sábado, 31 de octubre de 2009

La felicidad delictiva

Una de las Siete Maravillas (el Templo de la diosa Artemisa [o Diana]) fue incendiada para llamar la atención.

Esto ocurrió más de trescientos años antes de nuestra era en un lugar de Asia (Éfeso) que hoy pertenece al territorio de Turquía.

La persona que perpetró este crimen (Eróstrato) logró su objetivo. Por lo tanto el método destructivo para lograr el tan codiciado ascenso a la fama sigue siendo eficaz.

Por ejemplo, asesinar personas muy importantes (Olof Palme, John Kennedy, John Lennon) puede tener como pequeño móvil el trascender, pasar a la historia sea como sea.

Quienes juzgaron a Eróstrato fueron muy sabios pero fracasaron.

Efectivamente, en la sentencia se prohibió bajo pena de muerte el registro de su nombre... pero ya ve: 2.300 años después seguimos hablando de aquel incendiario que sólo quería ser famoso.

Aprendemos mucho de la psicología humana gracias a estos casos tan excepcionales, llamativos, escandalosos.

Porque el asunto no para en este señor Eróstrato o en cualquier otro homicida de personalidades célebres (magnicida), sino en lo que estamos haciendo todos los días las personas comunes y corrientes.

El miedo a la muerte definitiva (remarco lo de «definitiva» porque hay quienes creen en la reencarnación o en vidas futuras) es una fuente de angustia que no sabemos cómo detener.

Algunos de los recursos más frecuentes para repetir la actitud de Eróstrato (aunque en escala más pequeña) es, por ejemplo, cumplir con la receta clásica de «Tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro».

Otra receta consiste en tener un hijo varón para que el apellido se conserve en futuras generaciones.

Más genéricamente, todos tenemos algún complejo de inferioridad y éste se convierte en la causa principal que puede inducirnos a incendiar un templo, inventar una vacuna, obtener un Premio Nobel o las extravagancias más inverosímiles.

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viernes, 30 de octubre de 2009

No al aborto. Sí a la castración.

Puesto que nuestra única misión es conservar la vida propia y la de la especie y dado que la naturaleza es la Ley Superior que nos gobierna a todos, es probable que muchas veces no podamos controlar nuestro deseo sexual.

Los seres humanos —a diferencia de las demás especies—, creamos nuestras propias normas, muchas de las cuales contravienen esa Ley Superior de la naturaleza (la gran Constitución).

Cuando una mujer queda embarazada sin desearlo es porque la naturaleza hizo su trabajo y ella no pudo evitarlo.

La legalización del aborto es una mala solución para una peor transgresión porque cuando las normas de convivencia humanas contravienen las leyes naturales, están viciadas de nulidad.

Entonces, la prohibición del aborto intenta defender la Ley Superior pero sin enmendar la inconstitucionalidad de las normas que perjudicarán a esa mujer.

Quienes defienden la prohibición del aborto prefieren desconocer que están sometidos a sus instintos como cualquier otro animal.

La actitud condenatoria hacia la mujer que necesita interrumpir su embarzo es despiadada: «Lo hubiera pensado antes» dicen estos seres humanos que (según imaginan) todo lo pueden.

Este sentirse superior a las demás especies es una actitud arrogante, pero sentirse superior a los propios semejantes es patológico.

No es extraño que estos defensores de la naturaleza dependan del amor de una mascota a la cual privan de su libertad. O —peor aún— también la castran para que no moleste con su vergonzosa obediencia a las leyes naturales.

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jueves, 29 de octubre de 2009

«Doctor, necesito que cambie para mí»

Es comprensible que las personas no consulten a un psicólogo (o psiquíatra) y sí lo hagan con un médico.

La psicología tiene cosas raras que para muchas personas terminan siendo preocupantes por la simple razón de que todo lo desconocido puede transformarse en misterioso y lo misterioso casi siempre produce miedo.

Algo muy difícil de entender (al punto de que muchos psicólogos tampoco lo saben o lo entienden) es que la curación del paciente depende en gran medida de que el terapeuta cambie.

Se lo diré de otra forma tomando como ejemplo al médico porque todos sabemos cómo trabaja.

Imaginen un mundo al revés en el que el enfermo de gripe consulta al médico y éste, para curar a su paciente tiene que hacer cambios en su propio cuerpo.

No digo que el médico tenga que contagiarse la gripe; lo que digo es que en esta ficción el médico tendría que cambiar la manera de respirar, o tendría que volverse transitoriamente diabético, o tendría que dejar de comer frutillas porque le producen alergia.

¿Es difícil de aceptar algo tan disparatado verdad?

Observen esto: Un psicólogo utiliza sus propios sentimientos para entender al paciente. Lo que siente por él produce ciertas reacciones en el paciente, que al principio están en sintonía con el padecimiento (síntoma) que lo obligó a consultar.

Para cambiar los afectos del paciente el psicólogo tiene que modificar su forma de reaccionar ante él. Si lo logra, el paciente comenzará a cambiar sus afectos y así devendrá la cura.

Por eso, para que cambie el paciente, primero tiene que cambiar el psicólogo.

¿Es raro? Sí, tiene razón, es raro. Pero es así.

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miércoles, 28 de octubre de 2009

Mi amigo el estrés

Es por todos conocido que el estrés es dañino, que perjudica nuestra salud, nos enferma y pone en riesgo nuestra calidad de vida e inclusive la vida misma.

Pero para entendernos mejor debemos estar de acuerdo en que lo perjudicial es el estrés exagerado, desmedido, excesivo, ya sea en intensidad o en duración.

El instinto de conservación es poderoso y nuestro mejor amigo. Sin embargo, es muy grosero, violento, despiadado.

Comienza manifestándose con el estrés pero luego puede seguir con enfermedades, contracturas y señales aún peores.

Es un error conceptual suponer que el instinto de conservación y el estrés son enemigos.

Una mala relación con estos fenómenos suele ser causada por la falta de experiencia o ignorancia.

Comprenderlos depende en gran medida de nuestras experiencias de vida (si hemos padecido situaciones traumáticas, si hemos sorteado o no momentos angustiantes).

Las experiencias de vida son un capital muy valioso que podemos definirlo como sabiduría, conocimientos, información.

Saber, estudiar y aprender nos permiten acceder a experiencias que mejoran nuestra relación con este buen amigo bruto y desconsiderado (el instinto de conservación).

Si bien es cierto que no contamos con buenos instintos como los demás animales, podemos compensar esa carencia estudiando, aprendiendo, informándonos.

A medida que hacemos todo esto (leyendo, escuchando a los demás, preguntando, haciendo cursos), nuestra vida comienza a enriquecerse con la experiencia de muchas personas y eso nos da un gran poder.

El gran poder se logra porque cada vez tendremos menos problemas con las leyes de la naturaleza.

En suma: Para que el estrés que nos provoca el instinto de conservación no se vuelva peligroso, tenemos que cumplir primero con las normas de la naturaleza y después con las normas de la sociedad (en este orden).

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martes, 27 de octubre de 2009

La memoria del mesero

Un anciano yacía en su lecho de muerte. Cuando sintió que había llegado su hora llamó a un joven que a veces hablaba con él.

Le contó que era un científico, que había resuelto un antiguo enigma, pero que la enfermedad lo había sorprendido antes de hacer la publicación de su gran descubrimiento.

Le pidió que escuchara lo que tenía que contarle antes de morir y así comenzó a decirle complicadas fórmulas.

El joven lo miraba con atención y cuando el moribundo terminó, tuvo que repetirle todo lo que había escuchado.

El anciano sonrió complacido de que el esfuerzo de muchos años no había sido inútil y pudo morir tranquilo gracias a este servicial desconocido.

En una reunión casual con cuatro colegas, fuimos a tomar y comer algo a un bar próximo a un centro de convenciones donde estábamos reunidos.

El mesero nos trajo los cinco menúes para hacer nuestros pedidos y cada uno solicitó cosas diferentes agregando ciertas particularidades: «la carne que no esté muy cocida», «la bebida tráigamela junto con la comida», «los tallarines con poca salsa», «las verduras las quiero sin sal», «¿me alcanza el diario de hoy por favor?».

Quedamos admirados de su memoria y le preguntamos por ella.

Muy solícito nos dijo: «Para los meseros es normal acordarnos de cosas insólitas aunque al minuto las olvidamos. Cierta vez pude repetir extrañas fórmulas a un anciano que falleció feliz gracias a que pensó que yo podría recordarlas mucho tiempo».

El órgano capaz de estas proezas es el hipocampo y tenemos dos ubicados en el cerebro.

En la enfermedad de Alzheimer, es el primero en sufrir daños que se verifican por la pérdida de memoria.

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lunes, 26 de octubre de 2009

Los costos de amar por obligación

Una característica de nuestro cerebro es que cree ver en sus semejantes un reflejo suyo.

Nos miramos como si, en lugar de ser personas diferentes, el otro fuera un espejo nuestro.

Parece disparatado pero no lo es tanto.

Esta es la causa principal de la intolerancia.

Un europeo puede rechazar a un gitano o un americano de raza blanca puede rechazar a un indígena, porque tanto el gitano como el indígena no han reflejado lo que el europeo o blanco esperaban.

La piel más oscura, la adoración a otros dioses, bailes diferentes, son más que suficientes para tomar distancia de esos «espejos fallados» (porque no devuelven la imagen que pretendemos ver).

El rechazo al diferente a nosotros es un impulso irracional que la educación pretende revertir.

Esta educación que nos dota de cierto control también podemos llamarla hipocresía.

No solamente se puede disimular bastante bien el rechazo que nuestro cerebro siente por los diferentes (física o culturalmente) sino que hasta pueden instalarse actitudes drásticamente opuestas a nuestro impulso natural, esto es, la aproximación deliberada a los que son diferentes.

«Nadie regala nada» y la naturaleza es la primera en cobrarse las transgresiones a sus Leyes.

La actitud tolerante es necesaria pero tiene costos que pagamos tarde o temprano.

El fundamento de que algo está vigente porque siempre se hizo así no es válido. Siempre tratamos de superar este rechazo al diferente pero no siempre lo logramos.

La pregunta que deberíamos hacernos para no actuar por simple costumbre es ¿Cuánto cuesta en términos de salud personal y colectiva forzar la tolerancia?

Si llegáramos a una respuesta podríamos procurar una mayor tolerancia al menor costo posible.

Bajando este costo podríamos ser más tolerantes.

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domingo, 25 de octubre de 2009

Te doy, te quito, te doy

A la señora Rosa Méndez es difícil que algún día la olvide porque me tuvo en su vientre y luego me abandonó causándome trastornos emocionales que cuando tenía ocho años se complementaron con una insuficiencia cardíaca incontrolable.

Ya había comenzado a ser tratada por una psicóloga amiga de la familia de mis abuelos y luego enriquecí mi pequeña agenda rosada con las consultas a muchos cardiólogos que no se ponían de acuerdo excepto en que lo mío era grave.

Alguien sagaz podría haber previsto mis complicaciones al ver los dibujos con gente vestida a la que se le veía el corazón por sobre la ropa.

Cuando cumplí once años la salud sólo podía mejorarse con un trasplante.

Mi abuela pasó de ser un ama de casa preocupada por las historias televisadas a ser ella misma televisada en la búsqueda de algún donante.

Tres años después recibió una llamada de Buenos Aires: habían encontrado el tan anhelado remplazo.

Llegó en un avión en una caja que parecía una heladera para ir de paseo campestre, me prepararon, trataron de que no me asustara, no lo lograron, entré al quirófano y ahí perdí el sentido.

Las dosis de cariño, amor y mimos que me propinaban después podrían haberme ahogado, pero logré sobrevivir también a eso.

Mi vida cambió completamente porque de estar prácticamente postrada, pasé en dos meses a ser una jovencita entusiasta, con ganas de cobrarse al contado todo lo que no había podido disfrutar.

Pero como nada es perfecto, los sueños habituales se convirtieron en horribles pesadillas en las que siempre querían matarme, golpearme, tirarme a un pozo, clavarme un cuchillo.

Cambié por tercera vez de psicoanalista porque acostarme a dormir me aterrorizaba.

Las pesadillas y averiguar quién habría sido el donante comenzaron a cambiarme el humor. El misterio de porqué esos sueños y quién había fallecido para darme la vida bajaron mi rendimiento estudiantil, estaba triste, angustiada y hasta me invadió un temor a morir que antes nunca había sentido.

Todo se resolvió en horas cuando una enfermera argentina me llamó para decirme que ella también era trasplantada y que la donante había sido mi propia madre, quien falleció en su quinto intento suicida.

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