miércoles, 10 de julio de 2013

Las deudas afectivas



 
Las deudas afectivas son de valor incalculable, de eterna duración y la gestión de cobro ensombrece el vínculo.

Entre un deudor y su acreedor existe un vínculo.

Deudor es el que le debe algo al acreedor. Acreedor es el que le debe algo al deudor.

Si A le presta 100 a B, B es el deudor de A mientras que A es un acreedor de B.

Como estos términos provocan confusión, es bueno tratar de recordar que «deudor» es el que debe, así como fumador es el que fuma, libertador el que libera, y así por el estilo.

De acá se desprende que «acreedor» es la situación opuesta. Para esta palabra no conozco un método mnemotécnico como el que sugerí para recordar que significa «deudor».

Como dije al comienzo, entre un deudor y su acreedor existe un vínculo. No todas las deudas son por haber prestado dinero; también podemos deber favores los que, por no tener un valor económico pactado tienen un valor infinito.

En este momento tengo presentes dos casos de deudas infinitas, que como no se pueden pagar por ese mismo motivo, aseguran que el vínculo deudor-acreedor también es infinito, es decir, eterno.

1) Si bien los padres tienen a sus hijos porque quieren suele ocurrir que luego se sientan con derecho a reclamarles «todo lo que hicieron por ellos».

En otras palabras: algunos padres sienten que sus hijos les deben la vida y los gastos y molestias de la crianza.

Ante esta convicción los padres se dedicarán a realizar una gestión de cobro con diferentes grados de sutileza.

Como ningún sistema jurídico convalida este derecho de los padres sobre los hijos, el vínculo será sombrío, tenso, irritado.

2) El cónyuge que no quiere ser fiel pero lo es porque el otro se lo exige, algo intentará cobrarle.

(Este es el Artículo Nº 1.954)

martes, 9 de julio de 2013

Tenemos un nombre para no angustiar a los demás




No nos asignaron un nombre porque sí: las palabras, las denominaciones, los apodos y demás formas de nominación, alivian la angustia.

Seguramente ya se le ocurrió a alguien y yo no me enteré: ¿qué ocurriría si a los padres de un recién nacido se les ocurriera no asignarle un nombre?

Lo primero que se nos ocurre es que ese niño no podría ser inscripto en los registros nacionales porque ese organismo del estado impondría su poder para obligar a los padres a que elijan por lo menos un nombre.

Pues bien, pero es tan alto el grado de convicción de los padres que se doblegan ante el peso burocrático, aunque de todos modos deciden no usar ese nombre que tuvieron que elegir bajo presión.

Nuestro recién nacido solo podrá identificarse como Pérez González, los apellidos del padre y de la madre: sin ningún nombre.

Los padres pensaron bien. Ellos dicen que existen tantas personas con esos dos apellidos que su hijo solo podrá diferenciarse de cualquier otro si no tiene nombre, pues si lo llamaran José, por ejemplo, su hijo se confundiría con tantos otros José Pérez González que seguramente existen, pero su amado hijo no llevará nombre para que sea el único que pueda tener una identidad propia.

Pero estos padres fueron más allá en sus pensamientos preocupados por el futuro del pequeño.

Ellos dicen, quizá con razón, que las personas tenemos un nombre porque los demás creen dominarnos tan solo pronunciándolo.

En general todos los objetos y personas están simbolizados por un nombre, palabra, sonido, que permiten quitarnos esa angustia que provoca lo que no tiene nombre, lo impronunciable, lo fantasmal, lo que nos parece incontrolable.

Las palabras, los nombres, los apodos, y demás formas de nominación, alivian nuestra angustia porque creemos poder dominar aquello que podemos nombrar.

(Este es el Artículo Nº 1.953)

lunes, 8 de julio de 2013

El placer de ser manipulado



 
Es tan placentero que «nos muevan el piso», que podemos buscar inconscientemente enamorarnos o hacernos manipular, sea como sea.

Si bien los prestigiosos empleados de la Real Academia Española han incluido en su Diccionario la expresión latinoamericana «serruchar el piso» (1), definiéndola como «Trabajar secretamente en contra del prestigio o posición de alguien», aún no han tenido tiempo de atender la expresión «mover el piso».

En un atractivo videoclip de Jamiroquai, en el que interpreta el tema musical Virtual insanity (2), observamos una escenografía en la que el piso se mueve, integrando sus deslizamientos a la coreografía del intérprete.

Usamos esta expresión cuando tenemos emociones notoriamente fuera de nuestro control y, por ejemplo, nos sentimos irresistiblemente atraídos por otra persona.

Como puede verse en el mencionado videoclip, el cantante se desplaza sin caminar pues es el piso el que lo acerca o lo aleja de la cámara que lo filma.

Quienes alguna vez se sintieron enamorados saben de qué hablo.

Ella o él parecen dominar nuestra voluntad. Nos aleja o nos atrae a su antojo. Nos sentimos de su propiedad. Realmente sentimos que es el piso que nos sustenta el que se mueve según las decisiones del ser amado.

Estas deliciosas sensaciones son aún más placenteras porque la pérdida de control equivale a una pérdida de responsabilidad.

Si observamos la vida de un niño cuando aún no camina y tiene tan poco peso que los adultos lo mueven para un lado y para otro como si fuera un objeto, podemos imaginarnos en ese estado de liviandad y de dependencia de lo que otros decidan.

Todo se vuelve liviano cuando otro se apodera de nuestra voluntad y de nuestra responsabilidad.

Es tan placentero que podemos buscar inconscientemente enamorarnos sea como sea, o por lo menos que otro nos manipule…sea como sea.

   
(Este es el Artículo Nº 1.952)

domingo, 7 de julio de 2013

La identificación entre cónyuges



 
Mi compañera está obsesionada con que algún día puedo aburrirme de ella y dejarla por otra.

La escucho y pienso: «Es imposible que algún día pueda aburrirme de alguien como ella. ¿Dónde puedo encontrar a otra que logre de mi cuerpo lo mismo que ella?»

Me pregunta una y otra vez si estoy enamorado y no sé qué contestarle, pero pienso que no estoy enamorado tomando como referencia lo que una vez sentí por una compañera del colegio, de quien hace poco supe que se casó con un hombre infinitamente rico y que vive en una mansión sobre la costa de Brasil.

Mi compañera es una mujer delgada, tenemos los pectorales más o menos del mismo volumen, ella es más nerviosa que yo y esporádicamente odia a quienes más ama: a su madre, su hermano y su única amiga, de quien no para de contarme cosas refiriéndose a ella como «la víbora». Conmigo no sé qué le pasa porque me confunde.

Si me guiara por cómo me devora varias veces por semana debería decir que soy su objeto sexual..., más objeto que sexual.

En las veces que he intentado ejercer un rol activo, no pasan ni dos minutos que está dominando toda la escena.

Le gusta hacer el amor con muy poca luz y eso aumenta mis sensaciones. A veces parecería ser que ella tuviera varios brazos y piernas.

Su violencia, pasión y obscenidad son tan elevadas que me marea, me domina, se enrosca en mi cuerpo, me muerde dejándome marcas..., no sé, es algo extraño, pero no me imagino cómo alguien podría aburrirse con una mujer así.

Sin embargo, su mente afiebrada, volátil, llena de fantasías cinematográficas, algo estuvo maquinando porque empezó a celarme con su única amiga, «la víbora».

Debo pensar que tiene un sexto sentido pues así ocurrió: «la víbora» vino a mi casa cuando mi compañera no estaba, decidida a todo.

Me asusté, nunca me imaginé que otra mujer se interesara en mi cuerpo de Woody Allen. Demoré en reaccionar pero un impulso malicioso me ayudó.

Esta mujer también tiene un cuerpo delgado pero con senos sobresalientes. Lo que me decidió a dejarme llevar por la convocatoria fue probarme: quise saber si soy un heterosexual activo o pasivo.

No se me ocurrió mejor idea que imitar a mi compañera. La mujer me aprobaba con orgasmos y ayes muy estimulantes. Cuando terminamos y mientras fumamos a medias un habano Partagras que trajo, me dijo casi riendo:

— ¡Qué geniales ustedes dos! Me cogiste igual que tu mujer.

(Este es el Artículo Nº 1.951)

sábado, 6 de julio de 2013

Por la envidia tenemos cultura


La «envidia» siempre es buena porque significa emulación, imitación  y estos son los motores del aprendizaje: eje de la cultura.

Como quien pide perdón antes de cometer un desatino, alguien inventó los conceptos «envidia buena» o «envidia sana».

De este hecho social, porque quien lo haya inventado logró una creación que ganó popularidad, se desprende que la «envidia» a secas, es mala o enferma.

Porque es mágico, mi adorado libro de cabecera también me sirve en esta ocasión.

Efectivamente, el Diccionario (1) dice que «envidia» es:

Tristeza o pesar del bien ajeno.
Emulación, deseo de algo que no se posee.

Como este libro mágico es mío, yo no soy de él, por eso me permito leerlo con una actitud crítica y decir, por ejemplo, que «envidia» no es solamente la tristeza por el bien ajeno sino, quizá también, el deseo de sentirme tan bien como el otro.

Claro que en este caso no solo anhelo intensamente acceder al bienestar del otro sino que además supongo, en el acierto o en el error, que está tan feliz porque dispone de ese objeto que aparentemente es causa de su alegría.

Por lo tanto para envidiar tengo que suponer cuál es la causa de una alegría que también yo desearía tener.

Para que alguien haga esa interpretación debe creer que con solo poseer algo es posible modificar y mantener un cierto estado de ánimo positivo. De ser así, envidiar no sería algo malo sino simplemente erróneo pues es imposible que con solo tener algo en particular sea viable mejorar y mantener elevado bienestar. El error estaría en suponer que acceder a esa situación es algo excesivamente simple, monocausal, fácil de entender.

Pero como vemos en la segunda definición, «envidia» también es emulación y esta es el motor del aprendizaje: eje de la cultura.


(Este es el Artículo Nº 1.950)