viernes, 7 de marzo de 2014

Los padres no hacen a los hijos


Los padres, por error, suelen sentirse culpables de los infortunios de los hijos, sin tener en cuenta que ellos no los hicieron sino que solo obedecieron un mandato de la Naturaleza que determina el fenómeno reproductivo de todos los seres vivos.

En las enfermedades de nuestros hijos solemos tener una cierta conducta provocada por el sentimiento de culpa. Los padres (especialmente las madres) creen que el niño está enfermo, que se accidentó o que tiene un mal desempeño escolar por culpa de ella, porque ella hizo algo mal.

Esto no es así.

Vale la pena repetirlo: «Esto no es así».

Los padres solo cumplen las leyes naturales: se excitan sexualmente, copulan, se fecundan, gestan, paren, alimentan, igual que cualquier otro animal.

En la construcción de ese nuevo ser no hicieron nada que tuviera que ser responsable. Solo respondieron a instintos tan imperativos como dormir, respirar, alimentarse, evacuar residuos digestivos.

Ni el padre ni la madre son hacedores del nuevo ser. Son sus respectivos cuerpos los que actúan automáticamente, como ocurre con los latidos del corazón, la digestión, el rechazo de microorganismos invasores.

La sobreprotección, el exceso de mimos, la respuesta inadecuada ante la enfermedad del pequeño ocurren porque también es inadecuada la interpretación de los hechos. Si una madre cree que es culpa de ella que el hijo se halla enfermado de sarampión, o de que tenga fiebre, vaya uno a saber por qué, se pondrá como loca tratando de reparar el error que cometió.

Esto no es así: ella no cometió ningún error cuando quedó embarazada, ni cuando lo gestó, ni en ningún otro caso en que estuvo siendo usada por la Naturaleza para cumplir un ciclo vital presente en todas las especies.

Aunque le cueste creerlo, ella posee un escasísimo protagonismo en todas las peripecias vitales de sus hijos, sin dejar de reconocer que la colaboración que pueda darles a esos nuevos seres tan vulnerables podrá ser buena, regular o mala.

En otras palabras: los nuevos ejemplares tienen en sus padres a los colaboradores predeterminados por la Naturaleza, aunque, como ya sabemos, ni son imprescindibles ni totalmente responsables de la suerte que les vaya tocando: integración genética, instinto materno básico, accidentes, franja socio económica y cultural de los padres, y esa larga lista de circunstancias que parecen premiarnos o castigarnos a lo largo de toda la vida.

(Este es el Artículo Nº 2.160)


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jueves, 6 de marzo de 2014

Márquetin de las industrias de la salud


Todo placer que se alcance en estado de enfermedad nos predispondrá a conservarlos (al placer asociado a la enfermedad), es decir, a postergar y hasta impedir la curación.

No es tan absurdo suponer que a los niños enfermos, cuando se los agasaja como si cumplieran años, o como si fueran días de Papá Noel, Reyes Magos o Halloween, se los está preparando, adoctrinando, adiestrando para que se conviertan en clientes vitalicio de las industrias de la salud: médicos, exámenes clínicos, medicamentos, sanatorios de lujosa hotelería, empresas de urgencia médica.

La inducción parece perfecta, aunque razonablemente no puedo descartar la hipótesis de que todo es una lamentable casualidad: los padres acostumbramos predisponer a nuestros hijos para que asocien enfermedad con regalos y abundantes mimos, y las industrias de la salud se benefician indirectamente de que en nuestra cultura deseemos estar enfermos para disfrutar.

No es fácil encontrar dónde está el límite entre la medicina puramente mercantil, orientada al lucro, y la medicina humanitaria puramente destinada a restablecer los inevitables quebrantos de salud.

No hace tantos años que los sanatorios han incluido abundantes criterios importados desde la hotelería. Para muchos pacientes, curarse es perder el confort de un lugar de descanso que, en la gran mayoría de los casos, es mucho más placentero que la propia casa.

Quizá nuestro cuerpo se cura o no se cura por razones apartadas de la psiquis, las emociones, las intenciones, el deseo. Sin embargo, muchas personas están convencidas de lo contrario, es decir, creen que el deseo de curación colabora de manera importante (y quizá decisiva) en la curación o no del enfermo.

Si esta creencia fuera verdadera, entonces todo placer que se alcance en estado de enfermedad nos predispondrá a conservarlos (al placer asociado a la enfermedad), es decir, a postergar y hasta impedir la curación.

(Este es el Artículo Nº 2.159)

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miércoles, 5 de marzo de 2014

Ninguna enfermedad debe ser beneficiosa


Cuando nuestros hijos se enferman debemos ayudarlos a que no encuentren en las enfermedades ningún beneficio secundario que pudiera alentarlos a ser enfermos crónicos durante el resto de sus vidas.

Los chinos dicen que en cada crisis surgen posibilidades.

Teniendo en cuenta que ellos son 1.351 millones de cerebros y teniendo en cuenta que han cumplido más de cinco mil años como cultura, me inclinaría a pensar que tienen razón: en cada crisis surgen nuevas posibilidades.

Cuando nuestros hijos se enferman ingresamos en una crisis multicolor, sísmica, ansiógena, trepidante, angustiosa, molesta. Muy molesta.

Este video intenta decir algo diferente a lo que suelen ser las reacciones más populares ante esas crisis tan frecuentes e inevitables.

El núcleo de mi idea apunta a resaltar que si un niño, que ama más que nadie en el mundo tener poder y ser presidente del planeta, descubre que enfermándose los padres se vuelven seres débiles, obsecuentes, humildes, atenciosos, adulones, permisivos, capaces de rogarle al pequeño rey enfermito que se cure cuanto antes, para lo cual están dispuestos a humillarse y a hacerle ofrendas faraónicas, si ese monarca, repito, descubre esa contraseña, se enfermará cada vez que necesite la contraseña para llegar al poder supremo y derrocar a los reyes adultos.

Por lo tanto, no debe faltar en las prácticas hogareñas la siguiente consigna: una enfermedad no puede tener ningún beneficio. La crisis nos provee la oportunidad de practicar el realismo, la disciplina, el sentido común, la racionalidad.

A un niño enfermo no podemos permitirle que coma lo que desee, ni que tome frío, ni que haga todo lo que dificulte su curación, y con igual criterio, tenemos que evitar las secuelas más graves, esto es, que en su cabecita se instale la creencia de que enfermarse es algo útil, conveniente, rentable.

Si un niño llega a la edad adulta convencido de que enfermarse es maravilloso, será un enfermo crónico.

En suma: además de los cuidados habituales, es imprescindible que las nuevas generaciones eviten enfermarse, que nunca vayan a pensar que es divertido, ni conveniente, ni un buen negocio, ni una estrategia infalible para dominar a los demás. Si desarrolla esta creencia, aquella oportunidad que le ofreció la crisis (enfermarse) habrá sido totalmente contraproducente para su futuro.

(Este es el Artículo Nº 2.158)


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martes, 4 de marzo de 2014

Vestimenta y población mundial


Si por algún motivo a los humanos se nos ocurriera enlentecer el crecimiento demográfico sería esperable que la desnudez se convirtiera en moda.

No creo que exista otro animal, grande como los humanos, que tenga una población tan abundante como la nuestra: somos 7.000 millones de ejemplares.

Hago énfasis en el tamaño porque los roedores, los insectos, los microbios, seguramente son muchos más.

Dando por aceptada esta afirmación, me pregunto cómo hicimos para llegar a este dominio, siendo que somos tan débiles, prematuros y dependientes.

Propongo una sola idea aunque manifestada por dos ejemplos. Somos tantos por nuestro apego a lo prohibido.

Efectivamente: La prohibición del incesto quizá sea la causa de la que menos se habla. El incesto es un tabú, tanto para practicarlo como para hablar de él. Por ese motivo somos tan prolíficos y amantes de copular.

La prohibición de mostrarnos sin ropas quizá sea la causa de la que mucho se habla pero sin considerarla como un factor que favorece la conservación de la especie.

Obsérvese que cuando estamos más desvestidos, cubrimos los genitales y, en la mujer, los senos, por tratarse de algo intensamente asociado a nuestra primera infancia.

No poder ver ni los genitales de ambos sexos ni los senos es algo tremendamente erótico. Si los viéramos continuamente perderíamos casi todo el interés por ellos y, me animo a pronosticar, no seríamos 7.000 millones sino muchos menos.

También me animo a pronosticar algo más: si por algún motivo a los humanos se nos ocurriera enlentecer el crecimiento demográfico sería esperable que la desnudez se convirtiera en moda.

(Este es el Artículo Nº 2.157)


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lunes, 3 de marzo de 2014

Una verdad sobre la verdad


La verdad es algo que sobrevuela nuestros discursos, pero que casi nunca se dice o se oye. Consideramos verdad a ciertas historias que contamos y nos cuentan, con la solemnidad de lo que merece respeto.

Me parece que la verdad nunca tiene forma de confesión. Al contrario, cuando alguien está  confesando es cuando más control intenta tener sobre lo que dice. Quizá la máxima expresión de falsedad y cinismo ocurra cuando alguien anuncia que está dispuesto a confesar.

Hasta la persona más pudorosa pueden llegar a exhibir su cuerpo con absoluto desparpajo, pero no así sus deseos, las intenciones, los sentimientos que guarda en su mente bajo siete llaves.

La máxima desnudez corporal solo puede llevarnos a demostrar que somos animales mamíferos, pero la desnudez psicológica puede llevarnos a demostrar que no somos humanos sino monstruos abominables, imposible de amar. Por esto preferimos que se burlen y nos humillen por nuestro cuerpo sin ropas, pero eso no dejará de ser una forma de mirarnos, de incluirnos, de amarnos, aunque sea negativamente (repudiándonos).

Sin embargo, algunas verdades decimos, quizá para desahogarnos, pero lo hacemos con gran disimulo. Filtramos los contenidos a revelar.

Quizá existan dos formas de colar eso que diremos: la ficción (imaginativa, surrealista, delirante, metafórica) y la humorística (sardónica, cínica, despectiva, descalificante, destructiva, agresiva, cómica).

Nunca confesaremos la envidia que sentimos por nuestro hermano menor, pero insinuaremos que «no es tan inteligente como parece»; nunca confesaremos quién robó aquel objeto de valor cuyo ladrón jamás fue descubierto, pero comentaremos extrañados «¡qué cantidad de delitos nunca son descubiertos por la policía...y de eso nadie habla!»; nunca confesaremos las atormentadas dietas que hacemos para conservar un cuerpo delgado, pero le haremos bromas a los obesos.

Y así por el estilo. A todo esto es a lo máximo que podemos aspirar en sinceridad, en confesión, en franqueza. Los humanos decimos la verdad, pero sin darnos cuenta. No la registran ni quienes las dicen ni quienes las oyen. El psicoanálisis intenta hacer una lectura entre líneas del parloteo humano y, probablemente, a veces encuentra verdades químicamente puras, tan insólitas que ni el propio confesor puede dar crédito a lo que dijo sin darse cuenta.

Quizá existan dos condiciones predisponentes para entender algo de lo que se dice sin querer:

1) Poseer un inventario exhaustivo de nuestros defectos personales; y

2) Asumir que nadie puede hacer, pensar o decir algo que no sea estrictamente humano. La especie es una cárcel hermética: nadie escapa de ella ni puede incorporar características no humanas.

(Este es el Artículo Nº 2.156)


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domingo, 2 de marzo de 2014

El verdugo


El despertador sonó a las 5:08, porque un presidiario chino lo había convencido de las ventajas del número ocho para cualquier circunstancia de la vida.

A esa hora, el presidio también estaba encerrado en muros de silencio. Los pájaros se mantenían a razonables cuatro o cinco kilómetros. Algo había en la atmósfera que los mantenía alejados. No así los roedores.

Por placer se rascó la cabeza.  Olió su axila derecha y confirmó lo de siempre.

Pensó en su novia y restableció la posición vertical del portarretrato. Hacía más de dos semanas que no besaba la cubierta de vidrio.

—El condenado, ¿habrá podido dormir?— se preguntaron sus neuronas profesionales.

Por curiosidad, se asomó por la ventanilla de la celda y ahí estaba el hombre, totalmente dormido.

Pensó en su novia mientras se duchaba. Tal vez ella  no lo quería pero seguía la relación por miedo.

— ¿Miedo a qué?—, se preguntó retóricamente.

Un verdugo como él recibe órdenes interiores. No le llegan de afuera. Él siente algo en las manos que le indica que deberá hacer un trabajo. Es una característica del oficio. Hablando con colegas, le confirmaron que también ellos sienten lo mismo.

— Esta cárcel parece deshabitada, a pesar de estar llena de futuros fallecidos. A veces creo que estoy sordo—, se dijo con indiferencia.

Fue al comedor, sintió el perfume del café y de los bizcochos recién horneados. Sintió un hambre feroz. Comió y bebió como un vampiro recién salido de una involuntaria abstinencia.

La satisfacción no le duró mucho rato porque se dio cuenta que después de ejecutar al condenado no tendría nada más que hacer. Por algún motivo que no podía imaginar, en algunas semanas había menos trabajo que en otras.

Se dirigió a la celda del moribundo, miró por la ventanita y, mecánicamente, bajó una palanca. La sábana, que subía y bajaba con la respiración, no volvió a subir.

Una mujer le tomó la mano al fallecido y la besó. Varios enfermeros entraron a la celda para quitar unas mangueras que habían enchufado en el cuerpo del condenado.

— Ya terminé todo el trabajo por hoy. Espero que mis manos reciban alguna otra orden porque de lo contrario el día me va a hacer largo—, pensó el verdugo, mientras caminaba, sin destino fijo e inmensamente aburrido.

(Este es el Artículo Nº 2.155)

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sábado, 1 de marzo de 2014

La mortificante culpa del inocente


Aunque parece insólito, el sentimiento de culpa auténtico es el que alguien puede sentir cuando no pudo darle satisfacción a sus deseos más profundos y, generalmente, prohibidos.

«¿Qué hago, lo digo o no lo digo?, No, mejor callo y no digo nada».

En este diálogo interior podemos imaginar algunas ideas un poco curiosas porque se apartan del sentido común.

La más importante de todas: quien habla podría estar cuestionándose, recriminándose, arrepintiéndose por no haber hecho lo que realmente deseaba.

Alguien cometió un delito y fue descubierto. Ante la autoridad que lo condenará porque las pruebas, la acusación de testigos y demás evidencias  son incuestionables, tendrá que mostrarse culpable y arrepentido porque si insiste en declararse inocente la condena será peor.

Pero, sin embargo, ¡vaya paradoja!, el detenido no parece culpable. ¿Por qué será?

Según una creencia no muy difundida, solo nos sentimos culpables cuando atacamos, o no defendemos lo suficiente, a nuestro propio deseo.

En el caso del delincuente descubierto in fraganti, podemos pensar que lo hizo para satisfacer su deseo, pero tuvo que simular arrepentimiento para no agravar el castigo.

Por el contrario: alguien no participó en un acto delictivo, la justicia no lo acusa, pero se siente muy culpable y deprimido porque, en su fuero interior, él habría deseado participar en ese acto delictivo.

Quienes aceptamos con bastante fe este paradójico funcionamiento psicológico, quedamos expuestos a no creer en todos los actos de arrepentimiento, especialmente los que parecen más convincentes. La lógica psicoanalítica para reaccionar así ante alguien que se desgarra las vestiduras por la intensa culpa que dice padecer es que tal actitud solo sería confiable si de lo que se siente culpable es de no haber satisfecho su deseo.

Este mecanismo mental suele ser desconocido hasta para quien lo padece. Muchas personas, acosadas por la culpa, difícilmente den crédito a que lo que realmente lamentan y se recriminan es no haberse complacido suficientemente el propio deseo.

Esto podría llevarnos a una conclusión aun más insólita: quizá las cárceles están llenas de personas que no se sienten culpables sino satisfechas (de haber complacido su deseo delictivo) y fuera de las cárceles hay aun más cantidad de personas que sufren la culpa de tener inhibida la capacidad de complacer el propio deseo.

(Este es el Artículo Nº 2.154)


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