domingo, 16 de febrero de 2014

Joe, el taxista

Joe era un hombre de piel oscura que hablaba poco.

Mucho tiempo después que dejé de verlo, supe por Vanessa que él era taxista y músico.

Pasaba gran parte de la noche manejando y tocando el saxo en un night-club frecuentado por marineros.

Joe tenía una existencia casi animal hasta que conoció a un hombre al que invitó a cenar. El comensal agachó la cabeza y devoró lo que le sirvió. Después buscó con la mirada una cama, se acostó en ella, acomodó el antebrazo debajo de la cabeza y se durmió.

Se despertaron al medio día, Joe salió a tomar una ducha y cuando volvió encontró al visitante en la misma posición pero sin ropa y con olor a jabón. Las sábanas parecían recién compradas.

Joe se le acercó, le acarició la pierna derecha a contrapelo y al tocarle los genitales observó cómo estos reaccionaron. Le practicó una fellatio muy breve porque, sin saberlo, esa era una tercera destreza, además de conducir sin accidentes y de tocar el saxo sin partitura.

El invitado siempre estaba postrado, mirando el techo y con perfume de jabón. Le practicaba sexo anal con repentina energía. A pesar de sentir un intenso dolor inicial, Joe imaginaba hermosas melodías.

Nunca se hablaban; no solo porque ambos eran muy lacónicos sino porque poseían idiomas diferentes. Aunque tenían el mismo sexo anatómico, concebían la realidad con lenguajes distintos.

Un día, el visitante se fue. Cuando Joe volvió, el amante ya no estaba. El cerebro atormentado buscó alivio componiendo la melodía que quizá usted ya conoce (1). Vanessa, la muchacha que mantenía la higiene de aquella gente, inventó una letra en francés bastante incoherente.

A los pocos días que Joe también se fue del edificio, Vanessa me contó esta historia. Por pura curiosidad le pedí que me dejara entrar a la habitación. Me tiré en la cama del visitante, puse el antebrazo como almohada y comencé a mirar el techo.

Las manchas de humedad parecían comunes, pero luego me provocaron ideas, asociaciones, recuerdos, interrogantes, angustia, miedo, deseos sexuales, alegría ...

Según cuentan, algo parecido le ocurrió a Rorschach cuando inventó el test proyectivo más famoso y que, merecidamente, lleva su nombre (2).

(1) Video en el que Vanessa Paradis interpreta Joe le taxi. 

(2) Artículo en Wikipedia sobre el Test de Rorschach

(Este es el Artículo Nº 2.142)


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sábado, 15 de febrero de 2014

Los ancianos sí son monógamos


Los varones son, por naturaleza, polígamos, pero cuando envejecen tienen que aceptar la monogamia porque no tienen más remedio.

Los varones ancianos son monógamos por dos motivos fundamentales:

1) Porque las fuerzas físicas no les son suficientes para tener sexo con varias mujeres; y

2) Sobre todo, porque los ancianos difícilmente sean convocados por mujeres que los necesiten como padres de sus hijos.

De estas aseveraciones se deduce cómo funcionan los varones antes de convertirse en viejos:

1) Son polígamos y tienen que, obligatoriamente, tener sexo con todas las mujeres que los elijan para ser padres de sus hijos;

2) Son mentirosos porque no los dejan decir la verdad. Las sociedades están organizadas con tal hipocresía y desconsideración de las características naturales que obligan a los varones a ser monógamos y además a que ni mencionen su verdadera misión, esta es, satisfacer a cualquier mujer que los elija para ser fecundadas por él.

Y acá aparece un tema que bien podría ser el núcleo de este artículo. Lo expreso así: La mentira existe pero los mentirosos no.

La mentira existe porque las sociedades están organizadas sin tener en cuenta cómo somos los seres humanos (ahora me refiero a varones y a mujeres).

Si mujeres y hombres fuéramos respetados en nuestras verdaderas características, podríamos decir que nos gusta el cuerpo de mamá, que nos gusta tanto el teléfono del vecino que desearíamos quitárselo, que si algún día tuviéramos suficiente poder seríamos prepotentes, que repudiamos estudiar porque preferimos ser aceptados como somos y no como pretenden los profesores que seamos, y un extenso etcétera.

En este imaginario sinceramiento social, los varones podríamos decir que amamos a todas las mujeres que nos aman, entendiendo por «amar» el deseo de ser fecundadas por nuestro semen.

Como la cultura nos obliga a ocultar nuestra forma de ser, los hombres tienen que mentir, tienen que ser infieles (a la cultura neurótica, pero fieles a la Naturaleza) y, cuando ya no pueden con sus huesos, entonces simulan un arrepentimiento de aquella vida licenciosa, cuando migraban de cama en cama dejando hijos por doquier.

Ellas también son fieles a la naturaleza, pero el cuerpo las obliga a ser más sedentarias. No es tan fácil andar por ahí con hijos pequeños que demoran veinte años en salir definitivamente del útero.

Los ancianos de ambos sexos retoman muchas características de la infancia. Las retoman porque se vuelven tan débiles como los niños.

Los varones tienen que simular arrepentimiento para juntarse con alguna mujer que fue monógama porque los hijos le obstaculizaron ser polígama como él.

Por todo esto los ancianos varones se convierten en monógamos y siguen siendo fieles...a la Naturaleza.

(Este es el Artículo Nº 2.141)


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viernes, 14 de febrero de 2014

Lo que cambia mientras todo sigue igual

La Naturaleza, segura de que nuestra especie ya tiene suficiente cantidad de ejemplares, quizá se preocupe menos por la conservación de cada inviduo.

Para muchas personas el psicoanálisis es una técnica, arte o ciencia demasiado sexualista, pansexualista, obsesionada con la función sexual.

Tienen razón: el psicoanálisis hace un gran hincapié en la sexualidad.

El motivo es que lo único importante para cualquier especie es perpetuarse. Todos los seres vivos estamos dotados de ese impulso a conservarnos como especie.

Como puede deducirse, para poder conservarla es preciso conservar a cada ejemplar.

Aunque la psiquis humana nos impulsa a priorizarnos como individuos, ahí tenemos uno de los tantos puntos de desencuentro entre lo que cada uno desea y lo que la naturaleza nos impone.

Efectivamente, parecería ser que a la naturaleza le importa bastante poco qué nos pasa a los individuos. Lo primordial siempre es la especie. De ahí que los individuos podemos quedar expuestos a peripecias que aumentan nuestra vulnerabilidad y mortalidad.

Peor aun: ahora que ya somos siete mil millones de ejemplares y que la especie parece tener un seguro de vida por muchos años más, es probable que la naturaleza (que se expresa en cada uno con los funcionamientos orgánicos automáticos, con los instintos, con las características más animales) se despreocupe aun más de los individuos.

En otras palabras: como somos muchos valemos individualmente menos pues cada uno dispone de múltiples suplentes.

¿Cómo se manifiesta este supuesto desinterés de la naturaleza por los ejemplares individuales de nuestra especie?

1) Nos reproducimos menos;
2) Perdemos interés por las relaciones sexuales;
3) Aumenta la cantidad de personas homosexuales (que no pueden reproducirse);
4) La proporción de ancianos respecto a los jóvenes es mayor;
5) Los métodos curativos pierden interés colectivo y, por lo tanto, eficacia;
6) Aumenta las posibilidades de conflictos armados y de epidemias;
7) La solidaridad pierde fuerza;
8) Se incrementan los casos de depresión;
9) El trato entre los individuos es más intolerante o indiferente;
10) El consumo de sustancias que nos apartan de la realidad, es mayor;
11) Las religiones disminuyen la cantidad de fieles;
12) Los entretenimientos solitarios ganan adeptos;
13) Se hace más difícil y costoso encontrar un espacio donde alojarse;
14) La presión económica sobre los Estados genera frecuentes crisis;
15) Las personas más vulnerables (niños, enfermos, ancianos) perecen en mayor cantidad;
16) Aumentan los delitos contra la vida;
17) Al aumentar el estrés aumentan las enfermedades psicosomáticas;
18) Aunque tenemos anatomías muy diferentes, los roles de los varones y de las mujeres cada vez se parecen más.

Los interesante es que, a lo largo de la historia, estas sensaciones siempre existieron. La única novedad es que nunca antes fuimos siete mil millones de ejemplares, mientras que el tamaño del planeta sigue siendo el mismo.

(Este es el Artículo Nº 2.140)


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jueves, 13 de febrero de 2014

Cuando lo efímero es eterno

Se reflexiona sobre lo efímero, las escenas cinematográficas inolvidables y la metonimia.

A mucha gente le ocurre. Hoy me levanté con una palabra que, seguramente, seguirá dándome vueltas en la cabeza hasta que me duerma: «efímero».

Como quien lee el significado de los sueños para realizar apuestas en la lotería, consulté el diccionario:

1. adj. Pasajero, de corta duración.
2. adj. Que tiene la duración de un solo día.

Pienso: “Espero que esta palabra tenga en mi cabeza una permanencia efímera.”

Cuando uno amanece con ideas o palabras cuyo afán de protagonismo puede ser tan insistente como el de un niño que necesita ser mirado por la madre lo mejor es atenderlas hasta que se aburran y vuelen hacia otras mentes.

Para que la palabra «efímero» se entretenga le daré un juguete que a todos los adjetivos les gusta: la metonimia.

Este juego le permite soñar con la eternidad. Con la metonimia puede creerse que una parte y todo son lo mismo, que un instante equivale a siempre y, en el caso de «efímero» puede pensar que se transforma en su opuesto: «permanente».

Ahora estoy pensando que me levanté poseído por la palabra «efímero» porque, antes de dormirme, estuve mirando una película en la que llamaban la atención las miradas y sonrisas de amor entre los protagonistas.

Estas escenas seguramente fueron inspiradas por la despedida en el aeropuerto de la película Casablanca. La interacción visual entre Ilse (Ingrid Bergman) y Rick (Humphrey Bogart), es efímera pero nuestra erótica metonimia la convierte en eterna: esa mirada sin palabras siempre existirá.

¿Por qué en la cabeza de los espectadores se fija la idea de que aquellos enamorados aun se están mirando? Seguramente esto ocurre porque nuestra función metonímica, bajo las órdenes de la tendencia al placer, sigue diciéndonos que, si nos complace, lo efímero es eterno.

(Como las palabras se aburren con los discursos muy intelectuales, creo que «efímero» está por irse a otra cabeza más entretenida).

(Este es el Artículo Nº 2.139)


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miércoles, 12 de febrero de 2014

Cómo conocer a nuestro inconsciente


Nuestra mente está organizada en capas ubicadas a diferentes profundidades. Las más profundas y desconocidas se ponen en evidencia por las críticas infundadas que hacemos de los demás

Imaginemos que la personalidad o la psiquis o la mente humana tiene diferentes capas, de tal forma que una es muy visible, la segunda es menos visible, pero influyente de forma clara en nuestra conducta y así, otras, más y más profundas, hasta llegar a una de ellas de la que no tenemos noticia por encontrarse muy alejada de la conciencia (superficie exterior).

La capa más visible funciona como protección porque somos conscientes de nuestra vulnerabilidad. Aunque no estemos todo el tiempo diciendo «¡qué débil soy!», hablamos con prudencia, no confiamos ingenuamente en cualquier desconocido, nos guardamos información.

En una segunda capa, más profunda, estamos organizados para vivir en sociedad, para ganar el dinero necesario, para especular, para buscar las mejores oportunidades, para evitar los gastos superfluos.

En una tercera capa, aun más profunda y, por lo tanto, menos conocida y eventualmente bastante desconocida, nos comparamos con los demás, observamos qué tienen nuestros semejantes para evaluar qué seríamos capaces de conseguir. En esta tercera capa funciona la envidia y está tan alejada de la conciencia, (somos tan poco conscientes de ella), porque nuestra cultura no la estimula sino que, por el contrario, la reprime.

En una cuarta capa, quizá la más profunda y alejada de nuestra conciencia, tan desconocida que podríamos decir que es inconsciente, está nuestro deseo de dominación: de nuestra vida, de lo que podría perjudicarnos, de quienes nos rodean. Deseamos tener el poder suficiente como para revertir drásticamente la debilidad, la vulnerabilidad, el miedo a la incertidumbre. En esa cuarta capa están: la omnipotencia, los deseos de dominación más absolutos, despiadados, inescrupulosos, crueles, sádicos. Esta capa es tan poco conocida porque es la más reprimida por la cultura. Nuestros deseos de dominar, humillar, explotar son castigados por la sociedad que integramos.

¿Cómo nos enteramos de nuestros contenidos más vergonzosos y reprimidos? Nos enteramos porque los imaginamos en los demás, porque los usamos para acusar injustificadamente a otros.

Todas las interpretaciones de las actitudes ajenas nos denuncian. Si acusamos de envidiosos, hablamos de nuestra envidia reprimida; si acusamos de inescrupulosos, de sádicos, de autoritarios, o de lo que sea, estamos hablando, sin darnos cuenta, de nuestras capas números tres y cuatro.

(Este es el Artículo Nº 2.138)


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martes, 11 de febrero de 2014

Insólita causa del atraso estudiantil

En nuestro inconsciente colectivo asociamos los apremios físicos para extraer información, (tortura), con las exigencias pedagógicas para incorporar información.

Recientemente publiqué un artículo (1) en el que comentaba una reflexión sobre el terrible fenómeno de los apremios físicos aplicados por quienes necesitan obtener información, urgente y relevante, de personas que no quieren darlas (secretos personales, delitos, confabulaciones, atentados, complots, conspiraciones, terrorismo).

El eje de esa reflexión es simplemente resaltar el hecho de que la ciencia aun no ha encontrado una manera menos cruenta de obtener la información que alguien conoce, pero que se niega a compartirla.

Latinoamérica tiene bajos niveles de educación pública y también ha sufrido múltiples atentados a los Derechos Humanos, perpetrados por gobernantes y guerrilleros que apelaron a estas técnicas de extraer información de los enemigos prisioneros.

La obtención de información por métodos crueles es una herida que sigue abierta en nuestros pueblos. Cuando esto ocurre, la sensibilidad se sale de la normalidad, a tal punto que quedamos predispuestos a exagerar cualquier hecho que evoque aquellas prácticas inhumanas (la tortura).

Es por esta hipersensibilidad ante la obtención de información mediante apremios físicos que tampoco podemos tolerar el fenómeno opuesto, esto es, pedir a nuestros estudiantes mayor aplicación en el estudio.

Tanto quitar como dar información mediante alguna imposición de cualquier tipo, (desde las más primitivas y salvajes (castigos), hasta las disciplinas estudiantiles imprescindibles para elevar el rendimiento de los alumnos), provocan en los pueblos el doloroso recuerdo de los atropellos a los Derechos Humanos.

En otras palabras: Tanto rechazamos los apremios físicos, que ni siquiera aceptamos la disciplina, la exigencia, la corrección de los errores ortográficos, la superación de niveles básicos de aprendizaje.

La hipersensibilidad traumática ante la tortura, que enlutó nuestra historia reciente, nos mantiene en un estado de parálisis neurótica, indolencia, bajo profesionalismo de los maestros y de los profesores.

Reclamar más dedicación al estudio está asociado, inconscientemente, a exigir la confesión de los rehenes mediante tortura, como si los docentes fueran torturadores.

La mejoría de este fenómeno está dificultada por dos razones:

1) Porque no queremos ni hablar de los apremios físicos, no podremos elaborar el duelo por la dignidad que perdimos. Aquella vergüenza colectiva sobrevivirá como un temible fantasma, y

2) Ningún estudiante, de ninguna generación, hará algo por aumentar los requerimientos pedagógicos. Por lo tanto, intentarán que ese temible fantasma bloqueen los intentos de las autoridades educativas por aumentar las exigencias.


(Este es el Artículo Nº 2.137)


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lunes, 10 de febrero de 2014

La ciencia y la tortura


La principal razón por la que existen los apremios físicos para extraer información urgente es que la ciencia aun no ha inventado un procedimiento menos cruel.

La humanidad sufre la crueldad de la tortura porque la ciencia aún no ha encontrado la manera de extraer la información de alguien que se niega a entregarla.

Nunca podrá saberse, pero casi todos los procedimientos de este estilo no ocurrirían si quienes necesitan obtener, de forma urgente, una información importante pudieran obtenerla sin mortificar a quien la posee y no está dispuesto a entregarla.

Los apremios físicos existen porque quienes necesitan obtener cierta información con urgencia no cuentan con otros recursos.

Hasta cierto punto, el procedimiento se parece al que tenían que aplicar los cirujanos antes de la invención de las anestesia: el suplicio de los pacientes era inevitable porque se consideraba importante salvar su vida a como diera lugar.

Sin embargo, la tortura tiene otro componente imposible de aceptar: la supuesta intención sádica de los ejecutantes.

La víctima y los allegados a ella no pueden evitar pensar que el sufrimiento responde más a un placer personal, patológico y perverso del torturador. Es casi imposible que los mártires acepten la hipótesis de que todo sería diferente si los torturadores poseyeran otra forma menos horrorosa de obtener la información que necesitan.

La hipótesis inevitable de que los torturadores disfrutan causando dolor tiene su principal fuente de inspiración en los deseos sádicos que todos tenemos, más o menos contenidos.

Para conocernos, solo necesitamos escuchar las conversaciones indignadas de quienes creer poseer una fórmula infalible para frenar la delincuencia. La ancianita más beata guarda en su corazón deseos tan sádicos que, si se postulara para un cargo de torturadora sería descalificada por exceso de celo.

(Este es el Artículo Nº 2.136)


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