La desconfianza sistemática está alentada por el interés de seleccionar convenientemente aquello que nos conviene creer.
Como dice un refrán muy simpático, «El pecado está en la mente del
pecador». Significa que toda desconfianza o acusación infundadas se basan en lo
poco confiable que es quien desconfía o acusa.
En
psicología se denomina proyección al
mecanismo de defensa que se caracteriza porque quien lo usa intenta poner en
otra personas características propias que le son molestas.
El niño
pequeño que se come unos caramelos sin autorización puede acusar al gato; el
adulto que prefiere hacer sus compras evadiendo los impuestos quizá se enoje
públicamente de la corrupción de los grandes empresarios; la persona de
espíritu monógamo muy frágil puede ser exageradamente celosa pensando que su
cónyuge le es infiel.
Alguien
podría pensar que estas personas acusan a los demás injustamente, con total
conciencia, sabiendo lo que hacen, pero no, no es así. Una persona que proyecta
no sabe que proyecta en otros contenidos propios, si lo supiera tendría una
actitud malintencionada, pero lo cierto es que no la tiene.
Por el
contrario quienes utilizan este mecanismo de defensa son honestos: para ellos
es como suponen. Están convencidos y no es fácil hacerlos comprender que se
engañan.
Pero no
solo el mecanismo de proyección provoca estas desconfianzas y acusaciones infundadas.
Con
cierta inseguridad sugiero que los latinos castigamos duramente a las personas
confiadas. Las acusamos de ingenuas, tontas, inmaduras.
Los
latinos admiramos la picardía, la trampa, el delito que se salva del castigo
previsto. Admiramos al evasor, al pillo, atrevido, vivaz, astuto más que
inteligente.
Pero
no solo es cuestión de espíritu latino sino que, funcionando como un segundo
mecanismo de defensa, si desconfiamos sistemáticamente adquirimos la libertad
de creer solo aquello que sea conveniente, lindo, divertido.
(Este es el Artículo Nº 1.800)
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