miércoles, 5 de junio de 2013

La rigurosa elección del futuro padre




Les comento dos hipótesis de por qué las mujeres eligen al padre de sus hijos entre pocos candidatos.

Les plantearé dos hipótesis tan indemostrables como las teorías sobre el origen del cáncer o sobre la existencia de Dios.

Que mi planteo sea menos conocido que las mencionadas creencias no le quita mérito sino algo de popularidad.

Las mujeres no tienen hijos con cualquiera, son precisas, cuidadosas, masivamente excluyentes. Discriminan con furia a la mayoría de los varones.

Por el contrario, los varones somos generalistas, tolerantes, abarcativos, ecuménicos, masivamente incluyentes. Si por algo cuidamos dónde depositar nuestro semen es por razones culturales, legales, económicas. De no ser por estas limitantes tendríamos sexo con cualquier mujer que apenas se insinuara interesada en nuestra fertilizante presencia.

Me pregunto: ¿Con qué criterio las mujeres nos seleccionan con tanto rigor? ¿Por qué eligen entre tan pocos varones para ser padre de sus hijos?

Hipótesis 1: Ellas tienen un sexto sentido por el que «saben» qué varón cuenta con la dotación genética que mejores ejemplares gestará al combinarse con la dotación genética de ella.

Esta hipótesis parece lógica, sobre todo para quienes conocemos manifestaciones de ese sexto sentido para las cosas trascendentes.

Con esa capacidad supra normal, (sexto sentido), quizá no se den cuenta que el marido hace una doble vida porque eso no es tan trascendente como la dotación genética de sus hijos.

Hipótesis 2: Ellas sueñan con sus futuros hijos. «Los ven», no solo antes de parirlos sino antes de concebirlos.

Como dato lateral, obsérvese que el verbo «concebir» tanto significa «quedar embarazada» como «formar idea, hacer concepto de algo».

Así como en los sueños «vemos personas» desconocidas que en realidad son la condensación de los rasgos de varias personas, ellas sueñan con maravillosos hijos poseedores de rasgos propios y del padre elegido.

(Este es el Artículo Nº 1.919)

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martes, 4 de junio de 2013

Una infidelidad es una violación homosexual




Quienes tienen deseos homosexuales inconscientes y sienten que el cuerpo del cónyuge les pertenece, se ofuscan pues una infidelidad es una violación.

En otro artículo (1) hice un comentario sobre la fórmula química de los celos cuyo resumen dice:

Los celosos procuramos la traición del ser amado porque amamos más aquello cuya posesión es dudosa pues la seguridad nos aburre.

Ahora compartiré con ustedes otro comentario aunque desde un punto de vista bastante distinto.

Necesito que usted lector abandone por un rato su temor a ser homosexual. Lo necesito libre de ese fantasma durante el tiempo que dure la lectura de este artículo y/o la escucha del video que tiene asociado.

Con cierta desprolijidad verbal solemos hablar de «mi cónyuge», aplicando un pronombre posesivo que no debería ajustarse a la realidad entre quienes sostienen que las personas no se pertenecen unas a otras. Cada uno es de sí mismo y de nadie más. Las apropiaciones son abusos imperdonables.

Ahora que usted acepta que podría ser tan homosexual como heterosexual, le comparto la hipótesis de por qué los celos pueden llegar a enloquecernos.

Esa desprolija expresión verbal tiene algo de cierto porque en la fantasía de quienes viven con un ser amado del sexo opuesto está la idea de que ese cuerpo podría ser el propio, con esas características que nos faltan.

Por ejemplo, como yo soy anatómicamente varón, puedo sentir, gracias a esta relación que tengo con «mi mujer», que también tengo vagina, senos, útero y su glamur femenino. A esto podemos llamarlo «identificación sexual».

Siento celos de que ella tenga sexo con otro varón porque así me está obligando a que yo tenga relaciones homosexuales, pues, recordemos, yo imagino que su cuerpo es mío. Inconscientemente quiero tenerlas pero conscientemente no, entonces con su infidelidad «mi mujer» me está haciendo violar.

 
(Este es el Artículo Nº 1.918)

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lunes, 3 de junio de 2013

La traición del mejor amigo



 
Los celosos procuramos la traición del ser amado porque amamos más aquello cuya posesión es dudosa pues la seguridad nos aburre.

Los triángulos amorosos han dado abundante inspiración a los novelistas, no solo para expresar su arte sino también para darle trámite a sus propios complejos amatorios porque los escritores, vale repetirlo, son seres humanos.

En El Quijote se incluye una novela corta titulada El curioso impertinente (1).

Se cuenta en ella la gran amistad entre dos hombres llamados Lotario y Anselmo, y la esposa de este llamada Camila.

Con mentalidad «siglo 21», cualquiera desconfiaría de la heterosexualidad de aquellos muchachos, pero en aquella época la gente era más ingenua o menos neurótica.

El asunto es que los grandes amigos cursaron un período de ajuste de sus respectivos sentimientos recíprocos porque la moral obligaba al soltero que se apartara del recién casado, pero Anselmo era muy curioso, muy impertinente y también excesivamente celoso.

Estas particularidades lo indujeron a pedirle un gran favor a su amigo Lotario: que pusiera a prueba la fidelidad de Camila tratando de seducirla.

Al principio el seductor improvisado fue rechazado por la esposa fiel, pero como El curioso impertinente no quedó conforme con la intensidad de la prueba, le pidió a su amigo del alma que insistiera más y más.

A esta altura cualquier lector estaría deseando que Camila cediera al acoso del «mejor amigo de su esposo» y a Cervantes se lo valora porque nunca defraudó a sus clientes: Camila tuvo sexo con «el mejor amigo de su esposo» y todo terminó de la peor manera..., para no defraudar al lector.

Los celosos contemporáneos son, o somos, como antes: procuramos la traición de quien esperamos una fidelidad máxima. ¿Por qué? Porque amamos con más pasión aquello cuya posesión tenemos en duda pues la seguridad nos aburre.

 
(Este es el Artículo Nº 1.917)

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domingo, 2 de junio de 2013

Los ‘negrocios’ de Mariana




Mariana se crió entre niñeras y empleadas domésticas afro descendientes.

La madre no quería quedar embarazada pero una leve intoxicación alcohólica la hizo olvidar que su cuerpo monumental podría deformarse.

Seguramente el padre de Mariana fue alguno de los diplomáticos que asistieron a aquella fiesta en la embajada alemana de Uruguay.

La vida de la niña blanca, rubia y de ojos color celeste intenso se desarrolló en contacto permanente con las mujeres negras, una de las cuales la alimentó con sus senos durante más de ocho meses.

Tuvo fuertes peleas con los hijos de estas mujeres, lloró desconsoladamente por los agraviantes insultos con que los niños la despreciaban. Cuando la madre se intervino quirúrgicamente para mejorar la forma de sus senos Mariana fantaseó con que también podrían operarse esos colores corporales tan horribles que le habían tocado.

Como la madre decidió que estudiara en el Colegio Alemán la situación de la niña mejoró sensiblemente.

Desde los primeros años escolares demostró una precoz habilidad para negociar, no solo con sus compañeros sino también con los docentes y hasta con las autoridades del colegio.

A Mariana le gustaba un mundo de riqueza y con muchas personas africanas, sobre todo aquellas que sabían generar una música de tambores que le hacía vibrar el cuerpo.

El amante eterno de su niñera fue quien le mostró varios videos con las proezas futbolísticas del jugador brasilero Ronaldinho.

La jovencita de 19 años quedó fascinada y concentrada en profundas cavilaciones.

Comenzó a leer todo cuanto encontró sobre ese deportista. En cuatro meses se volvió experta en la vida y en la obra del increíble jugador, de quien a veces decía que era la única persona capaz de mentir con el cuerpo, aludiendo a los increíbles amagues que desconcertaban a quienes intentan quitarle la pelota.

Hoy Mariana tiene 39 años y puedo decir que cumplió su sueño de riqueza rodeada por músicos afro-uruguayos.

Tuvo la audacia de vincularse con el jugador y, mediante un dispositivo que se hizo instalar en la vagina, capturó el semen del muchacho que luego vendió por miles de dólares en pequeñas dosis, de las cuales algunas fertilizaron y otras no.

(Este es el Artículo Nº 1.916)

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sábado, 1 de junio de 2013

El desajuste emocional provocado por el poder




Si los subordinados sabemos que el nuevo jefe, afectado por el poder, sufrirá un desequilibrio emocional, quizá logremos disminuir los daños.

El poder produce el efecto de ilusionarnos con el acceso a unas posibilidades inexistentes. Tiene un efecto similar a las drogas alucinógenas.

Llama la atención porque mientras no disponemos de él le atribuimos facultades maravillosas, pero cuando lo consumimos vemos que sus efectos son bastante diferentes.

Una de las diferencias entre imaginarlo y poseerlo está en la peligrosidad.

Efectivamente, cuando soñamos con tener poder creemos ser muy aptos para administrar sus efectos, pero cuando empezamos a ingerirlo también empezamos a ver algunas consecuencias que antes no preveíamos.

La inflamación del ego quizá sea la consecuencia más inmediata y dañina.

Entre nosotros nos diferenciamos por los distintos niveles de humildad, arrogancia, respeto, insolencia, disciplina, desfachatez.

Habitualmente sabemos cómo reaccionarán los demás cuando dejamos ver nuestras características antisociales o las compasivas, pero alcanza con que caiga una sola gota de poder en nuestro océano emocional para que todos los valores se alteren negativamente.

El fenómeno podría definirse como ebriedad megalomaníaca, es decir, que esa gota de poder nos inflama el sentimiento de omnipotencia precariamente reprimido por las inhibiciones impuestas por la cultura, por la educación, por los disciplinamientos impuestos por el sistema educativo, por la censura social, por el deber ser que nos permite conservar algunos amigos.

Sin embargo, para que nuestra vida colectiva funcione, es preciso que algunas personas tomen decisiones y que los demás las respetemos.

Podría ser una solución saber qué le ocurre a quien tiene poder para intentar compensar las conductas desajustadas que pudieran empobrecer los resultados de su desempeño.

Si los subordinados estamos advertidos de que el nuevo jefe sufrirá un desequilibrio emocional provocado por la nueva dosis de poder, quizá logremos disminuir los daños.

(Este es el Artículo Nº 1.915)

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