martes, 7 de agosto de 2012

Los deseos de venganza



Cualquier «injusticia» que nos afecte hoy, nos excitará el instinto de conservación y nos obligará a cobrar deudas (frustraciones) infantiles.

Dicen que «la venganza es el placer de los dioses» y estoy de acuerdo: Vengarse es fantástico. El solo hecho de elaborar el procedimiento, de imaginar el resultado y de soñar con el arrepentimiento de quien nos hizo daño, es suficientemente placentero como para que nadie se lo pierda.

Es tan lindo vengarse que algunas personas se apropian de causas ajenas para tener suficiente estímulo. Aunque popularmente les decimos «justicieros», estos súper héroes no son otra cosa que adictos a la venganza. Su afán por gozar de esta manera los mantiene en una completa promiscuidad, porque (debo decirlo) vivir pensando en la venganza es una forma de erotomanía (delirio erótico, sexopatía, desenfreno sexual).

Si bien existen las «películas condicionadas», «filmes para adultos», «filmografía pornográfica», cuya emisión televisiva está reservada a canales u horarios a los que los más pequeños suelen no acceder, los informativos ocupan los horarios centrales, tratando de que las familias los disfruten  mientras cenan.

Durante varios minutos podremos regocijarnos presenciando el rostro congestionado, iracundo, lloroso, de alguien que reclama «justicia hasta las últimas consecuencias», que le exige a quien corresponda «que los culpables paguen por lo que hicieron», prometiendo que «esto no va a quedar así».

En otro artículo (1) les comentaba cómo las frustraciones que tuvimos cuando los adultos nos educaron privándonos de lo que más queríamos, quedaron guardadas en nuestra memoria más remota (el inconsciente), pero más infalible, invulnerable, mejor conservada.

¿Cómo funcionan estos contenidos inconscientes?

Forman parte esencial de nuestra manera de reaccionar, de nuestro carácter, de nuestra personalidad.

La indignación por cualquier «injusticia» que nos afecte, no solo nos excitará el instinto de conservación, sino que también nos obligará a cobrar deudas infantiles.

 
(Este es el Artículo Nº 1.650)

lunes, 6 de agosto de 2012

Son buenos solo quienes triunfan



En la niñez solemos gestar una noción sobre cómo se comportan los fuertes (adultos) con los débiles (niños).

Observemos la siguiente genealogía de acontecimientos: un niño (de 5 a 10 años de edad), está harto de que los adultos le den órdenes y le prohíban satisfacciones, aunque simultáneamente ellos se las conceden. Por ejemplo: no le permiten jugar con el Play-Station a medianoche, pero ellos sí se divierten de lo lindo junto a sus amigos.

La lista de injusticias infames, flagrantes, evidentes y hasta perversas, parece no tener fin. El niño se siente en el peor de los mundos, siente que vive en una tiranía odiosa. Su fantasía supera la imaginación de los grandes luchadores: Lincoln, Guevara, Hitler, es decir, personas que no estuvieron de acuerdo con lo que les tocaba vivir y por eso imaginaron «un mundo mejor».

La única gran diferencia entre nuestro niño y los mencionados ideólogos, está en que estos llevaron a la práctica el fin de la esclavitud, el derrocamiento de un gobierno corrupto y el intento de mejorar la especie, respectivamente.

Todos creyeron tener razón y, en ese sentido, fueron honestos. La historia les fue concediendo los reconocimientos en cada caso, según qué suerte tuvieron, pues quienes ganaron están cubiertos de gloria y quienes perdieron están cubiertos de oprobio.

La gloria y el oprobio determinan qué pensaremos la mayoría, de sus acciones. Ellos son nuestros referentes de lo que debemos hacer y de lo que nunca deberíamos hacer. Para reforzar estos criterios, le agregaremos mucho amor a los «buenos» y mucho odio a los «malos».

Es así que aquel niño llega a la adultez con un cierto criterio de justicia, de amor, de distribución de los privilegios: Los poderosos tienen todos los privilegios y los débiles, ninguno. Además, son buenos solo quienes triunfan.

(Este es el Artículo Nº 1.649)

domingo, 5 de agosto de 2012

La desesperante esclavitud del deseo



Mi familia estaba compuesta por mi mamá, mi papá, un hermano mayor (alcohólico),  yo y mi hermanita más chica, hermosa, gordita, traviesa aunque muy callada.

Demoró en empezar a hablar más que nosotros, pero parece que no tenía apuro porque después que empezó a hablar, lo hacía en casos muy señalados. «Medía sus palabras», podría haber redactado un reporte forense.

El personaje más importante de este quinteto era mamá. Una mujer más alta que papá, con un cráneo importante al que no disimulaba con el peinado, sino que lo realzaba.

Papá era un soñador, enamorado de la poesía, «bueno para nada» según la síntesis más ajustada de mamá. Él podía estar horas mirando el ir y venir de las hormigas del jardín.

Vivíamos de lo que mi abuelo le daba a mi mamá, porque, según él, «con mi hijo no puedo contar». Mi papá escuchaba los diálogos financieros entre su esposa y su padre, pensando vaya uno a saber en qué extraña fantasías lírica.

A los tres hermanos nos educaron en los mejores centros de enseñanza y los dos varones nos convertimos en personas aptas para, algún día, tomar las riendas del establecimiento ganadero que tenía mi abuelo.

El temperamento de mamá era tremendo. Gobernaba a su familia con mano de hierro, similar a lo que imaginamos de la Primer Ministra inglesa, Margaret Thatcher.

A tantos años de su fallecimiento, pensábamos con mi hermana (que se dedicó a la psicología, especializándose en Francia), que las personas con un carácter tan dominante quizá tengan también una debilidad muy severa.

De hecho, tanto Margaret Thatcher como mamá, fallecieron en medio de una demencia profunda.

Mi hermana accedió a conocer esa parte débil de mamá y me la contó, provocándome tanta angustia que no tengo más remedio que escribirla ahora como un intento de dominar mis sentimientos.

Según pudo saber mi hermana, mamá tenía profundas crisis de desesperación, de golpearse la cabeza contra la pared o con los puños cerrados, porque se sentía inevitablemente atrapada por los deseos sexuales que tramitaba con un peón del abuelo, que a veces la chantajeaba, aunque no demasiado porque adolecía de un cierto retardo mental.

(Este es el Artículo Nº 1.648)

sábado, 4 de agosto de 2012

Lo preocupante de la medicina



La gratificante garantía que nos ofrece la medicina en temas de salud y accidentes, atrofia nuestros naturales mecanismos de defensa.

La medicina comete una cantidad de errores graves porque participa mucho en nuestra vida. Si no fuera porque nos quiere hacer creer que son infalibles y que en la lucha contra la muerte tienen todas las de ganar, menos personas se matarían en accidentes y por enfermedades evitables (1).

Ellos nos aconsejan con un tono muy maternal, pero una mayoría le damos tan poca importancia como le dábamos a nuestra madre.

No es muy serio decir que «Medicina» comienza con «M» de «Mamá», pero yo tampoco soy muy serio y el afán omnipresente y omnipotente que esta técnica quiere hacernos creer, se asocia ideal y perfectamente con nuestro deseo de no perder nunca la deliciosa relación madre-hijo, con lo cual tenemos todos los ingredientes, necesarios y suficientes, como para que una mayoría crea que «la medicina es como nuestra madre».

Tantas seguridades nos provocan un severo descuido. Imagino a un trapecista que hace piruetas a 20 metros de altura. Si cuenta con una red de contención, su exposición al riesgo será mayor que si allá abajo lo espera la dureza del planeta.

Suponer que esta técnica es maravillosa, infalible y milagrosa, aumenta nuestra temeridad y especialmente, nuestra irresponsabilidad.

Ellos dicen disponer de grandes recursos, llegan tan solo llamándolos por teléfono, lo hacen con una estridente sirena que paraliza el tránsito para darles paso a nuestros salvadores. Tanto protagonismo y seguridades, bajan a cero el desempeño de nuestro instinto de conservación.

Como la psiquis forma parte de nuestro cuerpo, me animo a decir que hasta el sistema inmunógeno se atrofia parcialmente porque cuenta con los geniales antibióticos, que son como defender las fronteras de un terreno con el ejército norteamericano.

 
(Este es el Artículo Nº 1.648)

viernes, 3 de agosto de 2012

El cáncer y el corazón



Algunos piensan que, como el corazón no contrae cáncer, el amor es el único antídoto y que, quienes se enferman, algo habrán hecho.

El desconocimiento nos permite dar rienda suelta a las creencias y estas nos permiten imaginar una realidad placentera. Si algún día supiéramos algo, sobre ese tema no podríamos imaginar libremente, tendríamos que ceñirnos a la aburrida realidad.

Es maravilloso observar cómo no nos ponemos de acuerdo ni sobre lo que ya ocurrió. Se dice —con toda razón—, que «la historia la crean los historiadores».

De este hecho se desprende que los historiadores más serios y respetables describen los acontecimientos con igual o menor verosimilitud que los escritores expertos en crear novelas históricas, donde los hechos conocidos (supuestos, debí decir) se entretejen con otras historias imaginadas y todo el hecho se convierte en una tersa superficie, mucho más digna de ser creída que las rugosas constataciones de los documentos y de los testigos.

El cáncer es una enfermedad terrible, de la cual no sabemos casi nada. Este vacío científico nos sume en estados de angustia, horror, hipocondría.

Pero hay un hecho casual que se convierte en relevante gracias a que «sobre el cáncer no sabemos casi nada».

Efectivamente, el único órgano que no padece cáncer es el corazón.

A partir de esta casualidad, nuestra fantasía nos permite suponer que, como ese órgano es el símbolo del amor, entonces la enfermedad ocurre porque no hemos podido amar lo suficiente.

¿Quién tiene argumentos para negar esta hipótesis? NADIE.

A partir de este dato, de esta evidencia, de esta verdad incuestionable, muchas personas construyen filosofías en las que el amor, la comprensión, la tolerancia, los cultos religiosos, el trabajo incansable, la solidaridad, son los únicos antídotos capaces de salvarnos de esa enfermedad...y quienes contraen la enfermedad, «algo habrán hecho».

(Este es el Artículo Nº 1.647)

jueves, 2 de agosto de 2012

Estamos determinados para creer en el libre albedrío



Aunque permanentemente actuamos cumpliendo las leyes de la naturaleza, estamos determinados para creer que tenemos libre albedrío.

En las democracias representativas, los ciudadanos eligen a los gobernantes por voto secreto.

Quienes no saben a quién elegir, votan en blanco, es decir, no votan a nadie, aunque en los hechos sí están eligiendo, quizá a la opción que menos los favorece.

Como los votos en blanco no favorecen a ningún candidato, terminan beneficiando al que finalmente resulte ser el más votado. Por ejemplo, si diez ciudadanos tuvieran que elegir entre dos candidatos, la votación podría salir empatada si la mitad votan por uno y la otra mitad vota por el otro, pero si uno de los ciudadanos vota en blanco, estará tomando (sin saberlo) la gran decisión de evitar el empate, porque el escrutinio daría como resultado que uno tiene los cinco votos que había recibido frente a su contrincante que solo tiene cuatro, porque el voto en blanco queda fuera de juego.

En suma, lo que parece una actitud de no responsabilizarse, de lavarse las manos, termina siendo el acto de mayor importancia. Ese votante en blanco fue quien realmente eligió al próximo gobernante.

Sin embargo, como desde mi punto de vista determinista, no elegimos nada, no tomamos ninguna decisión, al igual que los demás integrantes de la naturaleza, somos actuados por las leyes naturales, ¿por qué digo ahora que ese votante en blanco fue quien realmente eligió al próximo gobernante?

Lo tengo que decir así porque todos pensamos (por razones culturales, especialmente lingüísticas) como si tomáramos decisiones. Decimos por ejemplo: «el perro no quiso comer», «hoy lloverá», «el viento tiró varios árboles». Como vemos, el lenguaje se expresa como si estos actores (perro, clima, viento) tomaran decisiones con aparente libre albedrío.

Estamos determinados para creer que tenemos libre albedrío.

Nota: Los artículos referidos al libre albedrío y al determinismo, se agrupan en un blog del mismo nombre.

(Este es el Artículo Nº 1.646)

miércoles, 1 de agosto de 2012

Las parejas hermafroditas



Las parejas en las que ambos cónyuges se atraen por las abundantes semejanzas, son menos creativas que las conflictivas.

Pensemos en las peripecias que tienen las personas que se unen para cumplir la única misión que tenemos: conservar la especie (1).

En una rápida descripción, me animo a proponer que existen dos categorías de potenciales cónyuges reproductivos:

1) Quienes desearían ser andróginos (hermafroditas), para tener hijos con sí mismos; y

2) Quienes desearían complementarse sexualmente con otra persona.

Quienes están alentados por la fantasía de ser autosuficientes, prescindiendo de otra persona que fertilice o sea fertilizada, están condenados al fracaso porque las personas hermafroditas, si bien poseen ambos sexos, por lo menos uno de ellos está atrofiado y no permite la auto-fecundación.

Como este obstáculo anatómico es insalvable, entonces esas personas tratan de vincularse con personas que, subjetivamente, parezcan idénticas, en los gustos, en el carácter, en las historias de vida. El atractivo se multiplica ante cada similitud y se enfría ante cada disenso.

Quienes desearían complementarse sexualmente con otra persona, se sienten muy atraídos por quienes nunca se ponen de acuerdo en casi nada. Si uno es ateo, el otro es católico; si uno disfruta de los postres el otro no prueba los alimentos dulces; si uno es sociable el otro parece ermitaño.

Me animo a proponer una breve definición: los del primer grupo desean cumplir la única misión, «ratificándose» y los segundos, desearían cumplirla «complementándose».

En un caso, los cónyuges se sienten perfectos, completos, muy serenos y en el segundo caso, los cónyuges se sienten imperfectos, incompletos, angustiados.

Como he mencionado en otros artículos (2), es casi un hecho que la naturaleza se vale de provocarnos dolor y placer para permitir que el fenómeno vida se interrumpa lo más tarde posible.

Las parejas hermafroditas prometen una convivencia poco reproductiva.

(1) Blog que concentra los artículos sobre La única misión
 
(2) Blog que concentra los artículos sobre el «fenómeno vida».
 
(Este es el Artículo Nº 1.645)