domingo, 7 de diciembre de 2014

El embarazo adolescente con 50 años



 
Mariana pidió un regalo especial para festejar sus 15 años. Basada en lo que había leído sobre ingeniería genética, tuvo una vida y una maternidad diferentes a las que habitualmente tienen las mujeres contemporáneas.

Una noche, mientras la madre estaba en su reunión semanal con el coro, el padre de Mariana golpeó a la puerta del dormitorio. Esta lo hizo entrar y él, tratando de ser gracioso, intentó darle una sorpresa. Para eso no demoró en poner sobre el escritorio una botella de güisqui.

La chica quedó perpleja hasta que él se explicó: había comprado la primera botella de bebida para lo que sería una gran fiesta de 15 años.

La muchacha tragó saliva y se dio cuenta que se estaba demorando en plantear cuáles eran sus propios planes para tal evento tradicional.

Antes de que se siguieran haciendo gastos, Mariana juntó coraje y argumentos para comentar cuáles eran sus aspiraciones.

Cuando las planteó, el padre se puso serio y la madre se rió.

Nada de fiesta, ni de viajes, ni de cirugía estética, ni de tatuajes: había decidido congelar sus óvulos. “Sí, así como lo oyen”, les dijo con temor a una negativa y, peor aún, a que su sueño fuera criticado.

A partir de ese primer momento difícil, se ve que los padres dialogaron largo y tendido, que hicieron consultas, que averiguaron precios, garantías, riesgos.

Por suerte para la futura quinceañera, la solicitud tuvo ‘luz verde’.

A partir de esta aprobación, la muchacha cambió notoriamente. Se puso aún más seria, más estudiosa, menos sociable.

Luego de haber hecho los trámites y procedimientos médicos, la jovencita atesoró el documento recibido: lo mandó encuadrar y lo colgó en la pared, a los pies de la cama. Cada vez que se despertaba aquel comprobante la llenaba de energía, de optimismo, de proyectos, de sueños y hasta de poesías.

Sin embargo, se cuidaba de hacer comentarios. La madre solía indagar sobre los planes pero la muchacha solo daba respuestas genéricas, sin especificar nada en particular.

Tan pronto pudo, se dedicó a estudiar ingeniería genética. Adoraba la biología y logró la amistad de los profesionales de un laboratorio de esa especialidad. Estos la ayudaban alentándola, sugiriéndoles sitios web, escuchándola..., sobre todo escuchándola.

Cuando esta vida académica y de experimentos se convirtió en algo rutinario, comenzó a frecuentar grupos de jóvenes, buscando divertirse con el sentido del humor masculino pero también buscando tener relaciones sexuales.

Desde un primer momento, cada vez que hacía el amor con alguno que ella consideraba genéticamente digno de sus óvulos congelados, le planteaba el proyecto para que se postulara como potencial donador de espermatozoides.

La experticia sexual de Mariana era notoria. Los muchachos no hacían ninguna resistencia a tener sexo para que, en una maniobra muy simple, ella extrajera el semen de la vagina sin interrumpir una amena conversación.

Sus descubrimientos en fertilización asistida le dieron un cierto prestigio y el consiguiente dinero que gratifica una profesión incuestionablemente valiosa.

Cuando esta científica cumplió 50 años, comenzó el segundo tramo de su plan.

Efectivamente, aplicando técnicas de gestación fuera del útero (ectogénesis), invirtió parte de su fortuna en acondicionar una casa, en contratar niñeras, en asegurar la obtención de los requerimientos científicos más actuales para la crianza de niños.

Cuidándose de no llamar la atención de la prensa, puso a gestar 15 de sus óvulos congelados con los espermatozoides de sus 15 amantes genéticamente predilectos.

Varias veces al día, iba a la sala de gestación, les hablaba a los futuros niños, les cantaba acompañada de una guitarra. Se cambiaba frecuentemente de ropa para que a ninguna incubadora le faltara algo que portara el olor de la madre.

El amor y el rigor científicos permitieron que todo ocurriera sin tropiezos. Los 15 pequeños nacieron con diferencia de horas y allá se fueron a vivir con la mamá, en una casa especialmente acondicionada para ellos.

La historia siguió con los tropiezos normales de los recién nacidos: problemitas respiratorios, digestivos, insomnios.

El primer año no fue festejado, pero el segundo sí pues, según Mariana los pequeños entienden mejor qué es un cumpleaños.

La sorpresa para esta mamá fue organizada por dos de las niñeras. A poco de comenzar la fiestita aparecieron los 30 hombres que habían donado su semen. El encuentro fue extraño, nadie podía describir qué sentían. Se los notaba alegres pero desconcertados. Algunos hombres creyeron encontrar niños que se les parecían pero los otros no les confirmaban la deseada hipótesis de paternidad.

No sabemos cómo seguirá esta historia, pero en principio, ni la madre ni los padres hablaron de «mi hijo» como si estos pudieran pertenecer a alguien más que a sí mismos.

Los padres de Mariana también estaban desconcertados. El papá trajo dos vasos con hielo, abrió aquella antigua botella de güisqui y, para brindar, le dijo a su esposa:

— Que nos perdone Marianita, pero estos nietos son nuestros. ¡Salud!

— ¡Salud!

(Este es el Artículo Nº 2.249)

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