sábado, 31 de julio de 2010

El orgullo constructivo del filósofo

Filosofar es mostrar que las cosas no son como parecen.

Si los humanos nos ponemos a mirar un fenómeno extraño y cada uno dice lo que le parece que es, filósofos son aquellos que logran dar opiniones atinadas, verosímiles pero diferentes a lo que piensa la mayoría.

Propongo otro ejemplo: ese mismo grupo de personas mira un espectáculo de prestidigitación (un mago o ilusionista). Filósofos son aquellos que, no pudiendo dar crédito a las apariencias (a lo que todos creen ver), piensan, analizan, observan, hasta construir una hipótesis (teoría) que explique racionalmente lo que ven, desbaratando de esa forma el encanto de presenciar algo mágico, milagroso, fascinante.

Estoy diciendo que para los filósofos, la inseguridad, la duda, la desconfianza, son características profesionales.

Por definición, no puede existir un filósofo confiado, crédulo, ingenuo.

Pero además de esta paranoia que precisan (para poder ejercer su rol), también son un poco amantes del dolor, de la frustración, no privilegian la búsqueda del placer o, directamente, huyen de él.

Según parece, esa mayoría que opina de una cierta forma, lo hace porque le gustaría que así fueran las cosas. Por ejemplo, esa mayoría que afirma que el sol sale por oriente y se oculta por occidente, desconoce placenteramente que es la rotación de la Tierra la que nos da esa engañosa sensación.

En suma:

La mayoría ama creer lo que le gusta, la buena noticia, la realidad más placentera, la que mejor se ajuste a lo que ya sabe, a la tradición, a lo que piensan los demás, aman las ideas heredadas de gente querida, respetable y venerable. Son conservadores.

Los filósofos aman no pertenecer a la mayoría e intentan justificar responsablemente esa petulancia (engreimiento, vanidad), construyendo teorías displacenteras, desilusionantes, revolucionarias, transgresoras, rupturistas, que a veces se confirman. Son progresistas.

Artículos vinculados:

El fracaso perseverante
Temas prohibidos
Lo feo queda para después

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viernes, 30 de julio de 2010

¿Qué carnada prefieres?

En la literatura (filmada o leída), suelen aparecer personajes que exhiben un particular desprecio por los bienes materiales (tiran la comida, maltratan la ropa, destrozan vehículos).

Estos detalles están puestos ahí por el autor, para sugerir rápidamente el desapego que el personaje tiene por lo material, precisamente por la importancia que le concede a los sentimientos, lo espiritual y demás valores superiores.

Esas obras literarias están dirigidas a un público que fácilmente puede entrar en la ficción de que existen personas adultas capaces de funcionar como niños.

Los amantes de esas ficciones disfrutamos imaginando (consumiendo imágenes visibles o descriptas con palabras) que

— es posible ser ingenuo y pragmático;
— inocente pero sagaz;
— crédulo pero realista;
— con inteligencia normal pero con una perspicacia infalible;
— no haber estudiado pero recordar el texto de todos los poemas;
— normal pero con destrezas iguales a quienes le dedican una vida a perfeccionar una habilidad (baile, puntería, acrobacia).

Es parte de nuestra naturaleza acercarnos a lo placentero y alejarnos de lo desagradable.

Si observamos que el personaje de ficción que amamos (a quien desearíamos parecernos para que otros nos amen como nosotros lo amamos a él), tira la comida, se ensucia y exhibe un obsceno desapego por los bienes materiales, no podremos evitar la tentación a hacer lo mismo.

Quienes nos invitan a gastar todo nuestro dinero en lo que venden, tratan de seducirnos con lo que a nosotros nos gusta, con idéntico criterio al que usan los pescadores para con sus peces.

En suma: usted, yo y todos los demás, somos peces que muchos vendedores desean pescar.

Eso que vemos y nos gusta, es una carnada.

La buena noticia —si se puede decir así—, es que esa carnada no contiene un anzuelo mortífero, porque el pescador sólo quiere tenernos en su pecera para seguir disfrutándonos.

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jueves, 29 de julio de 2010

Pesimismo en defensa propia

En general, creemos conocer a alguien cuando nos enteramos de sus aspectos más negativos.

El poderoso instinto de conservación, hace una selección pesimista de la información que nos llega.

Como dicho instinto sólo se interesa por nuestra sobrevivencia y la sobrevivencia de la especie, no se preocupa para nada de la calidad de vida.

Ciegamente, ese instinto trabaja para que el fenómeno vida nunca se detenga.

Como estamos determinados por él y queremos ser inmortales, no nos animamos a condenar ese afán cuantitativo, tan prescindente de los valores cualitativos.

Muchas veces se nos oye criticar tímidamente a la medicina, cuando puede llegar al ensañamiento terapéutico con tal de mantener vivos a sus pacientes, pero tenemos que reconocer que los médicos también responden ciegamente a un instinto tan poderoso e intransigente.

Privilegiamos la información negativa en defensa propia, para sobrevivir, por razones instintivas.

A su vez, podemos constatar que el grado de pesimismo operante en cada individuo, suele estar relacionado con lo que le ha tocado vivir.

Algún escéptico dijo que «un pesimista no es más que un optimista con experiencia».

Cuando dos personas se divorcian, viven situaciones que —por muy dolorosas—, se tornan inolvidables.

Como dije, nuestra forma de funcionar bajo las órdenes inapelables del instinto de conservación, nos induce a sobrevalorar los aspectos peligrosos, desagradables y negativos.

Por otro lado, para una mayoría, es casi imposible soportar la soledad.

Dentro de esa mayoría, surgirán intentos de formar nuevos vínculos amorosos que terminen con la dolorosa falta de compañía.

Resumen y conclusión:

En todos estos fenómenos, hay una trampa digna de mención.

Dado que el instinto de conservación nos obliga a pensar que recién conocemos a nuestro cónyuge cuando nos divorciamos, todo nuevo candidato será un desconocido … y nadie desea unirse a quien no conoce.

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miércoles, 28 de julio de 2010

Los que alaban mi belleza, son hermosos

El mito de Narciso es muy conocido por los psicoanalistas, porque se presta para entender una característica psicológica plena de rasgos perturbadores, sin olvidarnos del exacerbado narcisismo que tenemos los profesionales en general.

Se trataba de un joven muy bello, que todos deseaban.

Cuando digo «todos», me refiero a varones y chicas, ya que en Grecia, preferían el amor entre hombres, aunque toleraban muy bien el amor heterosexual.

Este joven tan popular, sintió sed y al reclinarse sobre un lago para beber, no pudo ceder a sus propios encantos, al punto que, en el intento de aproximarse a su imagen reflejada, cayó al agua y se ahogó.

En ese lugar, nació una flor que aún hoy seguimos llamando por su nombre.

Los escritores han tomado muchas veces este mito para adornarlo a su gusto, porque ellos y los psicoanalistas, somos muy narcisistas.

Creo que fue Oscar Wilde, un narcisista escritor irlandés (1854-1900), quien redactó el mito diciendo que Narciso se ahogó, todas las flores se pusieron tristes y le pidieron al lago que les diera de su agua para generar más lágrimas.

El lago les preguntó por qué tanta amargura y las flores le contestaron que lamentaban la muerte de un joven tan bello.

Perplejo por esta respuesta, el lago quedó pensativo y les dijo: — Yo lo amaba porque en el brillo de sus ojos se reflejaba mi propia belleza.

Para ir terminando este artículo, habrán notado que todos, con mayor o menor humidad, con mayor o menor sinceridad, nos amamos, nos gustamos, preferimos nuestra persona, nuestras ideas, nuestros gustos.

También habrán notado que algunas personas son lindas y que algunas personas son fotogénicas.

Quizá alguien nos parece bello o fotogénico, cuando sentimos que nos mira (a nosotros o al lente de la cámara fotográfica), como si aprobara nuestra belleza.

Nota: las fotos pertenecen a Araceli González y Gérard Depardieu, linda y feo, aunque fotogénicos.

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martes, 27 de julio de 2010

La moda anticonceptiva

Al cosmos poco le importa si la Tierra está o no está.

Esa gran masa fragmentada, en continuo movimiento y transformación, tiene su propia dinámica.

Desde el punto de vista humano, todo parece funcionar según nuestros criterios.

Diría que es inevitable esta percepción, así como un gato no puede dejar de ver la realidad que lo rodea, desde el exclusivo punto de vista felino.

Suponemos (equivocadamente quizá), que para la naturaleza es tan importante como para nosotros, que no se extinga la especie humana.

Parecería ser que las cosas funcionan de una cierta manera, sin auto-percibirse, sin re-flexionar, movidas por causas físicas y químicas, aunque nosotros estemos condicionados para atribuirle características humanas.

Ocurre algo similar en las fábulas. Los animales piensan, razonan, discuten, aunque todos sabemos que eso es pura ficción.

Si podemos aceptar esta radical indiferencia deshumanizada del universo al cual pertenecemos, podemos aceptar —como hipótesis—, que nuestra especie ya no necesita tener más ejemplares.

La medicina logró aumentar la longevidad, la informática nos quitó fuentes de trabajo y hace mucho que no tenemos guerras mundiales.

Este escenario podría dar lugar, a un fuerte desestímulo de la actividad reproductiva.

Nuestras familias son más chicas y la maternidad ya no es un rol tan prestigioso, como lo fuera cuando existían estímulos para expandir los índices demográficos.

La falta de interés por reproducirnos, se manifiesta en que:

— ahora tenemos más barreras anticonceptivas que hace cien años;

— la prohibición del aborto, obliga a la mujer a ser un agente anticonceptivo muy enérgico, porque la sociedad la castiga imponiéndole la obligación perpetua de cuidar a su hijo;

— aceptamos y favorecemos las uniones homosexuales, porque no fecundarán;

— más personas vuelcan su amor hacia una mascota, con la que tampoco puede haber reproducción;

En suma: nos queremos menos por razones demográficas.

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lunes, 26 de julio de 2010

Mi perro y yo

Los cuatro que llegaron primero al salón de clase, se pusieron a conversar:

María — ¿Qué tal, cómo están, cómo se encuentran para el examen?

José — ¡Hola, cómo van! ¡Qué calor insoportable! No pegué un ojo en toda la noche.

Susana — ¿Qué cuentan? ¿Alguien conoce un mecánico de autos para recomendarme?

Pedro — ¡Amigos! ¿Alguien vio la peli que pasaron anoche por la tele?

Notoriamente estos compañeros de estudios se ignoran, no se comunican, no forman un grupo y mucho menos un equipo.

Ya se ha dicho mucho sobre el efecto que provocó en la comunicación familiar, la incorporación de los aparatos de radio a principios del siglo 20 y del televisor a mediados del mismo siglo.

El diálogo entre los familiares, se empobreció primero y casi desapareció después.

Los programas informativos son sagrados y nadie debe perturbar su audición con tonterías personales como una pelea en el colegio, la inesperada ausencia de una menstruación o la eventual pérdida del trabajo.

Sin embargo, antes del siglo 20, ya era muy bien visto que los ciudadanos fueran lectores.

La concentración en la lectura también aísla al lector del resto de la familia y de sus inquietudes, problemas, angustias.

Hace siglos que es moda aislarse (leyendo, escuchando radio, mirando televisión, jugando con Play Station o el celular).

Observemos que en última instancia, esta actitud equivale a una mudanza. Cada uno se evade del lugar donde está y se mete en una novela, un radio-teatro, un noticiero, o en el juego Fifa 2010.

Esta huida del lugar, suele estar acompañada de una huída de la época.

Gran parte de nuestra atención está puesta en lo que pasó (nostalgia, duelos, recriminaciones) o en lo que vendrá (proyectos, esperanza, ciencia ficción).

En suma: la única que nos conecta con el aquí y ahora, es nuestra mascota.

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domingo, 25 de julio de 2010

Servicial hasta el fin

Yo quiero a mis pacientes. No a todos por igual, claro.

A algunos los espero con entusiasmo, a otros con nerviosismo y a otros con una discreta resignación.

Hablando con otros colegas, lo comparo con aquellas familias en las que los padres de quince o veinte hijos, eran capaces de trasmitirles a todos la sensación de ser amados, considerados, merecedores de apoyo, estímulo y recursos similares, para que cada uno desarrollara sus potencialidades.

Pero hay algo en el sexo masculino que nos induce a la taberna, al club, al núcleo de amigos.

Después de la hora veinte, anhelo que mi celular suene con el mensaje «Vienes?»

Son ellos, mis contertulios de un simpático bar que está a pocas cuadras del consultorio.

No soy un gran bebedor de alcohol, pero soy un escuchador insaciable.

Las anécdotas que refieren a dificultades psíquica, son narradas mirándome a mí especialmente.

Un policía jubilado, (arquitectónicamente hermoso, tendría que haber sido actor de cine), contó de un anciano que murió al caer por una escalera interior.

Sus ex-colegas lo invitaron a entrar al poco rato del accidente y él agradeció el gesto porque sigue amando su profesión.

La casa era un revoltijo de papeles, apilados en montañas por todos los rincones y llenos de números. Predominaban enormes divisiones con muchos decimales.

La viuda no lloraba y tenía una mirada serena con algo de estupor.

Le había pedido al marido agua para tomar un medicamento y él, al bajar con el vaso, rodó golpeándose muchas veces hasta morir.

Nuestro bello jubilado agregó que el policía más detectivesco, les hizo notar que el vaso nunca había perdido la vertical, porque conservaba su contenido junto al cuerpo del servicial esposo.

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