jueves, 3 de febrero de 2011

Expulsemos al director técnico

La identificación nos permite vivir en las circunstancias de otros, como si fueran nuestras.

En otro artículo (1) les comento que, por causa de dos defectos mentales propios de nuestro cerebro, llegamos a sentir placer cuando vemos que alguien se erige como quien recibe todos los premios (campeón) ante la mirada envidiosa, frustrada y hasta furibunda de una mayoría que recibe el indeseable título de perdedora.

Aunque surgen piadosos —pero frágiles— alentadores, que intentan aliviar el dolor de los fracasados, tenemos que concluir que el desenlace del campeonato es francamente negativo para ellos visto todo lo que hicieron para evitarlo.

Más aún, cuando quienes alientan (consuelan) son los propios ganadores, no es paranoico suponer que están haciendo un alarde de grandeza francamente falso.

El consuelo recibido del campeón incluye la intensión de incrementar su propio deleite, ostentando no sólo grandeza deportiva sino también moral.

Aunque la euforia del momento empobrece la lucidez como para estar percibiendo estos detalles, saltarán a la vista una vez recobrado el equilibrio emocional.

Otra de nuestras particularidades psíquica es la de buscamos incansablemente aquellos estímulos que nos hagan gozar.

Para lograrlo, no sólo nos confundimos adrede con la lógica de «suma cero» y de la metonimia que comento en el artículo referido (1), sino que también cometemos otro error placentero: la identificación.

El poder vivir con la sensación de que somos el otro (el campeón, el héroe, el protagonista), nos hace decir que «somos campeones» a pesar de que no salimos de nuestro living y nuestra mayor contribución al éxito fue gritar los goles como si eso incitara a los esforzados y lejanos jugadores.

El error mental de «identificarnos» es proveedor de abundantes satisfacciones, aunque también nos causa dolor cuando nos induce a ponemos en el lugar de quienes sufren.

(1) Los ricos son campeones

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miércoles, 2 de febrero de 2011

Los dioses y el sistema inmunológico

La creencia en dioses es un delirio colectivo que nos alivia.

Todos los pueblos, desde el origen de la especie, creen en la existencia de uno o más dioses.

Esta idea forma parte del funcionamiento mental básico.

Si aceptamos suponer que todo es materia y que nuestros pensamientos son segregados por el cerebro (o algún otro órgano), entonces, junto con las otras funcionalidades propias de nuestra anatomía, también imaginamos la existencia de algo o alguien omnipotente que nos ayuda, nos salva, nos proteje (como lo hace el sistema inmunológico)

Me animo a decir que los ateos tenemos esa funcionalidad atrofiada.

Esa creencia que nos surge espontáneamente, es un intento de disminuir nuestra angustia existencial de varias formas.

Es decir, la creencia en un ser superior, alguien que construyó todo lo que vemos, que es capaz de saber, observar y lograr lo que desee, no es más que nuestro propio deseo de tener ese poder.

Los poderes deseados e imaginados, son tan grandes, poderosos y absolutos como la debilidad que nos angustia. Si nos sentimos muy débiles (enfermos, accidentados, ancianos) soñaremos con la existencia de algo suficientemente capaz de salvarnos.

Este anhelo es un pensamiento tranquilizador, es una función mental capaz de distraernos de lo que nos agobia, nos preocupa, nos aterroriza.

Como toda obra creativa, ese dios está hecho a nuestra imagen y semejanza. Inconscientemente, somos nosotros mismos pero inmortales, todopoderosos, y —sobre todo— que nos ama tanto como nos amamos (narcisismo).

Un delirio psicótico es una forma de percibir la realidad que difiere de cómo la ven otros, pero que el delirante igualmente utiliza para organizar su vida en función de ella.

La creencia en dioses tiene una estructura delirante pero no es psicótica porque es compartida por una mayoría de personas.

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martes, 1 de febrero de 2011

El psicoanálisis es un artículo suntuario

El psicoanálisis es impopular porque es demasiado costoso (en angustia, dinero y tiempo).

El psicoanálisis predica (en el borde del desierto), que la mejor calidad de vida se logra diciendo la verdad, pero termina entreverado con los demás (religiones, ideologías, filosofías), que también dicen lo mismo.

Es casi imposible que alguien se presente para sugerir la falsedad, la mentira, el engaño.

La única diferencia (y no soy quién para decirlo porque adhiero al psicoanálisis) es que este arte-científico, orienta la atención a que sus estudiantes y pacientes fortalezcan su psiquis, para poder sostener algo que resulta muy pesado, esto es, aceptar la triste realidad de que somos altamente vulnerables, incoherentes y mortales (por mencionar sólo algunas de nuestras flaquezas).

Las demás ofertas que intentan ayudarnos, apelan a otros recursos:

— las religiones nos acusan de culpables pero nos ofrecen la oportunidad de arrepentirnos, rectificarnos y ganarnos nada menos que el cielo.

— las ideologías políticas, nos dicen que sus adherentes somos los únicos que tenemos la razón y que los adherentes a las demás filosofías, están alevosamente equivocados, piensan distinto en beneficio propio y por lo tanto, estamos moralmente obligados a combatirlos donde sea, en las elecciones, en los debates y —por qué no— apelando a la guerrilla urbana, el sabotaje o la militancia gremial, puesto que el fin supremo (imponer la única verdad) justifica cualquier medio;

— las filosofías, tanto se vuelcan hacia la resignación ante el dolor como a la búsqueda incansable del placer, pero no es su objetivo ofrecernos procedimientos, sino simplemente desarrollar sus posturas desde un punto de vista teórico.

Puestas (como están) en libre competencia (religiones, ideologías, filosofías y psicoanálisis), de más está decir que las religiones son las que ofrecen más por menos mientras que el psicoanálisis es el que ofrece menos por más.

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lunes, 31 de enero de 2011

El podio de los perdedores, es más grande

Los humanos gozamos disimuladamente provocando fracasos.

La lógica de «suma cero» (1) está en el centro de algunos funcionamientos mentales, determinan muchas acciones y por este motivo es interesante observarla detenidamente.

La definición breve dice que, los intercambios entre dos o más personas son de «suma cero» cuando lo que ganan unos es igual a lo que pierden los otros.

Por ejemplo, los jugadores de póquer logran que, en cada partida, uno se quede con el dinero que los otros apostaron. En el ajedrez, cuando no hay empate, alguien gana porque su oponente pierde.

El fútbol es el deporte que convoca a una mayor cantidad de interesados, ocasionales o fanáticos.

Si estudiamos las normas, reglamentos y fenómenos que ocurren en torno de este juego, tendremos una visión bastante confiable de cómo somos los seres humanos.

Cada cuatro años el mundo se convulsiona con el gran campeonato en el que un único trofeo será entregado a quien gane una serie de partidos.

El diseño del gran certamen determina que haya un único ganador y muchos perdedores.

Por lo tanto, ya estamos en condiciones de afirmar que los seres humanos disfrutamos de esta situación, al punto de crear condiciones ficticias (un juego, un campeonato, un reglamento), por el que inevitablemente se producirán una cantidad de fracasos.

De más está decir que muchos otros juegos, no tan populares como el fútbol, también atraen el interés de los hinchas ofreciendo un único trofeo.

La conclusión más abarcativa es que, los humanos practicamos el cultivo intensivo de la envidia.

Los grandes torneos no toleran varios ganadores, los fanáticos no soportan compartir un trofeo. Procuramos que muchos pueblos queden en condiciones de envidiar a uno sólo … que se ufanará por ello.

Propongo que la envidia deje de ser uno de los siete pecados capitales.

(1) ¡Tranquilos! Hay para todos

La poligamia comercial

¿Quién tiene lo que me falta?

Un trozo de PBI con Coca-Cola

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domingo, 30 de enero de 2011

Una tormenta afectiva

Cuando tenía ocho años, mis padres se divorciaron y sentí que el cielo caía sobre mí, aplastándome.

Tuve la sensación de que la disolución de mi hogar significaba que mis seres más queridos me expulsaban a la calle.

Comencé a tener problemas digestivos y vomitaba todo lo que comía.

Como es obligatorio en nuestra cultura, ellos me llevaron al médico, por lo que me sentí aún peor.

No solamente porque imaginaba que las molestias y dolores de los chequeos eran un castigo por haber sido la causa del divorcio, sino porque los médicos me miraban como si yo fuera el culpable de sus fracasos terapéuticos.

Mis padres, acosados por los vómitos, se peleaban cada vez más y todo me hacía pensar en el fin de mis días.

Mis cuatro abuelos vivían en una misma ciudad de los Estados Unidos, eran amigos y estaban muy apenados por la situación de sus hijos y de su único nieto.

La madre de mi padre escribió un mail en el que conminaba a su hijo a que me enviara con ella cuanto antes.

Luego de interminables peleas y discusiones, se pusieron de acuerdo y fui enviado cual preciosa encomienda a cargo de una azafata.

Estos cuatro veteranos eran mucho más hospitalarios que mis padres y me pareció que todo podría empezar a ordenarse en mi caótica existencia.

Cierta vez que me llevaron de visita a la casa de unos norteamericanos amigos de ellos, se desató una imprevista tormenta con lluvia y granizo, que el dueño de casa filmó y que ahora puedes ver y oír:



Ese impresionante espectáculo audiovisual, nuevo para mí, me dio mucho miedo.

Mi abuela-sanadora lo captó y me invitó a sentarme en sus rodillas. Cuando el ruido arreció, padecí un brusco escalofrío que recorrió todo mi cuerpo y que ella compensó apretando más el abrazo.

Al finalizar esa avalancha de estímulos afectivos y sensoriales, sentí mucha hambre y no volví a vomitar.

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sábado, 29 de enero de 2011

We love Fidel Castro

El líder cubano es estratégicamente, pro yanqui.

No me siento innoble cuando señalo algunas características negativas de las religiones, porque estoy seguro de que mi esfuerzo no hace más que tonificarlas.

Hace décadas que valoro los obstáculos, las resistencias o la oposición en tanto son factores de fortalecimiento a pesar de que el obtuso sentido común vocifere lo contrario.

Por ejemplo, sin la fuerza de gravedad, los árboles no crecerían, las aves no volarían ni podríamos vivir sobre la tierra.

Esa constante atracción hacia el centro del planeta nos consume enormes cantidades de energía … que necesitamos gastar para vivir.

Los líderes políticos lo saben: cuando quieren unir a los ciudadanos para apoyar sus emprendimientos más arriesgados, inventan enemigos, ataques, peligros, al mismo tiempo que se erigen como defensores infalibles, siempre y cuando ese colectivo —imaginariamente en peligro—, colabore con ellos en todo lo que sea necesario. Inmolándose, si fuera preciso.

Por lo tanto, mi duda sobre la existencia de Dios reafirma a los creyentes.

Si existe algo para lamentar en mi propuesta atea y antirreligiosa, es que no sea más contundente, para colaborar mejor.

En este caso, el tema religioso no es más que un prolegómeno a un asunto del que nunca he oído hablar.

Me refiero al larguísimo conflicto entre Estados Unidos y Cuba.

No podría asegurar que Fidel Castro haya firmado acuerdos con todos y cada uno de los gobernantes que pasaron por la Casa Blanca desde que la Revolución Cubana llegó al poder, pero es posible suponer que la enemistad es tan solo aparente porque ambos se benefician de que sus respectivos pueblos lo crean real.

El pueblo norteamericano paga muchos impuestos para mantener un ejército que lo salve del comunismo y los cubanos pasan mil penurias para que la gloriosa Revolución no fracase.

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viernes, 28 de enero de 2011

Gracias a Dios, los ateos no creemos en ...

Los religiosos y los ateos somos neuróticos muy similares, inclusive en la creencia de que somos muy distintos.

Los neuróticos somos mayoría.

Por ser mayoría, es posible decir que nosotros somos los normales, en tanto es norma padecer estas distorsiones de la realidad (negarla, proyectar las responsabilidades o culpas en los demás, creernos algo omnipotentes, estar en conflicto con nuestros deseos homosexuales, padecer leves y llevaderas obsesiones, fobias, histeria, paranoia, hipocondría y demás adornos psicológicos).

¿Qué diferencia hay entre un neurótico religioso y un neurótico ateo (como yo)?

La diferencia no deja de ser formal.

Los religiosos están pendientes de no pecar transgrediendo los preceptos de su dios, libro sagrado y tradición, mientras que los ateos estamos pendientes de no pecar transgrediendo nuestras propias aspiraciones, proyectos de vida e ideales.

Tanto los mandatos religiosos como las aspiraciones programáticas de los ateos, son en gran medida apartados de los designios de la naturaleza.

Ambas posturas ante la vida, implican forzar en parte nuestros instintos, responden más bien a los reglamentos propios de la cultura que integramos.

En otras palabras, religiosos y ateos somos fieles a un «deber ser», según las palabras de Dios o según los principios, filosofía, doctrina, ideología, respectivamente.

La expresión «somos fieles a» atiende a quienes, a su vez, creen en el libre albedrío y debería decir «estamos determinados por» para atender a los creyentes en el determinismo.

Religiosos y ateos cometemos el mismo error: suponemos que algo está bien mientras que su contrario, está mal.

Dicho de otro modo: los religiosos creen en el error de los ateos y viceversa.

Correlativamente a esta diferencia básica, los religiosos confían más en los religiosos y desconfían de los ateos porque somos materialistas.

Los ateos dudamos del realismo de los religiosos, pues cuentan con un ser (Dios) de existencia imaginaria.

Blog vinculado:

Dios

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