Aunque suene paradójico,
las limitaciones al placer impuestas por las leyes protegen nuestra vida.
Por lo menos en Argentina y en
Uruguay, es posible escuchar este diálogo:
— ¿Cómo te va, José?;
— ¡Ja! Tengo miedo de que me
vaya mejor!
En todos los pueblos
hispanoparlantes es posible que la gente diga que alguien «Murió de la risa» o
que «Se desternilló de la risa» y si ese alguien escuchó mal la palabra, quizá
también diga «Se ‘destornilló’ de la risa».
Los franceses denominan al orgasmo «pequeña muerte» y cuando alguien
recibió una interpretación psicoanalítica muy rica, acertada como pocas, quizá
diga con entusiasmo que el profesional «lo mató con la interpretación».
En el habla popular, las palabras placer y goce funcionan como
sinónimas, pero en psicoanálisis hay un matiz que vale la pena considerar, no
para conocer la jerga de esta profesión sino para tener en cuenta una idea
trascendente.
Algunos psicoanalistas consideran que por «goce» debería entenderse una
cierta sensación psicofísica cargada de sensaciones tan ambiguas como para que
hagan pensar en «disfrutar de la vida» y en el «temor a morir».
Por esto las expresiones populares recordadas más arriba nos advierten
que no solo los analistas hacen una interpretación ambivalente de «gozar».
Resumiría el concepto diciendo que a veces disfrutamos tanto que tenemos
miedo de perder la vida y lo encuentro razonable porque morir es quedarse sin
deseo.
Ciertas situaciones de gran intensidad placentera pueden provocarnos el
temor de que en esas circunstancias se agote todo nuestro deseo y perdamos la
vida.
Este sentimiento me parece realista porque el hastío, el aburrimiento,
la ausencia total de interés (deseo) por lo que nos rodea, nos provoca una
apatía que parece o es mortífera.
Si estos razonamientos fueran correctos entonces las limitaciones al
placer impuestas por las leyes protegen nuestra vida.
(Este es el Artículo Nº 1.855)
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