lunes, 10 de junio de 2013

La educación sobre gustos personales



 
Los compradores de esos artículos que jamás compraríamos, existen y usted intenta educarlos.

Todos los seres vivos evitamos el dolor, entendiendo por tal aquello que nos provoca malestar, insatisfacción, mortificación.

Claro que el dolor parece universal pero no lo es tanto.  Aquello que nos provoca malestar, insatisfacción, mortificación, no es para todos lo mismo. Algunas personas sufren con lo que otros disfrutan y viceversa.

Sin embargo, una mayoría está incómoda cuando se pincha un dedo con una punta afilada, una mayoría se molesta cuando siente hambre, una mayoría disfruta reuniéndose con por lo menos una persona y una minoría disfruta de la soledad.

Esta relación con el dolor y el placer es bastante más variada en lo que a gustos se refiere: sabores, colores, fragancias, volúmenes, texturas, presión, humedad, temperatura, diseño.

Si algún día se levanta con ganas de pasar mal puede encontrar una buena diversión yendo a una tienda muy surtida.

El deporte masoquista que le propongo consiste en mirar detenidamente los escaparates, góndolas, estanterías, vidrieras, prestándole atención a todo lo que jamás compraría.

Mire con cuidado esos adornos horribles, esas máquinas inútiles, esos alimentos que parecen en estado de avanzada descomposición, no se pierda los vestidos llenos de colores mal combinados, pregúntese qué tienen en la cabeza las personas que compran esos zapatos, no se pierda la sección muebles para dormitorio, living y cocina, no eluda preguntarse quién puede vivir en una casa donde tengan un sofá así, dedíquele unos minutos a observar las alfombras, esos dispositivos capaces de juntar toneladas de tierra, barro, microbios, insectos, búfalos con mal aliento.

Cuando se haya cansado de sufrir, egrese del local, feliz de no tener que pagar por la experiencia y piense que los compradores de esos artículos existen, usted los conoce, nos rodean e insólitamente usted pretende educarlos.

(Este es el Artículo Nº 1.924)

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domingo, 9 de junio de 2013

Malerva




Tengo una cara parecida a la de un actor argentino bastante mayor que yo y conocido por su apellido, nombre o apodo: «Malerva».

Ese hombre siempre representaba roles de mala persona, de ladrón, de golpeador, de mentiroso, cínico, traidor.

Era un excelente actor precisamente porque todos coincidíamos en odiarlo a primera vista.

Un rostro parecido tengo yo. Felizmente, las películas de él ya nadie las mira pero cuando era joven me sentía perseguido por esa semejanza tan desfavorable.

En los hechos tuve pocos amigos, ninguna novia y los profesores hablaban mirando a toda la clase pero salteándome.

Nunca pude resolver la angustia de aquellos primeros años de mi vida laboral. Me costó bastante conseguir trabajo hasta que al final tuve suerte bajando mis expectativas salariales.

El primer día de trabajo me presentaron a los otros cuatro compañeros y a la única compañera.

Como era de esperar la historia se repitió, especialmente con la señorita Irma que no disimuló nada el disgusto que sintió al darme la mano aunque hice el amague de saludarla con un beso en la mejilla como era costumbre.

Parábamos la tarea todos juntos a la una de la tarde y nos acomodábamos en una tabla que hacía las veces de mesa de comedor. A mí me asignaron indirectamente la cabecera de la mesa porque era el lugar menos iluminado.

Cuando fui al baño para lavarme las manos vi que la señorita Irma había dejado sobre el lavatorio un anillo de oro que le prestó su novio para que lo recordara con amor.

Pensé en avisarle del olvido antes de lavarme pero algo me dijo que ella no se merecía de mí esa gentileza, así que ahí lo dejé como si no lo hubiera visto.

Parecería ser que ella no estaba acostumbrada a usar esa joya porque recién a las tres de la tarde se puso a gritar como una histérica «¡El anillo de Jorge!, ¡El anillo de Jorge!».

Como se puso conmovedoramente mal, me acerqué y le dije: «Lo dejaste olvidado en el lavatorio del baño», a lo que ella, con la peor cara de odio me respondió: «Ya sé que lo dejé ahí, pero ahora no está y la persona que entró detrás de mí fuiste tú».

«¡No puede ser!», pensé para mis adentros, ahora encima me acusan de ladrón.

Lo peor ocurrió porque todos le creyeron y comenzaron a mirarme con desconfianza y recriminación, como si dijeran: «Devolvele el anillo, ladrón».

Fue entonces que llamé a mi prima Mariana, le conté lo que me estaba pasando, ella se quedó muda un momento angustiosamente largo y me dijo: «El anillo está en el bolsillo derecho de un saco de hombre con cuadros grandes».

«El saco de Miguel», pensé. Fui hasta el lugar donde nos cambiamos, metí la mano en el bolsillo del saco a cuadros y ahí estaba. Lo escondí en el lugar más insospechado, salí del lugar simulando un gran enojo y, delante de los otros tres le dije a la señorita Irma: «Dice mi prima Mariana que te lo robó Miguel».

La reacción de Miguel fue tan comprometedora que todos empezamos a golpearlo, empujarlo y Miguel a llorar desconsoladamente, a pedir perdón, pero resulta que no pudo encontrar el anillo donde él creyó haberlo dejado. Entonces propuse que hiciera como pudiera pero que comprara otro igual, por lo cual quedó endeudado durante meses.

(Este es el Artículo Nº 1.923)

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sábado, 8 de junio de 2013

Lecturas que efectivamente liberan




Nuestras «fábricas» de delincuentes son las mismas cárceles pues son academias del delito y el sistema educativo que expulsa a sus alumnos aburriéndolos.

El 4 de julio de 2012, el diario digital BBC – Mundo (1) publicó una noticia que llamó mi atención.

Según parece los gobernantes de Brasil están especialmente preocupados por la enorme población carcelaria, por el índice de reincidencia de los egresados, y por las condiciones inhumanas de reclusión.

Aprobaron un par de ideas que eventualmente pueden ser útiles para disminuir los defectos clásicos de la privación de libertad como intento de rehabilitación que fracasa sistemáticamente.

Una de esas ideas consiste en ofrecerles a los reclusos pedalear en una bicicleta estacionaria acondicionada para generar energía eléctrica que recarga acumuladores (baterías) destinados a iluminar alguna plaza pública. La retribución por este esfuerzo se efectuará acortando la pena.

La segunda idea me parece más sofisticada y por tanto más expuesta a la suspicacia, la incomprensión, la burla y el fracaso.

Los presos podrán reseñar hasta una obra literaria, o filosófica, o científica, o clásica, cada treinta días, con lo cual verían disminuida su condena en 48 días por año.

De más está decir que esta idea no es adecuada para cualquier recluso. Para algunos sería intelectualmente imposible y para otros, aunque sería intelectualmente posible, resultaría excesivamente cruel.

Quienes están llevando adelante este experimento estiman que menos del 20% podrían acceder a esta posibilidad.

Lo que me interesa resaltar es que los delincuentes son personas con deficiencias mentales que en algunos casos podrían reequilibrarse mediante ejercicios gramaticales, tanto sea para leer como para hacer las reseñas.

Nuestras «fábricas» de delincuentes son las mismas cárceles en cuanto resultan ser academias del delito y el sistema educativo en general que expulsa a sus alumnos aburriéndolos con sistemas pedagógicos aptos para muy pocos estudiantes.


(Este es el Artículo Nº 1.922)

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viernes, 7 de junio de 2013

La contabilidad de la culpa



 
En gran medida consideramos que las molestias inherentes a estar vivos son en realidad responsabilidades incumplidas por otros (culpables), nunca por nosotros.

El dinero es el objeto cultural de mayor circulación. En segundo lugar el objeto cultural de mayor circulación es la culpa.

El dinero y la culpa pertenecen a categorías diferentes: el dinero es una mercadería y la culpa es una deuda impaga.

No aclaro en qué circunstancias se utiliza el dinero porque todos las conocemos, pero al menos hago un breve comentario referido a las circunstancias en las que se utiliza la culpa, la acusación, la recriminación, la facturación de responsabilidades incumplidas, el reclamo de derechos insatisfechos, la denuncia de deberes que no fueron cumplidos en tiempo y forma.

La culpa es una sentencia acusatoria que recae sobre un deudor (culpable) y que tuvo una víctima, alguien perjudicado, un acreedor (damnificado).

Teniendo en cuenta nuestra tendencia a evitar las responsabilidades podemos afirmar que tenemos una idéntica tendencia a no aceptar nuestra culpabilidad.

En otras palabras, somos eficaces acreedores (quien espera que le paguen, quien espera cobrar, quien espera ser resarcido) y somos malos deudores (quien debió cumplir y no cumplió, quien hizo daño al acreedor, quien cometió una evasión a sus responsabilidades).

Por la existencia de estas pequeñas aunque abundantes reclamaciones solemos tener una visión de nuestra existencia llena de deudores incobrables, de deudores morosos, de quienes debieron ser responsables y, por no cumplir, nos perjudicaron de tal forma que, cuando hacemos la reclamación surge como la única causa de que no seamos plenamente felices.

Como es lógico, casi toda la culpa de nuestros infortunios es ajena, es casi imposible que nuestra débil inteligencia pueda entender que si sentimos angustia no es por la irresponsabilidad de mamá, papá o los gobernantes, sino porque estar vivos implica sentir molestias (1).

 
(Este es el Artículo Nº 1.921)

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jueves, 6 de junio de 2013

Psicoanálisis y psicosíntesis

 
El psicoanálisis cumple la función de analizar, separar, desarmar la psiquis. Ahora falta una función que podría llamarse psico-síntesis.

Cuando tenía 12 años leí el libro El chiste y su relación con lo inconsciente.

Esa lectura tenía dos objetivos bien claros:

1) Reírme con los chistes; y

2) Entender a mi mamá que tanto hablaba del autor, Sigmund Freud, inventor del psicoanálisis.

De más está decir que ni me reí ni logré entender a mi madre. Los chistes de cualquier intelectual son trágicamente aburridos y entender a una madre no es tarea accesible para humanos.

56 años después observo que me siguen gustando los chistes, entender a mi mamá, pero se me agregó que hace décadas que me apasiona el psicoanálisis.

Me apasiona pero no estoy estúpidamente enamorado, (esto parece una redundancia), en tanto opino que vale mucho menos de lo que aparenta. Sin embargo sigue siendo más confiable que cualquier otra manera de entendernos (inclusive de aproximarnos a comprender a las madres).

Algo que siempre me molestó es que, como su nombre lo indica, este arte científico hace honor a su denominación pero deja la tarea a medio terminar.

Efectivamente, el psico-análisis introduce a la psiquis en su laboratorio para analizarla, es decir para descuartizarla, separarla, romperla, desarmarla, atomizarla, pulverizarla, como corresponde al verbo analizar, («Distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos»).

¡Esto no puede ser! Un psicoanálisis sin una psico-síntesis no vale nada. Algunos dicen que la psiquis se rearma sola. Quizá, no sé, puede ser, pero cualquier niño despanzurra un juguete y después queda inutilizable. ¿No sería razonable pedirles a los psicoanalistas que también se preocupen por la síntesis de la psiquis que analizaron?

Los encarcelados, (neuróticos, reprimidos, inhibidos), podrían escaparse descuartizados, pero después ¿quién los reconstruiría?

(Este es el Artículo Nº 1.920)

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