sábado, 6 de octubre de 2007

Murió por error

A mi mujer ya no le cuento más los problemas que tengo en mi laburo porque siempre termina tratándome de tarado.

El otro día subió una pasajera de esas que te agarran de psicólogo y empezó a contarme los líos que tiene con la atorranta de la hija que le roba plata para comprar marihuana.

Como corresponde a todo buen taximetrista que trabaja sólo por dinero, empecé a darle toda la razón y hasta le aumenté un poquito la apuesta diciéndole que la hija, no sólo que era una atorranta drogadicta y ladrona sino que además debe ser una desprolija y mugrienta. ¡Para qué! ¡Se puso furiosa conmigo!:

— ¡Usted qué se cree! ¡Cómo se atreve a hablar así de mi hija! ... y se bajó antes de llegar al destino. E hizo lo peor que puede hacer un pasajero: ¡no me dejó propina!

Mi mujer —que se la pasa todo el día entre comedias televisivas, radiales y autogeneradas—, nunca se cansa de escuchar historias y cuando yo llego después de 12, 13 ó 14 horas de manejar (dependiendo de que el irresponsable que me releva esté o no interesado en llegar en hora), me ceba dos o tres mates sentada en el borde de la silla, ansiosa por escuchar mi dosis de anécdotas.

Cuando le conté lo de la madre de la mugrienta, empezó a criticarme igual que la vieja desubicada hasta que al final le dije:

— Pero escuchame un poquito, ¿vos me das consejos a mí de cómo hay que trabajar? ¿No te das cuenta que desde acá adentro es muy fácil manejar un taxi? Estás como esos médicos que te dicen muy paternales y autoritarios que tenés que dejar de fumar porque lo que quieren es imaginarse que ellos pueden hacer algo de lo que predican. Vos también: me criticás para escucharte y creerte que si estuvieras en mi lugar lo harías mejor. Algunos se creen que todos los problemas son evitables y que hasta morirse también es un error.

reflex1@adinet.com.uy

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