martes, 13 de noviembre de 2007

Neurotransmisores - Gragea Nº 2

¿Por qué tanta gente siente horror hacia los roedores domésticos [ratas y ratones]? Porque su inconciente lo impulsa a comerse a sus objetos de amor (padres, hijos, cónyuge). Ese impulso amoroso-comilón-homicida es fácilmente simbolizado por un roedor doméstico, el que irracionalmente nos provoca el temor de que se comerá aquello que es aún más amado que los objeto de amor, es decir, a nosotros mismos.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Neurotransmisores - Gragea Nº 1

Los monopolios matan el afán de superación por falta de competencia. Por eso con mi mujer decidimos autorizarnos mutuamente a tener amantes y ahora ella es una de mis predilectas.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Amor ciego

— Si, a vos te lo puedo contar porque sos mi mejor amiga, pero me tenés que prometer que no se lo vas a contar a nadie. Ni siquiera a Matilde. ¿Me lo jurás?

— Por supuesto, pero ¡cuánto suspenso che!, parecemos jovencitas noveleras. ¿Cómo es la cosa?

— El marido que tengo ahora es ciego.

— ¿CIEGO?

— Ciego. Desde que era niño. No sé qué problema tuvo. Nunca me lo quiso contar.

— ¿Y cómo hacen? ¿Cómo es estar casada con un tipo ciego? ¿Cómo te enamoraste de él?

— Cuando me divorcié de Ricardo, casi voy a la cárcel porque si no me lo sacan, te juro que lo mato. Era un mujeriego insoportable. Vivía de aventura en aventura, ¿y vos viste que yo soy terriblemente celosa?

— Bueno Ricardo era alguien que nunca le dio mucha importancia a tus celos. Siempre decía que exagerabas, que la cosa no daba para tanto, que él te era fiel. Pero yo te pregunté cómo te enganchaste con un tipo que no ve.

— Viste cómo son estas cosas. La vida te presenta situaciones más increíbles que la propia ficción. Resulta que en una reunión que hicieron en la casa de él, —yo estaba recién separada— justo me senté al lado suyo y quedé maravillada de cómo interactuaba como si viera. Con los lentes oscuros que siempre usa, no te das cuenta de su particularidad.

— ¿No podés ir al punto? ¿Cómo es estar con un ciego? ¿De qué viven?

— Te estoy contando ¡dame un poco de tiempo! ¿Te acordás de aquella película en la que Al Pacino hace de un militar retirado y ciego, que hasta llega a manejar una Ferrari roja?

— Si, me acuerdo: Perfume de mujer. Le dieron un Oscar. Hacela corta.

— Él tiene su misma destreza. Baila maravillosamente, es brillante, tierno, cariñoso. Hasta podría decirte que en muchos aspectos, él es mi lazarillo. Fijate lo que te digo.

— Está todo bien, pero ¿qué querés que te diga? Estar con un hombre que no ve nada, no sé, no me cierra. ¿Tiene fortuna por lo menos?

— Fortuna fortuna, no. Es una familia adinerada y seguro que cuando muera la madre —que ya está muy viejita pobre—, él se va a forrar. … Pero ¿sabés por qué me enamoré de él? Precisamente porque estoy segura de que no va a mirar a otras mujeres.

reflex1@adinet.com.uy

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sábado, 3 de noviembre de 2007

Sabor a mí

Este vino me está soltando las neuronas y puedo pensar con más libertad. ¿O con más coraje? Sí, debe ser coraje.

A mis 56 años soy el número uno de los Pérez-Martinelli en cuanto a nivel de fracaso. El mejor diagnóstico es el que me hizo el hermano de copas Pocho Funes: «Vos administraste mal la falta de escrúpulos», me dijo el domingo de tarde.

Cuando esperaba mi turno en la penumbra de la sala de espera del quilombo, creí reconocer a quien fuera el cocinero jefe de un restorán lujoso que tuve cuando era alguien.

Me cambié de silla y le hablé.

— Vos sos «El Gitano» De Luca ¿No?
— Sólo mis amigos me dicen «Gitano». ¿Usted quién es señor?
— Evaristo; el dueño de La Posada del Puerto. ¿No te acordás de mí?
— ¡Ah, sí! El que me despidió a los gritos tratándome de ladrón delante de todo el mundo.
— Buenos Gitano, vos sabés que me estabas robando. No sigas negándolo.
— Por lo que veo su inteligencia sólo le dio para estar esperando junto conmigo en este mísero prostíbulo. ¿Qué pasó?
— ¡Pero qué recoroso! ¡Seguís agrediéndome! ¡Se ve que no aprendiste la lección!
— Soy rencoroso porque usted no quiso saber lo que yo quise decirle cuando me echaba a los gritos de su local. ¿Se acuerda que en mi vergüenza le juré que su negocio quebraría en poco tiempo?
— Sí, más o menos me acuerdo, pero si tuve que cerrar fue porque me empezaron a bajar las ventas, No sé qué bicho les picó a mis clientes que dejaron de venir. ¿Vos qué tenés que ver con mi fracaso? ¿Me hiciste algún maleficio?
— Mientras yo fui el cocinero jefe de su restorán, utilizaba sin que usted lo supiera los condimentos que mi padre boliviano me enseñó para que nunca me faltara trabajo como cocinero. Como usted no podía saberlo y los ingredientes me costaban mucho dinero, tenía que recuperar el dinero de la manera que usted llama robo. ¡Ya voy Lucía! Señor Evaristo: me alegro por su fracaso y lamento su estupidez, porque del fracaso puede recuperarse.

… y se fue casi corriendo al encuentro de su prostituta preferida. Tuve el mismo sentimiento de cucaracha que sentí el día que ya no pude abrir La Posada.

— ¿Vamos papito? ¡Llegó tu turno! Vení que yo te puedo maquillar la cara desde adentro.

— No Rosaura. Se me fueron las ganas. Quizás otro día. Perdoname.

reflex1@adinet.com.uy

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sábado, 27 de octubre de 2007

Cortar por lo sano

Hoy el clima no me ayuda con la tarea. Desde muy temprano ha estado caluroso y especialmente húmedo. Tirar del rodado por las calles empedradas de Jacinto Vera me hace vibrar toda la osamenta.

Veremos que nos depara la suerte en el próximo contenedor porque hasta ahora parece que se me adelantaron los Miguez que son como la langosta. ¡Todo les sirve!

Por suerte este está mejor provisto de elementos utilizables. De ese paraguas se pueden rescatar la tela, el mango, el eje central y algunas varillas. Se ve que al dueño lo agarró la lluvia con viento que tuvimos hace un par de horas. En aquella bolsa de polietileno blanco parece que hay unos trozos de pizza; uno de ellos está mordido. Por el diámetro de la dentellada lo dejó algún niño pequeño que desaprobó su sabor. ¡No está mal! En este barrio siempre usan demasiado ajo, pero es bueno para el aparato circulatorio y hasta hay un laboratorio que lo vende en comprimidos.

Este par de romanitas rosadas está casi nuevo. Parece que eran de una señora con sobrepeso porque la suela está intacta pero el espesor se muestra comprimido como si tuviera mucho uso. ¡Confirmado, los Míguez no pasaron por acá!

En otros barrios le ponen carteles a los trozos de vidrio para que uno no se vaya a lastimar, pero acá omiten esos detalles. ¡Cuántos platos antiguos rotos! Quizá algún viejo aparador finalmente fue carcomido por las polillas. No, debe de haber sido un trinchante porque si hubiera sido un aparador tendrían que estar por acá una cantidad de copas y la jarra de clericó.

Voy a tener que meterme adentro porque allá veo una cajita envuelta en papel de regalo y no es la primera vez que una persona enamorada tiene un gesto destructivo por despecho, sin tener en cuenta el valor extrínseco de lo que desecha.

¡Caramba, que pesadito que es en proporción a su volumen! Debe contener algodón mojado por las lágrimas de una mujer enamorada. ¡Qué loco que soy! Hoy me levanté con la vena romántica a flor de piel. A ver que tenemos acá: ¡Oh cielos! ¡El anular completo de una mujer joven! ¿Se le habrá atorado la alianza?

(Este relato se basa en lo que “soñó despierta” una paciente que se sintió desairada porque “su primer hombre" -de épocas liceales-, ahora recibido de médico, no la saludó al cruzarse con ella en la panadería del barrio. Por supuesto que me autorizó a realizar esta publicación.)

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sábado, 20 de octubre de 2007

Líos eran los de antes

Según me enteré dolorosamente cuando tenía trece años —gracias a la verborragia alcoholizada de mi tía predilecta—, mi mamá lloró mucho cuando se enteró que yo nacería.

Usted estará pensando que ella no quería tener un hijo porque era soltera, o porque su fecundador era un rubiecito con seducción perecedera. Error: su problema era que aún no había terminado el ciclo de enseñanza elemental.

Por eso yo creí hasta el día de la revelación que mi tía predilecta era mi mamá y que mi mamá era la tía con quien yo deseaba secretamente tener relaciones sexuales.

También descubrí que estos cruzamientos familiares, llenos de secretos y pesados silencios, son un argumento predilecto de los teleteatros más burdos.

Mi mamá biológica —de quien estuve perdidamente enamorado hasta los trece años— tenía una asombrosa semejanza con la modelo y actriz argentina Araceli González.

Resumiendo, mi mamá quedó embarazada de alguien que la encandiló y su hermana le hizo el favor de criarle al hijo para que no tuviera que cargar con el peso del arrepentimiento.

Pero en esta historia falta el padre. Mi tío-papá era —ya falleció, pobre— una bolsa de plástico expuesta al viento: gordito e incapaz de tomar alguna decisión. El viento que lo agitaba era mi tía-mamá. … ¿O me habrán adoptado porque él era estéril? No sé, ahora no me quiero complicar.

Mi madre biológica sigue soltera y sin hijos porque nunca pudo terminar esos estudios que la habilitaran para merecer el acceso a estos logros.

Yo luzco y me siento normal a pesar de los antecedentes anormales.

Ahora que escribo esto pienso que a mi esposa quizá la quiera porque se apellida González. Pero no, debe ser una coincidencia.


reflex1@adinet.com.uy


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sábado, 13 de octubre de 2007

La vida después de la muerte

Paciente ♀ — … si, muchas viejas preguntan por Miguel (esposo) y yo les contesto con cara de circunstancia, «pobre, empeoró», pero en realidad estoy contenta de que esté enfermo.

Recuerdo que cuando murió mi padre hubo algo que no entendía, y eso que ya tenía veintidós años. Mi madre lloraba mucho, pero cuando quedábamos a solas, ella no lloraba. Caminaba con un paso firme, diría que tenía como un aire de triunfadora. Lucía los senos … que yo —dicho sea de paso—, se los envidiaba porque salí a la familia de mi padre.

………pero eso no lo entendía. Mamá parecía dotada de un motor nuevo. Como si hubiera ido a una curandera para santiguarse. Al principio no cantaba ni silbaba, pero a la semana sí.

También a la semana llamó a una vecina que trabajaba para una organización de beneficencia y le regaló toda la ropa y los zapatos de papá. Sólo se quedó con una billetera de piel de cocodrilo con monograma. Ella se la había regalado cuando eran novios.

Si, con tantos años de psicoanálisis ya sé lo que está pensando, pero no, no pienso que Miguel se vaya a morir. Cuando recién se enfermó, me daba mucha bronca que las viejas babosas preguntaran por él. Y le mandaban saludos que nunca le llegaron, por supuesto.

Lo que pasa es que él es muy piropeador y las clientas del almacén están todas marchitas, con unos maridos terriblemente aburridos de todo. Estoy segura de que las desgraciadas tienen fantasías sexuales con Miguel. Lo que no sé es si Miguel tiene fantasías con alguna de ellas. ¡Sería el colmo!

Analista ♀ — ¿Qué enfermedad tiene su marido?

Paciente ♀ — Gripe. Lo que sucede es que ya hace tres semanas que estoy encargándome de todo porque él está tan agotado que no tiene ganas de levantarse nunca. Como las desgracias no vienen solas, también le subió la diabetes y no quiere ni hablar. Uno le cuenta algo del almacén y él ni contesta. Nunca lo había visto así.

Analista ♀ — ¿No lo nota triste?

Paciente ♀ — ¡Nooo! Está encaprichado. No sé que bicho lo habrá picado. Se la pasa limpiando un revólver que era de mi padre.

reflex1@adinet.com.uy

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