sábado, 19 de octubre de 2013

Extraviados en el presente



 
El «presente» fue angustiante en todas las épocas porque demoramos en entender qué está ocurriendo y en saber cómo deberíamos actuar.

Aunque he tenido alguna experiencia desagradable, reconozco que la inseguridad ciudadana me preocupa menos que la preocupación por la inseguridad ciudadana.

En otras palabras, quizá por deformación profesional, (soy psicoanalista), tengo la sensibilidad a flor de piel con fenómenos tales como las neurosis, la angustia y la psicosis colectiva (hipocondría, pánico).

La historia nos informa que en todas las épocas existe un pico máximo de alarma pública, ya sea por la guerra, el desabastecimiento, las pestes.

Por lo tanto, los híper sensibles al fenómeno reaccionamos en todas las épocas de la misma manera: pensando, buscando soluciones, proponiendo hipótesis, estrategias, alternativas.

Algo muy conmovedor es que se han sumado a la delincuencia los menores de dieciocho años, que hasta ahora son inimputables en casi todos los países pero que seguramente se irán convirtiendo en imputables a medida que las fechorías que cometen sean más y más irritantes.

Hasta cierto punto es esperable que un niño cometa un asalto a mano armada porque todos entendemos que a esa edad acostumbran a copiar lo que ven, y en los programas de televisión casi todos los personajes refuerzan sus dichos apuntando al interlocutor con un revólver.

No es tan fácil comprender que un niño de 16 años termine preso por el FBI porque participó en un sabotaje informático a MasterCard y Paypal desde su casa en La Haya (Holanda).

Es cierto que cuando uno es atacado por un delincuente, generalmente nervioso, la situación es tan estresante como recibir una llamada a media noche, o tener un accidente de tránsito o quedar en medio de una manifestación con represión policial, pero lo que más nos angustia es que no comprendemos qué (nos) está pasando.

(Este es el Artículo Nº 2.054)

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viernes, 18 de octubre de 2013

La guerra entre los sexos



 
El acto de excitación sexual logra que la mujer vuelva violento al varón, quien la atacará para fecundarle un hijo.

Las guerras siempre terminan en algún acuerdo de paz y, eventualmente, si este armisticio es muy deseado por ambos bandos, alguien agrega la solemne declaración de «sin vencidos ni vencedores».

En otras palabras, en algún momento un bando comenzó a hostigar a otro porque entendió, sintió, le pareció que este lo estaba molestando, burlándose, atacando su honor. Cuando alguien dispara el primer tiro de fusil estalla la guerra y ya nadie puede saber ni cómo ni cuándo terminará.

La violencia desatada enardece a ambos contendientes, la muerte parece instalarse en los campos donde, hasta no hace mucho, pastaba el ganado y los agricultores cultivaban alimentos.

Como dije al principio, en algún momento ambos bandos comienzan a desear la paz porque el desgaste es preocupante. Esta gestión no suele estar a cargo de militares sino de diplomáticos: intelectuales con talento para negociar, para encontrar fórmulas conciliatorias que, si bien tienen efectos muy tangibles, calman los ánimos para que después todo vuelva a la normalidad, aunque nada volverá a ser como antes: aquella guerra habrá instalado cambios irreversibles, todos habrán aprendido la lección..., hasta que la historia futura genere las condiciones predisponentes de un nuevo «ajuste de cuentas».

Ahora pensemos esta descripción de lo que puede ocurrir entre dos pueblos vecinos, que se atacan furiosamente, con lo que puede ocurrir entre dos personas que desean utilizarse para que algo cambie entre ellos, para que sus vidas no vuelvan a ser como eran.

Cuando una mujer seduce a un varón, lo excita, lo irrita, lo vuelve violento. Lo estimula para que la ataque, la penetre, eyacule en su vagina y le fecunde un hijo.

Después de la fecundación, nada será como antes.

(Este es el Artículo Nº 2.053)

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jueves, 17 de octubre de 2013

Los juegos bélicos disminuyen la violencia



 
Como los juegos son una forma de procesar símbolos, muchos criminales no asesinarían si pudieran escribir, dibujar o jugar.

En un artículo de ElColombiano.com (1), del 23 de setiembre de este año 2013, se publica una noticia con el título Brasilia, la capital brasileña, prohibió los juguetes bélicos, que en su resumen, dice:

“La capital brasileña puso en vigor este lunes (23-09-2013) una ley que prohíbe la fabricación, distribución y venta de cualquier tipo de juguete bélico, una medida adoptada para contribuir con la reducción de los índices de violencia en el país, informó el gobierno local”.

Me saltearé una cantidad de ideas respecto a qué significa el juego como expresión simbólica para comentarles, directamente, para qué puede ser útil la medida adoptada por los gobernantes de esa ciudad brasileña.

Comenzaré salteándome las consideraciones para ir directamente a la conclusión: Esa ley no va a servir para nada de lo que se propone, sino todo lo contrario.

Ahora sí, para los menos ansiosos y con más paciencia, les comentaré algunos fundamentos de esta conclusión tan radical y atrevida.

Para evitar la violencia los gobernantes deben propiciar aquel viejo refrán que dice: «Perro que ladra no muerde».

Esta sentencia popular nos dice que cuando una persona amenaza, insulta, promete, habla hasta por los codos, no hace más nada, es decir: solo habla, es puro bla-bla-bla.

Las palabras (escritas o habladas) son símbolos que tienen un efecto de cambio en sus receptores pero, sobre todo, en sus emisores.

Cuando alguien confiesa sus intensiones, expresa sus deseos, canaliza verbalmente sus sentimientos, logra (quizá sin darse cuenta) disminuir su intensidad: la furia, los anhelos, el odio, una vez expresados, son notoriamente menos intensos después de ser simbolizados.

Como los juegos son una forma de procesar símbolos, muchos criminales no asesinarían si pudieran matar jugando.


(Este es el Artículo Nº 2.052)


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miércoles, 16 de octubre de 2013

Por qué compramos servicios sexuales



 
Los hombres compramos servicios sexuales para no realizar la antinatural gestión de conquistar a la mujer que nos gusta.

Los varones somos compradores de servicios sexuales en más oportunidades que las mujeres. Las prostitutas trabajan más veces con varones que los taxi-boys con mujeres (o gays).

¿Cuál será la causa de que esto ocurra así?

Todas las explicaciones que usted conoce seguramente son correctas, pero aún así, intentaré compartir con usted una hipótesis, por si nunca la tuvo en cuenta.

En varios artículos (1) he mencionado que es la mujer la que convoca a algún varón en particular, (no a cualquiera), cuando sus hormonas la inducen a ser madre.

Sin embargo, nuestra cultura machista insiste con que es el varón el que tiene a su cargo seducir, conquistas, convencer a la dama de que se case con él.

Por lo tanto, en resumen, tenemos una situación invertida: las mujeres, que deberían encargarse de seducir al varón, se avergüenzan porque no queda bien que ella lo invite a ser el padre de sus hijos. Es poco frecuente oír a una mujer decente decir: «Ven José, copula conmigo que deseo tener un hijo tuyo».

Los hombres, que deberían ser elegidos por alguna mujer se sienten obligado a seducir y se mueren de miedo porque padecemos algo que se llama «metonimia».

Este funcionamiento mental opera en las cabezas de varones y de mujeres, pero en la situación que estamos tratando, si él fuera rechazado por la mujer que desea conquistar, correría el riesgo de pensar (por metonimia) que es rechazado por todas las mujeres y no por una sola. El sufrimiento sería terrible.

Para eso están las prostitutas: el varón, indebidamente obligado a conquistar, tiene miedo, pero sabe que pagando el servicio sexual ese rechazo nunca existirá. Por esto los varones compramos servicios sexuales.

 
(Este es el Artículo Nº 2.051)

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martes, 15 de octubre de 2013

Ya no es obligatorio tener hijos



 
Las futuras generaciones se beneficiarían si a los nuevos matrimonios les ordenáramos que solo tengan hijos cuando los deseen apasionadamente.

Aunque la situación no permita aún «tirar manteca al techo», con siete mil millones de ejemplares en nuestra especie, nos podemos permitir el lujo de suavizar el mandato milenario de tener hijos para que, al morir, queden remplazos.

Hasta hace diez años atrás, era bien visto que hombres y mujeres se casaran, muy probablemente ante la ley (matrimonio civil) y además ante Dios (matrimonio religioso).

Luego de cumplido este primer compromiso con la sociedad, comenzaban las presiones con un insinuante «¿y, para cuándo...?», pues la parejas tenían la orden de tener, por lo menos, dos hijos, y si fueran un varón y una niña, mejor aún.

El objetivo era elemental: al procrear un varón y una niña la especie sabía que, ante la muerte de los padres, ahí tendríamos a los hijos que mantendrían el stock de humanos.

La situación viene cambiando y aquel mandato imperativo puede comenzar a perder vigencia.

Teníamos terminantemente prohibido ejercer la homosexualidad porque esta opción sexual es estéril. Sin embargo, cada vez más, se aprueban leyes que permiten esa posibilidad, al punto de igualarla con la heterosexualidad. En muchos países llamamos, (escribo desde Argentina y Uruguay), matrimonio, tanto a la unión entre dos personas de diferente sexo como a la unión entre dos personas del mismo sexo.

Por lo tanto, ante el dato de que nuestra especie cuenta con una cantidad de ejemplares que ahuyenta el fantasma de su extinción, ya no es preciso conservar una reproducción intensiva y quienes deseen vivir juntos no están presionados para tener por lo menos dos hijos.

Las futuras generaciones se beneficiarían si a las nuevas uniones ahora les ordenáramos que no tengan hijos excepto que los deseen apasionadamente.

(Este es el Artículo Nº 2.050)

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