al dueño de casa, otro miró a la mujer sin prestarle atención, otros dos le hicieron una llave de judo para reafirmar la inmovilidad del recién apresado, este la miró mientras forcejeaba pero alcanzó a hacerle un guiño insólitamente tranquilizador.

En menos de un minuto desaparecieron los militares, la mujer cerró la puerta, miró a su alrededor para saber del visitante. Este apareció desde atrás de un sillón. Ella corrió hacia él. Se abrazaron. Los pensamientos de Aníbal eran menos confusos que sus sentimientos.

Así se quedaron, aumentando la ebriedad afectiva del varón y quizá también la de ella. Sin soltarla, le dijo al oído:

— Se lo llevaron por equivocación. Lo van a matar pensando que soy yo.

— No te preocupes. Algún día tenía que ocurrir. Para eso estamos. Acostémonos a descasar. En tres días resucitará.

(Este es el Artículo Nº 2.162)

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sábado, 8 de marzo de 2014

No juzgamos con coherencia


La conducta humana orientada a la aprobación o desaprobación de lo que otros hacen, está severamente reñida con la lógica.

Si bien la lógica indicaría que podemos reclamar vehementemente por los errores así como también deberíamos ovacionar con entusiasmo por los aciertos, en los hechos criticamos con energía pero felicitamos con recato, contención, flema inglesa.

En el ámbito político, cuando votamos a un candidato quien, poco menos nos pidió de rodillas nuestro apoyo en las urnas y nos estimuló aun más prometiéndonos una gestión maravillosa, con la solución inmediata de todo lo que ningún otro político pudo hacer en los últimos 5 siglos, es un poco razonable que seamos desequilibrados en la aprobación y en la reprobación.

No corresponde felicitar a quien solo se limita a cumplir una promesa. Cuando el deudor concurre al banco a pagar un préstamo, jamás se va a encontrar con una mesa repleta de sándwiches, torta y bebidas refrescantes: le cobran y se puede sentir dichoso si lo saludan con algún sonido gutural.

Es particularmente extraño cómo se comporta la hinchada y el director técnico cada vez que un cuadro hace un gol. La algarabía con que se festeja el hecho demuestra, sin dejar ninguna duda, que nadie confiaba lo más mínimo en la buena gestión de los jugadores. Todas las palabras y cánticos de aliento previo, no fuera otra cosa que burdas mentiras.

En suma: una manifestación más de la incoherencia propia de nuestra conducta es que no aplaudimos ni criticamos de forma lógica.

Por lo expuesto, y dado que para casi todos es interesante saber cómo funciona la psiquis, repito lo que ya dije varias veces: nunca se puede conocer la mente humana valiéndose de la lógica, la racionalidad, la coherencia.

(Este es el Artículo Nº 2.161)


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viernes, 7 de marzo de 2014

Los padres no hacen a los hijos


Los padres, por error, suelen sentirse culpables de los infortunios de los hijos, sin tener en cuenta que ellos no los hicieron sino que solo obedecieron un mandato de la Naturaleza que determina el fenómeno reproductivo de todos los seres vivos.

En las enfermedades de nuestros hijos solemos tener una cierta conducta provocada por el sentimiento de culpa. Los padres (especialmente las madres) creen que el niño está enfermo, que se accidentó o que tiene un mal desempeño escolar por culpa de ella, porque ella hizo algo mal.

Esto no es así.

Vale la pena repetirlo: «Esto no es así».

Los padres solo cumplen las leyes naturales: se excitan sexualmente, copulan, se fecundan, gestan, paren, alimentan, igual que cualquier otro animal.

En la construcción de ese nuevo ser no hicieron nada que tuviera que ser responsable. Solo respondieron a instintos tan imperativos como dormir, respirar, alimentarse, evacuar residuos digestivos.

Ni el padre ni la madre son hacedores del nuevo ser. Son sus respectivos cuerpos los que actúan automáticamente, como ocurre con los latidos del corazón, la digestión, el rechazo de microorganismos invasores.

La sobreprotección, el exceso de mimos, la respuesta inadecuada ante la enfermedad del pequeño ocurren porque también es inadecuada la interpretación de los hechos. Si una madre cree que es culpa de ella que el hijo se halla enfermado de sarampión, o de que tenga fiebre, vaya uno a saber por qué, se pondrá como loca tratando de reparar el error que cometió.

Esto no es así: ella no cometió ningún error cuando quedó embarazada, ni cuando lo gestó, ni en ningún otro caso en que estuvo siendo usada por la Naturaleza para cumplir un ciclo vital presente en todas las especies.

Aunque le cueste creerlo, ella posee un escasísimo protagonismo en todas las peripecias vitales de sus hijos, sin dejar de reconocer que la colaboración que pueda darles a esos nuevos seres tan vulnerables podrá ser buena, regular o mala.

En otras palabras: los nuevos ejemplares tienen en sus padres a los colaboradores predeterminados por la Naturaleza, aunque, como ya sabemos, ni son imprescindibles ni totalmente responsables de la suerte que les vaya tocando: integración genética, instinto materno básico, accidentes, franja socio económica y cultural de los padres, y esa larga lista de circunstancias que parecen premiarnos o castigarnos a lo largo de toda la vida.

(Este es el Artículo Nº 2.160)


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jueves, 6 de marzo de 2014

Márquetin de las industrias de la salud


Todo placer que se alcance en estado de enfermedad nos predispondrá a conservarlos (al placer asociado a la enfermedad), es decir, a postergar y hasta impedir la curación.

No es tan absurdo suponer que a los niños enfermos, cuando se los agasaja como si cumplieran años, o como si fueran días de Papá Noel, Reyes Magos o Halloween, se los está preparando, adoctrinando, adiestrando para que se conviertan en clientes vitalicio de las industrias de la salud: médicos, exámenes clínicos, medicamentos, sanatorios de lujosa hotelería, empresas de urgencia médica.

La inducción parece perfecta, aunque razonablemente no puedo descartar la hipótesis de que todo es una lamentable casualidad: los padres acostumbramos predisponer a nuestros hijos para que asocien enfermedad con regalos y abundantes mimos, y las industrias de la salud se benefician indirectamente de que en nuestra cultura deseemos estar enfermos para disfrutar.

No es fácil encontrar dónde está el límite entre la medicina puramente mercantil, orientada al lucro, y la medicina humanitaria puramente destinada a restablecer los inevitables quebrantos de salud.

No hace tantos años que los sanatorios han incluido abundantes criterios importados desde la hotelería. Para muchos pacientes, curarse es perder el confort de un lugar de descanso que, en la gran mayoría de los casos, es mucho más placentero que la propia casa.

Quizá nuestro cuerpo se cura o no se cura por razones apartadas de la psiquis, las emociones, las intenciones, el deseo. Sin embargo, muchas personas están convencidas de lo contrario, es decir, creen que el deseo de curación colabora de manera importante (y quizá decisiva) en la curación o no del enfermo.

Si esta creencia fuera verdadera, entonces todo placer que se alcance en estado de enfermedad nos predispondrá a conservarlos (al placer asociado a la enfermedad), es decir, a postergar y hasta impedir la curación.

(Este es el Artículo Nº 2.159)

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miércoles, 5 de marzo de 2014

Ninguna enfermedad debe ser beneficiosa


Cuando nuestros hijos se enferman debemos ayudarlos a que no encuentren en las enfermedades ningún beneficio secundario que pudiera alentarlos a ser enfermos crónicos durante el resto de sus vidas.

Los chinos dicen que en cada crisis surgen posibilidades.

Teniendo en cuenta que ellos son 1.351 millones de cerebros y teniendo en cuenta que han cumplido más de cinco mil años como cultura, me inclinaría a pensar que tienen razón: en cada crisis surgen nuevas posibilidades.

Cuando nuestros hijos se enferman ingresamos en una crisis multicolor, sísmica, ansiógena, trepidante, angustiosa, molesta. Muy molesta.

Este video intenta decir algo diferente a lo que suelen ser las reacciones más populares ante esas crisis tan frecuentes e inevitables.

El núcleo de mi idea apunta a resaltar que si un niño, que ama más que nadie en el mundo tener poder y ser presidente del planeta, descubre que enfermándose los padres se vuelven seres débiles, obsecuentes, humildes, atenciosos, adulones, permisivos, capaces de rogarle al pequeño rey enfermito que se cure cuanto antes, para lo cual están dispuestos a humillarse y a hacerle ofrendas faraónicas, si ese monarca, repito, descubre esa contraseña, se enfermará cada vez que necesite la contraseña para llegar al poder supremo y derrocar a los reyes adultos.

Por lo tanto, no debe faltar en las prácticas hogareñas la siguiente consigna: una enfermedad no puede tener ningún beneficio. La crisis nos provee la oportunidad de practicar el realismo, la disciplina, el sentido común, la racionalidad.

A un niño enfermo no podemos permitirle que coma lo que desee, ni que tome frío, ni que haga todo lo que dificulte su curación, y con igual criterio, tenemos que evitar las secuelas más graves, esto es, que en su cabecita se instale la creencia de que enfermarse es algo útil, conveniente, rentable.

Si un niño llega a la edad adulta convencido de que enfermarse es maravilloso, será un enfermo crónico.

En suma: además de los cuidados habituales, es imprescindible que las nuevas generaciones eviten enfermarse, que nunca vayan a pensar que es divertido, ni conveniente, ni un buen negocio, ni una estrategia infalible para dominar a los demás. Si desarrolla esta creencia, aquella oportunidad que le ofreció la crisis (enfermarse) habrá sido totalmente contraproducente para su futuro.

(Este es el Artículo Nº 2.158)


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martes, 4 de marzo de 2014

Vestimenta y población mundial


Si por algún motivo a los humanos se nos ocurriera enlentecer el crecimiento demográfico sería esperable que la desnudez se convirtiera en moda.

No creo que exista otro animal, grande como los humanos, que tenga una población tan abundante como la nuestra: somos 7.000 millones de ejemplares.

Hago énfasis en el tamaño porque los roedores, los insectos, los microbios, seguramente son muchos más.

Dando por aceptada esta afirmación, me pregunto cómo hicimos para llegar a este dominio, siendo que somos tan débiles, prematuros y dependientes.

Propongo una sola idea aunque manifestada por dos ejemplos. Somos tantos por nuestro apego a lo prohibido.

Efectivamente: La prohibición del incesto quizá sea la causa de la que menos se habla. El incesto es un tabú, tanto para practicarlo como para hablar de él. Por ese motivo somos tan prolíficos y amantes de copular.

La prohibición de mostrarnos sin ropas quizá sea la causa de la que mucho se habla pero sin considerarla como un factor que favorece la conservación de la especie.

Obsérvese que cuando estamos más desvestidos, cubrimos los genitales y, en la mujer, los senos, por tratarse de algo intensamente asociado a nuestra primera infancia.

No poder ver ni los genitales de ambos sexos ni los senos es algo tremendamente erótico. Si los viéramos continuamente perderíamos casi todo el interés por ellos y, me animo a pronosticar, no seríamos 7.000 millones sino muchos menos.

También me animo a pronosticar algo más: si por algún motivo a los humanos se nos ocurriera enlentecer el crecimiento demográfico sería esperable que la desnudez se convirtiera en moda.

(Este es el Artículo Nº 2.157)


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lunes, 3 de marzo de 2014

Una verdad sobre la verdad


La verdad es algo que sobrevuela nuestros discursos, pero que casi nunca se dice o se oye. Consideramos verdad a ciertas historias que contamos y nos cuentan, con la solemnidad de lo que merece respeto.

Me parece que la verdad nunca tiene forma de confesión. Al contrario, cuando alguien está  confesando es cuando más control intenta tener sobre lo que dice. Quizá la máxima expresión de falsedad y cinismo ocurra cuando alguien anuncia que está dispuesto a confesar.

Hasta la persona más pudorosa pueden llegar a exhibir su cuerpo con absoluto desparpajo, pero no así sus deseos, las intenciones, los sentimientos que guarda en su mente bajo siete llaves.

La máxima desnudez corporal solo puede llevarnos a demostrar que somos animales mamíferos, pero la desnudez psicológica puede llevarnos a demostrar que no somos humanos sino monstruos abominables, imposible de amar. Por esto preferimos que se burlen y nos humillen por nuestro cuerpo sin ropas, pero eso no dejará de ser una forma de mirarnos, de incluirnos, de amarnos, aunque sea negativamente (repudiándonos).

Sin embargo, algunas verdades decimos, quizá para desahogarnos, pero lo hacemos con gran disimulo. Filtramos los contenidos a revelar.

Quizá existan dos formas de colar eso que diremos: la ficción (imaginativa, surrealista, delirante, metafórica) y la humorística (sardónica, cínica, despectiva, descalificante, destructiva, agresiva, cómica).

Nunca confesaremos la envidia que sentimos por nuestro hermano menor, pero insinuaremos que «no es tan inteligente como parece»; nunca confesaremos quién robó aquel objeto de valor cuyo ladrón jamás fue descubierto, pero comentaremos extrañados «¡qué cantidad de delitos nunca son descubiertos por la policía...y de eso nadie habla!»; nunca confesaremos las atormentadas dietas que hacemos para conservar un cuerpo delgado, pero le haremos bromas a los obesos.

Y así por el estilo. A todo esto es a lo máximo que podemos aspirar en sinceridad, en confesión, en franqueza. Los humanos decimos la verdad, pero sin darnos cuenta. No la registran ni quienes las dicen ni quienes las oyen. El psicoanálisis intenta hacer una lectura entre líneas del parloteo humano y, probablemente, a veces encuentra verdades químicamente puras, tan insólitas que ni el propio confesor puede dar crédito a lo que dijo sin darse cuenta.

Quizá existan dos condiciones predisponentes para entender algo de lo que se dice sin querer:

1) Poseer un inventario exhaustivo de nuestros defectos personales; y

2) Asumir que nadie puede hacer, pensar o decir algo que no sea estrictamente humano. La especie es una cárcel hermética: nadie escapa de ella ni puede incorporar características no humanas.

(Este es el Artículo Nº 2.156)


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