martes, 5 de marzo de 2013

Las ventajas de la certeza están en duda




Este artículo hace un alegato a favor de las dudas y en contra de las certezas.

Las señales de seguridad son admirables, bellas, seductoras.

Si en plena tormenta oímos que el capitán del barco emite un mensaje a los pasajeros y tripulantes en el que nos habla con voz serena, con lenguaje claro aunque utilizando términos que pertenecen a la jerga de los marinos, denotando que tiene toda la situación controlada, nuestra angustia desciende y le agradecemos íntimamente esa confianza que nos aporta tranquilidad.

Pero no solo en las peripecias más críticas agradecemos la presencia de alguien seguro, que sabe lo que hace, que no tiene dudas. En otras ocasiones también nos gusta presenciar los despliegues de profesionalismo, de sabiduría incuestionable, de certeza firme.

Por ejemplo, en un equipo de trabajo, quien más sabe y menos duda, más probabilidades tiene de ser el líder del grupo; en los paneles de discusión propios de los programas periodísticos, donde se debaten múltiples temas de interés, convoca nuestras miradas aquel que habla con mayor seguridad.

Sin embargo, esta predilección que tenemos los humanos por la seguridad sin fisuras no es un mérito sino más bien un resabio subdesarrollado que nos quedó de la niñez más ingenua.

Estar seguro de algo es fatal, calamitoso, destructivo de la evolución del conocimiento.

Esa fascinación por la ausencia de dudas mata el nacimiento de nuevas hipótesis que podrían favorecer nuevos avances, oportunidades, saberes.

La certeza aborta las nuevas ideas porque estas no tienen cabida; anula las características individuales pues uniformizan los criterios a fuerza de ser intolerantes con cualquier otra idea que la contradiga; la certeza favorece los dogmas, las ideas oficiales, el pensamiento único, las políticas absolutistas que dependen de las doctrinas y políticas monopólicas, tiránicas, antidemocráticas, que masifican a los ciudadanos despojados de todo poder.

(Este es el Artículo Nº 1.828)

lunes, 4 de marzo de 2013

Una pregunta con varias respuestas




Algunos conflictos ocurren cuando quienes dialogan no admiten que una misma pregunta pueda ser respondida de varias formas diferentes.

Una causa de interminables desentendimientos tiene relación con la diferencia que existe entre la mentira y la equivocación conceptual.

Cuando dos personas suponen que existe una única verdad posible, en tanto no coincidan en esa única opinión podrían pensar que la otra persona, no es que esté equivocada sino que está mintiendo, pues «todo el mundo sabe que, (por ejemplo), Fulano es el mejor jugador de fútbol».

El enojo que surge de una discrepancia suele tener esta causa: ambos suponen que el otro lo está agrediendo con una mentira.

Si admito que existen varias respuestas para una misma pregunta (por ejemplo, ¿cuál es el mejor jugador de fútbol?), estoy dispuesto a admitir que mi ocasional interlocutor quizá disponga de una respuesta diferente a la mía, pero si estoy seguro de que existe una única respuesta verdadera, no tendré más remedio que concluir que la otra persona, si bien conoce esa única respuesta posible, se encapricha en mentirme por algún interés malsano que tiene hacia mí.

Cuando pensamos que nuestro interlocutor está equivocado, podemos llegar a sentir piedad por él, quizá nos dé lástima, hasta podríamos sentir el impulso a sacarlo del error en el que cayó accidentalmente.

Este estado de ánimo podría ser escasamente ofensivo para el otro.

Sin embargo, cuando suponemos que el otro «sabe muy bien que Fulano es el mejor jugador de fútbol, pero sin embargo está dispuesto a molestarme diciéndome que el mejor jugador es Mengano», entonces la guerra queda declarada y solo resta que se golpeen para que la razón quede en posesión del más fuerte.

Esto le ocurre a quienes están seguros de todo y que no admiten más que una respuesta para cada pregunta.

(Este es el Artículo Nº 1.827)

domingo, 3 de marzo de 2013

Cuando vivían con Vivián


El momento más estresante de mi vida fue cuando mamá me entregó a papá, en la rambla, para que pasáramos dos días juntos.

Me bañó con enojo, me vistió con violencia y para peinarme me tiró mucho del pelo, pero me tenía prohibido «llorar por cualquier cosa».

Ella estaba nerviosísima porque la relación entre ellos había quedado peor que mal.

Él ya estaba ahí porque ella siempre llegaba corriendo y tarde a todos lados. No sé qué se hablaron pero mi estómago estaba en un puño. No pude mirarlo. Era enorme y el sol siempre parecía estar detrás de su cabeza.

Me tomó de la mano y bajamos a donde estaba la arena y el mar. Él no decía nada, solo caminaba. Cada paso suyo era tres de los míos. Sentía mucho miedo de que se enojara por algo que yo hiciera.

No sentía mis piernas pero creo que temblaban. Me sentía un insecto, pequeñísima. Quizá no me quería porque yo tengo la piel oscura como mamá, a quien siempre odió, insultó, avergonzó.

En determinado momento dijo:

— ¿Ves aquel barco amarillo?— y yo demoré en entender todo lo que me decía.

Ante la pregunta recuerdo que mis ojos salieron corriendo a buscar algo que fuera un barco, tratando de recordar cómo es el color amarillo.

Mi cabeza desesperada buscó el color entre mis juguetes, mi ropa, la casa de los tíos.

Los ojos escanearon todo, en cualquier lado, en la rambla, arriba de los edificios, el agua, la arena, «¿dónde habría algo tan complejo como un barco que además fuera de ese color?», me preguntaba como si de esa respuesta dependiera seguir existiendo.

Por suerte él no se molestó por la demora de mi respuesta. Por fin pude ver a lo lejos algo que cumplía con esas dos condiciones del acertijo.

— Sí—, le dije, en voz baja por si no era la respuesta correcta y empezaba a gritarme como le gritaba a mi madre cuando vivían ..., bueno, en realidad no vivían sino que des-vivían, ... y por qué mi nombre es Vivián? ¿Ya sabrían ellos que a partir de mi nacimiento dejarían de vivir?

¿Y yo qué culpa tengo de que ellos no se hayan entendido? ¿Qué hago en este país extraño? Fueron ellos quienes tuvieron mala suerte. ¿Por qué tengo que vivir como una extranjera? ¿Por qué no vuelvo a mi querido país pero enviudando de ese par de locos que «vivían» en mi pasado?

(Este es el Artículo Nº 1.826)


sábado, 2 de marzo de 2013

La búsqueda de un dictador



 
Muchos ciudadanos sabotean la libertad y la democracia porque, sin saberlo, necesitan un régimen que los vigile para sentir que existen.

Entre tantas particularidades que nos identifican está la sensibilidad al dolor y al placer: Algunas personas disfrutan con pequeños estímulos gratificantes y otros necesitan grandes dosis.

Otra particularidad, similar a la anterior pero menos conocida, es la que refiere a cuántas señales necesita cada uno para sentir que existe.

Por ejemplo, un artista que conoció el éxito puede sentirse al borde de la muerte cuando ya nadie le pide autógrafos y, por el contrario, quien ha pasado muchos años en la soledad de una cárcel o en el ostracismo de un convento, puede quedar al borde de un infarto si cuando visita a su familia es rodeado por diez personas que le dan una bienvenida muy ruidosa.

Otra particularidad, similar a las anteriores pero que es menos conocida porque nos resistimos a creer en ella, refiere a cómo desearíamos vivir en un régimen antidemocrático, policíaco, represivo, controlador, persecutorio.

Tanto nos oponemos a creer que somos capaces de preferir una dictadura, que nos indignamos cuando circulan rumores sobre algún tipo de control estatal sobre nuestra identidad, hábitos, patrimonio.

Una de las peores características del psicoanálisis es la de permitir que los analizantes se sientan en libertad de decir lo que piensan, sin interponerle censura alguna, aceptándolos como son.

¿Por qué ocurre esto de rechazar la libertad aunque, golpeándonos el pecho, luchamos por ella?

Como dije más arriba, no todos tenemos la misma sensibilidad ante las señales necesarias para sentir que existimos.

Para muchas personas es muy tranquilizador saber que la policía controla sus llamadas telefónicas, que les abre la correspondencia, que vigila con quienes se reúnen, porque necesitan que alguien reconozca su existencia dándole señales en dosis muy altas.

(Este es el Artículo Nº 1.825)

viernes, 1 de marzo de 2013

Los golpes simbólicos (verbales)




Las palabras pueden golpear tanto o más que un puño cerrado. Existen «golpeadores» de ambos sexos que nunca golpean.

La antigua afirmación que dice «perro que ladra no muerde» tiene valor de metáfora, es decir, el uso más importante que le damos no es para explicar la trivialidad de que esos animalitos no pueden usar sus fauces para dos cosas a la vez, (si ladra no muerde y mientras muerde no puede ladrar), sino para significar, por ejemplo, que cuando una persona amenaza, (ladra), es porque no piensa cumplir lo que expresa en la amenaza, (morder).

Pero veamos algo más importante aún: cuando el perro tiene ocupada la boca en ladrar NO PUEDE morder, con lo cual podríamos pensar que la mencionada afirmación metafórica dice algo más contundente: cuando alguien amenaza NO PUEDE cumplir su amenaza.

¿Esto significa acaso que la amenaza fue estéril, inocua, ineficaz? No, probablemente no lo fue.

Si bien el amenazante agotó su energía en pura amenaza, este mensaje agresivo produjo sus efectos en el amenazado.

Efectivamente, con excepción de los psicópatas, todos somos alterados cuando comprendemos que nos están amenazando.

Nuestra comprensión es importante porque si el mensaje nos llega en un idioma desconocido quizá no cumpla su objetivo de castigarnos.

Por lo tanto, cuando alguien profiere una amenaza suele perder la energía necesaria como para cumplirla, (quien dice «te daré un golpe» quizá se quede sin fuerza para propinarlo y cumplir su amenaza), sin embargo la intención agresora es bastante eficiente porque el amenazado se siente mal como si lo hubieran golpeado: se enoja, siente miedo, se preocupa, con lo cual «el golpe» simbólico (en forma de palabras, en forma verbal), cumple su objetivo provocando un malestar igual o mayor al que provocaría el golpe físicamente aplicado.

Conclusión: Existen «golpeadores» que nunca golpean.

Teatro humorístico (aunque no tanto) con Guillermo Francella y Cecilia Milone.
 
(Este es el Artículo Nº 1.824)