lunes, 26 de agosto de 2013

Mentir es una reacción provocada por la intolerancia




Me refiero al acto de mentir como si fuera legítimo porque la falsedad es una reacción inevitable contra la intolerancia.

Mentir es una actividad necesaria porque quienes nos rodean no están permanentemente dispuestos a aceptar cómo somos y a legitimar nuestros gustos.

La mentira surge por una suerte de intolerancia a quienes piensan, sienten y desean diferente.

Quien no puede entender ni admitir que otros piensen, sientan y deseen de forma diferente a la suya, adoptan una actitud agresiva como si esas diferencias constituyeran realmente un cuestionamiento a sus preferencias.

Por ejemplo, si yo fuera vegetariano e intolerante, quizá ataque a quienes coman carne por interpretar que su actitud encierra una crítica velada, oculta, disimulada a mi preferencia por los alimentos vegetales.

Dependiendo de quiénes nos rodean, la necesidad de mentir puede ser mayor o menor.

Esta necesidad también depende de cuán especiales sean mis creencias, gustos, elecciones.

En otras palabras, la mentira procura suavizar los desniveles que nos separan de los demás. Mentimos para acercarnos a los demás o para evitar que se alejen.

Mentimos porque no tenemos más remedio, por obligación, porque nos sentimos con derecho a satisfacernos aún cuando algunas personas nos reprueben.

Como en tantas otras actividades, a  veces perdemos la noción de medida y, creyendo que somos capaces de abarcar más y más tareas, aumentamos nuestra generación de falsedades hasta un punto en el que perdemos la eficacia que teníamos cuando dicha producción era menor.

Como usted puede ver estoy comparando, igualando, asemejando, a la producción de falsedades con otras acciones menos condenables, como son trabajar, producir, gestionar, estudiar, tener hijos, ampliar nuestro negocio.

Como usted puede ver también, me refiero a una acción condenable (mentir) como si fuera satisfactoria.

Lo planteo de este modo porque la falsedad es inevitable cuando la tolerancia es baja.

(Este es el Artículo Nº 2.001)

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domingo, 25 de agosto de 2013

El gran amor de Mariana



 
Mariana nació en un hogar como todos, es decir, único, diferente a cualquiera, exclusivo: sus padres eran únicos, sus hermanos irrepetibles, ninguna otra casa era como aquella, en ubicación, en diseño, en tamaño, en colores, en orientación respecto al sol, por las corrientes de aire que podían atravesarla, por el perfume que salía de las paredes, de los muebles de madera, de los hules plásticos, de la cera del piso, y el que aportaban los cuerpos de cada uno de los seis habitantes.

La madre, doña Leonor, resistía estoicamente los interminables pedidos de incorporar alguna mascota. Para ella ningún animal debía estar expuesto a ese encarcelamiento apartado del hábitat natural. De nada valieron ruegos, promesas, amenazas, incorporaciones por la vía de los hechos: ella no los permitía y su esposo, don Mario, la apoyaba, en esta decisión que él no compartía, y en cualquier otra porque, según él, su hogar era un matriarcado monárquico con acceso al autoritarismo cada vez que las circunstancias así lo requirieran.

Quienes por nuestro trabajo como asistentes sociales conocíamos muchos hogares sabíamos que esta era una familia ejemplar, pero también entendíamos que a Mariana, la hija mayor, no le gustara ser modelo de nada. Por eso, con 17 años, quería irse, enamorarse e irse, lejos de esa casa donde no se podía tener un perro.

Con ese punto de vista no tardó en enamorarse..., de mí. Yo siempre la miraba pero nunca pensé que pudiera tener tanta suerte como para que ella me correspondiera.

Me sentía millonario, feliz, radiante y urgido para casarnos y darle el gusto de que se alejara de su familia.

Así ocurrió en pocos meses. Creo que cometí algunas locuras en mi afán de que no le faltara nada en SU casa.

Mi endeudamiento trepó hasta darme vértigo, pero mi pasión por ella era un anestésico para la cordura.

Tuvimos dos hijos y yo no paraba de pagar deudas originadas en la compra de lo que ella me pidiera y también de lo que solo mirara con ojos anhelantes.

A los tres años, aprovechando que los niños estaban en una fiesta de cumpleaños, Mariana me abrazó y me dijo: «Estoy enamorada».

Se me llenaron los ojos de lágrimas, ella lo detectó al instante y me agregó muy triste: «...pero de otro hombre».

No sé si sufrí un infarto, ni quise enterarme porque no me importó más nada.

Su frase fue como una guillotina que me destrozó. ¡Nunca lo hubiera imaginado!

Lloré desconsoladamente durante días, ella me abrazaba y me acariciaba el cabello. Imaginé mil escenas eróticas con otro hombre, me apretaba los ojos para dejar de imaginármelas.

Repentinamente, Mariana falleció.

Buscando entre sus cosas encontré los datos y las fotos del otro hombre. Fui a su casa a informarle de la muerte de su amada Mariana y el hombre, con un gesto que no entendí, me dijo: «Ah, sí, quizá sea una señora que me saca fotos cuando llevo a mis hijos a la plaza».

(Este es el Artículo Nº 2.000)

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sábado, 24 de agosto de 2013

El mercado nos prefiere intolerantes



 
Porque el márquetin nos induce a ser compradores compulsivos, ansiosos, intolerantes, nuestra personalidad es menos apta para criar niños.

En nuestra cultura tienen un gran protagonismo acciones tales como:

Incitar, promocionar, estimular, excitar, promover, alentar,  provocar, pinchar, aguijonear, soliviantar, picar, calentar la cabeza, hacer desear, dar manija.

Así como los granjeros preparan al animalito que piensan faenar para ser comido en las fiestas tradicionales de cada pueblo, los comerciantes, industriales, financistas, y demás consumidores del mercado consumidor, realizan algunas de las acciones enumeradas en el párrafo anterior.

Obsérvese que dije: «consumidores del mercado consumidor»: sólo para ponernos de acuerdo les comento que los compradores somos en cierto modo faenados, comidos por quienes se alimentan de nosotros, esto es, el mercado de ofertas de nuestra sociedad.

La publicidad que recibimos no es otra cosa que esa preparación que ellos nos hacen predisponiéndonos para que compremos lo que ellos producen y venden.

Repito: los consumidores somos para los vendedores algo muy parecido a los  pavos, los pollos, los conejos o los cerdos que finalmente terminan en la mesa familiar para deleite de los comensales.

Con esa preparación los potenciales compradores necesitamos estar estimulados para desear intensamente eso que ellos venden. A eso se dedican el márquetin, la publicidad, la mercadotecnia.

Uno de las influencias principales consiste en bajar nuestra tolerancia a la frustración.

Un buen comprador es aquel que no soporta durante mucho tiempo un deseo, un antojo, una necesidad, insatisfechos. Los vendedores aman a los compradores compulsivos, desesperados, quienes gastan hasta lo que no tienen y se endeudan hasta en lo que no podrán pagar.

Por lo tanto, es útil reconocer que estamos siendo estimulados científicamente para que seamos intolerantes, irritables, ansiosos, apurados, irreflexivos, impulsivos, temerosos, dependientes, sumisos, hedonistas.

Con una personalidad así no tenemos paciencia para criar niños.

(Este es el Artículo Nº 1.999)

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viernes, 23 de agosto de 2013

La belleza y las hormonas



 
Los cónyuges comienzan a verse recíprocamente feos cuando los ovarios dejan de producir las hormonas estimulantes de la fecundación.

Los humanos tenemos dificultades con la verdad y la mentira porque todo indicaría que nuestro cerebro se entera de muy poco.

Para quienes gustan de coleccionar palabras poco usadas pueden comprobar si ya tienen el vocablo «gnoseología», que significa «Teoría del conocimiento» y, otra muy sonora: «epistemología»: «Doctrina de los fundamentos y métodos del conocimiento científico».

Cualquiera de las dos se vincula a la investigación sobre si podemos conocer o no y qué podemos hacer para comprobar si lo que averiguamos es cierto o falso.

Por lo tanto, si lo que voy a decirle le parece imposible, al menos concédale el beneficio de la duda.

Si fuera cierto que en la especie humana es la hembra quien convoca a los machos cuando está en celo, entonces la mujer, que se observa tratando de seducir a un cierto varón. podría interpretar su actitud como que está en celo y que ese príncipe azul es el que su instinto le recomienda para padre de sus hijos.

A partir del momento que la mujer está abocada a conquistar al hombre que desea, se crea toda una coreografía muy variada, pero que en esencia consiste en el intento de estimularlo sexualmente para que se desespere por acostarse con ella.

Ante estos fenómenos hormonales, decorados por miles de aderezos románticos, poéticos, artísticos, delirantes, musicales, ambos se ven maravillosos, hermosos, perfectos, divinos, adorables: ella lo ve así y él la ve así..., y de nada servirá que algún atolondrado (padres, amigos, familiares) intente persuadirlos de lo contrario.

Nacidos él o los hijos y cuando las hormonas de ella disminuyen en cantidad, ella comenzará a verle defectos a él y él no la verá tan bella.

¡Fin!

(Este es el Artículo Nº 1.998)

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jueves, 22 de agosto de 2013

Insuficiencia renal-periodística



 
El periodismo cumple una función similar a los riñones. Nuestro malestar cultural está (¿parcialmente?) provocado por una insuficiencia renal-periodística.

La racionalidad es una deficiencia intelectual que se manifiesta porque son descartadas todas las ideas que no cuentan con una elevada dosis de lógica formal.

La lógica aporta un criterio ideal sobre cómo deberían ser las cosas, de ahí que, la racionalidad es una deficiencia intelectual que rechaza o condena todo aquello que no sea perfecto..., según el referido criterio ideal de las cosas.

Para pensar que la realidad social podría compararse con el funcionamiento corporal de un ser humano, hace falta apartarse bastante del perfeccionismo porque una metáfora apela a semejanzas, no a identidades.

En esta línea, es posible que nuestras sociedades, pensadas como un cuerpo humano, podrían estar adoleciendo de insuficiencia renal, porque el periodismo no está pudiendo cumplir su función de ser independiente y profesional.

Los riñones, al filtrar la sangre, cumplen la imprescindible tarea de retirar las impurezas del cuerpo. De no hacerlo, ese cuerpo se intoxica a sí mismo y muere.

En los países donde dicen organizarse según criterios democráticos, tenemos un partido político mayoritario que ejerce el mayor peso en las decisiones que se toman, controlado por varios partidos políticos minoritarios que ejercen la función de vigilar el cumplimiento de las normas.

Sin embargo, el periodismo está encargado de comunicarle al pueblo todo lo que está pasando y que, supuestamente le corresponde saber.

Una insuficiencia renal ocurre a nivel de país cuando este oficio (este riñón), por algún motivo, manipula la información, quizá deformándola conceptualmente, o administrándola como para que sea el énfasis, (la reiteración, la adjetivación, la argumentación), el que provoque entre los gobernados una opinión favorable a ciertos intereses que comparte el periodismo.

Nuestro malestar cultural está (¿parcialmente?) provocado por una insuficiencia renal-periodística.

(Este es el Artículo Nº 1.997)

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