jueves, 28 de marzo de 2013

Si digo que no soy es porque en realidad soy



Propongo pensar que cuando alguien dice: «Yo NO soy egoísta» está enunciando algo que sugiere interpretar como «Yo SOY egoísta».

En muchas oportunidades he hecho comentarios que incluyen el concepto de la Gestalt (1), es decir, el fenómeno perceptivo por el que una figura es visible solo si se la observa sobre un fondo diferente, contrastante, opuesto. Por ejemplo, negro sobre blanco, ruido en el silencio, amargo en contraposición a lo dulce.

Las percepciones que provienen de los cinco sentidos son relativamente fáciles de entender, pero cuando el fenómeno de la Gestalt se produce entre ideas, pensamientos, sentimientos, opiniones, requiere más esfuerzo, ... aunque no demasiado.

La ironía es definida como «burla fina y disimulada», «tono burlón con que se dice» y también es una «figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice» (2).

Esto de «dar a entender lo contrario de lo que se dice» señala el fenómeno de la Gestalt pero en el plano de las ideas, del pensamiento, del lenguaje.

La «antífrasis» es algo bien parecido según el mismo Diccionario de la Real Academia Española, pues ahí se dice: «Figura que consiste en designar personas o cosas con voces que signifiquen lo contrario de lo que se debiera decir.» (3)

Hay un refrán que nos recuerda: «De tal palo tal astilla», queriendo significar algo tan obvio como que una parte de la madera es de la misma madera.

En el contexto que nos encontramos podríamos decir: «De tal fondo tal figura», queriendo significar que el fondo y la figura son complementarios, se significan mutuamente. Por ejemplo, el dulce (figura) cobra notoriedad ante lo amargo (fondo); lo áspero cobra notoriedad ante lo suave.

Propongo interpretar que cuando alguien dice: «Yo NO soy egoísta» está mostrando el fondo de «Yo SOY egoísta».

 
 
 
 
 
(Este es el Artículo Nº 1.851)



miércoles, 27 de marzo de 2013

La prevención de enfermedades y accidentes


La propaganda del tipo « ¡Cuidémonos más!», quizá genera más precauciones en las mujeres, (imprescindibles), y mayor descuido en los varones, (prescindibles).

Además de las conocidas diferencias anatómicas, hombres y mujeres somos tan diferentes que hasta tenemos vidas distintas, no solo en cuanto a la duración, (ellas son más longevas que ellos), sino que además nuestras escalas de valoración difieren.

Puesto que la única misión de cualquier ser vivo es conservar su especie (1), los mamíferos tenemos que darle a nuestras hembras el rol protagónico que se merecen.

Ellas son mucho más importantes que ellos porque tienen la posibilidad de gestar completamente a un nuevo ejemplar a partir del mínimo estímulo de un espermatozoide que fecunde al óvulo.

Como si esto fuera poco, también son capaces de alimentar con su cuerpo durante varios meses, de tal forma que hasta podríamos sugerir que el embarazo dura la suma de 9 meses más los 6 de lactancia, es decir, 15 meses.

Pero como las madres están especialmente preparadas para la crianza de nuevos seres humanos, ellas siguen teniendo el rol protagónico en la única misión (conservar la especie), durante décadas.

Esta información nos llega a los varones y creo que la asumimos porque tenemos una tendencia muy marcada a correr riesgos vitales como rasgo masculino que nos identifica.

En otras palabras, a los varones nos gusta hacer cosas peligrosas, amamos el heroísmo y hacemos tonterías que pueden costarnos amputaciones, invalidez y también la vida.

Si nos sentimos muy viriles corriendo riesgos y asumiendo que somos particularmente prescindibles, entonces es probable que también tengamos una reacción adversa cada vez que los gobiernos agitan campañas prevencionistas de los accidentes y las enfermedades.

Es probable que la propaganda del tipo « ¡Cuidémonos más!», genere muchas precauciones en las mujeres imprescindibles y mayor descuido en los varones prescindibles.

 
(Este es el Artículo Nº 1.850)


martes, 26 de marzo de 2013

El amor y el impulso reproductivo


Los enamorados de diferente sexo tienen aspiraciones tan imposibles que terminan juntándose porque el impulso reproductivo los obliga.

Hasta el jefe de administración más inepto recomienda no abrir la ventana cuando adentro de la oficina hay papeles sueltos por todos lados y afuera hay un vendaval.

Por similares motivos las personas no deberían enamorarse hasta que no tengan la madurez suficiente, porque con inmadurez (papeles o sentimientos sueltos por todos lados), el enamoramiento equivale a un huracán.

Este desorden solemos llamarlo «confusión», «caos», «delirio».

Claro que la oficina llena de papeles sueltos y la cabeza llena de emociones volátiles, son en realidad dos (oficinas y cabezas).

Efectivamente, pensemos que los enamorados saben lo que el otro está sintiendo y que, por lo tanto, como todo conocimiento, genera una responsabilidad.

En otras palabras, cuando los enamorados saben que el otro participa de la emoción le exige responsabilidad, que no se equivoque, que se comporte de tal manera que no surjan desentendimientos, dudas y, mucho menos, frustraciones.

Si bien dos personas del mismo sexo tienen dificultades para complacerse, para entender qué es lo que el otro desea, la situación se complica cuando los enamorados tienen sexos diferentes.

Que una mujer entienda al hombre que ama es tan difícil como que el hombre entienda a la mujer que ama.

Dos personas enamoradas y del mismo sexo tienen dificultades para entenderse por algo tan simple que puede resumirse en un proverbio: «Sobre gustos no hay nada escrito».

Las prioridades son únicas para cada persona y quien está enamorado espera que su objeto de amor no lo defraude en su aspiración principal, esto es, que con el otro sean tan idénticos como dos gotas de agua. ¡Imposible!

Los enamorados de diferente sexo tienen aspiraciones tan imposibles que terminan juntándose porque el impulso reproductivo los obliga.

(Este es el Artículo Nº 1.849)


lunes, 25 de marzo de 2013

La cómoda imprecisión del lenguaje



 
La imprecisión del lenguaje nos ayuda a confirmar que los humanos adivinamos el futuro y que todo lo controlamos.

Para muchas personas es fácil informar que todo eso que ocurrió era lo esperado, previsible, obvio: «el choque de trenes sólo confirma la pésima administración de la empresa ferroviaria»; «esta lluvia torrencial era previsible porque ayer me dolían todos los huesos»; «nosotros ya sabíamos que estabas embarazada de una niña».

Según creo nuestro cerebro no maneja algunas cronologías, especialmente porque la psiquis lo ayuda a equivocarse.

La psiquis se parece a un político experto en justificar sus actos de gobierno de forma tal que siempre tenga razón y que nunca parezca equivocarse.

Ella, (la psiquis), funciona así porque está al servicio de que pasemos bien, de que disfrutemos de la vida, porque probablemente sepa que sufrir es inútil pues las cosas suceden por motivos ajenos a la responsabilidad de los humanos. Hasta nuestros propios actos son fenómenos naturales tan inmodificables como un terremoto o el cambio de estaciones.

Para disfrutar imaginando que tenemos libre albedrío y que podríamos controlar hasta la muerte, la psiquis nos ayuda provocándonos confusiones cronológicas de tal forma que podamos pensar que eso que ocurrió ya lo habíamos vaticinado, pero más aún, la psiquis nos ayuda a pensar que cuando la Naturaleza nos obliga a realizar cualquier acto podamos creer que esa fue una decisión tomada por nosotros con la suficiente anticipación y autonomía.

Según este punto de vista, los humanos entendemos la historia ubicando el conocimiento de los hechos que acaban de ocurrir como si hubieran sido pronosticados o decididos de antemano.

El lenguaje nos facilita mucho la tarea de pensar retroactivamente porque, por ejemplo, los vaticinios de Nostradamus son vaguedades que admiten cualquier interpretación, aunque nada supera en sabia imprecisión a los textos bíblicos.

Artículo de temática similar:

   
(Este es el Artículo Nº 1.848)