sábado, 22 de noviembre de 2014

La mamá más joven



 
En este relato, Mariana, en estado de coma, se conserva sin envejecer y su marido, muy enamorado, es un científico que envejece, prematuramente, luchando por encontrar alguna forma de «recuperar» a su amada esposa.
 
Braulio y Mariana se conocieron cuando ambos tenían 15 años. Más precisamente el día que toda la familia de ella festejó esa fecha tan particular en algunas culturas.

En realidad el muchacho no había sido invitado pero, en un acto impensado, cuando ingresó a la fiesta un grupo que descargó en la puerta un ómnibus escolar, él directamente se mezcló con la muchedumbre y nadie le impidió el ingreso.

Jamás había hecho algo así. Se sintió como un delincuente novato, esperando que alguien de seguridad lo viera y, antes de expulsarlo, le hiciera pasar la vergüenza más grande de su vida.

Sin embargo, nadie notó su presencia excepto la festejada.

Muchos de los amigos de Mariana adoraban a aquella hermosa morochita, de mirada inquieta, cejas importantísimas, boca movediza y con una voz fascinante. Hasta el enunciado más trivial se convertía en poesía cuando ella lo pronunciaba.

Como se notará, yo también estaba enamorado de Mariana, pero es mi sobrina. Además, estoy casado con una mujer celosa que me cuida como si yo fuera su auto recién lustrado.

Aquella linda fiesta llegó a su fin y el abundante intercambio de números telefónicos determinó que, socialmente, hubiera sido un éxito.

Cuando empezaron mis achaques de anciano debí consultar a un neurólogo y ahí cobró significado aquella frase tan popular: «¡Qué chico es el mundo!».

Para ser atendido tuve que alejarme varios quilómetros de la ciudad y allá me encontré con un joven muy avejentado, de mirada ausente, que me atendió con ropa de jardinero y que me hizo pasar a un desordenado laboratorio.

El hombre casi no me escuchó pero me dio un frasco con pastillas blancas, ordenándome que tomara una cada dos semanas.

Al salir de la casa, me crucé con una jovencita que me hizo saltar el corazón.

— ¡Marianita, preciosa, mi amor! ¿Cómo te va, tesoro?— La chica se alejó espantada y no me permitió que la abrazara.

Rápidamente me di cuenta de mi profundo error cronológico.

Le pedí mil disculpas, ella notó mi turbación y creyó en la sinceridad de mi confusión. Me condujo hasta una silla con apoya brazos. Luego se sentó frente a mí y me dijo:

— Tú sabes algo de mi madre, yo quiero saber. ¿De dónde la conoces?, ¿Por qué la quieres tanto?— Habló con ansiedad, mirándome a los ojos; me conmoví por la fuerza de sus sentimientos.

Traté de recuperarme y responder algo coherente. Felizmente pude. Le conté de aquella fiesta y me animé a confesarle mi anacrónico enamoramiento.

Se ve que también la conmoví yo a ella porque, apoyando su mano en mi rodilla, me contó:

— El que te atendió es mi padre. Mariana hace muchos años que está en coma. Me dio a luz y siguió en coma. Mi padre se desvive por traerla, pero ha descubierto una cantidad de fármacos y procedimientos, aunque ninguno que nos ayude con mamá. ¿Quieres verla?—, preguntó, y esa posibilidad  me paralizó.

— Bueno—, balbuceé con miedo.

Volvió a tomarme del brazo y me llevó a una habitación en penumbras, silenciosa, suavemente perfumada.

— Encenderé la luz para que la veas—, dijo, y mi corazón parecía estallar.

Al mirarla, sentí lágrimas incontenibles. Estaba igual a aquella noche de fiesta. Parecía más joven que su hija.

(Este es el Artículo Nº 2.247)

No hay comentarios.: