viernes, 16 de noviembre de 2007

Neurotransmisores - Gragea Nº 5

Una forma de reprimir la homosexualidad en los hombres consiste en preferir colectivos masculinos y despreciar lo femenino en general, incluyendo su propia mujer interior.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Neurotransmisores - Gragea Nº 4

Una forma de reprimir la homosexualidad en la mujeres consiste en verse feas.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Neurotransmisores - Gragea Nº 3

Quienes han resurgido de por lo menos un fracaso importante, podrán sobreponerse a otros, tomarán precauciones más sabias para no repetir errores, y sobre todo, serán tolerantes con mis errores.

martes, 13 de noviembre de 2007

Neurotransmisores - Gragea Nº 2

¿Por qué tanta gente siente horror hacia los roedores domésticos [ratas y ratones]? Porque su inconciente lo impulsa a comerse a sus objetos de amor (padres, hijos, cónyuge). Ese impulso amoroso-comilón-homicida es fácilmente simbolizado por un roedor doméstico, el que irracionalmente nos provoca el temor de que se comerá aquello que es aún más amado que los objeto de amor, es decir, a nosotros mismos.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Neurotransmisores - Gragea Nº 1

Los monopolios matan el afán de superación por falta de competencia. Por eso con mi mujer decidimos autorizarnos mutuamente a tener amantes y ahora ella es una de mis predilectas.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Amor ciego

— Si, a vos te lo puedo contar porque sos mi mejor amiga, pero me tenés que prometer que no se lo vas a contar a nadie. Ni siquiera a Matilde. ¿Me lo jurás?

— Por supuesto, pero ¡cuánto suspenso che!, parecemos jovencitas noveleras. ¿Cómo es la cosa?

— El marido que tengo ahora es ciego.

— ¿CIEGO?

— Ciego. Desde que era niño. No sé qué problema tuvo. Nunca me lo quiso contar.

— ¿Y cómo hacen? ¿Cómo es estar casada con un tipo ciego? ¿Cómo te enamoraste de él?

— Cuando me divorcié de Ricardo, casi voy a la cárcel porque si no me lo sacan, te juro que lo mato. Era un mujeriego insoportable. Vivía de aventura en aventura, ¿y vos viste que yo soy terriblemente celosa?

— Bueno Ricardo era alguien que nunca le dio mucha importancia a tus celos. Siempre decía que exagerabas, que la cosa no daba para tanto, que él te era fiel. Pero yo te pregunté cómo te enganchaste con un tipo que no ve.

— Viste cómo son estas cosas. La vida te presenta situaciones más increíbles que la propia ficción. Resulta que en una reunión que hicieron en la casa de él, —yo estaba recién separada— justo me senté al lado suyo y quedé maravillada de cómo interactuaba como si viera. Con los lentes oscuros que siempre usa, no te das cuenta de su particularidad.

— ¿No podés ir al punto? ¿Cómo es estar con un ciego? ¿De qué viven?

— Te estoy contando ¡dame un poco de tiempo! ¿Te acordás de aquella película en la que Al Pacino hace de un militar retirado y ciego, que hasta llega a manejar una Ferrari roja?

— Si, me acuerdo: Perfume de mujer. Le dieron un Oscar. Hacela corta.

— Él tiene su misma destreza. Baila maravillosamente, es brillante, tierno, cariñoso. Hasta podría decirte que en muchos aspectos, él es mi lazarillo. Fijate lo que te digo.

— Está todo bien, pero ¿qué querés que te diga? Estar con un hombre que no ve nada, no sé, no me cierra. ¿Tiene fortuna por lo menos?

— Fortuna fortuna, no. Es una familia adinerada y seguro que cuando muera la madre —que ya está muy viejita pobre—, él se va a forrar. … Pero ¿sabés por qué me enamoré de él? Precisamente porque estoy segura de que no va a mirar a otras mujeres.

reflex1@adinet.com.uy

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sábado, 3 de noviembre de 2007

Sabor a mí

Este vino me está soltando las neuronas y puedo pensar con más libertad. ¿O con más coraje? Sí, debe ser coraje.

A mis 56 años soy el número uno de los Pérez-Martinelli en cuanto a nivel de fracaso. El mejor diagnóstico es el que me hizo el hermano de copas Pocho Funes: «Vos administraste mal la falta de escrúpulos», me dijo el domingo de tarde.

Cuando esperaba mi turno en la penumbra de la sala de espera del quilombo, creí reconocer a quien fuera el cocinero jefe de un restorán lujoso que tuve cuando era alguien.

Me cambié de silla y le hablé.

— Vos sos «El Gitano» De Luca ¿No?
— Sólo mis amigos me dicen «Gitano». ¿Usted quién es señor?
— Evaristo; el dueño de La Posada del Puerto. ¿No te acordás de mí?
— ¡Ah, sí! El que me despidió a los gritos tratándome de ladrón delante de todo el mundo.
— Buenos Gitano, vos sabés que me estabas robando. No sigas negándolo.
— Por lo que veo su inteligencia sólo le dio para estar esperando junto conmigo en este mísero prostíbulo. ¿Qué pasó?
— ¡Pero qué recoroso! ¡Seguís agrediéndome! ¡Se ve que no aprendiste la lección!
— Soy rencoroso porque usted no quiso saber lo que yo quise decirle cuando me echaba a los gritos de su local. ¿Se acuerda que en mi vergüenza le juré que su negocio quebraría en poco tiempo?
— Sí, más o menos me acuerdo, pero si tuve que cerrar fue porque me empezaron a bajar las ventas, No sé qué bicho les picó a mis clientes que dejaron de venir. ¿Vos qué tenés que ver con mi fracaso? ¿Me hiciste algún maleficio?
— Mientras yo fui el cocinero jefe de su restorán, utilizaba sin que usted lo supiera los condimentos que mi padre boliviano me enseñó para que nunca me faltara trabajo como cocinero. Como usted no podía saberlo y los ingredientes me costaban mucho dinero, tenía que recuperar el dinero de la manera que usted llama robo. ¡Ya voy Lucía! Señor Evaristo: me alegro por su fracaso y lamento su estupidez, porque del fracaso puede recuperarse.

… y se fue casi corriendo al encuentro de su prostituta preferida. Tuve el mismo sentimiento de cucaracha que sentí el día que ya no pude abrir La Posada.

— ¿Vamos papito? ¡Llegó tu turno! Vení que yo te puedo maquillar la cara desde adentro.

— No Rosaura. Se me fueron las ganas. Quizás otro día. Perdoname.

reflex1@adinet.com.uy

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