domingo, 16 de marzo de 2014

El padre Rogelio


El padre Rogelio amaba a Dios porque lo había dejado tranquilo en un pueblo del norte argentino. Hacía mucho que convivía con más o menos doscientas familias, en las que tenía amigos y enemigos.

No todos los amigos eran los mejores ciudadanos y viceversa. El padre Rogelio tenía un temperamento áspero y una lógica personal ligeramente intrasferible.

Los enemigos solían criticarle el feroz apartamiento de la ética cristiana en asuntos de poder. Él era desmesuradamente indulgente con los poderosos y ricos. Quienes le pedían explicaciones salían más confundidos que antes porque los razonamientos del sacerdote eran de una complejidad inaudita para esas mentes básicas.

Lo que él, infructuosamente, intentaba explicarles era que «la cabeza es lo único que tenemos que proteger», por eso los jefes de las dos familias más ricas eran intocables, porque eran los que les daban trabajo a todos y porque eran quienes los explotaban para que nadie pudiera abandonar la pobreza predicada por Jesús.

Con este razonamiento, el padre Rogelio entendía que esos caudillos, enriquecidos a costa de la pobreza de casi todo el pueblo, eran cristianos que lograban mejores resultados que él en la prédica de la austeridad.

Una tarde de mucho calor, en la que la sotana pesaba el doble por acumulación de sudor, llegaron unos autos lujosos, llenos de gente extraña: eran religiosos de alto rango provenientes de la capital.

Quienes parecían dormir la siesta salieron de las casuchas, a medio vestir, para ver qué pasaba. Algunos pensaron que a Rogelio se lo estaba llevando preso la policía del Vaticano.

No fue fácil explicar que el padre Rogelio había sido nombrado Papa. Ni siquiera fue fácil para el mismo sacerdote entender qué estaba pasando.

Después de muchos cabildeos, manifestaciones, protestas populares, procesiones portando un féretro en el que supuestamente iba aquel párroco a quien se lo estaban llevando por la fuerza, el pueblo recobró la calma y la comitiva pudo emprender el regreso a la capital.

Los acontecimientos posteriores sucedieron con relativa rapidez. En menos de una semana estaba aquel sacerdote, olvidado, rodeado del lujo inimaginable del Vaticano.

Las primeras informaciones que recibió el nuevo Pontífice le dieron la pauta de que en ese feudo los problemas del poder era infinitamente más graves que en su pueblo. Peor aun, entendió que ahí, como en ningún otro lado, el sexo masculino conservaba privilegios medievales.

Durante la noche pensó en reunir a los más de doscientos prelados que lo secundarían, aunque tratando de impedirle cualquier innovación que no fuera aprobada por ese grupo de poder.

Le costó dormirse porque la idea que se apoderó de él era suicida..., pero en su pueblo nadie se suicidaba porque todos estaban dispuestos a morir por cualquier discusión trivial.

Con el boato propio de ese extraño país masculino, aquel padre Rogelio, subido en una tarima tan elevada que lo obligaba a mirar al auditorio con actitud de supremo, los miró a todos como si fuera uno solo de aquel pueblo de pendencieros, dio un paso a la izquierda para mostrarse de cuerpo entero, se abrió la sotana blanca y mostró sus pequeñísimos genitales.

Un coro escandalizado fue cortado violentamente por el vozarrón del cura:

— Ahora que saben que nadie la tiene más corta que yo, acá se me obedecerá sin chistar.

Y así ocurrió, hasta que murió siendo ya muy viejito.

(Este es el Artículo Nº 2.169)


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sábado, 15 de marzo de 2014

Hacer el amor o el odio


Existe la posibilidad de que algunos casos de violencia doméstica sean en realidad intentos reproductivos frustrados, en los que ella quiso excitarlo sexualmente hostigándolo, sin imaginarse que él se enfurecería y la atacaría destructivamente.

En otro artículo (1), y mediante un rodeo racional, llegué a la conclusión de que el género no marcado masculino, propio de nuestro idioma, no podría ser femenino como ellas reclaman.

Para hacerlo más claro: el idioma indica que en un grupo de niños de ambos sexos, deberá decirse los niños, inclusive en el caso de que sean 99 niñas y un solo niño. Por supuesto, ellas pretenden que la situación sea la inversa, o, en todo caso, que el género esté determinado por la prevalencia, es decir, si en 100 niños, 51 son niñas, entonces que fuera correcto decir genéricamente las niñas.

La explicación expuesta en ese artículo, (cuya lectura me permito sugerir, tan solo siguiendo el link que se entrega al final de este artículo), hacía referencia a que el género no marcado es masculino para que las mujeres se molesten, protesten, les reclamen a los hombres, estos se exciten sexualmente, tengan sexo con ellas para apaciguarlas, y así terminemos gestando nuevos ejemplares que aseguren la conservación de la especie.

Reforzaba este argumento diciendo que si el género no marcado fuera el femenino y quienes se molestaran fueran los varones, la reivindicación no daría lugar a relaciones sexuales reproductivas sino a reclamos violentos, destructivos, atentatorios contra la conservación de la especie.

En los hechos, —y este es el núcleo del presente artículo—, no siempre que las mujeres irritan a los varones con sus reclamaciones obtienen un apaciguamiento amoroso, fecundador.

Efectivamente, puede ocurrir que un varón se sienta acosado y, en vez de tratar de apaciguar a la mujer haciéndole el amor de forma reproductiva, opte por atacarla, con violencia física o psicológica, destructiva, hiriente, desmesuradamente agresiva, buscando matar a la mujer que protesta porque se siente poco querida en una sociedad donde el género no marcado es masculino.

En conclusión: existe la posibilidad de que algunos casos de violencia doméstica sean en realidad intentos reproductivos frustrados, en los que ella quiso excitarlo sexualmente hostigándolo, sin imaginarse que él se enfurecería y la atacaría destructivamente.


(Este es el Artículo Nº 2.168)


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viernes, 14 de marzo de 2014

Erotismo lingüístico


Que el género masculino sea el género por defecto en nuestro idioma se explica porque la reclamación reivindicativa de las mujeres es erótica, mientras que si la reclamación fuera de los varones sería destructiva.

Este artículo retoma, desde otro punto de vista, un tema que ya fue comentado en un texto y video anteriores (1).

En este caso intento compartir una explicación de por qué en nuestro idioma castellano existe un cierto privilegio del género masculino, con una característica que, técnicamente, se denomina género no marcado masculino.

Así como en los programas de computación encontramos que algunas opciones están determinadas por defecto, en nuestro idioma ocurre algo similar con el género.

En Word, por ejemplo, la fuente por defecto la letra Normal, aunque también existen opciones de letra cursiva, negrita o ambas combinadas. Cuando no hacemos una configuración expresa, el programa utiliza la letra Normal.

En nuestro idioma, podemos decir los niños aun cuando nos estemos refiriendo a un grupo integrado por niños y niñas.

Es habitual que las mujeres se sientan incómodas por esta discriminación que parece no tenerlas en cuenta. Por esto, algunos políticos notoriamente demagogos, fuerzan el idioma y, para referirse a un grupo mixto de niños, dicen los niños y las niñas, siendo que el castellano nos indica que es correcto decir los niños para indicar la inclusión de ambos sexos.

La causa, el origen, de esta aparente injusticia que pone al sexo femenino en un segundo lugar, podría ser la siguiente:

Para estimular la fecundación entre los humanos, es positiva una disconformidad genérica, difusa, constante, de la mujer, que la estimule para molestar, irritar, quejarse ante el varón que ella haya seleccionado para padre de sus hijos. Si ella está molesta (por ejemplo, por sentirse desplazada lingüísticamente), lo molestará, lo excitará sexualmente, él tratará de calmarla para que deje de molestarlo, y, luego de copular, el vínculo volverá a sus mejores condiciones, pero con una mujer embarazada que colaborará en la conservación de la especie.

En suma: la arbitraria elección del sexo masculino como género no marcado, permite que ellas exciten sexualmente al varón y la especie asegure su conservación. Si, por el contrario, el género no marcado fuera el femenino, la reacción reivindicativa del varón no sería precisamente erótica, sino violenta, destructiva, aniquiladora de la especie.


(Este es el Artículo Nº 2.167)


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jueves, 13 de marzo de 2014

La mente está constituida por tejido óseo


Quizá le mente sea tan rígida como el cráneo que la contiene.

En dos artículos ya publicados (1), les comentaba mi hipótesis según la cual nuestra psiquis no acepta cualquier idea. Solo para facilitar mi explicación, apelé a comparar las ideas con los zapatos, en tanto unas y otros no son fácilmente intercambiables entre las diferentes personas.

Tendemos a imaginar que todo lo que pensamos, creemos, afirmamos como verdades, ha llegado a nuestra mente gracias a un riguroso proceso de selección razonable. Creemos que todo lo que afirmamos como válido ha superado diferentes controles de calidad, dirigidos por nuestro razonamiento.

No es así. Más aún: si intentáramos informar sobre cómo fue que llegamos a decidir que tal religión es la mejor, o que tal marca de vehículos es excelente, o que tal cuadro deportivo es el único aceptable porque todos los demás no tienen los méritos del que hemos elegido; si tuviéramos que fundamentar esas decisiones, repito, no podríamos.

Les contaré algo de nuestra familia uruguaya.

Desde hace varios años hemos elegido como presidente de la república a un ex-guerrillero (José Mujica), cuyo aspecto físico, su forma de vestir, de hablar, de calzar, de representarnos a todos ante los organismos internacionales deja mucho que desear.

Muchos de sus opositores (uruguayos y extranjeros), creen que «la verdad no puede desentonar con el buen gusto». Es decir: el desaliño de su persona descalifica fuertemente su gestión y sus discursos. A pesar de que la prensa internacional no para de hablar bien de él, en el interior de nuestro país negamos las buenas ideas y la buena gestión de gobierno, entre otros motivos, porque desentona con el buen gusto.

Esta anécdota intenta demostrar hasta qué punto nuestra resistencia a ciertas ideas es irracional, aunque nos esforzamos por fundamentar el rechazo con pseudo razonamientos y sin poder reconocer que nuestra mente es incapaz de admitir ciertas propuestas, así como también es incapaz de abandonar otras.

Quizá le mente sea tan rígida como el cráneo que la contiene.



(Este es el Artículo Nº 2.166)


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miércoles, 12 de marzo de 2014

Intolerancia a los zapatos


Intento explicar por qué, a los largo de los años, cambian bastante poco nuestro aspecto físico y nuestro aspecto ideológico.

Este artículo y video proponen pensar que las ideas, formas de pensar, filosofías de vida, creencias, preferencias, se integran armónicamente al resto del cuerpo.

Como formamos un todo completo, coherente, funcional, no tenemos piezas libremente intercambiables. Quizá de esto también se encarga nuestro sistema inmune cuando lo observamos atacando a los microorganismos que intentan colonizarnos o cuando rechaza el injerto de un tejido ajeno.

Obsérvese que este fantástico dispositivo (el sistema inmune) tiene la habilidad de discriminar entre tejidos extraños e incompatibles y células también extrañas pero que llegan al cuerpo de la mujer para embarazarla. Este ejército combate a los microorganismos patógenos, pero autoriza el ingreso de espermatozoides de un tamaño similar.

Por algún motivo perdemos la paciencia con quienes tienen creencias diferentes a las nuestras, pero ignoramos las diferencias anatómicas que nos distinguen. Podemos llevarnos bien con gente de otra raza, otra estatura, otra cultura, pero nos cuesta entendernos con gente que tiene otras ideas políticas, otras creencias religiosas, otra filosofía de vida.

Lo que intento proponer es que, como adelanté en otro artículo (1), no podemos pensar lo que queremos porque nuestra psiquis acepta o no acepta ciertas ideas. Nunca podremos aceptar una idea que no sea compatible con el resto de nuestras ideas, de nuestra anatomía y de nuestra fisiología, aunque la cultura occidental esté convencida de que las ideas están desvinculadas de lo anatómico.

Desde hace más de cinco siglos creemos en el dualismo cartesiano, es decir, que somos una especie de suma de dos elementos diferentes y separados: una parte física y otra parte pensante.

Esto explica por qué, a los largo de los años, cambian bastante poco nuestro aspecto físico y nuestro aspecto ideológico.


(Este es el Artículo Nº 2.165)


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martes, 11 de marzo de 2014

La mente no admite cualquier idea


La intolerancia ideológica, religiosa, filosófica, es causada por un rechazo provocado por el sistema inmune ya conocido o por algún otro de funcionamiento similar.

Tendemos a pensar que podemos entender y aceptar cualquier idea, así como también creemos que nos gusta toda la música, sea cual fuere.

Esto no es así: solo podemos aceptar aquellas ideas que puedan entrar en armonía con las ideas que ya tenemos en nuestra mente.

Claro que, como condición previa, la comprensión de cualquier idea está determinada por la posesión de los conocimientos que esta idea da por sabidos. Jamás podríamos entender asuntos que están por fuera de nuestras competencias, saberes, información básica.

Tampoco podemos aceptar, incorporar, admitir, toda aquella idea que esté en contra de nuestra configuración de mundo, o de nuestra filosofía de vida, o de nuestras creencias más firmes y profundas.

Por lo tanto, esa ductilidad de nuestra mente no es tal. Solo nos creemos tan capaces cuando no hemos tenido la oportunidad de acceder a teorías que nos exigen aptitudes que están fuera de nuestro alcance.

Aun cuando seamos capaces de entender las novedades que se nos presentan, tampoco es seguro que podamos incorporarlas como verdaderas. La convivencia de las nuevas ideas depende de las demás ideas que ya tenemos incorporadas. Por decirlo metafóricamente, cada nueva idea debe hacer un trámite de inmigración a nuestra mente, que terminará siendo aprobado o desaprobado.

De esta aceptación o no aceptación surgen la intolerancia, la negación, la incomprensión, la discriminación, la descalificación, el rechazo activo o la indiferencia mortífera.

Nuestra mente, así como el resto del cuerpo, no acepta cualquier injerto: algún sistema inmune, (o el ya conocido que nos protege de los microorganismos), nos protege de todo aquello que pudiera entrar en conflicto con nuestra armonía y coherencia saludables.

Esta podría ser una explicación de por qué no podemos aceptar algunas creencias. Es el propio cuerpo el que las rechaza como si se tratara de un tejido extraño.

(Este es el Artículo Nº 2.164)


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lunes, 10 de marzo de 2014

Las leyes y los animales


Las leyes intentan deshumanizar y, al mismo tiempo, animalizar a los seres humanos. Además, tenemos previstos castigos para aquellos de nosotros que no sean suficientemente animales.

Los millones de códigos que pueblan nuestras bibliotecas, hogares, facultades, estudios de abogados, juzgados, no son otra cosa que un relleno que intenta formar una especie de rampa de ascenso que va, desde la conducta humana, pequeña, transgresora, impredecible, perversa, alocada, hasta la conducta animal, superior, perfecta, cumplidora, previsible, sana.

Efectivamente: aunque los humanos hacemos esfuerzos denodados por no admitir nuestras dificultades para convivir, ellos, los demás animales, sí que son ordenados, disciplinados, armoniosos, sociables, respetuosos.

Es hasta cierto punto ridículo ver la convivencia, en muchos de nosotros, de actitudes soberbias con una flagrante imitación de quienes intentamos subestimar (los animales).

En suma: todas nuestras leyes solo intentan que nuestra conducta se parezca a la de los animales y los castigos asociados a esas leyes, son los castigos que les aplicamos a los humanos que no logran ser tan animales como pretendemos.

(Este es el Artículo Nº 2.163)


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