sábado, 5 de octubre de 2013

El arte rejuvenecedor









El arte sirve para conocer otras formas de ser, que guardamos esperando estos estímulos que les permitan germinar para rejuvenecernos.

Artistas plásticos hay muchos, pero les haré un comentario sobre uno chino, que nació en 1957 y que se llama Ai Wei Wei.

En la imagen adjunta podemos ver una de sus obras que, para la mayoría de nosotros, no es otra cosa que un amontonamiento arbitrario de 866 taburetes de tres patas.

Esas piezas de madera son simplemente eso: asientos hechos de madera, de los que todos quizá hayamos usado alguna vez para sentarnos.

Si observamos la construcción, nada ocurrirá en nosotros, seguramente no le encontraremos sentido, no se parece a nada que hayamos visto anteriormente.

Sin embargo, como se puede circular por su interior, nos sentiremos tentados a pensar que es un túnel o un laberinto.

Cuando hacemos esta comparación tendremos un moderado alivio de la incertidumbre (¿qué es esto?) y de la perplejidad (¡qué es esto!).

Un factor inquietante está dado por la familiaridad que tenemos con las piezas (los taburetes, los asientos de madera).

La perplejidad, que nos genera inquietud, moviliza un sentimiento más genérico: la angustia.

Este fenómeno desconocido tiene como uno de sus méritos no tener explicación. Si bien dicha «instalación» fue bautizada por el autor con el nombre de «Bang», tampoco conocíamos otro «bang» para compararlo con este.

Si logré decir algo entendible en los párrafos anteriores, es momento de bajar a tierra la idea que inspira este artículo.

El arte es un movilizante de nuestra forma de ser. Intenta alentarnos a que no sigamos siendo los mismos de siempre, que podamos conocernos (a nosotros mismo) porque, en nuestro interior, siguen esperando muchas potencialidades que aún no hemos desarrollado por falta de estímulo, de oportunidad, de un «Bang» desestructurante que nos permita rearmarnos.

(Este es el Artículo Nº 2.041)

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viernes, 4 de octubre de 2013

La inteligencia justifica cualquier aberración




Nuestra inteligencia también sirve para justificar cualquier aberración. Por esto, algunos apoyan, o no critican, las condenas a muerte.

¿Será cierto que la Revolución Cubana fusiló a miles de opositores?

Tanto podemos pensar que es cierto como que no es cierto.

La duda está en que los humanos tenemos intenciones homicidas reprimidas y no nos extrañaría que algunos semejantes las tengan menos reprimidas que otros.

En algunos artículos publicados he sugerido que el principio de propiedad privada, en nuestra especie, no está tan arraigado como suponemos. Más bien es una norma que nos hemos impuesto para organizar mejor nuestra convivencia, pero que en el fondo, no estamos muy de acuerdo con ella. No es una idea que salga de nuestro instinto, más bien está impuesta por la cultura y, como ocurre con otras imposiciones culturales, estamos permanentemente tentados a transgredirla.

Por estas intenciones es que nos escandalizamos cuando somos víctimas de un robo, pero nos distraemos cuando evadimos impuestos; por estas intenciones es que condenamos la pena de muerte en general, aunque nuestra cabeza se llena de excepciones cuando la indignación nos convierte en homicidas seriales alegando que tendríamos que hacer justicia ejemplarizante.

Las condenas a muerte están inspiradas en un idealismo infantil, según el cual matamos para que «nunca más» ocurra eso que tanto nos molestó.

Los delitos contra la propiedad y contra la vida, (robos y homicidios), intentan ser justificados porque algunos tienen más de lo que necesitan, porque algunos no saben cuidar lo que tienen, porque los ladrones solo se toman demasiadas atribuciones. Asimismo, los asesinos seriales (como podrían ser los líderes de la Revolución Cubana), alegan que, sin esa «limpieza», el objetivo revolucionario quedaría tan mal protegido como el que sufre un robo porque descuida sus bienes.

Nuestra inteligencia también sirve para justificar cualquier aberración.

(Este es el Artículo Nº 2.040)

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jueves, 3 de octubre de 2013

Así también fuimos educados


 
Este artículo recuerda algunas enseñanzas que todos recibimos en la etapa escolar y que no figuran en los programas.

¿En qué consiste nuestra primera enseñanza, aquella que nos dieron cuando éramos pequeños, más ingenuos, inquietos, curiosos?

En general pensamos que durante aquellos seis o siete años nos informaron sobre idioma, matemática, historia, geografía y algunos otros temas.

Por lo tanto, de eso no corresponde decir nada porque es lo que seguramente todos conocemos.

Trataré de recordar otras enseñanzas que no figuraron de forma más explícita.

Por ejemplo, nos enseñaron a vivir durante algunas horas en un régimen piramidal, donde había directores, subdirectores, secretarios, psicólogos, maestros, auxiliares, cuidadores, porteros, reparadores de lo que suele estropearse (pintura, muebles, mampostería, vidrios, electricidad, sanitarios).

En ese ámbito aprendimos quién manda más, quién obedece más y todos los grados intermedios. Según la organización de nuestro colegio, en muchos casos aprendimos que los alumnos son quienes tienen menos poder, pero en otros, los alumnos pueden detentar un poder despótico, que hace temblar hasta las más altas jerarquías porque cualquier malestar del estudiantado se castiga severamente.

Indirectamente aprendimos algunas nociones de puntualidad, administración del tiempo, cronología en el avance de los temas enseñados, ordenamiento progresivo en dificultad.

También aprendimos algo que luego podremos aplicar en otros lugares de estudio, de trabajo y hasta de reclusión penitenciaria: existen horas de encierro, de trabajo, de privaciones, que se alternan con momentos de recreo, de esparcimiento, de distracción.

Muy probablemente tuvimos prácticas de bullying (como víctimas o como victimarios) y nociones teórico-prácticas sobre la Ley del silencio (omertà), esa norma propia de la mafia siciliana y que aplica terribles penas a quienes denuncian delitos, irregularidades, travesuras.

Saldremos de la escuela sabiendo que los más fuertes, carismáticos y crueles gobiernan, con desconsiderado despotismo, a los débiles, aburridos, piadosos.

Así fuimos educados.

(Este es el Artículo Nº 2.039)

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miércoles, 2 de octubre de 2013

La mojigatería y la personalidad de los gatos

 
La palabra «mojigato» une dos denominaciones del mismo felino. Significa: persona que, por su falsedad, recuerda atributos de dicha mascota.

Mi padre era un hombre de campo que deseaba tener un hijo campesino y, lamentablemente, tuvo un hijo de ciudad, sin aptitudes para la vida al aire libre, en contacto con la Naturaleza.

Tuvo que conformarse con que su hijo amara a la Naturaleza, pero de lejos.

En su intento por rediseñarme a su imagen y semejanza, cuando yo tenía tres años, me sometió a una dura prueba, que felizmente para ambos logré superar.

Volvió de una feria con una bolsa y me dijo que, si yo tenía el coraje de meter la mano en ella, tendría un regalo.

No me costó nada porque él no tuvo en cuenta que a los niños hay que cuidarlos de que no se lastimen: son inconscientes.

Al tocar una cosa peluda y tibia, sí me asusté, pero felizmente aprobé el examen y pude convertirme en propietario de mi primer gato.

Quizá por eso me parecen hermosos, inteligentes: fascinantes.

Muchos años después me enteré que algunas personas les tienen tanto miedo como para desarrollar una fobia (ailurofobia).

Alguna particularidad especial tienen porque, en la antigüedad, se los consideraba con atributos mágicos, sobrenaturales y hasta demoníacos.

No hace tantos años, encontré por casualidad una posición intermedia, entre mi fascinación por su belleza, elegancia, agilidad, inteligencia e inmortalidad (se dice de ellos que tienen siete vidas) y esa fobia que los vuelve temibles.

La palabra «mojigato» surge de unir dos palabras sinónimas: mojo y gato.

Efectivamente, «mojo» es una interjección usada para llamar al felino y, según cuentan, se unieron para designar a las personas «Que fingen timidez y humildad», pues esta adorable mascota tanto inspira amistad y compañía como soberbia y traición.

¡Cosas del lenguaje!

(Este es el Artículo Nº 2.038)

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martes, 1 de octubre de 2013

Por qué escuchar distraídamente




Es más fácil hablar y comunicar que oír y entender. Los psicoanalistas se especializan en oír y entender... sin prestar atención.

Quino, es un humorista genial, que muchas veces nos dejó mudos porque sólo se expresó gráficamente, sin utilizar palabras.

Con una secuencia de dos escenas (imagen), «entendemos» que una señora le pide a su empleada que restablezca el orden en una sala y ésta, no solo puso todo en su lugar, sino que además reubicó las caóticas imágenes del famoso cuadro de Picasso, titulado «Guernica».

Esto me da para pensar dos cosas:

1) que es más difícil oír-entender que hablar-comunicar; y

2) que esta dificultad para oír-entender es la causa de que muchas más personas se dediquen a hablar-comunicar y tan pocas se dediquen a oír-entender.

Justamente, esta dificultad (oír-entender) es la que unos pocos psicoanalistas intentan superar, con muchos años de estudio y, sobre todo, de análisis personal.

Técnicamente, el psicoanalista debe desplegar una atención flotante, esto es, ligeramente dispersa, como si estuviera distraído. No haría las cosas bien si le prestara una atención obsesiva a los dichos del paciente.

Esta característica de la escucha psicoanalítica me lleva nuevamente a Pablo Picasso. Según parece, alguna vez, él dijo: «Yo no busco, yo encuentro».

Como he mencionado algunas veces, no es importante quién lo haya dicho ni tampoco qué fue lo que quiso decir. Lo importante es qué podemos pensar con el estímulo que nos provoca esa frase.

En este caso podríamos decir que la «atención flotante», la «concentración distraída», es un estado de conciencia sereno con el cual podemos estar atentos a todo lo que ocurre. Con ella atendemos todo lo que nos rodea.

Con este estado, no buscamos nada en particular, pero nos preparamos para encontrar cualquier cosa que pueda interesarnos.

Por eso el psicoanalista escucha distraídamente.

(Este es el Artículo Nº 2.037)

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