miércoles, 25 de septiembre de 2013

El olor corporal de nuestros amigos virtuales




En breve, los híper conectados aunque no muy comunicados internautas, reforzaremos nuestros vínculos enviándonos el olor corporal que nos identifica.

La doctora Kira Radinsky parece ser un nuevo genio, que compite de igual a igual con otros, tales como Marck Zuckerberg (creador de Facebook), Sergey Brin y Larry Page (creadores de Google) y otros igualmente innovadores.

Esta mujer, de 27 años, ha creado un software capaz de predecir el futuro con un 80% de exactitud.

Ella desarrolló un sistema de inteligencia artificial, que administra una enorme cantidad de información, proveniente de publicaciones, enciclopedias, libros, Twitter, Facebook, con la cual cree haber encontrado que «la historia se repite».

El sistema intenta entender alrededor de seis siglos de acontecimientos, con una lógica humana, liberada de la subjetividad (miedos, intenciones, deseos) y de la dificultad para entender millones de datos simultáneamente.

Varios aciertos han elevado el entusiasmo en gente importante, pero no puedo dejar de pensar que, hasta los más importantes, son también seres humanos.

Los seres humanos deseamos desesperadamente bajar nuestros niveles de incertidumbre y, desde tiempos muy remotos, siempre hemos tenido la esperanza de que alguien adivine lo que ocurrirá, tan solo para bajar la molesta incertidumbre.

Por lo tanto, al escuchar el video que les adjunto (1), me quedé con la sensación de que «puede ser»..., o no.

Sin embargo, la «novedosa novedad» me hizo pensar en otra cosa, que es el motivo de este artículo.

Los humanos somos animales gregarios, que necesitamos ser amados y que, actualmente, estamos híper conectados aunque no sé si estamos tan comunicados como desearíamos.

Por lo tanto, desde mi remota computadora, les anuncio el futuro diciéndoles que, en poco tiempo, la deprimida función del correo reverdecerá con pasión amazónica pues alguien encontrará la manera de enviarnos sobres con papeles aromatizados con nuestro olor corporal.

 
(Este es el Artículo Nº 2.031)

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martes, 24 de septiembre de 2013

El cerebro demora y tenemos que esperarlo



 
Aunque actualmente es más difícil esperar, porque muchos procesos se han acelerado, los humanos nunca supimos esperar al pensamiento.

Cuando salimos de nuestras casas, estamos dispuestos a esperar un cierto tiempo a que llegue el colectivo que nos trasladará hasta la zona donde trabajamos.

Si no llega puntualmente, sabemos que tenemos que esperar, a veces mucho tiempo, porque el bus que debía pasar sufrió una avería y la empresa no pudo asignar otro para remplazarlo.

Cuando nos dedicamos a cocinar alimentos, estamos dispuestos a esperar un cierto tiempo a que cada uno de los ingredientes alcance su punto de cocción adecuado.

Sabemos que a veces tenemos que esperar un poco más porque los mismos alimentos pueden ser más duros que otros y tenemos que esperar que se conviertan en tiernos dándoles más tiempo en el hervor.

Los ejemplos de situaciones en las que sabemos esperar son muchos, pero hay una situación, que se nos aparece bastante a menudo, que no aprendemos a tolerar: el pensamiento funciona a una cierta velocidad y, para ir del planteo de un problema hasta su resolución, pueden pasar minutos, horas, semanas, meses, años.

Imaginemos por un instante qué nos ocurriría si, ante una demora en la llegada del bus, retornáramos a nuestra casa y retomáramos la agradable tarea de seguir durmiendo; o qué nos ocurriría si, al instante de poner los alimentos a cocinar, nos diéramos cuenta que aún no se pueden comer y tiráramos todo a la basura.

Siempre ha sido difícil esperar. Los humanos de todas las épocas sufrieron algo de ansiedad: han tenido que esperar que terminen las guerras, las epidemias, las lluvias, las hambrunas, las invasiones.

Ahora es más difícil esperar porque muchos procesos se han acelerado gracias a la tecnología.

Conclusión: al funcionamiento cerebral también hay que saber esperarlo.

(Este es el Artículo Nº 2.030)

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lunes, 23 de septiembre de 2013

La seducción y el riesgo de violación



 
Los ataques sexuales son entendibles, aunque nunca justificables, porque las creencias humanas pueden ser insólitas y conviene tenerlo en cuenta.

Como he dicho en varios artículos (1), parecería ser que son las mujeres las que, cuando están ovulando, seducen a los varones, así como en todas las demás especies mamíferas son las hembras las que, en estado de celo, convocan a los machos para que las embaracen.

Las hembras mamíferas, en general, emiten un cierto olor (feromonas) que excita sexualmente a los machos, pero no podríamos asegurar esto mismo de las hembras humanas, aunque justo es reconocer que, en la actuación seductora, ellas suelen potenciar sus atractivos utilizando perfumes deliciosos.

Los hombres somos casi todos normales, pero una minoría tiene formas de reaccionar atípicas.

Estas anormalidades incluyen las formas personales de interpretar la realidad, diferentes a la interpretación que hace la mayoría.

Así como algunos piensan que nadie los mira, de tan insignificante que se sienten, otros, por el contrario, piensan que todo el mundo está pendiente de ellos y hasta llegan a convencerse de que son perseguidos (paranoia).

Todas las conductas religiosas incluyen algunas percepciones e interpretaciones de la realidad que son especiales, aunque pasan desapercibidas porque el misticismo difícilmente cause problemas sociales.

Así como no sería atinado que alguien anduviera contando dinero por la calle, tampoco es razonable que las mujeres se muestren muy seductoras, pues la Naturaleza genera fenómenos reproductivos absolutamente independientes de los convencionalismos sociales que nos hemos dado para que ninguna mujer sea violada.

Desconocer la condición humana no impide su actuación. Desconocer el impulso sexual incontrolable de algunos varones, no evita que estos ataquen sexualmente a una mujer que, según su particular forma de interpretar lo que perciben, consideren que fueron convocados por ellas.

Las creencias humanas pueden ser insólitas y conviene tenerlo en cuenta.

 
(Este es el Artículo Nº 2.029)

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domingo, 22 de septiembre de 2013

Un cigarrillo para fumar después




La oportunidad de poseer un cigarrillo de tabaco comenzó a obsesionarme.

Tenía doce o trece años y siempre hice lo que debía hacer, guiado por los refulgentes rayos disciplinarios que destellaban los ojos de mi madre.

Nunca pude entender por qué se me metió en la cabeza que era a Luis a quien debía pedirle un cigarrillo para fumarlo después. No era la persona más indicada. Creo que me despreciaba porque me portaba bien y tenía buenas notas en el liceo.

Todos decían que él era la piel de Judas y eso le aportaba un prestigio que para mí era inalcanzable.

Se comentaba que ya se había acostado con mujeres del prostíbulo. Él, ni lo afirmaba ni lo negaba, por eso quedamos convencidos de que lo había hecho, que era un gran hombre, modesto, audaz, un adelantado, un ejemplo digno de imitar, pero lamentablemente me despreciaba y eso me dolía.

Durante muchos años estuve tratando de entender por qué demoré tantos meses buscando la oportunidad de pedirle un cigarrillo para guardarlo y fumarlo después.

El hecho es que mientras juntaba coraje para hacerle ese pedido, solo pensaba en él y en sus aventuras con las mujeres. Lo imaginaba actuando con desparpajo, haciéndoles chistes subidos de tono y avergonzándolas.

Llegué a imaginarlo haciendo el amor alternativamente con una y con otra. En mis fantasías, su prestigio era cada vez más alto. Por eso, cada vez me costaba más pedirle el cigarrillo.

Para nada se me ocurría pedir cigarrillos a otro que no fuera Luis, a pesar de que él no perdía oportunidad de hacerme bromas pesadas, especialmente en la ducha del gimnasio, cuando, con el cuerpo enjabonado, simulaba confundirme con una de sus prostitutas.

La dificultad para hacerle mi pedido comenzó a angustiarme, preocuparme, quitarme el sueño. Pensar que yo fuera incapaz de algo tan sencillo me formaba un nudo en la garganta.

Mi mamá, con su mirada de rayos X, intuyó mis tribulaciones y mandó a mi papá para que tuviera un conversación «de hombre a hombre», pero desafortunadamente, tan pronto me dijo que hablaríamos en esos términos, saltó de mi estómago un llanto tumultuoso que lo hizo retroceder.

Según después me contaron, me agarraba el estómago y la pelvis con cada mano. Mi forma de llorar era diferente a la que conocían. Quedaron muy consternados. De noche, en el dormitorio, hablaban en voz muy baja. Quien más hablaba era la voz grave de mi padre.

La situación comenzó a ponerse más difícil pues la imposibilidad de pedir el famoso cigarrillo era cada vez más mortificante, no podía concentrarme en el estudio y me costaba dejar de mirar la cánula negra de un irrigador rectal que ellos mantenían colgado en el baño.

Un día mi padre me dijo que los tres nos mudaríamos a otra ciudad.

Desesperado, salí corriendo a pedirle un cigarrillo a Luis, me lo dio sin dejar de hablar con otros muchachos y nunca más lo vi.

Aún conserva la deliciosa fragancia del tabaco rubio.

(Este es el Artículo Nº 2.028)

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sábado, 21 de septiembre de 2013

Las dificultades para sintetizar lo que analizamos



 
Para entender tenemos que analizar la realidad, es decir, descomponerla en sus partes, pero luego no logramos rearmarla (sintetizar).

La frase bíblica: «Pasará más fácil un camello por el ojo de una aguja que un rico por la puerta del cielo», no solamente está desestimulando la acumulación de riquezas, sino que además está señalando algo más grave, si consideramos que el «cielo» puede ser algo indiferente para muchas personas.

El centro de este artículo se refiere a que los humanos, para pensar, tenemos que «desmenuzar», analizar, descomponer en sus partes aquello que deseamos entender.

Dicho de otro modo, no podemos pensar ideas muy grandes, generales, complejas. Para entender dónde estamos parados, necesitamos tener nociones sobre cómo es el planeta, luego algo de topografía de los terrenos, los cursos de agua, las poblaciones, los caminos, las calles, las direcciones. Recién entonces podemos entender esos carteles que nos dicen «Usted está acá».

Lo mismo ocurre con la historia, la biología y cualquier otra rama del saber. Como solo podemos entender ideas simples, elementales, básicas, precisamos descomponer las ideas complejas hasta su mínima expresión.

Los idiomas tienen tantas palabras porque deben tener nombres para las partes en que debemos descomponer la realidad y además, para nombrar las relaciones que existen entre esas partes.

Esta miniaturización de la realidad que tenemos que hacer para poder entenderla, podría describirse diciendo que «para poder entender el todo, necesitamos descomponerlo en piecitas que puedan pasar por el ojo de una aguja».

La historia de cómo tratamos de entender lo que nos rodea, no está teniendo un final feliz.

Efectivamente, cada vez que desmenuzamos lo que deseamos conocer, utilizando miles de palabras para describir pieza por pieza y sus posibles vinculaciones, tenemos dificultades para rearmar lo que habíamos desarmado (analizado). De hecho, nunca pudimos revivir un camello.

(Este es el Artículo Nº 2.027)

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