miércoles, 31 de marzo de 2010

La pólvora mojada es inerte

La pólvora es una mezcla de tres productos básicos (carbón, azufre y potasio) inventada por los chinos hace más de doce siglos.

Esta mezcla es muy combustible. Es conocida la expresión «reguero de pólvora» para adjetivar por ejemplo la velocidad con que se expande un rumor.

Pero cuando la pólvora está encerrada, explota. No solo hace ruido, sino que la fuerza expansiva libera mucha energía.

Encerrándola de cierta forma permitió inventar las armas de fuego. Un cartucho con pólvora, encerrado en una cámara provista de una única salida (el cañón), expulsa un trozo de plomo con fuerza mortífera.

Por lo tanto, una mezcla explosiva al aire libre no produce consecuencias pero si está encerrada sí.

Esta introducción la hago para reflexionar sobre cuántas dificultades se vuelven muy destructivas (y a veces de forma irreversible), cuando la combinación de dos puntos de vista se vuelve explosiva y ambos (los cónyuges) se encuentran encerrados en un vínculo matrimonial.

La institución matrimonial tiene todas las ventajas que usted y yo podamos reconocer, pero se vuelve destructiva cuando el desacuerdo entre sus integrantes produce una gran liberación de energía (por defender los puntos de vista con pasión).

Culturalmente tenemos la mala costumbre de creer que «las instituciones son buenas, pero lo que falla es el ser humano».

Este dogma es subversivo. Apoya la pirámide en su vértice. Invierte los valores.

Es inaceptable sostener que los seres humanos somos menos importantes que nuestros inventos, nuestras costumbres, nuestras creencias.

Si la institución matrimonial contara con alguna válvula de escape en vez de culpabilizar la incompetencia de sus integrantes cada vez que estalla un conflicto, éstos podrían acceder a soluciones menos drásticas, irreversibles, destructivas.

El objetivo de este artículo es señalar nuestro hábito de confiar más en las instituciones que en las personas de carne y hueso.

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martes, 30 de marzo de 2010

Meditaciones de Juan Pérez

«Me cuesta mucho más negociar con otra persona que vivir en medio de un bosque donde todo lo que necesito sólo tengo que tomarlo, sin discusiones, sin tener que pedir por favor, sin cuidarme de no ofender.

»La vida natural es bella porque me permite ser autosuficiente, porque no necesito de la gente, porque nadie me molesta.

»El trato directo con la madre tierra me hace vivir tan feliz como cuando era niño y vivía con mi madre humana quien me cuidaba desinteresadamente.

»Es tan grande mi nostalgia por aquella época feliz, que cuando tengo vacaciones me voy a un bosque, cerca de una corriente de agua, con una carpa a vivir con ella ... con mamá naturaleza.

»Aunque vivo en un apartamento dentro de un edificio enorme, tengo dos perros, no muy grandes para que no sufran por la falta de espacio.

»Se ve que a los vecinos les pasa lo mismo que a mí porque casi nadie respeta el reglamento de convivencia que prohíbe tener mascotas.

»La gente me ha defraudado. Yo espero no ser igual que ellos. Son atrevidos, irrespetuosos, hacen lo que quieren, se creen dueños del planeta, ignoran que existimos otras personas que también tenemos derechos.

»En mi trabajo todo es negativo. Nunca una palabra de aliento, un momento de diversión. Son ocho horas encarcelado, haciendo tonterías inútiles, artificiales, inexplicables, arbitrarias.

»Quizá sea cierto que venimos a esta vida a pagar culpas de otras vidas. De lo contrario no podría explicarse que no habiendo hecho nada malo, tenga que sufrir esta condena.

»Me parece que mi alma ya está totalmente purificada. Por eso espero que no me falten muchas reencarnaciones.»

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lunes, 29 de marzo de 2010

El rapto saludable

Soy varón y padre. Por eso me toca hacer el trabajo sucio y lo hago.

Los varones tenemos una importancia muy baja si asumimos que la única misión del ser humano es conservarnos a nosotros y a la especie.

Los varones sólo depositamos nuestro semen en la vagina de la mujer que sutilmente nos convocó y ella hace el resto del trabajo.

Como este reparto de tareas y de responsabilidades es escandalosamente favorable a los varones, la cultura —legislada por varones que recibieron el susurro persuasivo de alguna mujer—, creamos una serie de normas para emparejar el esfuerzo.

Las tareas que se nos encomendaron fueron las más pesadas y antipáticas, como corresponde a toda persona que no está dotada de condiciones naturales (útero y glándulas mamarias) para encargarse de funciones más importantes.

Esas tareas más pesadas y antipáticas son (en una apretada síntesis):

— Protección de la mujer y sus hijos;
— Alimentación, abrigo y alojamiento de la mujer y sus hijos;
— Reclamarle a la mujer que se independice de los hijos.

Las tareas de protección y provisión son relativamente fáciles y hasta divertidas.

Los varones nos juntamos, jugamos, trabajamos, nos repartimos las ganancias, luchamos, invadimos, robamos, nos repartimos el botín, y —como éstas— otras travesuras igualmente parranderas.

El trabajo sucio del varón-padre es algo más complicado.

Consiste en enfrentarse a la madre de sus hijos y reclamarle que no les preste tanta atención a los niños y que se dedique más intensamente a él.

Esta parece ser una actitud egoísta y por supuesto que lo es.

En este caso el egoísmo es imprescindible para que los niños corten la dependencia de la madre y puedan abandonar la niñez antes de los 90 años.

Muchos varones eluden este trabajo sucio y sus mujeres se hacen las distraidas.

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domingo, 28 de marzo de 2010

El ajedrez ruso

Tuve una pesadilla.

Antes de acostarme miré una película que trataba sobre un grupo mafioso que tenía como norma, no ajusticiar al disidente, al soplón, al arrepentido, al traidor, sino que la decisión —decían ellos— la dejaban en manos de Dios, por considerarlo el «Juez Supremo».

Una vez confirmada la traición que los mafiosos habían constatado en el acusado, cargaban un revolver con una sola bala y uno de ellos disparaba tres veces contra la cabeza del acusado. Si la bala estaba en alguno de los otros tres tubos del tambor, «Dios había perdonado».

La pesadilla consistió en que yo estaba disputando una partida de ajedrez contra un mafioso ruso. Temblaba de miedo, me costaba razonar las jugadas, sentía que él era despiadadamente superior a mí.

El principal motivo de mi terror era que en el lugar donde jugábamos esta partida, existía la costumbre de que ante un «jaque mate», el vencedor estaba autorizado a pegarle un balazo en el pecho al perdedor.

Hace años que practico ajedrez (en la vida real) y mis dificultades en el juego son tema recurrente en la psicoterapia.

Como usted sabrá, el juego emula bastante bien a un combate, donde las piezas negras luchan contra las blancas.

En la primera línea están los ocho «peones» (que sólo avanzan de a un casillero). Atrás están dos «caballos» (que avanzan de una manera bastante confusa), dos «alfiles» (que pueden hacer grandes recorridos), dos «torres», (que también pueden hacer grandes recorridos), una «reina» (que es la que más puede moverse) y en el fondo del tablero, el «rey» (que paradójicamente, sólo puede moverse de a un casillero).

Perder el rey (jaque mate) equivale a perder la partida y mi deterioro como jugador ocurre porque protejo más a los peones que al rey.

Según la psicóloga, tengo que resolver el conflicto con mi padre o jugar a otra cosa.

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sábado, 27 de marzo de 2010

La búsqueda del tesoro

— ¿Qué lo trae por acá?— pregunta el psicoanalista.

El paciente, que hace meses duda sobre si hace o no la consulta, le dice con una prometedora capacidad de síntesis: — La felicidad.

Esta limpieza y claridad en los diálogos sólo puede existir en la imaginación de alguien que escribe (yo) y alguien que lee (usted).

Las cosas siempre son mucho más confusas. Sobre todo están llenas de rodeos, de aclaraciones, de prólogos históricos que pueden comenzar en una edad muy temprana del consultante.

El psicoanalista ya conoce la respuesta y si por algo este paciente, después de hablarlo con amigos, de llegar hasta la puerta del consultorio y darse vuelta varias veces, si terminó consultándolo es porque sabe que el psicoanalista conoce cómo acceder a la felicidad.

Y acá aparece el desentendimiento: es cierto que el psicoanalista conoce la respuesta, pero el paciente cree que esa respuesta contiene la clave para ser feliz.

La respuesta del psicoanalista es que la felicidad no existe y que nos puede tomar años aceptar esta realidad. La convicción del paciente es que existe una receta infalible para ser feliz y que terminará conociéndola.

Los filósofos siempre han meditado sobre la confiabilidad de nuestra manera de percibir la realidad.

Algunos dicen que sabemos procesar correctamente lo que nuestros cinco sentidos nos informan y otros nos dicen que la realidad es algo que sólo imaginamos, aunque con mucho realismo.

La respuesta a esta duda sobre nuestra capacidad de entender la realidad no fue dada aún. Sólo existen dos grupos de personas que sostienen una u otra posición.

La inmensa mayoría piensa que la realidad es exactamente lo que nuestros cinco sentidos nos informan.

Pero la pregunta surge inevitable: ¿por qué nos cuesta tanto entender que la felicidad no existe?

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viernes, 26 de marzo de 2010

«Hacen una linda pareja»

Anteriormente (1) he mencionado la hipótesis de que en nuestra especie (al igual que otras), es la mujer la que convoca al hombre que la fecundará, basada en la intuición de que la combinación de ambas dotaciones genéticas, producirá los mejores ejemplares (hijos sanos y hermosos).

Cuando una pareja se forma, sentimos alegría. Es una buena noticia que dos personas se amen y se unan para formar una familia. Supongo que esta satisfacción nace del instinto de conservación de la especie.

Los comentarios que surgen suelen incluir refranes como «Dios los cría y ellos se juntan» o «Siempre hay un roto para un descosido» o «Dos que duermen en el mismo colchón son de la misma condición».

La hipotética intuición femenina respecto a la dotación genética del varón no la inventé yo. Hace décadas que se llama genotropismo a una supuesta tendencia que tenemos a juntarnos los que poseemos ciertas particularidades genéticas similares.

En la década de 1940, el psiquíatra húngaro Léopold Szondi (1893 – 1986) creó un test para aumentar la precisión en sus diagnósticos.

Consistía en mostrarle al paciente 48 fotografías de personas desconocidas, para que seleccionara las dos que más le gustaran y las dos que menos le gustaran.

Esas imágenes pertenecían a pacientes de quienes se tenía diagnóstico confirmado (esquizofrenia, psicopatía, histeria, etc.).

Según su inventor, el test aportaba la certeza de que cada paciente elegiría las fotos de los desconocidos cuya patología fuera más afín a la suya propia.

Esta técnica tuvo un momento de auge a mediados del siglo 20 pero luego dejó de usarse porque tiene el inconveniente de que existen factores raciales determinantes en la elección.

Este inconveniente no existe en la vida diaria porque generalmente el futuro cónyuge anda cerca (aunque usted no lo crea).

(1) «A éste lo quiero para mí»

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jueves, 25 de marzo de 2010

¿Estoy bien o mal?

Es muy frecuente que cuando alguien describe a otro, éste suponga que lo que se dice de él es un defecto o una virtud.

Una descripción no necesariamente tiene que incluir un juicio de valor. Los juicios de valor aparecen cuando se hacen comparaciones.

Cuando alguien dice de mí que soy pesimista, podré entender que esa persona me adjetiva como alguien que no imagina un futuro siempre venturoso, pero mi suspicacia también puede hacerme creer que cuando me dice pesimista, lo que en realidad está haciendo es comparándome con los optimistas, que son personas más simpáticas, divertidas, estimulantes.

Si no hay comparación, no hay juicios de valor (porque no se está diciendo «vales más que» o «vales menos que»).

¿Por qué suponemos que cuando nos describen están criticándonos?

Culturalmente existe la costumbre de no enfrentar a alguien para decirle, por ejemplo: «Con esa ropa pareces un enano»; o «tu hijo es un insolente»; o «no me grites que no soy sordo».

Por el contrario, acostumbramos hacer una descripción alusiva, en la cual deslizamos con la mayor sutileza posible, qué particularidades deberían ser cambiadas.

Por ejemplo: «A tí te quedan bien las prendas de colores claros»; «tu hijo tiene mucha personalidad»; «defiendes tus ideas con gran pasión».

Sin embargo, cuando recibimos un diagnóstico de un profesional de la salud (médico, psicólogo, odontólogo), necesitamos consultar además si eso que se nos dice de nosotros es un diagnóstico positivo, neutro o negativo.

En psicología pasa muy a menudo que alguien recibe la información de que «está negando la existencia de un problema»; o que «está reprimiendo un deseo»; o que «esa conducta es obsesiva».

Es oportuno saber que la psiquis de cada uno resuelve su relación con la realidad de la mejor manera posible y que no siempre está mal negar, reprimir un deseo o ser obsesivo.

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