domingo, 19 de octubre de 2014

Los padres biológicos



 
Este relato refiere a nuestras preocupaciones sobre el origen de nuestra existencia individual y sobre la angustia que suelen provocarnos los deseos sexuales de la adolescencia.

Cuando cumplí nueve años mis padres se separaron. No hubo gritos, ni golpes, ni vidrios rotos, como en la casa de mi novia. ¡Ella sí que pasó mal con el divorcio de sus padres!, aunque es bueno reconocer que de a poco volvió la normalidad a su vida. Siempre me dice que es mejor que los padres se separen antes de verlos, y sobre todo, oírlos exhibiendo lo peor de la especie.

Aunque mis padres eran y son buenos conmigo, no fue mucho lo que extrañé con la separación. Debo decir que prefiero a mi mamá aunque no tengo nada que reprocharle a mi padre. Son dos buenas personas, aunque mamá es increíblemente seductora. Con todos, no solo conmigo.

Con sus 42 años, logra que los hombres se den vuelta para mirarla, que devoren con los ojos los senos vibrátiles, ni-grandes-ni-chicos. La cara es preciosa, divertida. Parece hablar con la mirada, parece acariciar con la sonrisa, parece desfilar cuando camina.

Aunque prefiero vivir con ella a vivir con mi padre, a veces tengo que escaparme al apartamento de mi novia porque hay cosas que me cuestan soportar.

Cuando se divorció consiguió un trabajo en el Instituto Nacional de Ópera, ubicado en un edificio suntuoso. Ocupa, ella sola, una oficina principesca, llena de obras de arte, de alfombras carísimas. La mesa escritorio es enorme y el sillón la convierte en una reina.

Sin embargo, desde hace unos meses comenzaron a llegar a nuestro apartamento algunos señores de voces llamativas, sonoras, graves, suaves, y con dicción impecable. Por algún defecto en la construcción del edificio, los sonidos del dormitorio de mi mamá son discretamente audibles desde el mío.

Sentí una oleada de calor en la cara cuando oí el primer sonido de goce animal proferido por un barítono. A mamá no se la oía pero fue entonces que huí abochornado al apartamento de mi novia.

Cuando algo similar volvió a ocurrir, busqué la oportunidad para establecer una rutina:

— Mamá, cuando pienses venir con alguno de tus amigos, comentámelo así combinamos algo con mi novia y no caigo en su casa sin avisar—. Estuvo de acuerdo aunque quiso saber la causa. Alegué un motivo tan trivial y falso que ya lo olvidé.

En nuestras conversaciones mencionaba mucho a un tenor y llegué a pensar que era su favorito. Me caía bien ese hombre, quizá porque se parecía un poco a mi padre y otro poco a mí.

Todo anduvo bien hasta que el acuerdo con mi madre fracasó por un olvido de ella.

Se ve que el tenor entró al apartamento sin que yo lo sintiera. Ellos no se dieron cuenta que yo estaba en mi dormitorio, y cuando salí de él para ir al baño, vi que el hombre, arrodillado, le practicaba una fellatio a la que, hasta ese momento, creí que era mi madre.

Ellos no se enteraron que los vi. Entré nuevamente a mi dormitorio y lloré. Desde aquella increíble revelación no paro de preguntarme. No paro de preguntarme una y otra vez. No paro de preguntarme: ¿quiénes son en realidad mis padres biológicos?

(Este es el Artículo Nº 2.242)

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