domingo, 24 de mayo de 2015

La ignición de Ignacio




 
Esta es la historia de una pasión que, desde hace años, está en la mente del lector. No está contada acá. Acá sí están los elementos suficientes para que el lector «recuerde» y reconstruya su propia pasión, tan llena de fuego como fue el amor entre los mexicanos Frida Kahlo y Diego Rivera.

 
Mariana fue la primera hija mujer de un matrimonio que ya tenía cuatro hijos varones.

Los padres no la esperaban pero trataron de poner la mejor buena voluntad ante este nacimiento.

Las tías, hermanas del padre y de la madre, fueron las que más se alegraron, porque también ellas fueron madres de varones.

Durante su crianza, muchas veces anduvo vestida con ropas y calzado masculino. No era fácil gastar dinero en ropa nueva.

La Naturaleza supo cuidarla. Casi nunca lloraba, comía y dormía bien. Amaba a una perrita de la tía más vieja.

Con la escuela y con el liceo nunca llamó la atención. Siempre pasaba de año con las calificaciones imprescindibles.

Lamentablemente, las desavenencias de los padres dieron lugar a que se divorciaran.

Cuando la madre quedó sola sintió necesidad de refugiarse en Mariana. Aunque era muy pequeña aún, era la única mujer.

A los 17 años ganó una beca de intercambio estudiantil que la llevó a vivir 14 meses en Holanda.

Mientras tanto, los hermanos, en pocos meses, consiguieron trabajo, novia y formaron sus respectivas familias.

La madre formó una nueva pareja con su primer gran amor: un buen hombre de cuarenta y pico de años que acababa de divorciarse de su esposa.

Skype mantenía a la viajera comunicada semanalmente. Para los familiares, Mariana estaba poniéndose cada vez más fría. Seguía las extensas conversaciones pero rápidamente empezaba a responder con monosílabos.

Al año de vivir en Holanda, la muchacha le planteó a la madre su interés en adoptar aquella otra nacionalidad. Comentó qué cómoda se sentía con las costumbres, el idioma y la idiosincrasia de ese pueblo.

La madre puso el grito en el cielo. Aunque Mariana no lo sabía, la señora ya había comentado entre sus hermanas la intención de que la única hija fuera la encargada de cuidarla durante los últimos años de vejez.

Aunque Mariana podría haber ignorado la voluntad de su mamá y quedarse a vivir en Europa como era su intención, volvió a la ciudad natal tan pronto venció la beca.

Cuando la muchacha llegó a su casa, la mamá estaba sola. Le había preparado su comida predilecta, pero en el aire gobernaba una triste alegría. La becada ya no era la misma. Se la notaba desvitalizada, más silenciosa que de costumbre. Como si sus deseos de vivir estuvieran en otra parte.

— ¿Qué pasa con tu compañero? Nunca lo vi ni me hablaste de él—, dijo la recién llegada como para romper el silencio.

— ¡Ja! Lo trajiste con el pensamiento. Ahí viene—, dijo la madre con un simulacro de alegría.

Cuando el hombre entró, Mariana estalló en un grito «¡Ignacio!» y se besaron cinematográficamente en la boca.

La madre sintió que una barra candente le subía por la columna vertebral: ya no tendría compañera en la vejez ni compañero en la actualidad.

(Este es el Artículo Nº 2.269)

domingo, 17 de mayo de 2015

El breve relato de Mariana


VideoComentario
 
Siendo la mujer la que seduce al varón, es la madre la que, en algunos casos, se enamora de su hijo. A esto se lo conoce como el Complejo de Edipo.
Algunas mujeres explican que están enamoradas de sus maridos porque éste les inspira fuertes sentimientos maternales.
En este relato, Mariana es una de esas madres.


Mi historia laboral hasta ahora indica que nací para jubilarme como empleado público.

Para convertirme en creativo y vivir de lo que realmente me gusta (el arte), formé un grupo de señoras para practicar danza libre.

En pocas palabras, esto es una gimnasia que nos enseña a redactar con el cuerpo el texto que nos indique la música. Es muy lindo y surgen excelentes ideas: poesías, leyendas, canciones.

Formé un divertido grupo compuesto por seis mujeres de entre 39 y 62 años. Todas casadas o en pareja, inteligentes, creativas, cómicas y, felizmente, poco competitivas entre ellas.

Un viernes de tarde el aire estaba pesado, había calor húmedo. No era clima para agitarse y por eso corté la serie de movimientos musicalizados diez minutos antes de lo previsto.

Les sugerí sentarnos sobre unos almohadones formando un círculo y les propuse algo:

— Ahora vamos a desarrollar nuestra creatividad de una forma más adecuada para un clima tan pesado. Las invito a que cada una cuente una brevísima historia personal en la que se relate una transgresión a la ley—. Ellas se miraron, rieron. Alguna se puso colorada, acordándose de algo con alguien, seguramente.

— Oh, qué momento!!— exclamó Zulema—. ¿Nos vas a grabar?—, agregó entre risas y acomodándose el cabello para lucir fotogénica.

— ¿Se pueden contar historias sobre crímenes, asaltos, copamientos, rapiñas?—, agregó Raquel, estallando en una sonora carcajada.

— Yo contaré una—, dijo Mariana, sin reírse y menos ansiosa que las demás.

— Dale, Mariana. Te escuchamos—, alenté acompañándola en la seriedad.

— Bueno, les recuerdo lo que les dije el primer día: Me llamo Mariana, estoy casada con Luis y tengo tres hijos: Ludovica, Ernesto y Jacobo. Somos una familia bastante común: viajes, fiestas de cumpleaños, mascota, peleas de baja intensidad—, dijo, y suspiró como para ganar coraje. Creo que todos sentimos que algo apretaba nuestra garganta. Yolanda lagrimeó, quizá porque no tiene una familia así y desearía tenerla.

— Ahora, mi brevísima historia. Seguramente a ustedes también les pasa como madres, que no quieren a todos los hijos de la misma manera. Mi predilecto es el varón del medio. Es tierno, inseguro. Me inspira mucha ternura. Con él es con quien sigo sintiéndome mamá porque sigue necesitándome...Bueno, creo yo que me necesita.— Se produjo un silencio raro. Algo flotaba en el aire cálido y húmedo. Digamos que flotaba angustia primitiva. No sé qué es «angustia primitiva», pero era lo que flotaba.

— Esteeeee…, resulta queeeee…, Ernesto tiene un pequeño negocio. Importa máquinas para carpinteros. A veces le va bien y otras más o menos. Me cuenta sobre lo que le pasa con los clientes, con los que no le pagan, con los empleados, con los proveedores, con la Impositiva, con el Banco de Previsión Social, con quienes le piden sobornos, con los negocios fraudulentos que le plantean a veces. Él no hace nada malo, o por lo menos eso es lo que me dice a mí. Él no sabe que yo soy mucho más flexible moralmente de lo que he tenido que inculcarles. Mi esposo y yo los hemos educado en el cultivo de la buena conducta. Bueno, pero esto no hace a mi historia.

En el salón volaba una mosca. Seguramente era sorda porque, de lo contrario, la tensión habilitaba para que «no volara una mosca».

— Anoche—continuó Mariana—, fui a su casa porque la esposa tenía que salir con los hijos de ambos. Empezó a contarme lo angustiado que estaba, cómo lo estaban presionando, que tenía dificultades para dormir. Le sugerí que consultara a un psiquíatra e hizo como que no me oyó. Me invadió algo increíble. Nunca antes había sentido tanto amor por alguien. Le acaricié la mano, él se puso de pie, yo también, nos abrazamos y tuvimos sexo. Bueno, está, esta es mi historia.

Gertrudis se puso a llorar tapándose la cara. Rosario, sentada a la izquierda de Mariana, le pasó un brazo por el hombro y le besó el cabello.

El grupo no volvió a reunirse. Abandoné el emprendimiento y, acá estoy, desempeñando un empleo público hasta el próximo intento.

(Este es el Artículo Nº 2.268)


domingo, 10 de mayo de 2015

¿Qué te ocurre, Mariana?





Quizá no sea la mejor elección que una mujer se prepare para el trabajo como si fuera un varón. Esta decisión podría ser un error estimulado por las feministas cuando se unen, sin quererlo, a los machistas. Es decir: virilizar a la mujer podría ser un error de las feministas machistas.

— ¿Cómo podés decirme «No sé, papá», con esa cara de tonta imperdonable?—, dijo Rodolfo, con el rostro fruncido por la desilusión, la bronca y vaya uno a saber cuántos sentimientos más alojados en su frustración.

— Sí, te entiendo, pero es la pura verdad. Ernesto me puede, es más fuerte que yo. Entiendo que él dice tonterías, que aporta datos falsos con la certeza de un nobel, pero me fascina. Todo mi cuerpo se derrite, se entrega—, respondió Mariana, tratando de calmar el desencanto de su padre, compañero de toda la vida, educado, hombre masculino y viril, ejemplar modelo de la especie y, sin embargo, tan diferente al varón que ella eligió para padre de sus hijos.

El hombre la vio avergonzada, con la cabeza gacha, las manos presionadas por las piernas, los pies mirándose y algo volcados, como acompañando el duelo emocional que cursaba su dueña.

La carrera universitaria de la muchacha prometía grandes cosas para ella, pero se atravesó este sujeto de lindas cejas, y todo se le complicó. «¡Malditas hormonas!», gritaba desgarrado el interior de Rodolfo.

— Podés explicarme un poco más—, casi rogó el hombre, desesperado por encontrar algo que calmara su dolor.

— Mamá me lo entendió. Es cosa de mujeres...—, comenzó a explicar la muchacha.



— Es cosa de mujeres y de hombres, porque acá el problema es cómo te deterioraste cuando apareció este pobre diablo...—, saltó el padre, desbordado por la ineficacia de las explicaciones que imaginaba de su hija.

— No es un pobre diablo, papá. Ernesto es trabajador, hace lo que puede, ...—continuó Mariana, nerviosa porque Rodolfo se notaba cada vez más irritado.

— Sí, claro, “hace lo que puede”, “hace lo que puede”, que es poco y nada. Al menos si lo comparamos con lo que vos podés hacer. ¿Cómo se te ocurre juntarte con alguien que no llega ni a la suela de tus zapatos?—, exclamó casi gritando.

La joven suspiró, sin levantar la vista, sin liberar las manos, sin enderezar los pies. Esta situación parecía no tener salida. El padre tenía razón: Ernesto era, objetivamente, un muchacho de muy pocas luces, definitivamente inculto, empleado en una tarea de baja calificación y peor remuneración. ¿Tendrían que vivir con el sueldo de ella? «¿Qué me está pasando?», se preguntaba, solidarizándose con el papá idolatrado, su dios personal, el monumento más importante de su poblado intelecto.

Para demostrar su habilidad en la parrilla, Ernesto se invitó a comer un asado comprado por ella.

En la barbacoa, comenzó el mortificante espectáculo de un muchacho que se siente el rey de la creación, la incondicional enamorada y el testigo resentido, como un pollo mojado, tratando de que su salvaje sed de justicia no tomara por el cuello al impostor.

El asador, mientras encendía el fuego, les «enseñó» al padre y a la hija la verdad del fútbol, qué debe saberse, qué no sabe la gente.

Mariana, embobada, le hacía preguntas insólitas y Rodolfo se decía «¡No puede ser!», «¡no puede ser!», «esta no es mi hija». «¿Qué hice mal?».

Para su sorpresa, el padre empezó a sentir que la situación se ponía excesivamente erótica entre los jóvenes. La actitud de la muchacha parecía al borde de la locura; el novio, entusiasmado, aumentaba el alarde de conocimiento; el suegro sintió necesidad de irse, y así lo hizo a grandes zancadas.

Incapaz de controlar su cuerpo, ella se hizo penetrar. Incendiados por Mariana, los jóvenes se unieron como leños y se devoraron.

Más desorientado que antes, el padre se vio masturbándose con la misma urgencia sexual que sintió su hija.

(Este es el Artículo Nº 2.267)


domingo, 3 de mayo de 2015

Mariana tendrá que sincerarse



 
Las mujeres suelen aplicar su mayor inteligencia política, su excelente capacidad negociadora y su muy abundante capital verbal, para procurar relaciones vinculares que, generalmente, terminan beneficiándola sin causar grandes perjuicios en los involucrados.

Esta historia trata precisamente eso: Una vecina intenta un cambio de vida para Mariana, pero comete un error de observación.


Un domingo de otoño, después del medio día, Mariana seguía acostada porque nada ni nadie le había ofrecido un plan mejor.

Unos golpecitos suaves en la puerta exterior le cambiaron el humor.

— ¿Quién será a esta hora?—, se interrogó, sin tener la menor idea si era de mañana, de tarde, un día feriado o alguna otra posibilidad.

Abrió un solo ojo y pudo ver, a través de un pequeño agujerito de la ventana, que quizá fuera de madrugada, o de tardecita, o un domingo, o alguna otra cosa.

La tímida insistencia de los golpecitos la decidió a desplazarse descalza hasta la puerta. Apretando su oreja contra la madera, preguntó «¿Quién es?».

Del otro lado, una voz familiar, le respondió con ternura:

— Soy yo, Maruja. Te traigo algo que a vos te gusta. ¿Me abrís?

Mariana abrió, cegada por el brusco cambio de luminosidad, de su dormitorio-cueva al exterior nublado, húmedo. Ahí estaba la cara redonda de Maruja, con su delantal, que alguna vez fue estampado con vivos colores pero que los sucesivos lavados lo fueron diluyendo. Sostenía un plato con ambas manos, cubierto por una servilleta a cuadros rojos y blancos, impecablemente lavada y planchada.

— ¿Qué hiciste de rico?—, preguntó la muchacha, entre adormilada y mimosa.

— Hice bizcochos de anís, y no almorcé a propósito, para que nos comamos unos cuantos entre las dos. ¿Tenés té?—, dijo la psicológicamente obesa.

La muchacha se acarició el cabello revuelto, tratando de ponerse un poco más elegante y mejor ubicada en la situación.

— Ya pongo el agua a calentar—, dijo, caminando hacia la cocina.

— Dejá que yo lo hago, Nena. Vos abrigate un poco, ponete unas medias para que no se te enfríen las patitas—. A la muchacha se le llenaron los ojos de lágrimas porque así era su mamá. Su inolvidable mamá.

Sentadas ante el té humeante, Maruja destapó su obra de arte para que los cuerpos fueran homenajeados con tan rico manjar.

Hubo un momento de silencio, quizá solemne, de concentración gastronómica, de ceremonial místico. Los bizcochos de anís y el té entraron en aquellos organismos de manera triunfal, generando regocijo, éxtasis, paz, felicidad.

La anatomía juvenil, atormentada por muchas horas de ayuno, se sintió acariciada por una tibias manos, tan suaves como su piel. La presencia de Maruja, la mejor amiga de su mamá, la hacía sentir como cuando ella aun vivía.

Se miraron, notoriamente emocionadas. La mujer la tomó por una mano. El momento fue perfecto. Irrepetible. Ambas se dijeron, sobriamente, que se querían. También dejaron entrever que se necesitaban.

— Jorgito me tiene preocupada—, arrancó Maruja, dando por terminada la ceremonia.

Mariana sintió como si alguien hubiese abierto una puerta enfrentada al viento polar. Tuvo que esforzarse para que su rostro no la delatara.

— Cuando tu madre estaba en el lecho de muerte, me pidió que te cuidara como si fueras mi hija..., y eso hice, hago y seguiré haciendo porque es cierto, para mí sos la hija que no tuve, pero mi otro hijo está en problemas: necesita una mujer que lo cuide, pero no como madre —porque para eso estoy yo—, sino como esposa.

Mariana se sintió confundida. Desde la memoria saltó como un resorte el recuerdo de una compañera de clase, quien, por sus conocimientos de Tarot, le había comentado que en algún momento recibiría una proposición insólita de alguien muy allegado.

— Pero, Maruja, con Jorgito nos criamos juntos; somos casi hermanos...—, dijo la muchacha apelando al primer argumento disuasivo que le vino a la cabeza.

— Ya pensé en eso también. Yo necesito a una mujer de mi confianza que me ayude a encarrilarlo, pero para nada querría que él fuera padre. Es demasiado inmaduro. Pero además, yo sé bien cómo eres. He observado que nunca jugaste con las muñecas que te regalé. Es obvio que no tienes vocación maternal, así que no tener hijos será algo bueno para todos. Mi necesidad de niños la tengo resuelta con Rosita, mi sobrina. De ella recibiré por lo menos dos sobrinos nietos que colmarán mi vida en la vejez.

Mariana comenzó a sentirse agobiada. Los bizcochos de anís le parecieron picantes.

Por suerte Maruja no tardó en irse, pretextando que prefería dejarle el mayor tiempo posible a Mariana, para que pensara su inteligente propuesta.

Tan pronto cerró la puerta tras de sí, Mariana corrió al teléfono:

— Rosita: tenemos que hacer cambio de planes. Acabo de recibir la vista de tu tía Maruja. Llegó el momento de que la familia y los amigos sepan que somos amantes.

(Este es el Artículo Nº 2.267)