Yo estaba con una amante —la casada— en un lugar que podría ser un patio con árboles y teníamos que entrar a una especie de corredor que, por lo ancho, parecía ser el de un liceo.
Alguien nos advirtió que adentro había un hombre que nos quería atacar. Ella me dijo algo así como «entonces no entramos» y yo le dije algo así como «nos cubrimos con esto».
«Esto» era un pequeño felpudo de moquete color amarillo, con un borde blanco de hilo tejido. Para mí que es uno que está en la casa de mi suegra y que lo compró porque era barato y se lo pusieron dentro de la casilla de la perra.
Entramos, ella pegada detrás de mí y yo protegiéndome con el felpudo amarillo. Enseguida vimos al hombre que estaba sentado en un cajón de cerveza, con los codos apoyados confortablemente en sus muslos y sosteniendo con ambas manos un enorme revólver con el que inmediatamente nos apuntó. Yo puse el felpudo bien cerquita del cañón y empecé a rodearlo porque nosotros íbamos para un lugar que quedaba detrás de él.
El hombre era un funcionario que trabajó conmigo cuando estuve en la aduana antes de que me llevaran preso. El revólver era uno que antes de dormirme habían mostrado en una documental, en la que explicaban que la mayoría de los grandes pistoleros del lejano oeste eran prácticamente sordos por el ruido que hacían estas armas. Recuerdo que pensé cuántas personas habrían muerto injustamente porque el matón había entendido mal.
Cuando llegamos a la puerta del salón al cual nos dirigíamos —siempre retrocediendo y protegiéndome con el felpudo—, entramos con un último salto, muy velozmente. Alguien dijo ahí cuál era el motivo por el que este sujeto estaba ahí amenazando a todo el mundo y yo dije «¡ah no! eso yo no se lo permito a nadie» —este tipo de estupideces también suelo hacerlas despierto— y salí a su encuentro, pero ahora sin el felpudo.
Apenas había dado un par de pasos hacia el hombre, sentí el estampido y algo que me golpeaba en la base del cuello. Este sueño ya se había convertido en una pesadilla. Fue ahí que dije «¡la quedé!» y empecé a trastabillar. En ese momento me desperté.
Medio dormido sentí un ¡ooohhh!, gritos ahogados, sillas moviéndose agitadamente y cuando abrí los ojos me di cuenta inmediatamente que ¡me estaban velando!
Mi mujer, mi suegra y mis dos cuñadas se apretujaban ante la puerta queriendo salir de la habitación y un jovencito que no conozco, con cara de espanto me preguntó: — ¿Te-te-tenés hora?
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Este BLOG contiene relatos breves y opiniones diarias desde el punto de vista del psicoanálisis.
sábado, 18 de agosto de 2007
El felpudo antibalas
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Fernando Mieres
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18.8.07
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sábado, 11 de agosto de 2007
Fecundación anticonceptiva
Mariana es una señora que aún está en edad de concebir y que tiene una noción flotante sobre cuáles son los límites que pretenden imponerle la ley, las normas, la ética.
Ella me mira frontalmente cuando me paga la consulta y se va sin saludar porque sabe que su cuerpo da salud a quienes la observen.
Llegó a mi consultorio porque así se lo sugirió una paciente que meses atrás interrumpió el análisis que hacíamos, dando un portazo ensordecedor.
La cabeza de un analista debe estar totalmente abierta y eso me trae problemas porque soy colonizado por fantasías perturbadoras, a tal punto que se pelean entre ellas. He pensado que Mariana podría ser la reencarnación de algún alto mando nazi.
Su marido —unos meses menor pero igualmente dominante según lo que ella cuenta— heredó la clientela y el talento de un conocido corredor de bolsa. Me lo imagino jugando al golf mientras piensa qué títulos comprar o qué acciones vender.
Este señor no quería fecundar a su esposa y ella estaba muy frustrada, que en este caso es lo mismo que decir que estaba furiosa, al borde del descontrol.
Luego de que una noche de verano la sedujera hasta la desesperación pero que la penetrara usando un preservativo, ella simuló tener un orgasmo y se fue a buscar un poco de serenidad caminando por la playa, aprovechando la luz de la luna y la brisa tropical.
Llamaron su atención unas sobras que se agitaban detrás de un pequeño médano y detuvo su marcha. Se tranquilizó cuando se dio cuenta que se trataba de una parejita que fornicaba en condiciones poco menos que ideales.
Cuando detectaron su presencia, se fueron tomados de la mano.
Por un impulso que Mariana no puede explicar, se sintió llevada hasta el lugar donde estuvieron los jóvenes, mojó sus dedos en el tibio semen del preservativo abandonado y se lo introdujo varias veces en la vagina.
●●●
Nota: Aparentemente ella modificó su estrategia frente al marido a partir de esta experiencia y logró que aquel señor tan renuente a fecundarla, abandonara de un día para otro sus prácticas anticonceptivas. Mariana no sabe quién es el padre de su hija y se divierte imaginando que pasaría si su marido fuera estéril.
Ella me mira frontalmente cuando me paga la consulta y se va sin saludar porque sabe que su cuerpo da salud a quienes la observen.
Llegó a mi consultorio porque así se lo sugirió una paciente que meses atrás interrumpió el análisis que hacíamos, dando un portazo ensordecedor.
La cabeza de un analista debe estar totalmente abierta y eso me trae problemas porque soy colonizado por fantasías perturbadoras, a tal punto que se pelean entre ellas. He pensado que Mariana podría ser la reencarnación de algún alto mando nazi.
Su marido —unos meses menor pero igualmente dominante según lo que ella cuenta— heredó la clientela y el talento de un conocido corredor de bolsa. Me lo imagino jugando al golf mientras piensa qué títulos comprar o qué acciones vender.
Este señor no quería fecundar a su esposa y ella estaba muy frustrada, que en este caso es lo mismo que decir que estaba furiosa, al borde del descontrol.
Luego de que una noche de verano la sedujera hasta la desesperación pero que la penetrara usando un preservativo, ella simuló tener un orgasmo y se fue a buscar un poco de serenidad caminando por la playa, aprovechando la luz de la luna y la brisa tropical.
Llamaron su atención unas sobras que se agitaban detrás de un pequeño médano y detuvo su marcha. Se tranquilizó cuando se dio cuenta que se trataba de una parejita que fornicaba en condiciones poco menos que ideales.
Cuando detectaron su presencia, se fueron tomados de la mano.
Por un impulso que Mariana no puede explicar, se sintió llevada hasta el lugar donde estuvieron los jóvenes, mojó sus dedos en el tibio semen del preservativo abandonado y se lo introdujo varias veces en la vagina.
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Nota: Aparentemente ella modificó su estrategia frente al marido a partir de esta experiencia y logró que aquel señor tan renuente a fecundarla, abandonara de un día para otro sus prácticas anticonceptivas. Mariana no sabe quién es el padre de su hija y se divierte imaginando que pasaría si su marido fuera estéril.
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11.8.07
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sábado, 4 de agosto de 2007
Mascota
Tengo veintidós años y desde los diecinueve que estoy juntando direcciones de correo electrónico de varones que vivan lejos de mi Rusia natal.
Mi abuelo llegó a Moscú huyendo del franquismo y acá fundó esta familia en la que sólo yo quise aprender su fascinante idioma español.
Estoy harta pero sólo lo saben quienes chatean conmigo. Mis padres y mis hermanos suponen que soy la rara de la familia y en el colegio me decían «la venusina» porque me enamoro muy fácilmente y hasta las últimas consecuencias.
Hace tres años que empecé a trabajar y llevo una vida miserable porque no paro de ahorrar dinero.
También en secreto estoy haciendo los trámites para poder viajar. Hace tres años creí en un precioso peruano que después de prometerme que me enviaría lo necesario para que nos casáramos en su país, me confesó que sólo era una broma. A partir de entonces trabajo y ahorro desesperadamente.
Sólo quiero ser una cosa más de alguien que me dé el lugar que ahora comprendo que merezco. Seré un perro obediente del amo que me tome. Cuando alguno de ustedes conteste este mensaje porque quiere que yo sea su esclava, iré por mis propios medios hasta el lugar de donde me llame.
Estoy segura de que alguno querrá tenerme como su mascota canina, totalmente obediente, sumisa, trabajadora, ahorrativa y venusina... muy venusina.
De lo que fui, ya no me importa nada. No me interesan ni mis padres, ni mis hermanos, ni mis amigos, ni mis dos o tres hijos.
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Mi abuelo llegó a Moscú huyendo del franquismo y acá fundó esta familia en la que sólo yo quise aprender su fascinante idioma español.
Estoy harta pero sólo lo saben quienes chatean conmigo. Mis padres y mis hermanos suponen que soy la rara de la familia y en el colegio me decían «la venusina» porque me enamoro muy fácilmente y hasta las últimas consecuencias.
Hace tres años que empecé a trabajar y llevo una vida miserable porque no paro de ahorrar dinero.
También en secreto estoy haciendo los trámites para poder viajar. Hace tres años creí en un precioso peruano que después de prometerme que me enviaría lo necesario para que nos casáramos en su país, me confesó que sólo era una broma. A partir de entonces trabajo y ahorro desesperadamente.
Sólo quiero ser una cosa más de alguien que me dé el lugar que ahora comprendo que merezco. Seré un perro obediente del amo que me tome. Cuando alguno de ustedes conteste este mensaje porque quiere que yo sea su esclava, iré por mis propios medios hasta el lugar de donde me llame.
Estoy segura de que alguno querrá tenerme como su mascota canina, totalmente obediente, sumisa, trabajadora, ahorrativa y venusina... muy venusina.
De lo que fui, ya no me importa nada. No me interesan ni mis padres, ni mis hermanos, ni mis amigos, ni mis dos o tres hijos.
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4.8.07
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lunes, 30 de julio de 2007
El psicoanálisis es un administrador (Publicidad filosófica)
La vida es un fenómeno químico consistente en rectificar desequilibrios durante un cierto tiempo, finalizado el cual hablamos de muerte. La muerte es la pérdida de aquel dinamismo. La falta de vida permite el retorno de los componentes corporales a su estado primario (calcio, agua, etc.)
El ser humano percibe el desequilibrio esencial (imprescindible) con un sentimiento de angustia. El malestar que ésta le provoca lo lleva a realizar actos necesarios para el restablecimiento del equilibrio. Una vez logrado éste, comienza la gestación de un nuevo desequilibrio, sin el cual el fenómeno vida desaparece.
El sentimiento de angustia se aplaca sólo circunstancialmente, así como un objeto que es lanzado hacia arriba llega a un punto en el que está completamente quieto, a partir del cual retoma el movimiento hacia abajo. La ausencia de angustia se corresponde con ese instante de quietud del objeto lanzado.
El monto de angustia suele verse aumentado innecesariamente cuando el sujeto procura evitarla. Esto recuerda a quien no sabe nadar y desconoce que el cuerpo humano flota: cuando comienza a realizar movimientos bruscos motivado por la desesperación, suele nadar hacia el fondo y ahogarse. Cuando ese cuerpo recobra la quietud con la muerte, vuelve a la superficie.
¿Por qué procuramos evitar la angustia? Como dije más arriba la angustia es la sensación subjetiva de los intentos que hace la vida por rectificar los reiterados desequilibrios gracias a los cuales puede continuar. Imaginemos que un velero tuviera sistema nervioso y que tuviera sensaciones orgánicas cuando el viento presiona sobre la vela, esta tira del palo mayor que está unido al casco, el cual se mueve a pesar de la resistencia que le hace el agua. Si nos ponemos en el lugar del velero, nos damos cuenta cuán cansadora es su tarea.
La angustia es una molestia (el viento) gracias a la cual podemos seguir vivos (navegar). Tanto el ser humano como el velero, cuando tiene que soportar demasiada angustia (huracán), puede perecer (naufragio).
El psicoanálisis logra que el analizante disponga de la angustia necesaria: ni de más, ni de menos. Quien tiene angustia de menos corre tanto riesgo de perecer como quien tiene angustia de más. El psicoanálisis es un arte científico que ubica el monto de angustia en su justo nivel. Mejor que con el psicoanálisis no es posible vivir. Es el administrador perfecto de ese sentimiento esencial para la vida.
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El ser humano percibe el desequilibrio esencial (imprescindible) con un sentimiento de angustia. El malestar que ésta le provoca lo lleva a realizar actos necesarios para el restablecimiento del equilibrio. Una vez logrado éste, comienza la gestación de un nuevo desequilibrio, sin el cual el fenómeno vida desaparece.
El sentimiento de angustia se aplaca sólo circunstancialmente, así como un objeto que es lanzado hacia arriba llega a un punto en el que está completamente quieto, a partir del cual retoma el movimiento hacia abajo. La ausencia de angustia se corresponde con ese instante de quietud del objeto lanzado.
El monto de angustia suele verse aumentado innecesariamente cuando el sujeto procura evitarla. Esto recuerda a quien no sabe nadar y desconoce que el cuerpo humano flota: cuando comienza a realizar movimientos bruscos motivado por la desesperación, suele nadar hacia el fondo y ahogarse. Cuando ese cuerpo recobra la quietud con la muerte, vuelve a la superficie.
¿Por qué procuramos evitar la angustia? Como dije más arriba la angustia es la sensación subjetiva de los intentos que hace la vida por rectificar los reiterados desequilibrios gracias a los cuales puede continuar. Imaginemos que un velero tuviera sistema nervioso y que tuviera sensaciones orgánicas cuando el viento presiona sobre la vela, esta tira del palo mayor que está unido al casco, el cual se mueve a pesar de la resistencia que le hace el agua. Si nos ponemos en el lugar del velero, nos damos cuenta cuán cansadora es su tarea.
La angustia es una molestia (el viento) gracias a la cual podemos seguir vivos (navegar). Tanto el ser humano como el velero, cuando tiene que soportar demasiada angustia (huracán), puede perecer (naufragio).
El psicoanálisis logra que el analizante disponga de la angustia necesaria: ni de más, ni de menos. Quien tiene angustia de menos corre tanto riesgo de perecer como quien tiene angustia de más. El psicoanálisis es un arte científico que ubica el monto de angustia en su justo nivel. Mejor que con el psicoanálisis no es posible vivir. Es el administrador perfecto de ese sentimiento esencial para la vida.
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30.7.07
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sábado, 21 de julio de 2007
¿Lo mato ahora o espero un poco?
A — … si, lo que te convendría sería esperar la oportunidad más adecuada para hacerle el planteo.
B — Mirá, a las cosas no hay que darles tanta vuelta. Si el problema aparece ahora, yo se lo planteo ahora. ¿Qué voy a estar esperando?
A — ¿Pero vos qué querés: desahogarte o solucionar el problema?
B — ¡Quiero desahogarme solucionando el problema!
A — Vayamos por partes. ¿Estás de acuerdo conmigo que la molestia la tenés ahora y que querés desahogarte ahora?
B — ¡Sí, por supuesto, ya quiero cantarle cuatro verdades a ese señor!
A — ¿No te preocupa para nada que eso empeore las cosas?
B — ¿Vos de parte de quién estás? ¿Lo estás defendiendo? ¿Pretendés que lo deje tranquilo con lo que me está haciendo?
A — Lo que quiero que me entiendas es que no siempre coinciden en el tiempo el desahogo y la solución de un problema. Si lo que querés es sacarte la bronca, dejate llevar por el impulso y decile todo lo que se te ocurra, pero seguro que la relación se va a estropear y que el problema que te molesta no se resolverá.
B — ¿Qué proponés entonces?
A — Te sugiero que busques cómo solucionar lo que te molesta aunque tengas que postergar el alivio de tu disgusto. Así tendrás una ganancia mayor a mediano y largo plazo.
B — ¿Me estás pidiendo que sea hipócrita?
A — Te estoy invitando a que seas racional.
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B — Mirá, a las cosas no hay que darles tanta vuelta. Si el problema aparece ahora, yo se lo planteo ahora. ¿Qué voy a estar esperando?
A — ¿Pero vos qué querés: desahogarte o solucionar el problema?
B — ¡Quiero desahogarme solucionando el problema!
A — Vayamos por partes. ¿Estás de acuerdo conmigo que la molestia la tenés ahora y que querés desahogarte ahora?
B — ¡Sí, por supuesto, ya quiero cantarle cuatro verdades a ese señor!
A — ¿No te preocupa para nada que eso empeore las cosas?
B — ¿Vos de parte de quién estás? ¿Lo estás defendiendo? ¿Pretendés que lo deje tranquilo con lo que me está haciendo?
A — Lo que quiero que me entiendas es que no siempre coinciden en el tiempo el desahogo y la solución de un problema. Si lo que querés es sacarte la bronca, dejate llevar por el impulso y decile todo lo que se te ocurra, pero seguro que la relación se va a estropear y que el problema que te molesta no se resolverá.
B — ¿Qué proponés entonces?
A — Te sugiero que busques cómo solucionar lo que te molesta aunque tengas que postergar el alivio de tu disgusto. Así tendrás una ganancia mayor a mediano y largo plazo.
B — ¿Me estás pidiendo que sea hipócrita?
A — Te estoy invitando a que seas racional.
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21.7.07
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sábado, 14 de julio de 2007
Vdo obelisco de granito, bien ubic
« ¡Te prometo fidelidad eterna!» me susurró Facundo cuando mi padre me dejó junto a él frente al altar de Las Carmelitas.
Adoro ese momento. Los flashes, el sacerdote con sus mejores arreos, los invitados bellamente vestidos, flores, luces, la grandiosa intimidad de la iglesia donde se casaron mis mejores amigas.
« ¡Te prometo fidelidad eterna!» sigue resonando en mi cabeza cual efecto especial de una película de penúltima categoría.
Dejemos de lado lo de «eterna» que fue una exageración tan flagrante que cualquiera la perdonaría. En realidad todos los allí presentes estábamos exagerando algo. Pero lo de fidelidad. ¿Cómo pude creer semejante barbaridad?
Hacía treinta y dos días que habíamos terminado de resolver un litigio que nos tuvo discutiendo durante ciento sesenta y ocho días. Bibí, esa maldita compañera de trabajo que no se conformó con que le presentara a mi novio sino que quiso conocerlo un poco más y el muy estúpido se creyó que Montevideo es una ciudad tan grande como San Pablo. ¡Acá todo se sabe! Bueno, me corrijo, mi cuñada todo lo sabe.
¿Sabe por qué puse como título «Vendo obelisco...»? Porque recién ahora estoy madura como para darme cuenta que nadie puede vender lo que no le pertenece y lo que no nos pertenece es el deseo. Este demonio que tiene un asentamiento en nuestra alma, es el único propietario de hecho y de derecho sobre lo que nosotros hacemos, no hacemos o deshacemos.
Recién ahora, después de vieja, logro entender que Facundo me prometió algo que él creía que podía prometer, así como alguien puede intentar vender aquello que cree que le pertenece. Fue un error casi jurídico: él se creyó que era dueño de su deseo y ahora me doy cuenta de que muchos creen lo mismo y actúan en esa suposición. Igual que alguien que quisiera vender el obelisco de buena fe.
Después de todo, no era un mal tipo. ¿Cómo se llevará con Bibí?
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Adoro ese momento. Los flashes, el sacerdote con sus mejores arreos, los invitados bellamente vestidos, flores, luces, la grandiosa intimidad de la iglesia donde se casaron mis mejores amigas.
« ¡Te prometo fidelidad eterna!» sigue resonando en mi cabeza cual efecto especial de una película de penúltima categoría.
Dejemos de lado lo de «eterna» que fue una exageración tan flagrante que cualquiera la perdonaría. En realidad todos los allí presentes estábamos exagerando algo. Pero lo de fidelidad. ¿Cómo pude creer semejante barbaridad?
Hacía treinta y dos días que habíamos terminado de resolver un litigio que nos tuvo discutiendo durante ciento sesenta y ocho días. Bibí, esa maldita compañera de trabajo que no se conformó con que le presentara a mi novio sino que quiso conocerlo un poco más y el muy estúpido se creyó que Montevideo es una ciudad tan grande como San Pablo. ¡Acá todo se sabe! Bueno, me corrijo, mi cuñada todo lo sabe.
¿Sabe por qué puse como título «Vendo obelisco...»? Porque recién ahora estoy madura como para darme cuenta que nadie puede vender lo que no le pertenece y lo que no nos pertenece es el deseo. Este demonio que tiene un asentamiento en nuestra alma, es el único propietario de hecho y de derecho sobre lo que nosotros hacemos, no hacemos o deshacemos.
Recién ahora, después de vieja, logro entender que Facundo me prometió algo que él creía que podía prometer, así como alguien puede intentar vender aquello que cree que le pertenece. Fue un error casi jurídico: él se creyó que era dueño de su deseo y ahora me doy cuenta de que muchos creen lo mismo y actúan en esa suposición. Igual que alguien que quisiera vender el obelisco de buena fe.
Después de todo, no era un mal tipo. ¿Cómo se llevará con Bibí?
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14.7.07
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Sinagoga S.A.
El siguiente relato encubre la intención de señalar la diferencia que existe entre quienes creen que deben recibir dinero de la sociedad porque son psicólogos y los que, por el contrario, asumen que para recibir dinero deben entregar un servicio tan verdadero como aquel dinero.
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Los neuróticos nos angustiamos pensando que el mundo está equivocado y no nos comprende. Estamos convencidos de que poseemos la verdad pero no nos creen. Esta existencia a contrapelo es dolorosa, llena de sinsabores y nos impone el sacrificio de tener que luchar para vivir.
Una de las principales discrepancia que sostenemos con este inhóspito entorno es que no nos valoran por lo que somos sino por lo que tenemos.
Por lo menos a mí, el paraíso se me terminó cuando mamá comenzó a tener otras ocupaciones, a prestarle más atención a mi papá, a mis hermanos, a su trabajo, a sus comedias. Ella no sólo me abandonó ostensiblemente sino que se volvió agresiva al extremo, pidiéndome primero, exigiéndome después y finalmente coaccionándome para que modificara mis hábitos, para que aprendiera destrezas que la independizaran a ella de la ayuda que hasta ese entonces me daba de muy buen grado.
¿Qué la llevó a perder el interés por mí? ¿Por qué ya no me quiere porque soy su hijo sino que me quiere porque tengo buena conducta y obtengo buenas notas en la escuela?
Alguna vez fui valioso sólo por existir ( por “ser”) pero ahora me valoran por lo que pueda dar. ¡He caído dolorosamente y tengo nostalgia de aquella etapa! Es más: reniego de esta nueva realidad e insisto en que valgo por lo que soy y no por lo que tengo y puedo dar.
El otro día escuché en un programa de chimentos de la televisión argentina, cómo una vedette decía, —con total desparpajo—, que ella sólo se vinculaba con hombres adinerados que estuvieran dispuestos a ofrecerle un buen nivel de vida. Sentí vergüenza ajena por ella y lástima ajena por los pobres incautos que se dejaran seducir por alguien tan materialista.
Con estas preocupaciones en mi cabeza, fui a charlar con mi rabino de confianza, quien me escuchó con mucha atención.
Comenzó mirándome a los ojos. Cuando captó que había terminado de desarrollar mi pregunta, siguió en la misma posición pero su mirada ya convergía en algún lugar lejano detrás de mí.
Amagó una respuesta, ... pero no. Repentinamente arrancó, hablando bajito, lentamente, balbuceando quizá.
— Mirá Jaimito, me estás haciendo preguntas que no son propias de tu edad. Se me ocurren algunas ideas pero no sé cómo decírtelas para que sean comprensibles y puedas seguir confiando en mí. ¿Por dónde empiezo? A ver ... intentemos por acá: Esa vedette fue muy sincera y quizá eso es lo más sorprendente. Todos intentamos reeditar aquella etapa en la que pudimos pensar que nos amaban por el solo hecho de existir y también todos lamentamos que aquella etapa no vuelva nunca más.
¿De qué vivimos mi familia y yo? Vivimos fundamentalmente de lo que ustedes nos dan, pero ¿por qué nos dan lo que nos dan? Porque las necesidades espirituales son tan importantes como las necesidades materiales y saben que yo vivo trabajando permanentemente para no fallarles nunca, para estar siempre en el momento que me necesitan, para estar al día con mis conocimientos de las Sagradas Escrituras y de cuanta solución exista que algún día pueda sacarlos de una dificultad. Ustedes no me dan dinero real a cambio de palabras huecas, sino que todos cuentan conmigo para recibir soluciones tangibles en el momento oportuno: ni antes —porque no es bueno para ustedes que alguien les esté augurando peligros—, ni después —porque cuando me consultan necesitan la solución enseguida. También saben que el dinero efectivo, real, verdaderamente útil que ustedes me entregan tiene que ser a cambio de mi trabajo efectivo, real y verdaderamente útil que yo habré de entregarles.
No estoy aquí porque ser un hombre que merece amor graciosamente, sino que soy un religioso que trabaja incansablemente para ganarse minuto a minuto el amor y el respeto de todos mis hijos espirituales. Pero a mi no me quieren por lo que soy sino que me quieren por lo que doy, y para poder dar, primero tengo que conseguir, trabajar, luchar, pelear por la vida.
Me cuesta confesártelo pero te debo respeto, consideración y esfuerzo. Esa vedette vende su glamour así como yo vendo mis conocimientos y una conducta ejemplar para todos ustedes.
— ¡Es mucha información Jacobo! Dame tiempo para digerir todo eso.
— ¿Le digo a Rebeca que te prepare un tecito de boldo, marcela, menta, manzanilla, mixto?
— No, no, era una metáfora.
— Entendí. Era una bromita para distendernos.
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Los neuróticos nos angustiamos pensando que el mundo está equivocado y no nos comprende. Estamos convencidos de que poseemos la verdad pero no nos creen. Esta existencia a contrapelo es dolorosa, llena de sinsabores y nos impone el sacrificio de tener que luchar para vivir.
Una de las principales discrepancia que sostenemos con este inhóspito entorno es que no nos valoran por lo que somos sino por lo que tenemos.
Por lo menos a mí, el paraíso se me terminó cuando mamá comenzó a tener otras ocupaciones, a prestarle más atención a mi papá, a mis hermanos, a su trabajo, a sus comedias. Ella no sólo me abandonó ostensiblemente sino que se volvió agresiva al extremo, pidiéndome primero, exigiéndome después y finalmente coaccionándome para que modificara mis hábitos, para que aprendiera destrezas que la independizaran a ella de la ayuda que hasta ese entonces me daba de muy buen grado.
¿Qué la llevó a perder el interés por mí? ¿Por qué ya no me quiere porque soy su hijo sino que me quiere porque tengo buena conducta y obtengo buenas notas en la escuela?
Alguna vez fui valioso sólo por existir ( por “ser”) pero ahora me valoran por lo que pueda dar. ¡He caído dolorosamente y tengo nostalgia de aquella etapa! Es más: reniego de esta nueva realidad e insisto en que valgo por lo que soy y no por lo que tengo y puedo dar.
El otro día escuché en un programa de chimentos de la televisión argentina, cómo una vedette decía, —con total desparpajo—, que ella sólo se vinculaba con hombres adinerados que estuvieran dispuestos a ofrecerle un buen nivel de vida. Sentí vergüenza ajena por ella y lástima ajena por los pobres incautos que se dejaran seducir por alguien tan materialista.
Con estas preocupaciones en mi cabeza, fui a charlar con mi rabino de confianza, quien me escuchó con mucha atención.
Comenzó mirándome a los ojos. Cuando captó que había terminado de desarrollar mi pregunta, siguió en la misma posición pero su mirada ya convergía en algún lugar lejano detrás de mí.
Amagó una respuesta, ... pero no. Repentinamente arrancó, hablando bajito, lentamente, balbuceando quizá.
— Mirá Jaimito, me estás haciendo preguntas que no son propias de tu edad. Se me ocurren algunas ideas pero no sé cómo decírtelas para que sean comprensibles y puedas seguir confiando en mí. ¿Por dónde empiezo? A ver ... intentemos por acá: Esa vedette fue muy sincera y quizá eso es lo más sorprendente. Todos intentamos reeditar aquella etapa en la que pudimos pensar que nos amaban por el solo hecho de existir y también todos lamentamos que aquella etapa no vuelva nunca más.
¿De qué vivimos mi familia y yo? Vivimos fundamentalmente de lo que ustedes nos dan, pero ¿por qué nos dan lo que nos dan? Porque las necesidades espirituales son tan importantes como las necesidades materiales y saben que yo vivo trabajando permanentemente para no fallarles nunca, para estar siempre en el momento que me necesitan, para estar al día con mis conocimientos de las Sagradas Escrituras y de cuanta solución exista que algún día pueda sacarlos de una dificultad. Ustedes no me dan dinero real a cambio de palabras huecas, sino que todos cuentan conmigo para recibir soluciones tangibles en el momento oportuno: ni antes —porque no es bueno para ustedes que alguien les esté augurando peligros—, ni después —porque cuando me consultan necesitan la solución enseguida. También saben que el dinero efectivo, real, verdaderamente útil que ustedes me entregan tiene que ser a cambio de mi trabajo efectivo, real y verdaderamente útil que yo habré de entregarles.
No estoy aquí porque ser un hombre que merece amor graciosamente, sino que soy un religioso que trabaja incansablemente para ganarse minuto a minuto el amor y el respeto de todos mis hijos espirituales. Pero a mi no me quieren por lo que soy sino que me quieren por lo que doy, y para poder dar, primero tengo que conseguir, trabajar, luchar, pelear por la vida.
Me cuesta confesártelo pero te debo respeto, consideración y esfuerzo. Esa vedette vende su glamour así como yo vendo mis conocimientos y una conducta ejemplar para todos ustedes.
— ¡Es mucha información Jacobo! Dame tiempo para digerir todo eso.
— ¿Le digo a Rebeca que te prepare un tecito de boldo, marcela, menta, manzanilla, mixto?
— No, no, era una metáfora.
— Entendí. Era una bromita para distendernos.
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