domingo, 23 de marzo de 2014

La guardaespaldas

Roberto Carlos Gómez fue un joven emprendedor, que supo recorrer las aulas de unas cuantas universidades especializadas en márquetin, negociación, relaciones humanas y, seguramente, alguna otra.

Cuando era joven, le ofrecieron un negocio muy arriesgado pero altamente rentable: llevar dinero a Ciudad Juárez, en México, en la frontera con Estados Unidos.

Estuvo averiguando en Internet por qué le ofrecían tanto dinero por llevar dólares en un maletín y entregarlo personalmente a ciertas personas. El asunto se aclaró enseguida cuando se enteró de la elevadísima tasa de criminalidad existente en ese lugar.

Con las ideas más claras, le pidió a un conocido que le enviara no menos de diez candidatos para guardaespaldas, con la condición de que su aspecto no fuera delator.

El conocido le envió a diez personas pero solo una no parecía guardaespaldas. Todas las demás no podían disimular su oficio. Esa única persona fue descartada de plano porque se trataba de una joven, probablemente de origen indígena del altiplano, con edad indefinida, que apenas hablaba español.

Roberto Carlos pensó que era una broma del desconocido, pero luego supo que no.

Después de haber sido descalificada sin que la escucharan, se acostó en la entrada de la oficina y, cuando los ocupantes fueron a salir, casi la pisan.

La muchacha se puso de pie, no medía más de un metro sesenta, se alisó la ropa, miró a los ojos del incrédulo empleador y le dijo algo así como «Quiero ser su guardaespaldas».

Roberto Carlos pensó en llevarla como escort, es decir, como acompañante erótica, porque la muchacha era bastante sexy, aunque objetivamente poco bella.

Ahora sí, en un breve interrogatorio, le preguntó cómo lo defendería y ella apenas dijo que su especialidad era aplicar técnicas que todos habían olvidado.

La ambición del joven empresario y el deseo de tener su primera aventura sexual con una indígena, lo llevaron a contratarla pero, en su interior pensó que los honorarios serían muy inferiores a lo que estaba dispuesto a pagarle a un profesional.

Los días en Ciudad Juárez fueron transcurriendo sin novedades. La muchacha lo acompañaba a todos lados, seguía durmiendo en la puerta de la habitación del hotel, se la veía serena, inclusive cuando recorrían los suburbios de la ciudad caminando en zonas densamente pobladas, sin calles ni veredas ni luz.

Cuando Roberto Carlos ya había ganado una fortuna llevando y trayendo remesas cada vez mayores, surgió una complicación.

Salieron del hotel como siempre, estuvieron recorriendo la zona céntrica en un coche con taxímetro, se bajaron en una zona muy pobre y comenzaron a caminar con la valija.

Desde las sombras aparecieron cinco hombres que les cerraron el paso. Uno les pidió la valija. La muchacha dio un paso al costado para cubrir con su cuerpo la parte inferior de Roberto Carlos, hubo unos segundos de silencio, se sintió que la joven gimoteaba, respiraba con profundidad y comenzó a llorar como si fuera un niño de pocos meses. Exactamente con la misma estridencia, capaz de destrozarle los nervios a cualquier adulto. El llanto comenzó a ganar volumen, se encendieron varias luces en las casas, se abrieron puertas, salieron mujeres dispuestas a socorrer al niño que imaginaron junto a la guardaespaldas. En menos de un minuto la zona se llenó de gente, preguntando «¿Qué le pasa al niño?, ¿dónde está, tiene hambre el angelito?».

A todo esto, en la confusión, los maleantes se perdieron entre el gentío. Roberto Carlos entregó la remesa, pero con ese accidente dio por terminada su profesión de remesero en Ciudad Juárez.

A la muchacha decidió pagarle lo que tenía destinado para un profesional, pero como ella toleraba llevar y traer dinero, aunque no poseerlo, le aceptó bastante menos.

Esto me lo contó la nuera de Roberto Carlos, para explicarme porqué el suegro padece una ligera disfunción neurológica crónica, que habría sido invalidante si la guardaespaldas no lo hubiera puesto detrás de ella cuando comenzó a llorar.

Si los cinco delincuentes siguen vivos, seguramente hace años están cuadripléjicos.

(Este es el Artículo Nº 2.175)


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sábado, 22 de marzo de 2014

Pensar es un deporte

 VideoComentario

Quienes están determinados para estudiar y pensar son personas débiles, que  no hacen lo que quieren (libre albedrío), sino que están determinadas para ser como son.

Suelo comentar con ustedes algunas ideas que intentan fundamentar por qué el libre albedrío no existe, en tanto estamos 100% determinados por una cantidad enorme de estímulos que nos inducen a hacer o no hacer todo eso que hacemos o no hacemos. (1)

Esos estímulos son, por ejemplo: genéticos, ambientales, sociales, climáticos, históricos.

En este artículo y video me concentro en repetir la idea, pero agregando que la mayoría de los seres humanos ni piensa ni estudia y sin embargo viven.

Cuando digo la mayoría estoy sugiriendo, además, que es muy probable que sea correcto dejarse llevar por los factores que nos determinan pues, al creer en el libre albedrío y suponer que podemos tomar buenas decisiones pensando y estudiando mucho, estamos siendo llevados (determinados) por una creencia sin fundamento.

Sin embargo, si pudiéramos ser objetivos en la evaluación de estos asuntos, quizá llegaríamos a la conclusión que a los humanos no nos va igual en la vida estudiando y pensando que prescindiendo de esas actividades.

Por el contrario, quienes estudian y piensan asuntos referidos a la existencia y cómo administrarla, tienen vidas diferentes a las de quienes prescinden de esas ocupaciones.

Este hecho no necesariamente indica que es posible controlar la existencia, (como opinan los creyentes en el libre albedrío), sino que también puede significar que algunas personas están determinadas para hacer ciertas tareas (estudiar, pensar) y no otras.

¿Qué les ocurre a quienes estudian y piensan? Probablemente son más esclavos de eso que leen y piensan y, al ser más esclavos, son más previsibles, obedientes, sumisos, controlables, gobernables, gracias a lo cual reciben premios de los padres, maestros, gobernantes y la sociedad en su conjunto.

En otras palabras, no es que los estudiosos y pensadores sean mejores porque hacen eso, sino que estas particularidades suelen estar asociadas a personas sumisas, temerosas de transgredir las normas, muy dependientes de la opinión ajena. Esos rasgos de temperamento los convierten en ciudadanos escasamente problemáticos, por lo cual son premiados, mimados, cuidados.

Una persona estudiosa y que piensa quizá tenga buenos ingresos económicos porque consigue mejores trabajos, (porque tiene buen comportamiento en general), quizá tenga más poder porque este le es asignado a quien es poco probable que abuse de él, seguramente tenga amigos con un perfil similar al suyo («dime con quién andas y te diré quién eres»), gracias a lo cual quizá también así aumente su cuota de poder socialmente legitimado.

En suma: Quienes están determinados para estudiar y pensar son personas débiles, inseguras, sumisas, obedientes, que tienden a ser previsibles, probablemente honestas (por temor a los castigos), sinceras (por temor a la crítica), disciplinados (para recibir la aprobación de jefes y compañeros), solidarios (por temor a quedarse desprotegido). Es decir: no hacen lo que quieren (libre albedrío), sino que están determinados para ser como son.

(1) Los artículos sobre este tema se concentran en un blog titulado Libre albedrío y determinismo.

(Este es el Artículo Nº 2.174)

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jueves, 20 de marzo de 2014

Desigualdad reproductiva


Para que sigamos gestando nuevas generaciones, la mujer debe sentirse menoscabada por el varón, para que intente vencerlo eróticamente, en cuyo caso, muy probablemente, se producirá la fecundación necesaria.

«El Día Internacional de la Mujer Trabajadora o Día Internacional de la Mujer conmemora la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona. Se celebra el día 8 de marzo. Es fiesta nacional en algunos países.» (1)

Desde mi punto de vista, toda igualdad entre desiguales constituye una injusticia, una incomprensión, un acto antojadizo estimulado desde emociones desalineadas con la Naturaleza. En este caso: la mujer y el hombre son diferentes y nada que intente igualarlos será una buena cosa.

Más aun: cada rol social que tiene un “Día de” (mujer, madre, niño, abuelo, secretaria, bombero), señala a quien está sufriendo alguna ignominia que se intenta reparar tan solo mediante este hipócrita artificio de adular cada 365 días a la víctima, de tal forma que se calle, no proteste y siga siendo abusada.

En este caso, además de criticar el uso de tan pobre artilugio adulando a las víctimas, aplicándoles una anestesia de efecto anual, agrego algo más que puede ser digno de mención.

Como dije más arriba, los seres humanos diferentes no deben ser igualados porque por algo lo son. Igualar lo distinto es una forma de injusticia, violencia torpe, necia, sensiblera.

En este caso es aun peor porque los varones y las mujeres necesitamos ser todo lo diferentes que podamos para que el fenómeno reproductivo nunca se detenga. Necesitamos conservar la especie y para eso hace falta que sigamos siendo desiguales. Las parejas homosexuales, por ejemplo, no pueden reproducirse y el vínculo entre hombres y mujeres demasiado simétrico los neutraliza e impide la sexualidad reproductiva.

Para que sigamos gestando nuevas generaciones, la mujer debe sentirse menoscabada por el varón, para que intente vencerlo eróticamente, en cuyo caso, muy probablemente, se producirá la fecundación necesaria. Por el contrario, si fuera el varón quien se sintiera menoscabado por la mujer, reaccionaría destructivamente, quizá matando o hiriendo de gravedad a ese ser superior que lo degrada.

Por lo tanto, por como estamos constituidos, el varón nunca debería sentirse inferiorizado porque se pone agresivo. Cuando la mujer se siente inferiorizada, apela a seducir y finalmente a copular con quien la somete, gracias a lo cual conservamos la especie.



(Este es el Artículo Nº 2.172)


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miércoles, 19 de marzo de 2014

Las vidas del Candy Crush


Nuestros intentos de evitar la muerte también tienen procesos inconscientes, que tramitamos en videos juegos, llegando tarde a las citas o con el pago de sobrecostos por mora al pagar con atraso deudas que tienen vencimiento fijo.

Los informáticos saben mucho sobre la psicología de los seres humanos y, eso que saben de nosotros, lo aplican para que los programas de computación sean más y más seductores, atractivos, adictivos, rentables, amigables, entretenidos, fascinantes.

No hace tanto tiempo que las grandes productoras de video-juegos se dieron cuenta que lo más rentable es permitir que todo el mundo pueda jugarlos gratis, aunque luego surgirán ciertas tentaciones cuya satisfacción habrá que pagarlas. Como vemos, esto se parece a nuestra existencia: nacemos sin tener que pagar, pero más adelante tendremos que enfrentar el costo de vida.

Efectivamente, hace muchos años que en esos juegos existe el concepto vida.

El jugador suele tener ciertos errores que le quitan vidas, lo matan, debe quedar inactivo, no puede seguir divirtiéndose. Lo fascinante está en encontrar formas de evitar esas muertes, de recuperar vidas o de lograr una resurrección.

Hasta cierto punto, los juegos repiten la increíble historia de Jesús de Nazaret, en tanto existen dificultades, penurias, frustraciones (vía crucis), ocurre la pérdida de la vida quedando fuera de juego (crucifixión), seguida de otras nuevas posibilidades de vida (resurrección).

En el video asociado a este artículo, también les comento que la búsqueda de la postergación de la muerte, quizá sea lo que inconscientemente alienta a que los impuntuales no lleguen en hora a las citas (¿con la muerte?), o que no sean capaces de pagar sus compromisos económicos en fecha, por lo cual tienen que pagar sobrecostos por mora, gracias a los cuales quizá ellos sientan que están pagando para vivir un poco más.

En suma: Nuestros intentos de evitar la muerte tienen procesos inconscientes, que tramitamos en videos juegos, llegando tarde a las citas o con el pago de sobrecostos por mora al cancelar con atraso deudas que tienen un vencimiento fijo.

(Este es el Artículo Nº 2.171)


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lunes, 17 de marzo de 2014

Aguinaldos de pérdidas


En esta línea de pensamiento, podemos aceptar la hipótesis de que los humanos tanto buscamos resolver problemas como conseguirlos.

Este es un tema que me entusiasma porque soy coleccionista de situaciones que contradicen el sentido común.

Mi cabeza siente que el sentido común es como un tirano arbitrario que nos impone obligaciones caprichosas, ocurrencias bastante necias, tradiciones que son telarañas en su mente autoritaria.

El sentido común nos hace pensar que los humanos solo aceptamos y buscamos ganancias, pero no parece aceptar que, a veces, justificadamente, los humanos aceptamos y buscamos pérdidas.

En psicoanálisis podría hablarse de lapsus: son actos dictados por el inconsciente, que parecen yerros, pero que sin embargo responden a un deseo profundo. Tan profundo que nuestra conciencia lo desconoce.

Por ejemplo, llamamos embarazo no deseado a una gestación no programada.

Es cierdo, no fue un embarazo deliberado, en el que ambos se pusieron de acuerdo en copular cuando supuestamente ella estuviera ovulando, pero algo los indujo a cometer ese error.

La idea es esta: buscamos cancelar necesidades y deseos de forma similar a como buscamos cancelar faltas de entusiasmo, de necesidades, de deseos, de entretenimientos, de desafíos, de sueños, de ocupaciones.

En otras palabras: los humanos tanto buscamos satisfacer necesidades y deseos como, de corresponder, buscamos generar necesidades y deseos, a partir de lo cual tenemos que, nuevamente, trabajar, esforzarnos, buscar satisfacerlas.

En casos muy básicos, sabemos que es satisfactorio comer, pero para poder disfutar de este placer es necesario tener hambre. No es extraño que alguien haga cosas para generar hambre, a pesar de que todos sabemos cuán difícil y angustiante es la tarea de terminar con el hambre de millones de personas.

Pues buscamos tener hambre, no como una desgracia sino porque deseamos quedar en condiciones de comer.

En esta línea de pensamiento, podemos aceptar la hipótesis de que los humanos tanto buscamos resolver problemas como conseguirlos.

Para confirmar esta idea, obsérvese que todos los juegos que compramos y practicamos, no son otra cosa que problemas artificiales cuya resolución nos da placer. En otras palabras: cuando compramos juegos compramos problemas. ¡Si necesitaremos tenerlos que hasta pagamos para padecerlos!

(Este es el Artículo Nº 2.170)


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domingo, 16 de marzo de 2014

El padre Rogelio


El padre Rogelio amaba a Dios porque lo había dejado tranquilo en un pueblo del norte argentino. Hacía mucho que convivía con más o menos doscientas familias, en las que tenía amigos y enemigos.

No todos los amigos eran los mejores ciudadanos y viceversa. El padre Rogelio tenía un temperamento áspero y una lógica personal ligeramente intrasferible.

Los enemigos solían criticarle el feroz apartamiento de la ética cristiana en asuntos de poder. Él era desmesuradamente indulgente con los poderosos y ricos. Quienes le pedían explicaciones salían más confundidos que antes porque los razonamientos del sacerdote eran de una complejidad inaudita para esas mentes básicas.

Lo que él, infructuosamente, intentaba explicarles era que «la cabeza es lo único que tenemos que proteger», por eso los jefes de las dos familias más ricas eran intocables, porque eran los que les daban trabajo a todos y porque eran quienes los explotaban para que nadie pudiera abandonar la pobreza predicada por Jesús.

Con este razonamiento, el padre Rogelio entendía que esos caudillos, enriquecidos a costa de la pobreza de casi todo el pueblo, eran cristianos que lograban mejores resultados que él en la prédica de la austeridad.

Una tarde de mucho calor, en la que la sotana pesaba el doble por acumulación de sudor, llegaron unos autos lujosos, llenos de gente extraña: eran religiosos de alto rango provenientes de la capital.

Quienes parecían dormir la siesta salieron de las casuchas, a medio vestir, para ver qué pasaba. Algunos pensaron que a Rogelio se lo estaba llevando preso la policía del Vaticano.

No fue fácil explicar que el padre Rogelio había sido nombrado Papa. Ni siquiera fue fácil para el mismo sacerdote entender qué estaba pasando.

Después de muchos cabildeos, manifestaciones, protestas populares, procesiones portando un féretro en el que supuestamente iba aquel párroco a quien se lo estaban llevando por la fuerza, el pueblo recobró la calma y la comitiva pudo emprender el regreso a la capital.

Los acontecimientos posteriores sucedieron con relativa rapidez. En menos de una semana estaba aquel sacerdote, olvidado, rodeado del lujo inimaginable del Vaticano.

Las primeras informaciones que recibió el nuevo Pontífice le dieron la pauta de que en ese feudo los problemas del poder era infinitamente más graves que en su pueblo. Peor aun, entendió que ahí, como en ningún otro lado, el sexo masculino conservaba privilegios medievales.

Durante la noche pensó en reunir a los más de doscientos prelados que lo secundarían, aunque tratando de impedirle cualquier innovación que no fuera aprobada por ese grupo de poder.

Le costó dormirse porque la idea que se apoderó de él era suicida..., pero en su pueblo nadie se suicidaba porque todos estaban dispuestos a morir por cualquier discusión trivial.

Con el boato propio de ese extraño país masculino, aquel padre Rogelio, subido en una tarima tan elevada que lo obligaba a mirar al auditorio con actitud de supremo, los miró a todos como si fuera uno solo de aquel pueblo de pendencieros, dio un paso a la izquierda para mostrarse de cuerpo entero, se abrió la sotana blanca y mostró sus pequeñísimos genitales.

Un coro escandalizado fue cortado violentamente por el vozarrón del cura:

— Ahora que saben que nadie la tiene más corta que yo, acá se me obedecerá sin chistar.

Y así ocurrió, hasta que murió siendo ya muy viejito.

(Este es el Artículo Nº 2.169)


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sábado, 15 de marzo de 2014

Hacer el amor o el odio


Existe la posibilidad de que algunos casos de violencia doméstica sean en realidad intentos reproductivos frustrados, en los que ella quiso excitarlo sexualmente hostigándolo, sin imaginarse que él se enfurecería y la atacaría destructivamente.

En otro artículo (1), y mediante un rodeo racional, llegué a la conclusión de que el género no marcado masculino, propio de nuestro idioma, no podría ser femenino como ellas reclaman.

Para hacerlo más claro: el idioma indica que en un grupo de niños de ambos sexos, deberá decirse los niños, inclusive en el caso de que sean 99 niñas y un solo niño. Por supuesto, ellas pretenden que la situación sea la inversa, o, en todo caso, que el género esté determinado por la prevalencia, es decir, si en 100 niños, 51 son niñas, entonces que fuera correcto decir genéricamente las niñas.

La explicación expuesta en ese artículo, (cuya lectura me permito sugerir, tan solo siguiendo el link que se entrega al final de este artículo), hacía referencia a que el género no marcado es masculino para que las mujeres se molesten, protesten, les reclamen a los hombres, estos se exciten sexualmente, tengan sexo con ellas para apaciguarlas, y así terminemos gestando nuevos ejemplares que aseguren la conservación de la especie.

Reforzaba este argumento diciendo que si el género no marcado fuera el femenino y quienes se molestaran fueran los varones, la reivindicación no daría lugar a relaciones sexuales reproductivas sino a reclamos violentos, destructivos, atentatorios contra la conservación de la especie.

En los hechos, —y este es el núcleo del presente artículo—, no siempre que las mujeres irritan a los varones con sus reclamaciones obtienen un apaciguamiento amoroso, fecundador.

Efectivamente, puede ocurrir que un varón se sienta acosado y, en vez de tratar de apaciguar a la mujer haciéndole el amor de forma reproductiva, opte por atacarla, con violencia física o psicológica, destructiva, hiriente, desmesuradamente agresiva, buscando matar a la mujer que protesta porque se siente poco querida en una sociedad donde el género no marcado es masculino.

En conclusión: existe la posibilidad de que algunos casos de violencia doméstica sean en realidad intentos reproductivos frustrados, en los que ella quiso excitarlo sexualmente hostigándolo, sin imaginarse que él se enfurecería y la atacaría destructivamente.


(Este es el Artículo Nº 2.168)


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